



(7 opiniones)
RAMÓN ESPINOSA CONTRERAS
No debe de considerarse como válido un tratado de paz que se haya ajustado con la reserva mental de ciertos mo-tivos capaces de provocar en el porvenir otra guerra.
E. Kant
Los problemas del mundo, la codicia, el hambre, la gue-rra, son los síntomas de la confusión del hombre
J. Krishnamurti
El siglo XX ha sido denominado como el siglo de la barbarie, de la guerra de todos contra todos, de destrucción y muerte. De acuer-do con Eric Hobsbawn, “el siglo XX fue el más sanguinario del que la historia tenga registro. El número total de muertes causadas o asociadas a sus guerras se estima en 187 millones, el equivalente a más de 10 por ciento de la población mundial en 1913. Si situamos su inicio en 1914, fue un siglo de guerra casi ininterrumpidas, y hu-bo pocos y breves periodos en los que no hubiera algún conflicto organizado en alguna parte” (La Jornada, 20/03/02). La barbarie, el viejo siglo XX la heredó al naciente siglo XXI con los acontecimientos del terrorismo el 11 de septiembre del 2001 y los aviones bomba que destruyeron las Torres Gemelas en Nueva York donde murieron aproximadamente 5 mil personas. La contestación inmediata fue la intervención militar en Afganis-tán y hoy, la invasión a Irak por parte de los imperios estadouni-dense e inglés, supuestamente para terminar con el terrorismo internacional.
Ante estos acontecimientos bárbaros y el horror de la nueva barbarie que se instala en el mundo, ¿cuál ha sido el papel de las Naciones Unidas frente al problema de la paz? Porque el problema de la guerra y de la paz sigue siendo la preocupación de la humanidad, como lo fue a lo largo de la historia.
Las dos guerras mundiales y la SDN
El siglo XX empezó con la Primera Guerra Mundial, también lla-mada la Gran Guerra que inició en 1914 a consecuencia de los conflictos imperialistas entre las grandes potencias europeas y la determinación alemana de lograr un nuevo reparto colonial, con la finalidad de disminuir el poderío francés e inglés. Este conflicto tuvo un costo sangriento: ocho millones de soldados muertos en los campos de batalla y siete millones de civiles perdieron la vida en las poblaciones atacadas, más varios millones de heridos, inválidos y desaparecidos.
La guerra modificó la geografía política mundial, establecién-dose un nuevo orden internacional al terminar con el triunfo de la Triple Entente, compuesta por Rusia, Francia y Gran Bretaña; la de-rrota de la Triple Alianza de Alemania, el imperio de Austria-Hun-gría e Italia y con la firma del Tratado de Paz entre Rusia y Alemania en 1918. Estos hechos tuvieron como resultado la Firma del tratado de Versalles en 1919, impulsado por Woodrow Wilson, presidente estadounidense, junto con la propuesta de crear la So-ciedad de Naciones (SDN) cuyo propósito fundamental sería salva-guardar la paz y el orden internacionales. Organización que fue fundada el 10 de junio de 1920 por los países vencedores de la Pri-mera Guerra Mundial. Los Estados Unidos de América y la Unión Soviética no se incorporaron a dicho organismo.
Considerando que para resolver las controversias entre los paí-ses y garantizar la paz, el único método es la política a través de la diplomacia como forma inteligente de evitar las acciones violentas que nacen del deseo del poder, del odio y de las trabas mal entendi-das que se oponen a la marcha de la civilización, la Sociedad de Na-ciones diseñó un marco constitucional formado por 26 artículos que estableció el pacto de no recurrir a la guerra con la finalidad de mantener las relaciones internacionales fundadas en la justicia, res-petando los pactos de no agresión y las normas del Derecho inter-nacional. Todo ello con la finalidad de fomentar la cooperación entre las naciones y para garantizar la paz y la seguridad mundial. La Sociedad de Naciones sostenía como ideal que la garantía de la paz solamente se da mediante la seguridad colectiva y que su cons-trucción pasa por la cooperación de todas las naciones; de lo con-trario, la paz sería inalcanzable. Además, subrayaba en los artículos 23 al 25 la solidaridad y la cooperación internacional, como premi-sas para poder alcanzar las metas propuestas para la paz, mediante tratados de paz y pactos firmados no sólo por las grandes potencias, sino también por los pueblos.
Como lo afirmara Kant en su tiempo, “la paz entre los hombres no puede asentarse y firmarse como no sea mediante un pacto en-tre los pueblos. Tiene, pues, que establecerse una federación de tipo especial, que pueda llamarse federación de paz —foedus pacificus, la cual se distinguiría del tratado de paz que acaba con una guerra y aquella que pone término a toda guerra” (Kant, 1985; 226). En ese sentido, Kant prevenía las malas intenciones y manio-bras de algún país o países que no estuvieran convencidos de los tratados y de los pactos pacificadores, porque en ellos existía elegoísmo y el deseo del poder. Ésta era la utopía de los fundadores de la Sociedad de Naciones y del propio Wilson.
Para llevar a feliz término los trabajos de la construcción de la paz, la Sociedad de Naciones formó el Consejo y la Asamblea, espa-cios donde se tenían que discutir todas las controversias y los pro-blemas de las naciones que afectaban a la paz del mundo. El Consejo lo conformaban Francia, Gran Bretaña, Italia y Japón; des-pués se sumarían Alemania y la Unión Soviética como miembros permanentes y otros asistirían como no permanentes. La Asamblea era la instancia donde acudía la gran mayoría de las naciones para analizar y discutir los conflictos en forma democrática, pero no te-nía el poder para resolverlos, solamente el Consejo de Seguridad.
El objetivo central de la Sociedad de Naciones quedó claro en sus catorce puntos elaborados por Woodrow Wilson: era la paz en el mundo. En el preámbulo de su propuesta, Wilson sostiene lo siguiente: Será nuestro deseo y propósito que los procesos de paz, una vez se hayan iniciado, se hagan de manera totalmente transparente, y que ellos no involucrarán ni se permitirán en el futuro acuerdos secretos de ninguna naturaleza. Los días de conquista y de engrandecimiento han pasado; así también los tiempos de pactos secretos celebrados en el interés de gobiernos particulares, y con probabilidades de que en un momento inesperado trastornen la paz mundial. Es este hecho feliz, ahora claro ante los ojos de cualquier hombre, los objetivos que tengan en vista.
El primer punto precisa: Abrir convenciones de paz, a las que llegue abiertamente, después de las cuales no haya entendimientos internacionales privados de ninguna naturaleza sino que la diplomacia siempre procederá francamente a la vista del público (Mortentau, 1986; 622). De este planteamiento se desprende que todos los conflictos bélicos en el futuro y el problema de la paz en el mundo debían de plantearse y resolverse públicamente en el seno del organismo in-ternacional a través de la política y la diplomacia y no por conducto de las armas. El problema es que los esfuerzos y los logros de paci-ficación de la Sociedad de Naciones y del propio Wilson fueron obstaculizados casi desde el inicio de su fundación en el momento en que el propio Senado estadounidense no ratificó el Tratado de Versalles del 28 de junio de 1919 y lo peor fue la supeditación de la SDN a la voluntad de las grandes potencias triunfantes de la guerra que eran las que resolvían las disputas, los problemas de pacifica-ción y la distribución del mapa político mundial.
Lo anterior está en relación con las violaciones a los tratados y pactos de no agresión. Ejemplo de ello es la fuerza impuesta en 1923 por Italia en Corfú o por Francia en la región de Ruhr, la ocu-pación militar japonesa a Manchuria en septiembre de 1931, impo-niendo un gobierno manipulable de acuerdo a sus intereses, la invasión de Italia por parte del gobierno de Benito Mussolini a Etiopía en 1935, trayendo como consecuencia que tanto Italia co-mo Japón y Alemania abandonaran por cuenta propia la SDN, po-tencias mundiales que iban a ser aliadas en la Segunda Guerra Mundial. La SDN fue incapaz de impedirlo y frenar dichos conflic-tos violentos.
Posteriormente, el organismo internacional entró en crisis cuando no pudo resolver ni la Guerra Civil española iniciada en ju-lio de 1936, ni los campos de concentración y los crímenes estali-nistas, tampoco la nueva agresión japonesa contra China en 1937. Por último, sufrió una terrible traición interna, la de su Secretario General, Joseph Avenol, quien fraguó en 1940 poner la organiza-ción en manos en Hitler mediante un organismo puramente euro-peo “bajo los auspicios germanos” (Sepúlveda, 2002; 291). Fue in-capaz de impedir las agresiones a Rusia y a otros países por parte del Eje Berlín-Roma encabezado por Hitler y Mussolini, ni pudo parar en 1939 la barbarie más salvaje que la historia de la humanidad haya experimentado en el supuesto apogeo de la modernidad que fue la Segunda Guerra Mundial. A partir de ello, las naciones acordaron renunciar en forma explicita a la SDN de acuerdo con el artículo 16 de sus estatutos, disolviéndose la organización en 1946, año en que fue remplazada por la Organización de las Naciones Unidas.
La Segunda Guerra Mundial terminó en 1945 con las dos primeras bombas atómicas arrojadas por Estados Unidos, una el 9 de agosto en Hiroshima con un saldo de 129 558 personas muertas, la segunda lanzada en Nagasaki dejando 66 000 muertos, los cuales se sumaron al Holocausto nazi. El holocausto, concepto que viene del griego holo “total” y kaio “quemar”; hacía referencia originalmente a un rito religioso practi-cado en muchas sociedades de la tradición en el que se incineraba una ofrenda. Entre los judíos, era un sacrificio religioso en el que la víctima era totalmente consumida por el fuego. En la actualidad, remite a cualquier desastre humano de gran magnitud y especial-mente cuando se emplea como nombre propio, se refiere a la polí-tica de exterminio de los judíos residentes en Europa llevado a cabo por Alemania gobernada por el nacionalsocialismo. Tanto el Holo-causto como las bombas arrojadas en Hiroshima y Nagasaki no tie-nen parangón alguno en la historia de la humanidad: éste es el sello que ha impreso la modernidad a la civilización moderna.
Estos actos criminales y bárbaros, muchos creen que son irracionales y que están fuera de toda lógica. No son racionales en términos humanos pero lo son de acuerdo con la racionalidad instrumental ya que fueron planeados racional, técnica y científicamente, como lo fueron posteriormente las guerras en Vietnam, luego en el Golfo Pérsico en 1991, en Afganistán en 2001 y en Irak en 2003. En estos tres últimos casos, se utilizó la tecnología militar más moderna para eliminar al enemigo sin sufrir grandes pérdidas de vidas y de equipo. Como lo subraya genialmente Zygmunt Bauman en “Moderni-dad y Holocausto,”en ningún momento de su larga y tortuosa realiza-ción llegó el Holocausto a entrar en conflicto con los principios de la racionalidad. La “Solución Final” no chocó en ningún momento con la búsqueda racional de la eficiencia, con la óptima consecuen-cia de los objetivos. Por el contrario, surgió de un proceder autén-ticamente racional y fue generado por una burocracia fiel a su esti-lo y a su razón de ser… El Holocausto no resultó de un escape irracional de aquellos residuos todavía no erradicados de la barba-rie premoderna. Fue un inquilino legítimo de la casa de la moder-nidad, un inquilino que no se habría sentido cómodo en ningún otro edificio” (Bauman, 1997; 22-23). También fueron planeados racionalmente con técnicas moder-nas los campos de concentración estalinianos. Como lo escribiera Michel Foucault, en el fondo de la modernidad subyacen “dos som-bras gigantescas”, esas dos “herencias negras” que han marcado la historia del ser humano, el fascismo y el estalinismo, dos caras de la misma moneda, la barbarie (Foucault,). Esto significa que el carácter bárbaro e inhumano del exterminio de millones de seres humanos en la etapa culminante de la modernidad es parte de la esencia misma de su racionalidad que ha sido capaz de desarrollar la ciencia y la tecnología basándose en el cálculo frío del número y de la eficiencia, pero el costo ha sido dramático en términos de deshumanización y barbarie.
Datos asombrosos de esta barbarie son los miles de seres huma-nos privados de la vida en los campos de la muerte en Kulmhof, Bel-zec, Sobibor, Treblinka, Lublin y Auschwitz. Por ejemplo, el campo de Kulmhof contaba con furgones de gas y el número que allí per-dieron la vida fue de unas 150 000 personas. Belzec disponía de cá-maras de gas de monóxido de carbono en las que fueron asesinados 600 000 judíos aproximadamente. En las cámaras de gas de Sobibor murieron 250 000 personas y en las de Treblinka, de 700 000 a 800 000. En Lublin, murieron en las cámaras de gas o fusilados otros 50 000 judíos. En Auschwitz, más de un millón. En suma, más de 5 millones de judíos fueron asesinados: unos 3 millones en cen-tros de exterminio, 1 400 000 en fusilamientos masivos y más de 600 000 en los ghettos. Fueron actos criminales y “experimentos científicos” realizados en seres vivos, ideados por Hitler, proyectados y planificados cien-tífica y técnicamente por “grandes expertos”: ingenieros, técnicos, físicos y obreros que fabricaron las cámaras de gas, médicos, quími-cos y biólogos que experimentaron con niños hasta llevarlos a la muerte, justificados por algunos científicos de las ciencias exactas y sociales. Lo peor es que fueron justificados por la Iglesia católica, encabezada por el Papa Pío XII, porque consideraba que fueron los judíos los responsables de la muerte de Cristo y de los sufrimientos de la humanidad.
La Segunda Guerra Mundial costó 60 millones de muertos yduró seis años. Éste fue el precio de la lucha de las grandes potencias por el reparto del mundo.
La ONU y la Guerra Fría
A partir de este hecho, las potencias mundiales triunfantes replan-taron la urgencia de transformar la Sociedad de Naciones en lo que sería la Organización de Naciones Unidas. Antes de su constitu-ción formal, se reunieron en San Francisco el 26 de junio de 1945 más de 50 países para discutir, analizar y firmar un estatuto jurídico para normar el funcionamiento de la ONU. Este nuevo organismo internacional se fundó el 12 de octubre de 1945 y se planteó el mis-mo propósito que su antecesor: la paz en el mundo y las nuevas re-laciones internacionales, declarando en su Carta como finalidades: Preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra que dos veces durante nuestra vida ha infligido a la Humanidad sufrimientos indecibles, haciendo referencia a las dos guerras mundiales. Reafirmar la fe en los derechos fundamentales, en la dignidad y en el valor de la persona humana, en igual derecho de los hombres y mujeres y de las naciones grandes y pequeñas. Crear las condiciones bajo las cuales pueda mantener la justicia y el respeto a las obligaciones emanadas de los tratados y de otras fuentes de derecho internacional. Promover el progreso social y elevar el nivel de vida dentro de un concepto más amplio de libertad.
Para que esos propósitos se lleven a cabo, deben de ir acompañadas, subraya la Carta, de las siguientes premisas:
Practicar la tolerancia y convivir en paz como buenos vecinos. Unir nuestras fuerzas para el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales.
Asegurar, mediante la aceptación de principios y la adopción de métodos, que no se usará la fuerza armada sino en servicio del interés común.
Emplear un mecanismo internacional para promover el progreso económico y social de todos los pueblos.
Uno de los propósitos y principios fundamentales de Naciones Unidas, lo establece con claridad el artículo 1º: es el de “mantener la paz y la seguridad internacionales”. Para ello, se hace necesario prevenir la paz y la no agresión, en ese tenor las naciones deben de resolver sus controversias por medios pacíficos mediante la diplo-macia. El artículo 2º en su fracción 3º afirma lo siguiente: “Los miembros de la Organización arreglarán sus controversias interna-cionales por medios pacíficos de tal manera que no se ponga en pe-ligro ni la paz y la seguridad internacionales, ni la justicia”. En la defensa de estos objetivos, la Organización de Naciones Unidas no pretendía en ningún momento convertirse en un Estado Mundial. Como la Sociedad de Naciones que la había precedido, su Carta establece con claridad el respeto a la soberanía de sus miembros. Su artículo 2º, fracción 7 a la letra afirma: “Ninguna disposición de esta Carta autorizará a las Naciones Unidas a inter-venir en los asuntos que son esencialmente de la jurisdicción in-terna de los Estados.” Sin embargo, en lo que se refiere al mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales, el primer artículo de la Carta per-mite la adopción de un conjunto de medidas colectivas encamina-das a “prevenir y eliminar amenazas de la paz y para suprimir actos de agresión u otros quebrantamientos de la paz; y lograr por medios pacíficos, y de conformidad con los principios de la justicia y el derecho internacional, el arreglo de controversias o situaciones internacionales susceptibles de conducir a quebranta-mientos de la paz”.
Estas medidas solamente deben de ser llevadas a la acción mul-tilateralmente y ser aprobadas por el Consejo de Seguridad. Este poder se lo concede la ONU, de acuerdo con lo que estipula el ar-tículo 24: “A fin de asegurar acción rápida y eficaz por parte de las Naciones Unidas, sus miembros confieren al Consejo de Seguridad la responsabilidad primordial de mantener la paz y la seguridad in-ternacionales, y reconoce que el Consejo de Seguridad actúa en nombre de ellos al desempeñar las funciones que le impone aquella responsabilidad”. En esa orientación queda claro que las operacio-nes de mantenimiento de paz de Naciones Unidas son responsabi-lidad exclusiva del Consejo de Seguridad, siendo éste el encargado de establecer las mismas y no la Asamblea General. Mientras la Asamblea General “formula recomendaciones”, se le adjudica al Consejo de Seguridad la capacidad de “adoptar deci-siones” (artículos 25, 27, 39, 41, 44 y 48) que se refieren a cuestiones de importancia vital. En otros términos, el Consejo de Seguridad posee el poder legal de imponer sus decisiones y, si fuera necesario, mediante el uso de las fuerzas armadas, como lo hizo en el caso de la guerra del Pérsico, cuando invadió Irak a Kuwait en 1991 y co-mo lo que pretendían los gobiernos Estados Unidos y Gran Breta-ña con la invasión a Irak. Con esta finalidad, todos los miembros de las Naciones Unidas “se comprometen a facilitar al Consejo de Se-guridad, a su pedido y según acuerdos especiales, fuerzas armadas y recursos adecuados” (artículo 43, fracción 1).
A pesar de los propósitos y principios nobles de la paz estableci-dos en la Carta de San Francisco, la naciente Organización de Na-ciones Unidas se enfrentó a los grandes desafíos del nuevo orden internacional en torno a los problemas de la posguerra, época lla-mada guerra fría. Esta etapa tampoco significó la existencia de un mundo en paz. Dejó una herida profunda a la humanidad que toda-vía no ha cerrado. Desde 1945 hasta nuestros días, el mundo no ha vivido en paz: los conflictos bélicos y las guerras no han cesado, con sus inevita-bles destrucciones y muertes. Golpes de Estado, revoluciones, inva-siones, enfrentamientos bélicos, disturbios sangrientos, asesinatos en masa, guerrillas y terrorismo han sido la constante en la llamada civilización moderna. La barbarie sigue su curso. “La nueva barba-rie de nuestro siglo, tan patente, (…), es parte de la civilización, de una civilización, la nuestra, que se despierta periódicamente con la pesadilla de que vuelve a haber barbarie allí donde ya no debería haber bárbaros” (Fernández, 1995; 30). Ninguna de estas guerras ha sido formalmente declarada, ni hay definiciones para poder ex-plicarlas, ésta fue la lógica durante la guerra fría.
¿Cuántas guerras han estallado desde 1945?
Robert S. McNamara, antiguo secretario de Defensa de Estados Unidos declaró a la prensa en 1966 que en los ochos años anteriores se produjeron en el mundo no menos de 165 estallidos de vio-lencia importantes contra autoridades legales, como consecuencia de los cuales fueron derribados ochenta y dos gobiernos. El soció-logo americano Henry Eckstein registró de 1946 a 1959 más de 1 200 “conflictos internos”, guerras civiles, luchas guerrilleras, dis-turbios locales, tumultos, terrorismo, sedición y golpes de Estado. El famoso Institute for Strategic Studies de Londres señaló, entre 1945 y 1967, un total de ochenta conflictos militares. El sociólogo y periodista alemán Herbert von Borch se refiere a esta posguerra llamándola una época de “paz a pesar de la guerra”. Y según Zent-ner, la tendencia de la agresión describe una curva ascendente a partir de 1945” (Zentner, 1975; 8).
Estos hechos sangrientos son la prueba evidente de la unilatera-lidad de las potencias mundiales para quienes la paz no es un valor. Ignoran no solamente las resoluciones del Consejo de Seguridad sino a la propia ONU violando la Carta de Naciones Unidas, la De-claración Universal de Derechos Humanos aprobada por la Asam-blea General de las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948 y el Derecho internacional. Desde 1989, con el derrumbe del llamado socialismo real y la destrucción del muro de Berlín, hechos históricos que terminan con la guerra fría, Estados Unidos de Norteamérica se erige como potencia única y hegemónica tanto económica, política como mili-tarmente. Potencia que de hecho ha manipulado y controlado a la Organización de las Naciones Unidas.
Terminada la guerra fría y la bipolaridad, en la presentación de la Agenda para la Paz del Consejo de Seguridad en enero de 1992, el Secretario General de la ONU, Boutros-Ghali y su predecesor, Javier Pérez de Cuellar, plantearon con optimismo la necesidad de renovar la estructura de la ONU, comenzando por el Consejo de Se-guridad, para revitalizarla y construir un nuevo orden internacional más pacífico. En su Conferencia celebrada en Washington el 19 de octubre de 1999, los Estados miembros de la ONU reconocieron claramente la lucha por la paz y la seguridad humana. En dicha conferencia, dieron a conocer la cantidad de “cinco millones y medio de perso-nas muertas a consecuencia de la guerra en el decenio de 1990.” Señalaron que la gran mayoría de estos conflictos ocurre en países en vías de desarrollo, y muchos de éstos, con la intervención de al-gunas potencias mundiales. Además se subrayó que “durante los úl-timos nueve años, se han firmado tres veces más acuerdos de paz que en las tres décadas anteriores”. Acuerdos que han sido violados, principalmente por Estados Unidos e Israel, su hijo predilecto. (ONU, 1999). En su Informe del milenio 2000, presentado ante la Cumbre de los jefes de Estado y de Gobierno que se celebró en Nueva York del 6 al 8 de septiembre de 2000, Kofi A. Annan, Secretario General de las Naciones Unidas, habla en la primera parte de “los nuevos retos del nuevo siglo”. En el punto 11, dice que, terminada la guerra fría, “ahora, la Cumbre del Milenio ofrece a los líderes mundiales una oportunidad única de reestructurar las Naciones Unidas para el si-glo XXI, de modo que pueda contribuir a mejorar efectiva y percep-tiblemente la vida de los pueblos”. Para la renovación de las Nacio-nes Unidas, propone “reformar el Consejo de Seguridad para que cumpla con más eficacia sus responsabilidades y tenga más legiti-midad ante los pueblos del mundo”. No dice en qué consiste esa reforma, si se va ampliar el Consejo de Seguridad con la incorpora-ción de Alemania, Japón e Italia u otra potencia mundial, o elimi-nar el derecho de veto, o darle más poder a la Asamblea General. Tampoco dice si la normatividad de la Carta, tanto sus finalidades como sus principios y sus articulados, son funcionales o no de acuerdo con el nuevo orden internacional y la nueva geopolítica que se está perfilando. En este sentido, no habla de reforma alguna. Pero la propuesta, los Estados Miembros no la han hecho suya. En el documento, se reconoce que durante los últimos diez años se han desarrollado una multiplicidad de guerras regionales,conflictos sangrientos que no han cesado, tanto en África como en el Medio Oriente, por ejemplo Israel y Palestina. Pero desgraciada-mente ese ideal pacificador que viene desde la fundación de la ONU especificada en la Carta no se ha logrado por los propios intereses de las grandes potencias. (ONU, 2000a).
De acuerdo con el Informe del Grupo sobre las Operaciones Unidas de Paz de las Naciones Unidas del 20 de octubre de 2000, las Nacio-nes Unidades fueron fundadas, como se declara en la Carta, para “preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra”. és-ta es la función más importante de la Organización y, en considera-ble medida, el criterio con el que juzgan los pueblos a cuyo servicio está dedicada. En el último decenio, en reiteradas oportunidades, las Naciones Unidas no han estado a la altura de este desafío, ni puede estarlo hoy en día, subraya el informe. En ese sentido, se ha-ce referencia a los acontecimientos de Sierra Leona y la República Democrática del Congo, así como a los conflictos violentos en Bos-nia, Kosovo y Herzegovina, siendo éstos últimos controlados por la Organización del Tratado del Atlántico del Norte (OTAN) y no por la ONU. Esto se ha evidenciado más cuando la propia organización mundial fue incapaz de impedir a Estados Unidos y a Gran Bretaña invadir a Irak, levantar las sanciones impuestas desde 1991 y decidir por cuenta propia cuáles empresas serían las encargadas de la re-construcción, ignorando al propio Consejo de Seguridad, a la ONU y a la comunidad internacional. Reafirma el Informe que, sin un cambio institucional significativo, mayor apoyo financiero y un com-promiso renovado de los Estados Miembros, las Naciones Unidas no podrán ejecutar las tareas críticas de mantenimiento y consoli-dación de la paz. Efectivamente, la crisis se ha ido agudizando, tal y como lo señaló en su momento el mencionado Informe (ONU, 2000b). El propio Kofi Annan, actual Secretario General de la ONU, sostuvo el 31 de marzo de 2003 que dicho organismo internacional está pasando uno de los momentos más críticos, refiriéndose a la incapacidad de Naciones Unidas de frenar la guerra ilegal en Irak, reduciendo su acción ya no al mantenimiento de la paz mundial, si-no a la ayuda humanitaria, una especie de Cruz Roja Mundial.
Si a los 112 millones de muertos al derrumbe del socialismo real, agregamos los 5.5 millones que se registraron durante los años no-venta, sumamos un total hasta la fecha de 117.5 millones. Esto sig-nifica que la paz en el mundo no ha llegado. Además, debemos incluir la violencia estructural de la pobreza extrema de más 1200 millones de habitantes en el mundo y los innumerables conflictos religiosos, culturales, ideológicos y políticos a la sombra de los cua-les está el poder de las potencias mundiales, ávidas de controlar áreas estratégicas económicas y políticas. Estos conflictos han salido del control de la ONU y de los parámetros que establece la norma-tividad de la Carta. Aunque, desde el punto de vista occidental, no se puede minimizar el papel que ha jugado el organismo interna-cional en materia de pacificación de algunas regiones, por ejem-plo la descolonización y la democratización de varios países enÁfrica y en otros países del mundo, la reducción de los armamen-tos y así como la firma de convenios de paz en varias de las regio-nes en conflicto.
A pesar de contar con múltiples instancias encargadas de man-tener la paz y prevenir la guerra, como son el propio Consejo de Seguridad, el Comité Especial de Operaciones de Mantenimiento de la Paz y el personal de los departamentos que se ocupan de cues-tiones de paz y seguridad en la sede de la ONU en Nueva York y en Ginebra, la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos y la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) y el Tribunal Pe-nal Internacional (TPI), le ha sido imposible parar los conflictos y conservar la paz. Pero tampoco se ha reducido a esa misión, ha abarcado otras es-feras de la vida social como son la humanitaria y cultural a través de sus propios organismos como: el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), la Organización de las Naciones Uni-das para la Agricultura y la Alimentación (FAO), el Fondo de las Naciones Unidas para la Población (FNUAP), la Federación Interna-cional para la Planificación Familiar (FIPF), la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial (UNIDO), la Or-ganización Mundial de la Salud (OMS), el Consejo Económico y So-cial de las Naciones Unidas (ECOSOC), el Acuerdo Multilateral de Inversiones (AMI), la Organización Internacional del Trabajo (OIT), las Organizaciones No Gubernamentales (ONG), la Organización de las Naciones Unidas para la Educación y la Cultura (UNESCO), el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF). Lo que se trata aquí es investigar cada uno estos organismos para tener cono-cimiento de sus logros a favor de la humanidad.
El futuro de la ONU
Nos preguntamos: ¿Se puede rescatar el papel de la ONU para la cual fue creada? Nuestra posición es que sí, siempre y cuando se haga un reforma radical de toda la estructura de la ONU, esto impli-ca la transformación de la Carta o en su defecto elaborar un nuevo Estatuto jurídico que regule a todas las naciones de acuerdo a los desafíos de la sociedad actual y del nuevo orden internacional que sirva de freno a la violencia bélica para no caer en la lógica patoló-gica de Georg W. Bush y los halcones del Pentágono para quienes la ONU “ya es inservible”. Consideramos la necesidad de la reforma estructural de la ONU y de su Carta que es su fundamento filosófi-co-jurídico.
Mientras que el Consejo de Seguridad sea el único organismo que autorice el uso de la fuerza y no la Asamblea General de la ONU y siga bajo el control hegemónico de Estados Unidos, mientras que la Asamblea General no asuma su responsabilidad y no funcione en casos de conflictos bélicos y el propio organismo internacional no se democratice, si finalmente Naciones Unidas no frena la prepo-tencia, la soberbia, el chantaje y el unilateralismo norteamericano con sus llamadas guerras “preventivas”, no se le sancione y lo obligue a respetar la Carta, la Declaración Universal de Derechos Humanos y el Derecho internacional, la paz mundial nunca llegará y seguirá la barbarie de la guerra su marcha como es el caso con Irán, Siria, Libia, Corea del Norte y Cuba. La bestia anda suelta, ya tiene las presas en la mira para cazar-las. No existe en el mundo ninguna potencia mundial, ni la ONU, ni la comunidad internacional que la frene. Ahí está como ejemplo Irak, no le importó los millones de seres humanos que se manifes-taron a nivel internacional en contra de la crueldad de la guerra.
Surge entonces otra pregunta: ¿Es suficiente el cambio de es-tructura de la ONU? No, no lo es. Ya el documento de la fundación de la UNESCO enfatiza “que las guerras comienzan en las mentes de los hombres”. Eso significa que el problema tiene su origen en ca-da uno de nosotros y somos nosotros los que actuamos en contra de lo humano y trabajamos en la destrucción de nuestra propia es-pecie. “Hemos creado una sociedad que es violenta –dice Krishna-murti– y nosotros, como seres humanos somos violentos, el ambiente, la cultura en que vivimos son producto de nuestro es-fuerzo, de nuestra lucha, de nuestro dolor, de nuestras espantosas brutalidades. De modo que hemos de preguntarnos: ¿Es posible poner fin a esta tremenda violencia en uno mismo?” (Krishnamur-ti, 1999; 77). Sostiene que sí es posible, porque nosotros somos los violentos, esto se debe a que en nuestro interior existe lo animal y lo bárbaro conformado por la envidia, la codicia, el egoísmo, el odio, el apetito de poder y de dominación, las ideologías y las creencias. Todos estos componentes son los que llevan a los conflictos más violentos del ser humano y la barbarie de las guerras. Las cambios y las reformas en la ONU, los tratados, los conve-nios y los pactos de paz por sí solos no resuelven el problema de los conflictos violentos. Los cambios y las reformas deben de darse primero en la mente de los hombres, como premisa fundamental. “Sólo así el hombre llegará a tener una mente sin conflictos y podrá llevar una vida llena de “compasión, belleza y, por lo tanto, de or-den”, escribe Krishnamurti. Los millones de seres humanos que se han manifestado y pronunciado en todo el mundo en contra de la guerra y en favor de la paz representan este sector de la humanidad con un mayor nivel de conciencia. Y esta nueva comunidad internacional ofrece una alternativa para frenar la locura de los conflictos bélicos en el mundo. Estamos convencidos que con el tiempo la conciencia se generali-zará en el ser humano, llegará a comprender la importancia del respeto a la vida y el amor por la paz, ya que la violencia engendra más violencia; y la violencia no es más que muerte y destrucción.
Bibliografía
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