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Irak: causas e impactos de una guerra imperialista - La globalización militarizada

 ***** (7 opiniones)
Creative Commons Monografía de Camilo Valqui Cachi (coordinador) - 01 de Febrero de 2006
12. La globalización militarizada
MANUEL AGUILAR MORA

La humanidad ante la "Guerra Preventiva" imperialista

Ante la gravedad de la situación por la que atraviesa el mundo, confrontado con la amenaza de una devastadora “guerra preventi-va” en Irak, emprendida por la maquinaria bélica más formidable que jamás haya existido, el primer impulso vital que se impone en forma natural en los millones de hombres, mujeres y niños que es-tamos convencidos de la lucha por un porvenir verdaderamente digno de la especie humana (que, para empezar, garantice su pro-pia sobrevivencia), es de protesta y de rechazo a esa política deshu-manizada. Es un impulso no sólo enaltecedor sino absolutamente necesario, que nos hace erguirnos contra la fatalidad de tal guerra y a expresar de diversas formas nuestra oposición a la dinámica mortífera de la orientación imperialista del gobierno de Estados Unidos. En tales circunstancias, reflexionar sobre la compleja situación en la que se mueven las diversas fuerzas políticas internacionales a fina-les de febrero del 2003, a sólo unos días de que se den acontecimien-tos de importancia histórico-mundial cuya envergadura superará a la de los que estamos presenciando en este momento, ya sea en un sen-tido o en otro, es una empresa ardua y plena de dificultades. Se corre el peligro de precipitarse en la banalidad inocua ante esa terrible realidad. La escena política mundial se mueve y cambia aceleradamente día tras día, aún hora tras hora. Pero, al mismo tiempo, el afán de dilucidarla y analizarla lo más profundamente posible se hace más urgente, y es el deseo de cimentar lo más firme-mente posible las acciones de resistencia al curso belicista imperia-lista lo que justifica finalmente las observaciones que a continuación expondremos.

No se trata de hacer predicciones o definir los detalles que determinarán tal o cual curso de la crisis que tan agudamente padecemos. Tal esfuerzo es imposible e inútil: imposible porque son muchas las fuerzas que intervienen y porque el curso de sus luchas dependerá también de numerosos factores, e inútil porque de lo que se trata no es de predecir lo que va a pasar, sino de actuar en el presente para ir forjando un porvenir que nos pertenezca, no que nos enajene aún más. Bastará con dar los elementos esenciales que componen la actual situación y sus desarrollos más probables para que el presente texto pueda ser de utilidad. Pase lo que pase en los próximos días, semanas y meses, tales hechos contradictorios ya están frente a nosotros o se están gestando en la actualidad. Por eso, señalar esas contradicciones y sus ramificaciones posibles tal y como se presentan, repetimos, a fi-nes de febrero del 2003, puede ayudar, y ese es nuestro deseo más fer-viente, a construir una vasta coalición de fuerzas populares nacional e internacional contra la guerra imperialista. Ciertamente una reflexión de este tipo se opone del todo a los análisis pragmáticos, en su mayoría cínicos, que emanan de los di-versos centros políticos y de investigación oficiales, nacionales y extranjeros. Destaca, por ejemplo, la postura de ciertos intelectuales y políticos que, considerando absolutamente inevitable e imposible detener la intervención bélica de Estados Unidos en Irak, señalan que “lo que México debe hacer es defender sus intereses”, lo cual significa, en estos días, “vender caro” a Washington el voto del go-bierno mexicano en el Consejo de Seguridad de la ONU. La natura-leza neoliberal del gobierno de Fox hace, aquí sí, casi inevitable que, en efecto, acabe adoptando una posición parecida, haciendo un giro real a la postura de relativa independencia que adoptó a raíz de la renuncia del anterior secretario de Relaciones Exteriores, Jorge Castañeda, quien se destacó por su servilismo abyecto al gobierno de Bush. Estamos en el torrente de las aguas del cálculo egoísta, en don-de todo tiene un precio, una situación en la que la humanidad es re-bajada al nivel de ganado o, como se ha gritado estruendosamente en las multitudinarias manifestaciones antibélicas, en la que se cam-bia sangre humana por petróleo. Sólo la resistencia y la oposición organizada y efectiva de las fuerzas populares, democráticas e inde-pendientes de México permitirán que el gobierno de Fox no acabe capitulando por completo ante las presiones y provocaciones del gobierno de Washington.

Un acontecimiento histórico inédito

El 15 de febrero del 2003, millones de personas se manifestaron contra “la guerra preventiva” anunciada, preparada y de hecho, en realidad ya en marcha, del gobierno de George W. Bush de Estados Unidos (con la complicidad directa de los gobiernos británico de Tony Blair, español de José María Aznar e italiano de Silvio Berlus-coni), contra el gobierno de Saddam Hussein de Irak. En todo el mundo, desde Canadá hasta Australia, de Madrid a Moscú, de Bue-nos Aires a Johanesburgo, los medios de comunicación calcularon en treinta millones la cifra de los hombres, las mujeres y los niños y niñas que se lanzaron a las calles de sus ciudades en una demostra-ción extraordinaria e inaudita de solidaridad internacional y de es-píritu humanitario.

En el propio país imperialista sede del gobierno belicoso de Washington, los estadounidenses se manifestaron en más de treintaciudades, desde Nueva York a Los Ángeles. Y en nuestro país, el Paseo de la Reforma de la ciudad de México fue testigo de una de las manifestaciones más nutridas, combativas y festivas que se tenga memoria, en la que participaron cerca de cuarenta mil personas. En los estados del norte, en Tijuana, Hermosillo, Ciudad Juárez, Chi-huahua, Monterrey, así como en Chiapas y otras ciudades de Méxi-co, se realizaron distintas muestras de repudio a la guerra que el gobierno de Bush amenaza con desencadenar con todo su poderío sobre un país arruinado por diez años de bloqueo y sin ninguna po-sibilidad de poder hacer resistencia efectiva a la maquinaria bélica más sofisticada y poderosa jamás construida de la historia. El gobierno de Bush no ha podido demostrar por qué el go-bierno de Hussein es un peligro para Estados Unidos y el mundo entero, y los inspectores de la ONU que han ido a Irak tras las ar-mas de “destrucción masiva” supuestamente en posesión del gobier-no de Bagdad, sólo han encontrado un ejército maltrecho que no puede constituir un peligro para una potencia como la estadouni-dense, ni tampoco para Israel, armado mucho más poderosamente que cualquier otro país en el Medio Oriente. El objetivo casi unánime de estas multitudinarias manifestacio-nes se definía con la consigna: “¡Alto a la guerra!, ¡Alto a Bush!”. No fueron, como lo quisieron interpretar los medios desvergonzada-mente favorables a la política belicista de Washington, demos-traciones favorables a Saddam Hussein. Una ínfima minoría de este movimiento internacional contra la guerra es la que se opone al go-bierno imperialista para defender al dictador iraquí. Lo que sí es cierto, es que el pueblo de Irak no puede confiar en autodefinidos “redentores y libertadores” armados con el arsenal militar más mor-tífero de la historia de la humanidad, dispuestos a arrojarlo sobre su martirizada población civil. No puede defenderse del ataque impe-rialista y llamar a cuentas al dictador al mismo tiempo. Además de que existe la experiencia de que en 1991 el primer presidente Bush, después de expulsar de Kuwait, completamente derrotado, al ejérci-to de Hussein, dispensó de esa suerte a la Guardia Republicana del dictador, lo cual le permitió a éste usarla contra los sectores popula-res que en el norte (los kurdos) y el sur (en Bassora) de Irak se le-vantaron contra él y fueron masacrados.

El pueblo iraquí, naturalmente, no tiene la menor confianza en estos “liberadores y emancipadores”, cuyo jefe en ese momento prefirió dejar al carnicero de Bagdad (su aliado en su lucha contra la revolución iraní de 1979 y después en la larga guerra que enfren-taron Irak e Irán) que se encargara de reprimir a dichos sectores para que la región no se “desestabilizara”, en lugar de darle el golpe definitivo que en ese momento parecía posible asestarle. Esta tra-gedia del pueblo iraquí está en el centro mismo de una crisis que afectará a toda la región del Medio Oriente, con sus repercusiones mundiales. El movimiento antibélico lo ha entendido así, y aunque la propaganda proimperialista quiera identificar su solidaridad con el pueblo iraquí como un aval al gobierno dictatorial de Hussein, su posición de defensa incondicional del pueblo y la nación iraquíes contra el ataque del imperialismo de EU es justa y debe seguir man-teniéndose así.

Como no dejó de percibirse por numerosos comentaristas, la movilización multimillonaria del 15 de febrero representó un acon-tecimiento inédito por muchos motivos. En primer lugar, jamás anteriormente una guerra, antes de comenzar (hasta cierto punto, como dijimos), había encontrado una oposición expresada en tan vasta escala. En segundo lugar, un movimiento contra la guerra de tales dimensiones ha sido un producto directo de la globalización misma del capitalismo. O sea, ha sido precisamente el acercamien-to y la interconexión del planeta, efectuados por el proceso de glo-balización imperialista de los últimos dos decenios, lo que permitió realizar una expresión tan extraordinaria y numerosa del repudio po-pular mundial a la anunciada agresión imperialista a Irak. A la planetarización de la economía y la política correspondía y corresponderá cada vez con más fuerza y enjundia, la planetariza-ción democrática, revolucionaria y popular de la resistencia contra la globalización imperialista. El internacionalismo proletario de la lucha contra el capital, anunciado por Marx y Engels hace más de 150 años, es una realidad vigente en el inicio del siglo XXI.

El cambio imperialista en la bisagra de siglos

Desde el 11 de septiembre de 2001, fecha de los actos terroristas en Manhattan y en Washington, el gobierno declaradamente dere-chista del segundo presidente de la dinastía Bush, lanzó su campaña contra el terrorismo como una pantalla política e ideológica para emprender la vasta ofensiva militar que hoy presenciamos en el Medio Oriente y en el centro de Asia. Las explicaciones de esta ofensiva han sido detalladamente mostradas por un cúmulo de aná-lisis que dejan pocas dudas. Sintetizando, podría decirse que la hegemonía imperialista in-discutible de Estados Unidos sobre el mundo ha venido erosionán-dose en un largo proceso que data de los años setenta del siglo XX y que, a partir de la caída de la Unión Soviética en 1991, se ha preci-pitado aún más rápidamente en el plano fundamental de la econo-mía. Son una serie de factores los que han convergido para asestarle duros reveses a la industria y, después, a las propias finanzas impe-riales de Estados Unidos.

El largo boom especulativo de los años noventa, promovido en gran medida por las esperanzas de una recuperación sostenida por medio de la nueva economía puntocom, y que no lograron realmente materializarse más allá de la rama de la computación, se reventó en los años 2000 y 2001, yéndose en picada la bolsa de valores de las llamadas “nuevas tecnologías”; y con el reventón del auge especula-tivo siguió la cauda de bancarrotas y desastres contables de empre-sas “estrellas” como Enron y Worldcom, las cuales mostraron que la economía estadounidense no era exactamente ese gigante robusto y sólidamente plantado que describían los apologistas, sino el viejo, explotador y corrupto capitalismo de siempre, a cuyo centro neu-rálgico había alcanzado por fin la aguda crisis económica, después de haberse ido desarrollando y acercando por la periferia durante los años noventa (el largo estancamiento japonés desde 1990, el “efecto tequila” en México en 1994, el “efecto dragón” en el sudes-te asiático en 1997, el “efecto vodka” en Rusia en 1998). Se mos-traba así que dicha economía no era a fin de cuentas, de ninguna forma, cualitativamente diferente a los demás capitalismos de Asia, América Latina y Europa que tanto denostaba la ideología emana-da de Washington y Nueva York. Al mismo tiempo, los rivales imperialistas europeos se fortale-cían con la creación de la Unión Europea, el lanzamiento de la nueva divisa continental, el euro, y la perspectiva del ingreso de fu-turos nuevos socios entre los países europeos orientales. Por su parte, el gobierno de Rusia mantenía su margen de maniobra con respecto a Washington y, sobre todo, la República Popular China se consolidaba económica y militarmente como una potencia asiáti-ca indudable, después de un largo auge económico durante toda la década de los años noventa.

El capitalismo es un sistema de explotación basado en la competencia. Competencia de empresas, de firmas, de monopolios, que en la etapa imperialista se convierte en una “competencia” incluso militar (las guerras mundiales y coloniales por el reparto del mundo) entre países y bloques. Durante la guerra fría, Estados Unidos gozó de una situación privilegiada como garante fundamental del sistema imperialista en su conjunto. Tanto su superioridad económica y militar abrumado-ra con respecto a los demás países capitalistas, como su papel de “lí-der del mundo libre” contra el comunismo, en especial como el opositor del gran rival soviético, impidieron que las contradicciones interimperialistas, nunca desaparecidas, se manifestaran con toda su fuerza y virulencia. La caída de la Unión Soviética representó un drástico cambio de esta situación. En las condiciones del principio del nuevo siglo, Estados Unidos se encuentra en una situación contradictoria peculiar. Sigue siendo, sin duda, la potencia hegemónica mundial, la cual se ve, sin embargo, amenazada por la competencia interimperialista que se ha reforzado desde las décadas de los años sesenta y setenta, abriéndo-se, como se dijo, a una entera nueva situación a partir de la caída del Muro de Berlín. Primero fue la rivalidad de Japón pero después, y en especial, cada vez con más fuerza, la de Europa. Además, geo-políticamente se mantiene la rivalidad política y militar con dos po-tencias, no estrictamente imperialistas (en el sentido marxista del término) pero cuyos gobiernos no controla todavía directamente, Rusia y sobre todo China. Además, internamente el desgaste ha si-do evidente: una economía estancada en clara recesión, un déficit comercial creciente al que se ha unido con el segundo presidente Bush un exorbitante déficit presupuestal, que sólo por ser el país hegemónico (el dólar, aunque desafiado por el euro, sigue siendo la divisa internacional suprema), puede mantenerse pero a costa de una erosión constante de su productividad y la competencia mun-diales. Si a esto agregamos una política de ajuste de tuercas en el mundo del trabajo (el promedio estadounidense de horas trabaja-das por obrero es el más alto entre los principales países imperialis-tas), una población inquieta ante las perspectivas nebulosas de su situación y un gobierno recién llegado con una legitimidad cuestio-nada por el evidente fraude que le permitió entrar a la Casa Blanca al segundo presidente Bush, tenemos un panorama más exacto de la situación de la Unión Americana en el inicio de 2001.

La globalización se militariza

En tales circunstancias, la ocasión ofrecida por los atentados terro-ristas del 11 de septiembre les vino como anillo al dedo al presiden-te Bush y a su gabinete. Estos hombres y mujeres son miembros de la extrema derecha fundamentalista cristiana y judía (sionista) de Estados Unidos, muchos de ellos vienen directamente de las direc-ciones de los monopolios petroleros y de armamentos (como son los casos de Cheney, el vice que en realidad opera como copresidente, y Rumsfeld, jefe del Pentágono), de los sectores más reaccionarios de las agencias de espionaje, en especial de la CIA, de los poderosos lob-bies sionista (ante todo éste) y cubano anticastrista, y del propio ejér-cito (como Powell, quien era el jefe del ejército durante la primera guerra del Golfo). El mismo presidente Bush, como se sabe amplia-mente, es exgobernador de Texas, el estado sede de los monopolios más poderosos y agresivos del petróleo y la energía (¡Enron!) e hijo del primer presidente Bush, un notorio hombre de negocios petro-lero, antiguo jefe de la CIA durante el gobierno de Nixon, otro si-niestro presidente de Estados Unidos y vicepresidente durante los dos periodos del reaccionario presidente Reagan. Estos hombres y mujeres del presidente Bush, como él mismo, son pues directos representantes de las ramas más belicistas, dere-chistas y oscurantistas del imperialismo, las más interesadas de su establishment en mantener sus compromisos como gendarme mun-dial. Y aún más, es precisamente en dos de los más importantes de estos sectores reaccionarios, el de los energéticos y el de los arma-mentos, en los que Estados Unidos sigue siendo líder, mantenien-do una amplia e indiscutible delantera sobre sus rivales. Tecnológica y económicamente, la superioridad militar estadounidense es apabullante. Hoy el gasto militar de Washington rasca los 400 mil millones de dólares, cinco veces mayor al presupuesto de Rusia, que es el país que lo sigue en la lista de los mayores gastos militares. Este presupuesto representa hoy 40% del gasto militar planetario y, a este ritmo, no pasará mucho tiempo para que el gas-to militar estadounidense equivalga e incluso supere al de todos los demás países reunidos del mundo.

Estos son hechos duros que determinan y explican muchas co-sas. En primer lugar, surge con evidencia el hecho sobresaliente de la coyuntura mundial: el equipo dirigente del imperialismo de Estados Unidos ha decidido ejercer su superioridad militar con ob-jeto de responder a las amenazas de sus rivales y mantener su hege-monía incontestada. En otras palabras, la globalización se militariza.

La militarización de la globalización es el resultado natural de la exacerbación de las contradicciones interimperialistas y de la ri-validad entre las potencias. China y Rusia, sin ser países imperialis-tas, representan rivales geopolíticos de Estados Unidos, en especial el primer país, debido a su posición clave en Asia, el continente más poblado con mucho del planeta y a la persistencia de la hegemonía del Partido Comunista de China sobre la poderosa nación, con la población más grande del globo. Washington inició este proceso de militarización de la globalización inmediatamente después de la caída del Muro de Berlín, con el gobierno del primer Bush, cuya in-tervención en Panamá se dio sólo unas semanas después de la caída del célebre muro y cuya primera guerra del Golfo contra Irak (ciertamente ofrecida en bandeja de oro por el propio Hussein con su invasión militar a Kuwait) fue desatada el mismo año de la disolución de la Unión Soviética. Después continuó Clinton con su intervención en Somalia y en la guerra de Yugoslavia. Los estilos y las justificaciones han sido distintos; por ejemplo, durante la administración de Clinton se decía “defender” los derechos humanos en sus intervenciones militares; hoy la “guerra contra el terrorismo” representa “una justificación” más cruda.

Este objetivo del imperialismo estadounidense de militarizar su papel en el proceso de globalización imperialista, ha sido clara y con-tundentemente ratificado por el gobierno del segundo Bush con la guerra de Afganistán, que contó con una gran legitimidad en Esta-dos Unidos y en grandes sectores del mundo, gracias a las conse-cuencias directas de los ataques terroristas del 11 de septiembre. Con la derrota de los talibanes y la ocupación militar de este país clave del centro de Asia, las posiciones estratégicas estadounidenses pene-traron en el corazón del continente más poblado, el cual será crucial para determinar el destino del planeta en el siglo que comienza. La lógica de la globalización militarizada, cuya dinámica repre-senta ante todo la política belicista de Estados Unidos, aunque tam-bién la practican los demás imperialismos, es el episodio final y más peligroso de la trayectoria moderna de un sistema imperialista desa-forado; en especial, por lo que respecta al estadounidense, que con-sidera llegado el momento de su completo control del mundo. La nueva doctrina de “la guerra preventiva” sería la codificación extre-ma de esta etapa. La dinámica de los intereses militares estadounidenses se profun-diza. Esa dinámica tensa sus relaciones con las potencias, incluso con sus aliados tradicionales europeos, a tal punto que la OTAN ha experi-mentado su peor crisis en los más de cincuenta años de existencia, al oponerse a los planes de guerra inminente los gobiernos de Francia, Alemania y Bélgica. Y en Asia, China y la India no ven con buenos ojos las operaciones de Estados Unidos, la primera por su alianza con los gobiernos de las repúblicas postsoviéticas del Cáucaso, la segunda por su alianza con el gobierno de Pakistán. Por lo que respecta a la ONU, el impulso belicista del gobierno de Bush está minando por completo las razones de su legitimidad, y bien puede ser una de las víctimas más conspicuas de ese afán guerrerista del imperialismo estadounidense, corriendo el peligro de su extinción como resultado de las actuales contradicciones en las que está inmersa.

Del control del petróleo al control del mundo

Para Estados Unidos es igualmente fundamental mantener su lide-razgo como la potencia energética más poderosa, y eso significa, en las actuales circunstancias, ante todo, preservar su posición como la potencia petrolera indisputada (Estados Unidos consume cerca de la mitad de los recursos energéticos del planeta con menos de 5% de la población mundial). La estrategia estadounidense para mante-ner su dominio sobre los yacimientos petroleros del Medio Oriente, los más importantes del mundo (en especial los de Arabia Saudita, Irak e Irán), fue una constante de su política durante el siglo XX. La revolución iraní de los ayatolas en 1979, le quitó por com-pleto su control de una de estas naciones. No puede darse el lujo de perder también Irak. Por tanto, ciertamente, como se ha dicho y se sabe sobradamente, la guerra contra Irak es una guerra por los riquísimos yacimientos de petróleo localizados en dicho país, yaci-mientos que el gobierno de Hussein había destinado para su explo-tación a rivales de Washington, principalmente a Francia y a Rusia. Así, la contienda con el gobierno de Irak representa una guerra de Estados Unidos por el control del petróleo y, al mismo tiempo, una guerra por el dominio del mundo.

Insistir en la importancia del petróleo en la contienda por Irak no tiene nada que ver con un mero mecanicismo economicista. El petróleo sigue siendo la fuente energética fundamental de las eco-nomías del planeta. Basta echar una ojeada a las listas de los mono-polios más importantes de los países imperialistas y será fácil comprender la importancia fundamental del oro negro: esas listas están encabezadas, casi sin excepción alguna, por los grandes con-sorcios petroleros y automovilísticos, las industrias más poderosas, asientos de la estructura básica de la gran industria. Pero el imperialismo estadounidense, con el dinamismo acelerado que le imprimen sus contradicciones, está comprometido en una lucha en la que el control del petróleo se convierte en la plataforma inevitable para mantener y consolidar su posición como el imperialismo hegemónico, en todos los niveles, en especial en el militar y el económico. Su potencial control del petróleo de Irak, aunado a su hegemonía sobre los sauditas, le permitirían al gobierno de Washington lograr uno de sus anhelos más caros en los últimos cuarenta años, destruir a la Organización de los Países Producto-res de Petróleo (OPEP). La dinámica imperialista se convierte na-turalmente en una lógica de poderío militar, de neocolonialismo (dominación de pueblos y ocupación territorial de naciones), ope-rando como el gran desestabilizador de las relaciones políticas y sociales internacionales.

Un nuevo desorden mundial

La presión multitudinaria creciente contra la guerra, espectacular-mente expresada en las enormes manifestaciones del 15 de febrero, le plantean al gobierno de Washington una situación peculiar que necesariamente deberá tener en cuenta en los próximos días y sema-nas claves. Esta situación podría definirse así: sea cual sea la decisión de Bush (y obviamente su inclinación por la solución bélica está to-mada ya desde hace mucho tiempo), el precio político que deberá pagar la camarilla de la Casa Blanca será altísimo, al mismo tiempo que corre el peligro de provocar una situación que puede escapárse-le de su control directo. Sólo un día antes de las grandes manifestaciones, el Consejo de Seguridad de la ONU registró un realineamiento de fuerzas que se-ñaló el surgimiento de un poderoso bloque que se opuso a la hege-monía incontestada de Estados Unidos. Francia, Rusia, China y Alemania se pronunciaron claramente en contra de una guerra in-mediata contra Irak y propusieron agotar los recursos de “un de-sarme pacífico” de este país en un periodo que podría durar incluso varios meses.

Por lo que respecta a Bush, sólo dos días tardó en contestar al re-pudio internacional a su política belicista. Como era previsible, mos-tró que no le importaban en lo más mínimo dichas manifestaciones de repudio. Sin embargo, las más grandes manifestaciones, efectua-das precisamente en los tres países en los cuales sus gobiernos se alia-ron firmemente con Washington, a saber, Inglaterra, España e Italia, sí afectaron e hicieron variar levemente las posturas del gobierno de Blair y de Berlusconi, siendo el gobierno español de Aznar el único que se mantuvo sin pestañear al lado del presidente texano. La crisis que esta división de las posturas ha producido en el seno de la Unión Europea es gigantesca. El eje duro de la Unión Eu-ropea, constituido por Francia y Alemania, ha sido desafiado clara-mente a favor de Estados Unidos por varias naciones de la Unión que se han unido a los tres más conspicuos países mencionados. En esta ruptura europea surge con evidencia la fuerza de la superiori-dad política del estado imperialista de Estados Unidos con relación a la división de los países europeos. Sin embargo, dos de los impe-rialismos europeos más poderosos se mantienen contrarios a la guerra, contando con el apoyo masivo de la abrumadora mayoría de los ciudadanos de este continente. Y no sólo eso, las consecuencias de la oleada mundial popular contra la guerra se hacen sentir también en los gobiernos tradicio-nalmente más serviles al estadounidense, como el de Turquía, el del reino Saudita y los de otros países árabes. El incondicional apoyo que ha dado el gobierno de Bush durante los últimos dos años a la política masacradora de palestinos del gobierno de Sharon en Israel, ha sido una señal ominosa que se expande aceleradamente por los países árabes. Incluso los sauditas han visto, correctamente por cierto, que Israel se ha convertido en el aliado privilegiado de Washington en la región, en detrimento de la alianza tradicional establecida con ellos para la explotación continua y estable de los yacimientos de petróleo más grandes del mundo. Los métodos devastadores, belicistas y racistas, del gobierno sionista son el complemento lógico de la política de Bush, que bus-cará la redefinición de las fronteras de la región en el conflicto que se avecina. De hecho, para muchos analistas de la escena del Medio Oriente, en realidad la política emanada de Tel Aviv es la verdade-ra estrategia de Washington para la región. Para las élites árabes sauditas, sirias, jordanas, incluso egipcias, el gobierno de Israel es un cuchillo apuntado a sus gargantas. Era así inevitable que marca-ran, aunque fuera tibiamente, sus distancias ante la política impe-rialista de Estados Unidos.

El desatar la guerra significará crear una situación de desorden completo, en primer lugar en la misma zona del Medio Oriente. Como lo han dicho los propios voceros del imperialismo, el mapa de la región se redefinirá. El gobierno de Hussein sería derrocado y sustituido por un gobierno militar directamente en manos de los invasores imperialistas, quienes prepararían el regreso de la monar-quía o establecerían una república vasalla (sobre el escenario poste-rior a la victoria sobre Hussein todavía no se ha manifestado una clara decisión sobre quién lo reemplazaría por el momento). El norte de Irak sería desmembrado y la población kurda impulsaría el surgimiento de un estado que se opondrá frontalmente al gobierno turco. Israel podría aprovechar el momento para expulsar a la po-blación palestina de sus fronteras e impulsar la instauración de un estado colonial fantoche palestino en tierras jordanas. Todos estos cambios se perfilan como los más obvios y se darían dentro de una inestabilidad generalizada, en la cual las masas populares árabes profundamente impactadas y encolerizadas por la agresión impe-rialista, responderían con reacciones seguramente de proporciones incalculables desde Marruecos hasta Arabia Saudita. Pero las consecuencias no serán sólo regionales, sino mundia-les. Afectarán a todos los países del mundo, en primer lugar por las repercusiones en el precio del petróleo, el cual se disparará en un pri-mer momento, con lo que mataría cualquier embrión de recuperación económica mundial que pudiera estarse produciendo actualmente. En segundo lugar, provocaría la profundización y el fortalecimien-to de los movimientos de protesta y resistencia contra la guerra en los países europeos occidentales, principalmente en Alemania, Ita-lia, Francia, España e Inglaterra, los más importantes del continen-te. Es de preverse la ampliación continental de huelgas, de acciones de desobediencia civil —como ya comenzaron a darse en Italia—, nuevas manifestaciones, conflictos más o menos violentos en una situación que también tenderá a la desestabilización. Las ondas de choque se extenderían rápidamente a las regiones vecinas directas del Medio Oriente. La frontera entre la India y Pakistán, en la cual ambos gobiernos se disputan el territorio de Cachemira, una de las regiones más sensibles, potencialmente uno de los focos de tensión más graves del planeta, se calentaría peli-grosamente. Las declaraciones de los voceros del Pentágono en el sentido de que en la nueva guerra del Golfo podría ser arrojada una bomba atómica, posiblemente será también el mensaje previo que preparará a los gobiernos enfrentados en Cachemira, ambos con arsenal de bombas atómicas a su disposición, a imitar la decisión de Washington. Los incalculables efectos de tales catástrofes posibles elevarían a cientos de miles, posiblemente a millones, el número de las víctimas de estos violentos choques bélicos.

En el otro extremo del continente asiático, otro de los focos más peligrosos de conflicto bélico, el de las dos Coreas, con sus repercu-siones directas en China y Japón, se elevaría a temperaturas muy al-tas. De hecho ya comenzó a hacerlo con la decisión del gobierno de Corea del Norte de seguir su programa nuclear en abierto desafío al gobierno de Estados Unidos; ciertamente, el impulso belicista esta-dounidense hacia este sector de confrontación bélica se destaca co-mo el siguiente en la lista de “guerras preventivas” que vendría inmediatamente después del actual conflicto con Irak. En América Latina, sin duda el país más afectado será, por su-puesto, Venezuela, cuyo petróleo adquiere una importancia mayús-cula para los intereses de Washington. Pero todo el subcontinente será impactado igualmente. La oleada de resistencia a la globali-zación neoimperialista y neoliberal que sube desde el sur hacia el norte, abarcando a Argentina, Brasil, Paraguay, Bolivia, Ecuador, Colombia hasta la propia Venezuela se reforzará y se extenderá a los demás países.

En el propio país imperialista norteño, las condiciones maduran rápidamente para que surja un poderoso movimiento contra la gue-rra que puede reverdecer los laureles del heroico movimiento de los años sesenta y setenta contra la guerra de Vietnam. Los reacomo-dos que tal movimiento traería en la política de los dos partidos hegemónicos de Estados Unidos serían de tal envergadura que pondrían la reelección de Bush en peligro, y en la agenda el surgi-miento de una nueva izquierda en un momento crucial de la lucha de clases del país imperialista más poderoso. Ciertamente, el forta-lecimiento entre las masas populares estadounidenses de un senti-miento antibélico, y su expresión en movilizaciones y luchas de todo tipo contra la política imperialista del gobierno de Washington, es la esperanza más sólida y decisiva para lograr derrotar la embestida contrarrevolucionaria de éste.

En México, el gobierno de Fox ha sido y seguirá siendo afecta-do directamente. Su situación lo coloca entre la presión popular que le exigirá un claro y tajante deslinde de Washington, y la pode-rosa influencia del gobierno de Bush, que lo obligará a dejarse de ambigüedades y decidirse al apoyo directo e incondicional para su política belicista. En la rebatinga diplomática y el mercadeo de vo-tos para que Estados Unidos logre el aval del Consejo de Seguridad de la ONU en la segunda ronda de discusiones, en marcha actual-mente, destaca el ambiguo voto de México que en la primera ronda se colocó, a su modo, con el bloque que se opuso a Washington en su afán de desatar la guerra contra Irak lo más pronto posible. Una posición ciertamente sorprendente, tomando en cuenta que el can-ciller era hasta hace muy poco todavía el conspicuo aliado servil de Bush y Powell, Jorge Castañeda, pero que tiene pocas probabilida-des de mantenerse ante la poderosa presión del gobierno de Bush, que cuenta con numerosas cartas para chantajearlo impunemente. El pueblo mexicano, en forma abrumadoramente mayoritaria, está en contra de la guerra contra Irak, no tanto por su conocimien-to detallado de lo que sucede en ese país y en la región en que se encuentra —las informaciones de los medios de comunicación de acceso a las grande masas, en especial la televisión, al respecto dejan mucho que desear—, cuanto por la histórica y saludable descon-fianza y oposición que hay en lo más profundo de las raíces popula-res de nuestro país a la política imperialista de Estados Unidos. El presidente Fox, como se dijo arriba, será presionado fuertemente para adoptar la postura de sus amigos estadounidenses, o sea de Bush y compañía (A fines de febrero recibió una llamada telefónica del propio Bush urgiéndole para que el voto de México en la reu-nión clave del Consejo de Seguridad, —a principios de marzo, cuando se discutirá una nueva resolución-ultimátum contra Hus-sein propuesta por Estados Unidos e Inglaterra— fuera en favor de la misma.) Que no acepte ser un furgón de cola del tren imperialis-ta dependerá, en gran parte, del éxito del movimiento antibélico, tanto en México como en el mundo entero.

Como se ve, las repercusiones de la guerra en Irak serán enor-mes, incluso en el caso “óptimo” para los estrategas de Washing-ton, o sea, el caso de una guerra corta de algunos días, o cuando mucho de dos o tres semanas. La humanidad recibirá un golpe te-rrible que se sentirá por mucho tiempo. Pero aun en el caso que la presión de las grandes masas populares de Estados Unidos y el mundo lograran abortar el impulso bélico contra Irak, también en esta situación el precio político que deberá pagar el gobierno de Bush será altísimo. Aquí, la cuestión que se plantearía con más evidencia sería la fuerza tremenda que lograría el sentimiento antiimperialista y de confianza de las masas en todos los países cuya población se hubiera movilizado con más decisión y firmeza.

EEUU en una hora decisiva

Para el imperialismo estadunidense su posición podría resumirse así: una gran fuerza táctica y coyuntural, la cual se podrá expresar pasando incluso sobre la ONU (a la que dejaría moribunda) si no lo-gra su aval para el ataque de Irak; pero una debilidad estratégica creciente en la perspectiva de una más amplia trayectoria histórica.

Hasta el momento de las grandes manifestaciones de febrero, en el establishment estadounidense no se habían expresado grandes diferencias con el equipo de Bush, a pesar de que los argumentos en su contra abundaban con todos los casos de impericia y corrupción en que se ha visto involucrado él mismo y conspicuos miembros de su gabinete. El Partido Demócrata se había alineado prácticamente en su conjunto al presidente republicano, con la excepción de tres o cuatro legisladores en las cámaras que habían expresado una tibia oposición. El ex presidente Clinton ha permanecido silencioso, aun-que su esposa Hillary, flamante nueva senadora por Nueva York, expresó su entusiasmado apoyo a “nuestro Presidente”. Poco a poco las cosas comienzan a cambiar, y una muestra no poco importante de ello es la postura más moderada hecha pública por Zbigniew Brzezinski, asesor para asuntos de seguridad nacional del presidente Jimmy Carter, quien recomendó mesura a Bush, res-petar los acuerdos con los aliados y darse todo el plazo de tiempo necesario para arrancar una decisión de apoyo de la ONU al esfuer-zo estadounidense. Para él la cuestión era muy clara: cualquier otro camino implicaba un alto costo político para Estados Unidos que podía ser muy arriesgado contraer. Washington debería emprender “una estrategia más amplia, sensible ante el riesgo de que acabar con el régimen de Saddam pudiera salirle demasiado caro al lide-razgo global de Estados Unidos”.1 ¿Cuál será finalmente la posición que tomará el presidente Bush?, ¿La segunda guerra del Golfo es inevitable?, ¿Se iniciará el siglo XXI con una catástrofe que continuará las del siglo XX? La clase dominante de Estados Unidos está a punto de realizar una acción que será decisiva en su trayectoria histórica, acelerando el ritmo de su crisis histórica y la del sistema imperialista que encabeza y representa prioritariamente. Su apetito de apoderarse del mundo como si fuera todo para él es demasiado poderoso, como bien lo ha expresado el equipo del segundo Bush; pero también es evidente que, en la medida en que se alarga el momento de ordenar la señal de ¡fuego!, los costos políticos e incluso los militares se encarecen más y más, haciéndose cada vez más alto el precio a pagar por el cambio de régimen en Irak.

El mundo ante una encrucijada

El año pasado se conmemoró el 40 aniversario de la mayor crisis que puso al mundo al borde la guerra nuclear en el siglo XX. Fue la crisis de los misiles de Cuba en octubre de 1962. En ese momento, las dos superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética, se en-frentaron con motivo de la colocación de misiles soviéticos en te-rritorio cubano, aceptados por el gobierno revolucionario de la isla para defenderse de la inminente agresión estadounidense. El go-bierno de John F. Kennedy reaccionó rápida y drásticamente: cercó a Cuba con sus barcos y amenazó con disparar contra los barcos so-viéticos que rompieran el cerco. El desafío al gobierno de Nikita Jruschov era directo, de hecho era un ultimátum: o quitaban los co-hetes de Cuba o estallaría una guerra entre Estados Unidos y la Unión Soviética, obviamente de naturaleza atómica. La humanidad detuvo la respiración durante cinco días cruciales. Finalmente, Jruschov accedió a las peticiones de Kennedy de retirar los cohetes de la isla a cambio de que Washington hiciera lo mismo con los co-hetes que desde Turquía apuntaban a Moscú y otras ciudades rusas y con la promesa de que Estados Unidos no invadiría Cuba.

En las cuatro décadas transcurridas desde la crisis de los misiles en Cuba, la humanidad ha pasado por un periodo de grandes hechos de alcance histórico-mundial que la han transformado fundamentalmen-te. En 1962, la crisis se resolvió en las cúpulas de las dos superpoten-cias que dirimían en la isla de Cuba su macabra contienda mundial. Prácticamente, la humanidad quedó paralizada esos días fatídicos, es-perando que su destino se decidiera en las mencionadas cúpulas. Los dos gobiernos, el imperialista de Washington y el burocrático de es-tirpe neoestaliniana de Moscú, ni siquiera tuvieron en cuenta al go-bierno del país que era el centro de la crisis. Fidel Castro y Ernesto “Che” Guevara, los dirigentes revolucionarios de Cuba, no escondie-ron su enojo. De hecho, estos acontecimientos fueron afluentes de las causas que condujeron al asesinato de Kennedy en Dallas, Texas, un año después y a la renuncia de Jruschov en 1964.

Muy diferente se presenta el panorama en la actualidad. La cri-sis de Irak ya no se decidirá solamente en el Salón Oval de la Casa Blanca, ni tampoco el veredicto que se tome en la sala del Consejo de Seguridad de la ONU será definitivo, ni mucho menos las deci-siones a que se lleguen en las sedes de los gobiernos europeos o árabes. Hoy la crisis del estallido o no de la guerra contra el gobier-no de Irak se decidirá también y, podríamos añadir, fundamental-mente, en las calles de las ciudades de Europa, América Latina, el Medio Oriente, Asia, Canadá y, por supuesto, Estados Unidos. Y si finalmente, a pesar de las movilizaciones, la guerra estalla, también su resultado y su conclusión se decidirán, tanto como en los desier-tos de la antigua Mesopotamia, en las calles y en las fábricas de los países de todo el mundo. La toma de conciencia de amplios sectores populares de que la mayoría de los gobiernos, en especial el imperialista de Estados Unidos, están encabezados y dirigidos por enemigos de la vida, del bienestar humano y del porvenir mismo de la humanidad, es un acervo político inestimable que no existía hace medio siglo. Cierta-mente, los acontecimientos revolucionarios de las décadas de los años sesenta y setenta, así como la caída de la Unión Soviética y de su bloque satélite europeo oriental en la última década del siglo XX, contribuyeron decididamente a la forja de la actual conciencia del peligro que acecha al planeta con la política demencial de la “gue-rra preventiva” concebida en las mentes deshumanizadas de los amos del mundo.

Prometedora es en la actualidad la participación creciente de las más amplias masas de la juventud, que se politizan y acceden a la lucha por un nuevo mundo sin guerras, sustentable desde el punto de vista ecológico y libre de las plagas del hambre, el de-sempleo, los salarios de hambre y demás lacras que aquejan a los pueblos y las naciones sometidas a la actual globalización impe-rialista. Muchos combates, sacrificios y seguramente sangre, serán ne-cesarios para lograr esa meta por la que tantos hombres y mujeres lucharon en los dos últimos siglos para conquistar y lograr un mun-do fraterno, en el que los seres humanos lleguen a la plenitud de su desarrollo, no a costa de la explotación de otros seres humanos, si-no en la concordia y la solidaridad de la nueva civilización socialista a la que ha aspirado lo mejor de la humanidad. Es una meta digna que merece nuestros mejores esfuerzos y que podrá realizarse con la acción colectiva y organizada de las grandes masas populares de todas las naciones del planeta, ya integradas por la propia globa-lización imperialista, la cual, con el concurso emancipador de su impulso revolucionario, será el fundamento de un mejor mundo futuro, el mundo de la mancomunidad libre y democrática de repú-blicas socialistas.



1 Diario El País, 20 de febrero de 2003.
Autor y licencia de 'Irak: causas e impactos de una guerra imperialista - La globalización militarizada'
Camilo Valqui Cachi (coordinador) Extraído de: http://www.rebelion.org/seccion.php?id=24

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