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Irak: causas e impactos de una guerra imperialista - La ONU, el derecho internacional y la guerra imperialista

 ***** (7 opiniones)
Creative Commons Monografía de Camilo Valqui Cachi (coordinador) - 01 de Febrero de 2006
19. La ONU, el derecho internacional y la guerra imperialista

Irak: una guerra de agresión

JOSÉ ENRIQUE GONZÁLEZ RUIZ

El viento. Nosotros nos poníamos del lado del viento. Por eso las balas nuestras no se desviaban. Las balas de ellos, a contraviento, se perdían.*

La Historia Oficial, Eduardo Galeano.

En la Asamblea General de las Naciones Unidas del 12 de septiem-bre de 2002, el presidente de Estados Unidos, George W. Bush ex-puso la doctrina de la guerra preventiva. Quiso con ello introducir en el mundo un concepto que adicionara los conocidos hasta ese momento: la guerra de agresión y la guerra legal. Conforme a su visión, después del 11 de septiembre de 2001, cuando se produjo un ataque a las Torres Gemelas de Nueva York, el mundo se con-virtió en un inmenso escenario bélico para Estados Unidos, que se declaró dispuesto a combatir al “terrorismo”.

La prensa hablada y escrita se encargó de propalar la versión de que un formidable, pero fantasmal enemigo, se movía por el globo entero poniendo en riesgo los intereses vitales de la potencia nu-clear: el grupo Al Qaeda, liderado por Osama Bin Laden. Posee-dor de armamento capaz de causar enormes daños, el “terrorismo” actuaría por razones perversas, movido únicamente por el odio ha-cia lo que representa el modo de vida estadounidense (el famoso american way of life). Combatir a ese adversario sería, entonces, un acto de defensa de la seguridad nacional, extendida ahora por el planeta entero. Bush “descubrió” que varios países protegían al “terrorismo” y se refirió al “Eje del Mal”: Irak, Irán y Corea del Norte. Otros que-daron en reserva, como Cuba y Siria, a los que de vez en cuando hace víctimas de violentas andanadas verbales. Significativamente, su guerra comenzó por Afganistán, donde depuso un régimen que había procreado (el Talibán) y colocó un gobierno títere. Logró una “victoria” fulminante, sin costo político debido al desprestigio en que metió a sus antiguos aliados y a que contó con la colabora-ción interna de la “Alianza del Norte”.

Para conseguir el respaldo de sus compatriotas, Bush desplegó una guerra psicológica: por todos los medios se propuso convencer a los estadounidenses de que el “terrorismo” lanzaba peligrosos ataques con armas químicas (como el ántrax difundido nada menos que por el servicio postal) y de que se requería una campaña bélica para exterminar a ese enemigo. Vinculó los hechos del 11 de sep-tiembre con la agresión de Pearl Harbor, a fin de aprovechar ideo-lógicamente el triunfo de la Segunda Guerra Mundial, que fue la que llevó a Estados Unidos la hegemonía mundial. Con su tesis de “Guerra Preventiva”, el gobierno imperial se atribuye derechos que no tiene ninguna otra nación: definir quién es “terrorista” y quién le protege, y a partir de ello hacer todo lo que quiera para acabar con ese factor de riesgo.

Los pretextos para la agresión 

Ante la ONU, George Bush alegó cuatro cuestiones que fundarían legalmente una guerra contra Irak: 1) ha violado 16 resoluciones del Consejo de Seguridad, 2) posee armas de destrucción masiva, 3) comete violaciones a los derechos humanos, y 4) tiene vinculacio-nes estrechas con el “terrorismo” (al grado de que protege a la red Al Qaeda). Para acabar con esa “amenaza para la seguridad nacional estadounidense y para el mundo entero” se debía desarrollar una guerra para desarmarlo. Más tarde se agregó que debía derrocarse a Saddam Hussein, matándolo y deshaciéndose de sus colaboradores más inmediatos (particularmente de la Guardia Presidencial).

La camarilla belicista que rodea a Bush está compuesta por el vicepresidente Richard Cheney, el secretario de defensa Donald Rumsfeld, el número dos del Pentágono Paul Wolfowitz, y el presi-dente de Defense Policy Board, Richard Perle, a quien apodan “elPríncipe de las Tinieblas”. Éstos habían probado en Panamá en diciembre de 1989 que la guerra sigue siendo esencial para el avan-ce de las posiciones políticas estadounidenses. En aquella invasión se utilizó un pretexto similar al de ahora: aprehender a un “verdu-go de su pueblo”, el general Manuel Antonio Noriega que, como Hussein, es hechura de los estadounidenses. Entonces murieron 2000 civiles, y no hubo costo político porque Estados Unidos vetó la resolución de condena que pretendía emitir el Consejo de Seguridad (sin que importara el sinsentido de que el acusado fuese quien inter-puso el veto). Con ese mismo diseño prepararon la agresión a Irak.

Lo primero fue satanizar a Hussein, igual que se hizo con el Ta-libán. Exhibirlo como un cruel dictador que oprime a su pueblo, digno de ser asesinado impunemente por la CIA. El atraso y el ham-bre de los iraquíes no se debería al inmoral bloqueo que la ONU mantiene sobre ese país, que incluye la violación de su territorio por tropas del imperio durante más de diez años, sino a que el sátrapa hace traer de París toneladas de whisky para su consumo personal. Había luego que preparar un gobierno de relevo y encontraron un miembro de la “realeza” iraquí que tiene más de 30 años fuera del país. Así, se podría dar la impresión de que la agresión tenía respaldo interno. Pretextar incumplimiento de las resoluciones del Consejo de Seguridad tenía el objetivo de que éste bendijera los ataques. Ya lo había hecho en ocasiones anteriores y no había por qué dudar que lo hiciera de nuevo. Fue de esa forma que se decidió llamar Operación Liberación a la aventura bélica de Estados Unidos contra una nación subdesarrollada, de 23 millones de habitantes y flagelada por décadas de guerras y sus derivaciones.

La anulación de la ONU

Cuando Collin Powell se hizo presente en la ONU para “aportar pruebas” de que Irak posee armas de destrucción masiva (concepto que por cierto no está plenamente definido para saber si abarca o no las de Estados Unidos), únicamente hizo el ridículo. Fue tan grotesco su montaje, que no convenció ni a muchos de sus aliados tradicionales. Se desbordó entonces lo que se veía venir desde tiempos de la administración Clinton: una tormenta de descalificaciones hacia el organismo, para declararlo irrelevante. El flanco de la legalidad, que siempre cuidaron celosamente los imperios, fue abandonado. Se privilegia ahora la urgencia de redefinir el mapa estratégico del globo, renunciando a algunas amistades y reforzando otras.

Para Ramonet,1 son cuatro los objetivos del ataque a Irak:

a) Aportar una respuesta concreta al ataque del 11 de septiembre. Con ello, quedarían satisfechas las ansias de venganza de muchos estadounidenses (que según las encuestas respaldan sobradamente a Bush en su guerra).

b) Recuperar el control del Golfo Pérsico, donde se encuentran dos terceras partes de las reservas conocidas de petróleo. Por la misma razón, Irán seguiría en la lista.

c) Proteger a Israel contra un (improbable) ataque iraquí. Un gobierno adicto a Estados Unidos posicionará mucho mejor a los sionistas en su incontenible avance sobre territorio palestino.

d) Establecer una democracia en Irak, para extender este tipo de régimen político en Oriente. Claro que estamos hablando de la democracia del mercado, donde las elecciones se rigen por la ley de la oferta y la demanda.

Para estos fines, la ONU resultó un estorbo y Estados Unidos prescindió de sus servicios para la bendición de la guerra. Ahora está pensando si la deja entrar a la reconstrucción de Irak, cuyos contratos se disputan fieramente los empresarios de los países agresores (y muchos de los cuales están asignados desde mucho antes del inicio de la actividad bélica).

La guerra es de agresión

Muchos se resisten a denominar “guerra” a lo que hace Estados Unidos contra Irak; prefieren hablar de ataque, genocidio o masa-cre. En término de la legalidad internacional, sí es una guerra, o sea un acto bélico, pero de agresión.

En un dictamen jurídico sobre la legalidad de la guerra, los abogados Eoin McGirr y Mikel Mancisidor, concluyen que la gue-rra contra Irak sólo sería legal si la hubiese aprobado el Consejo de Seguridad de la ONU o se tratase de un caso de legítima defensa. No se dieron esas condiciones, porque Estados Unidos prefirió re-tirar su última propuesta cuando vio que sería derrotado en la vota-ción, y la defensa legítima sólo procede ante la evidencia o la inminencia de una agresión ilegal e injusta, además de que debe ser proporcional al daño que se pueda causar al agredido y adecuarse a los fines de la ONU, entre los que destaca prioritariamente la pre-servación de la paz.

De acuerdo con lo anterior, las acciones efectuadas por los ejér-citos de Estados Unidos y Gran Bretaña en contra del pueblo iraquí, constituyen crímenes internacionales, susceptibles de ser juzgados. Llama la atención que ningún país haya promovido un voto de con-dena contra loa agresores, como hizo notar el representante ante la ONU de la Asociación Americana de Juristas, A. Teitelbaum. Ningún país está autorizado a usar la fuerza para resolver sus diferendos con otros países; ni siquiera a amenazar con el uso de la fuerza. Estados Unidos, Gran Bretaña y Australia rompen ese principio fundamental para la convivencia civilizada entre las naciones.

Y no sólo se rompe el orden internacional sino también el de los países agresores. España, que va a la cola de los genocidas, ayu-dándoles a cargar el armamento, ve violado el artículo 63.3 de su Constitución, que deja en manos del rey la declaración de guerra. También el artículo 96.1, que exige la autorización previa de las Cortes Generales para intervenir en un conflicto armado (y ya no se diga para agredir a mansalva a un pueblo lastimado por décadas de guerra como Irak).

Bush y socios son delicuentes de lesa humanidad 

Sobre la base de lo expuesto, es posible concluir que George Bush, Anthony Blair y socios son responsables de crímenes de lesa huma-nidad, por los cuales deben ser sometidos a la acción de la justicia internacional. No ignoramos que aún faltan mecanismos para hacer efectivas las normas del derecho internacional; pero eso no les resta un ápice de validez jurídica. La ONU ha perdido legitimidad porque no ha sido capaz de en-frentar las imposiciones de los poderosos. Si no quiere contribuir a la entronización de un dictador planetario, debe recuperar su papel y condenar enérgicamente a los agresores. Ninguna guerra de agresión ha sido justa, mucho menos la que hoy se abate inmisericordemente sobre el pueblo de Irak.


* Explicación del capitán Pedro Viñas Ibarra del por qué en el “enfrentamien-to” del ejército argentino con peones de La Patagonia, en 1921, murieron 21 de éstos y ningún soldado. La Jornada, 16 de marzo del 2003, pág. 4A. El mundo co-mo territorio de guerra.

1 Véanse: Ramonet, Ignacio, “El Cuarto Reich”, marzo 24 de 2003, pp. 3 y 23.

“Dictamen jurídico: la legalidad internacional del uso de la fuerza contra Irak”, 22 de marzo de 2003 (o sea, antes de que se desatara la barbarie anglo estadounidense).

“En estos momentos tiene lugar un capítulo más de la guerra colonial contra todos los pueblos del mundo con su cortejo de muerte, destrucción y miseria… Los agresores… exhiben un currículum de más de 150 años de guerras coloniales y de agresión”, dijo el jurista. Y deploró que el Consejo de Seguridad no se hubie-ra reunido de inmediato para detener la guerra injusta. Intervención ante la asam-blea de la ONU, 24 de marzo de 2003.

Véase: Rodríguez Cantón, Alejandro, “¿Criminales de guerra entre nosotros?”, envío por correo electrónico de Al Sur del Sur, Justicia Universal, marzo 24 de 2003.

Autor y licencia de 'Irak: causas e impactos de una guerra imperialista - La ONU, el derecho internacional y la guerra imperialista'
Camilo Valqui Cachi (coordinador) Extraído de: http://www.rebelion.org/seccion.php?id=24

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