Irak: causas e impactos de una guerra imperialista - La guerra contra Irak: Eurasia, la variable oculta (III)
En relación al Cáucaso y al Asia central, recomienda no ene-mistarse con Turquía, así como mejorar las relaciones con Irán. Re-comienda asimilar a Turquía a Europa y evitar que ésta se convierta en más islámica, para lo cual habrá que sugerir a la Unión Europea considerar su integración como estado europeo. A propósito de la Cuenca del Caspio y del Asia Central, sostiene que Estados Uni-dos deberá apoyar las aspiraciones de Ankara “de tener un oleoducto desde Bakú (Azerbaiyán) a Ceyhan, en su propia costa mediterránea (hfkd: cerca de Siria), y que serviría como una importante salida para las reservas de energía de la cuenca del mar Caspio”.
Sobre Irán dice:
no va en interés de EU perpetuar la hostilidad con Irán. Cualquier eventual reconciliación debería basarse en el reconocimiento por ambos países de sus intereses estratégicos mutuos en la estabilización del imprevisible entorno regional de Irán. En interés de EU iría un Irán fuerte, incluso movido por impulsos religiosos —pero no fanáti-camente antioccidental. Los intereses estadounidenses a largo pla-zo en Eurasia se servirían mejor abandonando las actuales objeciones de EU a una aproximación económica entre Turquía e Irán, especial-mente en la construcción de nuevos oleoductos desde Azerbaiyán y Turkmenistán. La participación financiera estadounidense en tales proyectos redundaría en beneficio de EU. Se pronuncia por un estrechamiento de los lazos con India a la que tipifica como una potencia que contribuye al equilibrio regio-nal ante la emergencia de China y a la que presenta como ejemplo de país democrático. Sostiene que India debe jugar un mejor papel en la toma de decisiones sobre temas de estabilidad regional y debe ser apoyada políticamente para contrarrestar la relación chino-pa-quistaní y compensar el apoyo que recibía de la Unión Soviética.
Sobre China, argumenta que es un país relativamente pobre cuya expansión depende de su relación estratégica con Estados Unidos. Aún en una visión de largo plazo, considera que China no llegará a ser potencia económica global debido a que no podrá sostener por mucho tiempo sus ritmos de crecimiento, sobre esto dice: En realidad, la continuación a largo plazo del crecimiento al ritmo actual requeriría una combinación extraordinaria de liderazgo nacio-nal, tranquilidad política, disciplina social, ahorro elevado, grandes entradas de inversiones extranjeras y estabilidad regional. Es impro-bable una prolongada presencia de todos estos factores. No obstante, reconoce la posibilidad de que se convierta en la potencia dominante en la región del Extremo Oriente. Anticipa que en veinte años, podría llegar a ser una potencia militar mundial, sin embargo advierte que, si los recursos derivados de su PIB fueran exce-sivos para la modernización de sus fuerzas armadas y arsenal nuclear, podría tener el mismo efecto negativo sobre el crecimiento económico a largo plazo que tuvo la carrera de armamentos sobre la economía so-viética. La acumulación china de armas en gran escala precipitaría también una respuesta japonesa para equilibrarla. En cualquier caso, aparte de sus fuerzas nucleares, China no tendrá capacidad durante algún tiempo para proyectar su poderío militar más allá de su región.
Z.B. reconoce que China es el único país con capacidad para actuar como factor de equilibrio geopolítico en el Extremo Orien-te. El pacto chino-estadounidense facilitaría a Estados Unidos la relación con el Asia Oriental. Esta característica atribuida a China no la tiene Japón, país que a pesar de su cercanía con Estados Uni-dos, no cuenta con simpatías en la región. Basa sus recomendacio-nes en el hecho de que, para el autor, China y Estados Unidos son aliados naturales debido a que no ha habido antecedentes de enemistad como ocurrió en la historia de las relaciones de China con Japón, Rusia e Inglaterra. A diferencia de sus recomendaciones dirigidas al desistimiento de la idea de una Gran Rusia o Rusia postimperial, para el caso de China, por el contrario, propone aceptar y fomentar la idea de una gran China, concebida como potencia dominante en el Extremo Oriente. En este punto, aclara que se trata de permitir la creación de una esfera de influencia regional, más no una zona de dominio político con exclusividad al estilo de la que fue creada en Europa del este bajo el imperativo de la Unión Soviética. Considera que una poderosa China influiría en el Extremo Oriente ruso y contri-buiría a la reunificación de las dos Coreas. Considera, asimismo, que los intereses chinos y estadounidenses coinciden en Asia Cen-tral y el golfo Pérsico en relación a sus demandas energéticas y a las fuentes de abastecimiento de petróleo ubicadas en esas regiones, en tanto que son divergentes de las expectativas de Rusia, país que po-dría persistir en sus intentos por reunificar, bajo su mando, al Asia Central. A su vez, considera que la relación entre China y Pakistán, contrarresta cualquier inclinación de la India a cooperar con Rusia respecto a Afganistán y el Asia Central. Así entonces, está conven-cido que la alianza con China, es tan importante como la que es ne-cesario establecer con Europa y es mayor en importancia que la que se pueda crear con Japón. Para lograrlo, propone integrar a China al G-7 y a un esquema de cooperación mundial, lo que obli-ga a abrir los canales para un diálogo estratégico serio.
Sobre el Japón, sostiene que los estadounidenses le debería en-viar un mensaje claro, en el sentido de que si bien reconoce que hay que darle el trato de un socio global, Estados Unidos no estará dis-puesto a ser un aliado contra China; sobre este tópico, sostiene: “Sólo sobre esta base se puede construir un triple entendimiento, en el que se conjuguen la potencia mundial estadounidense, la preeminencia regional china y el liderazgo internacional japonés”. Considera que Japón no debe ser su principal aliado militar en la región, porque distanciaría a Estados Unidos del conjunto de paí-ses del Extremo Oriente, alejaría la posibilidad del consenso chino-estadounidense y frustraría los planes estadounidenses de lograr la estabilidad de Eurasia. Está convencido de que, por la animadversión creada en su re-gión, Japón no tiene posibilidades, ni debe intentarlo, de convertir-se en una potencia regional. Al contrario de China, para la que cualquier proyección como potencia global, pasa por consolidar pri-mero su condición de potencia preeminente en la región, considera que Japón podría jugar un papel influyente en el mundo sólo coope-rando con Washington en el diseño de un nuevo orden mundial.
Sin embargo, convencido de la importancia de Japón, como factor de estabilidad en el Extremo Oriente, recomienda iniciar un proceso de reconciliación entre la nación nipona y los países del es-te asiático, poniendo énfasis en Corea y anticipándose a su reunifi-cación. En el establecimiento de la alianza estratégica Estados Unidos-Japón, considera Brzezinski que este último deberá sentir que se le da un trato preferencial en un proyecto global que incluya lo político y lo económico. En este último aspecto, se deberá suscri-bir un acuerdo de libre comercio, para formalizar el vínculo entre las dos economías, lo que contribuiría, además, a otorgar confianza al Japón en sus aspiraciones internacionales y a justificar la conti-nuación de la presencia estadounidense en la región.
Así entonces, para Brzezinski, la principal tarea en Eurasia sería la creación de un sistema de seguridad transeuroasiático que inclu-ya a una OTAN ampliada “unida por acuerdos de seguridad con Ru-sia, China y Japón”; para lograrlo, cree que se deberá partir de un diálogo triangular que apunte a integrar a otros países asiáticos, pa-ra, posteriormente, propiciar un acercamiento con la OSCE. Lo an-terior, sentaría las bases para marchar hacia un mecanismo de seguridad transcontinental. Considera que tal sistema de seguri-dad, sería el logro más significativo del siglo XXI en cuya conduc-ción se encontrarían las potencias mayores euroasiáticas: Europa, China, Japón, India y una Rusia confederada, desde luego, siempre al lado y bajo el auspicio de Estados Unidos. Convencido de que esta vía perpetuaría a Estados Unidos en Eurasia en su condición de árbitro, remata: “El éxito geoestratégi-co en esa empresa sería un adecuado legado de EU como primera y única superpotencia mundial”. 33
Más allá de la forma y la combinación de tiempos en que se instrumente, esta visión global e histórica del papel de Estados Unidos en el mundo, inspiró en el pasado, inspira en la actualidad y seguirá orientando la toma de decisiones por parte de quienes determinan la política exterior de la Casa Blanca y deciden sobre el conjunto de acciones diplomáticas, económicas o político militares. Pero lo an-terior no significa que el mundo tenga que respetar los métodos y tiempos previstos por Washington. Estos estarán sujetos no tanto a los deseos, sino a las posibilidades reales de Estados Unidos en un mundo cambiante y dinámico como el actual, pues la emergencia de una nueva hegemonía y el surgimiento de verdaderos contrape-sos que llenen el vacío geopolítico actual, podrían alterar significa-tivamente o interrumpir sus planes estratégicos.
Como el pensamiento geopolítico no es conocimiento científico34 sino la pura ideología pragmática35 del hegemón, a éste escapan variables importantes de la realidad que pueden decidir el curso de los acontecimientos frustrando cualquier plan estratégico o inte-rrumpiéndolo por años o décadas, aunque cabe recordar que cuan-do esto ocurre, está el recurso de las armas cuyo poder disuasivo ha sido probado en la historia de las grandes potencias, poder que sólo puede ser neutralizado o superado siempre y cuando surja un poder mayor no únicamente en el aspecto económico y militar si-no por su capacidad —superior y en ascenso— disuasiva y de lide-razgo a nivel mundial, es decir, por su capacidad de erigirse en el nuevo hegemón.
Así entonces, escapa al enfoque de Brzezinski y los estrategas del Pentágono, los alcances de la crisis actual de la economía esta-dounidense y el dinamismo de economías emergentes como la Chi-na y la de los países asiáticos, así como los procesos de integración regional en el Extremo Oriente, en Europa y las posibilidades de la formación de un bloque panislámico en el Medio Oriente. Son es-tos nuevos actores, los que podrían decidir el curso de las próximas décadas.
China, contrario sensu a todo pronóstico, registra tasas inéditas de crecimiento. Con un crecimiento sostenido que ha venido en ascenso durante dos décadas, hoy se ha colocado a la cabeza de los paí-ses manufactureros y es el segundo socio comercial de Estados Unidos, desplazando a México y a Canadá. En tanto que las tasas de crecimiento a nivel mundial fluctúan alrededor de 1.5%, China está creciendo al 8% y se prevé que esta cifra ascenderá en los próxi-mos años. China viene atrayendo el mayor porcentaje de inversio-nes extranjeras: en cifras del año 2002 el monto ascendió a 57 mil millones de dólares, un equivalente al monto total de las inversio-nes extranjeras en América Latina. La política monetaria china ha forzado a la deflación del dólar al anclar el yuan a la divisa mundial, pero en tanto que para los chinos esta política monetaria les viene significando una pérdida mínima y por el contrario van ganando cada vez mayores mercados, para la economía estadounidense, hoy se traduce en recesión; algo parecido hizo Japón con el yen durante el florecimiento del modelo nipón.
Pero sería erróneo reducir la explicación del éxito o el fracaso del modelo chino únicamente a las cifras macroeconómicas, como lo hace Brzezinski, sus apologetas y críticos. Ciertamente China es más que una gran maquiladora que hoy aprovecha las condicio-nes que le otorga el mercado mundial y principalmente el modelo de localización industrial estadounidense en una coyuntura de cri-sis del capitalismo pues ostenta un modelo de desarrollo nacional y de integración regional propio en el plano industrial, financiero, agrícola, comercial, de servicios, político y cultural. Desde este punto de vista, se perfila como una indiscutible potencia regional.
Pero para que China llegue a disputar la hegemonía mundial, tendrá que cumplir con los requisitos del nuevo hegemón que muy sucintamente hemos indicado líneas arriba. Es decir, China debe avanzar en sus acercamientos con los países asiáticos y particular-mente con India, país que en las últimas décadas viene, a su vez, re-gistrando importantes tasas de crecimiento cercanas al promedio regional cuyo pronóstico para 2004 es de 6.3%.36 Sin alcanzar las cifras chinas, la alianza estratégica entre estos dos países, podría crear las condiciones para la emergencia de un contrapeso a la su-perpotencia estadounidense, proyectar a China como potencia mundial y rediseñar el mapa geopolítico del mundo; no sobra decir que ambos países son ya potencias nucleares que en conjunto comprenden la tercera parte de la población mundial.
La fortaleza de China estriba en estas posibilidades y en su mode-lo de desarrollo caracterizado por una economía mixta que habien-do flexibilizado su anterior esquema de economía centralizada, hoy aprovecha las ventajas de una economía bajo la rectoría estatal, así como las que le brinda el mercado global. Sin embargo, ostenta debilidades propias de una economía que si bien ha avanzado en su modelo redistributivo basado en el principio de equidad, aún per-sisten fuertes rezagos entre el campo y la ciudad, en cuanto al nivel de ingreso, consumo y empleo; entre la eficacia del sistema produc-tivo y las rémoras de su sistema financiero. Pero hay algo más: las probabilidades de la creación de un nue-vo contrapeso comandado por China estriban en la posibilidad del establecimiento de alianzas estables y de largo plazo que sólo serían pensables con fuerzas y naciones afines política, ideológica y eco-nómicamente, con la fuerza y la permanencia suficiente para en-frentar el capitalismo de la posguerra fría, situación poco probable por ahora en el Asia, continente integrado por países que tienen entre sí intereses, visiones del mundo y proyectos heterogéneos. La comunidad de intereses en relación a temas sobre seguridad, no es suficiente para la construcción de una nueva hegemonía. Inclusive en este terreno, hay intereses encontrados entre países o grupos de países como es el caso de la disputa territorial entre India y Pakis-tán y su histórico alineamiento a Rusia y China respectivamente, o las diferencias entre estos dos países en relación a Chechenia o a sus objetivos geoestratégicos en el Asia Central.
Volviendo a Brzezinski, interesa destacar que en su obra no se hace mención alguna a América Latina, situación que puede tener dos significados: el primero y que tiene que ver con las prioridades geopolíticas de los estrategas estadounidenses en el diseño de una nuevo orden mundial y que indican que en la pugna por un nuevo reparto del mundo, para Estados Unidos es urgente hoy llenar el va-cío geopolítico en las regiones prioritariamente estratégicas del ma-pa mundial. Y el segundo, que se traduce en que para el hemisferio occidental, será más de lo mismo a corto, mediano y largo plazo. Es-tados Unidos, fieles a la Doctrina Monroe, de larga data, seguirán ejerciendo el control e imponiendo sus programas de ajuste neoli-beral por medio del FMI, el BM y el BID. Continuarán saqueando sus recursos humanos, financieros y naturales,37 acelerarán los planes para la integración de las economías del subcontinente a la ruta del capital financiero y las cadenas productivas de las transnacionales por la vía del Plan Puebla Panamá (PPP), el Acuerdo de Libre Co-mercio (ALCA) y la Organización Mundial del Comercio (OMC) e intensificarán sus programas de contrainsurgencia en correspon-dencia con la tristemente célebre Doctrina para la Seguridad Nacional de décadas pasadas, hoy actualizada con eufemismo en la doctrina para la seguridad continental, en cuyos corolarios no nos detendre-mos, pero que deberán ser estudiados acuciosamente por los lati-noamericanistas, debido a que arroja pistas para identificar el lugar que ocupa América Latina en la actual estrategia de seguridad esta-dounidense. Sobre este tópico, únicamente diremos que la mencionada nueva doctrina apunta al control geoestratégico de la región y se propone la creación de una fuerza multinacional semejante a la que se preten-dió fallidamente conformar en el marco del pasado Tratado Intera-mericano para la Asistencia Recíproca (TIAR). El proyecto de defensa actual, que recoge el espíritu de la Cuarta Conferencia de Ministros de Defensa de las Américas y los acuerdos de la reunión de minis-tros del área de Belice, Centroamérica, Panamá y República Domi-nicana, reunidos en noviembre de 2002 en Chile y en Costa Rica en octubre del mismo año, respectivamente, es casi una copia de la an-terior en su estructura, conceptualización del enemigo y los métodos para eliminarlo. Salvo porque la Comisión de Seguridad Hemisfé-rica, que es la sustitución de la anterior Junta Interamericana de Defensa estará a cargo de los ministros de defensa que a su vez rele-van a los jefes militares de la JID, se mantienen, aunque con nom-bres diferentes, los órganos de comando y capacitación antiguos como el Centro de Estudios Hemisféricos en el lugar que ocupaba el Colegio Interamericano de Panamá o Comando Sur, la reunión de comandantes en jefe, y las escuelas de preparación militar, ahora localizadas en territorio estadounidense. Como en décadas anterio-res, el enemigo sigue siendo conceptualizado como interno. Dicho proyecto de defensa incluye un programa de ensayos militares que se vienen realizando con la asesoría y participación de tropas estadounidenses. Maniobras, como Águila II y III, que se realizan en territorios cercanos a zonas de conflicto como Colombia o con un importante potencial de recursos naturales y estratégicos, como es la Amazonia, la Triple Frontera (Brasil, Argentina y Paraguay) y regiones fluviales, como recientemente lo denunciara el Centro de Militares Democráticos de Argentina (Cemida).38
La importancia de América Latina, entonces, seguirá siendo del orden estratégico de acuerdo a su secular definición como el patio trasero de Estados Unidos. Pero este pronóstico podría ser alterado si los gobiernos democráticos emergentes, entre los que figuran Brasil con Lula, Venezuela con Chávez, Argentina con Kirchner, Ecuador con Gutiérrez y Paraguay, junto con Cuba, asumen el reto de construir un frente de naciones latinoamericanas orientadas a la búsqueda de auténticas alternativas de integración y seguridad re-gional para enfrentar con ventaja la actual globalización, basadas en la cooperación y la complementariedad, la justicia social, la inde-pendencia económica, la soberanía nacional y la equidad.
Conclusión
Tras la invasión a Irak, hay continuidades sólo comprensibles en una visión de largo plazo. La demencial carrera bélica de Estados Unidos, tiene su explicación en la geopolítica.
La actual administración estadounidense, encuentra en el mun-do de hoy —un mundo globalizado y sin contrapesos, sometido al imperio del mercado, el capital y las transnacionales— las condi-ciones para ejercer su dominación imperial en el peor estilo de ejercicio de poder hegemónico, renunciando a la política y al mul-tilateralismo para apelar al recurso de la fuerza y a su vieja tradición aislacionista con la fuerza que le otorga el saberse la única potencia emergente de la posguerra fría. Los atentados en Nueva York y Washington en cuya autoría no se descarta la teoría de la conspiración, como sostienen hoy expertos en desastres y la consiguiente invasión a Afganistán, nos colocan ante el nuevo modelo de seguridad estadounidense basado en una reconceptualización de enemigo, que, en su epistemología y sus mé-todos, es una combinación de dos viejas doctrinas: la de la guerra to-tal y la de guerras de baja intensidad contenidas en la doctrina para la seguridad nacional. Así, el enemigo ha dejado de ser un Estado o una coalición de los mismos; el enemigo para los actuales señores de la gue-rra puede estar en todas partes y puede involucrar a cualquier Esta-do. Es obvio que en este lenguaje, el mensaje disuasivo no es tanto para los enemigos pequeños como para los que pudieran disputar a corto o mediano plazo la hegemonía de Estados Unidos.
En esta lógica, es válido suponer que el mundo ha ingresado ya a una era marcada por la doctrina de la guerra perpetua y cuyo autonominado gendarme global es Estados Unidos. La actual ad-ministración, sintiéndose depositaria de este legado, parece empe-cinada en aplicar en cuatro años la visión supremacista de la élite que domina la Casa Blanca: que ha llegado el siglo americano y, recurriendo a toda su capacidad bélica, poner de rodillas al mundo aunque para lograrlo destruya a la comunidad de naciones y a su única red de seguridad representada en la ONU cuya existencia, si bien es cierto fue producto del orden emanado de la posguerra — orden creado para garantizar el equilibrio estratégico de la guerra fría y del cual Estados Unidos fue artífice— resume un siglo de esfuerzos mundiales en la búsqueda de la concordia, la diplomacia y la paz.
Así entonces, es de esperar que después de Afganistán e Irak, sigan en la lista de intervenciones militares —las que se justifica-rán a partir de la lucha contra el terrorismo y por razones democráti-cas, humanitarias y de seguridad— Corea del Norte cuya ubicación es geopolíticamente importante para Estados Unidos debido a su vecindad con China, seguido de Irán y Siria países que actualmen-te obstruyen el tránsito entre el Caspio y el Mediterráneo y de Cuba, la isla mayor de las Antillas por cuyas aguas transita 70% del petróleo y 60% del aluminio consumidos por la economía es-tadounidense. Pero no todo será miel sobre hojuelas para Washington: La vietnamización de la guerra de liberación que hoy libra el pueblo iraquí, constituye un serio revés a los planes imperiales de Estados Unidos y los países capitalistas de Europa. Asimismo, las protestas mundiales de más de 30 millones de personas contra la guerra y el movimiento de resistencia altermundista que hoy cobra fuerza contra el neoliberalismo, confirman que sólo la lucha organizada de los pueblos por su emancipación podrá poner freno al terro-rismo de estado anglosajón y a cualquier otra aspiración expansio-nista, así como sentará las bases para la construcción de un mundo mejor.
33 Op. cit.
34 Véase Foo Kong, Herminia C., “La dimensión geopolítica en la perspecti-va de las ciencias sociales latinoamericanas: apuntes para una reflexión”, Estudios Latinoamericanos, nueva época, año III, núm. 5, pp. 53-58, UNAM-FCPyS-Centro de Estudios Latinoamericanos (CELA), México, 1996.
35 En el lenguaje de la geopolítica, el término pragmatismo es sinónimo de realismo político. Véase Hans Morgenthau, El poder entre las naciones.
36 Datos del Fondo Monetario Internacional (FMI).
37 La segunda reserva petrolera se encuentra en América Latina con 123,000 m/b, 11% del total. México es, hoy, el principal país abastecedor de petróleo de Estados Unidos.
38 Véase Calloni, Stella, “Pérez Esquivel encabeza protesta contra los ensayos militares Aguila III”, La Jornada, 29 de septiembre de 2003, p. 35, México.
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