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Irak: causas e impactos de una guerra imperialista - Mundo hegemónico: ¿realidad trascendente?

(11 opiniones)
Monografía creado por Camilo Valqui Cachi (coordinador). Extraido de: http://www.rebelion.org/seccion.php?id=24
01 de Febrero de 2006
Ciencias socialesHistoriaPensamiento y política

22 - Mundo hegemónico: ¿realidad trascendente?

ZOILA FAJARDO ESTRADA

La llegada del milenio trajo consigo esperanzas para algunos, desencantos para otros, lo rutinario para la mayoría. Junto a un paradigma de valores establecido, otro que pujó por nacer y hacerse valer y que sólo resultó por medio de un modelo social que se implantó como antítesis del ideal más genuino, en términos de emancipación social en contraposición con los axiomas valorativos constituidos como legítimos por la marcha de la historia.

Acudir a un análisis de nuestro tiempo resulta poco eficaz si no tenemos en cuenta lo pasado. Se torna imprescindible tomar en cuenta aquello que representó lo verdaderamente trascendente en la historia de la civilización humana. Siguiendo un viejo prover-bio africano según el cual “cuando no sepas adónde vas, vuélvete a ver de dónde vienes”, podríamos encontrar el medio precursor de los objetivos finales, del “a dónde” conduce sus pasos la civilización mundial. Ante paradigmas valorativos impuestos socialmente como váli-dos, el mundo moderno abrió sus puertas y trajo consigo un abani-co de dudas y aciertos, que sembraron pautas en torno a problemas cardinales que alcanzan matices optimistas o pesimistas, elabora-dos o prácticos sobre cuestiones cardinales que abarcan problemáti-cas sobre el sentido de la vida, la organización de la sociedad sobre la base de la racionalidad, lo moral, lo religioso, lo necesario y lo imprescindible, lo válido y lo manipulable, lo real y lo aparente. Verdades inmutables abren el camino a las verdades razonables. Lo trascendental se vuelve hacia lo realmente necesario, esta última categoría se establece con un nuevo diapazón de análisis y de definiciones. Nuevas ofertas teóricas sembrarían la incertidumbre en el camino por buscar verdades universales. Modelos de poder abren el camino político, al buscar salidas loables a los presupuestos teóricos que legitiman las estructuras sociales propuestas.

Al proclamarse a favor de determinado modelo de poder, los gobiernos disputan su existencia entre lo legítimo y lo coactivo, mientras en pleno ejercicio de sus funciones, las ya establecidas so-ciedades civiles dilatan sus discusiones sobre qué es lo considerable como moral o como arbitrario, lo legítimo, lo dictatorial o lo de-mocrático. Lo verdaderamente cierto, es que estas sociedades se es-tablecen bajo modelos de apropiación de la realidad, aceptados de manera consensual, al establecerse en la conciencia colectiva como directrices que expresan el paso del mundo de los súbditos a la era de los ciudadanos. El mito que otrora alimentaba la existencia individual de la so-ciedad de oportunidades, hoy sirve de acicate para algunos y de desilusión neurótica para otros. Para los países subdesarrollados resultados de la huella demoledora impuesta por las potencias co-loniales que aportaron un sentido de la vida dependiente, la acep-tación de este criterio existencial, constituye una fuerza ilusoria y compensatoria a su vida desgarrada por la ausencia de fuerzas de creación, que muevan a los hombres hacia una vida terrenal con la presencia de principios que cohesionen el presente y el pasado hacia un futuro menos accidental y más predecible.

Para las potencias establecidas como históricas, el camino puede ser otro, aunque de igual manera de lo que se trata es de romper los prejuicios del pasado para lanzarse al futuro con algo nuevo que mostrar. La impostergable solución a los problemas que agobian a la humanidad, aún tiene que esperar una posible vía de acceso. La hegemonía, categoría que encierra desde las más simples relaciones humanas hasta las relaciones entre Estados, aún como en tiempos pasados cala el gran hoyo que divide a los individuos, en su eterno quehacer por ser dueños y líderes de todo lo que se engloba dentro de lo que es llamado mundo. La condición egoísta del individuo, motivo de grandes debates y del surgimiento de teorías y doctrinas sociales, se vuelve en algo más que una reflexión teórica y, se constituye como un “yo y siem-pre yo” generalizado, sobre el cual se debate nuestra existencia a favor o en contra de este postulado pero siempre alrededor de él. Las guerras, las dictaduras, los sistemas totalitarios, las demo-cracias burguesas, entre otras formas del poder, son manifestacio-nes del cómo gira la idea de dominación. La actitud especulativa de los gobiernos hace que éstos expresen sus mecanismos hegemóni-cos de una manera absurda, que puede ilustrarse desde la extermi-nación del planeta en el que vive y del que indiscutiblemente es parte, hasta la desaparición como especie, sin la cual, no hay pro-longación de eso que llamamos vida.

La agonía de la vida, no es una frase romántica que expresa un discurso literario. Es la idea que abarca en forma totalizadora, la ac-tividad de los hombres, donde impera como nos explicara el famoso hombre de ciencias Carlos Darwin, la lucha del más fuerte sobre el más débil, cuyo final todos conocemos. Las relaciones hegemónicas interestatales, se extrapolan a la vida mundana de las relaciones in-dividuales. El individuo se percibe a sí mismo superior y crea en su irreflexivo status una forma de vida, de relaciones humanas, de co-municación, donde sus demás congéneres lo aceptan en esta condi-ción. Esta panorámica es llevada a los campos raciales, étnicos, sexuales, familiares, laborales, entre muchos otros. En el mundo moderno donde todo es resultado de las circunstancias que lo hicie-ron aparecer, surgen teorías que avalan esta condición de los suje-tos, Estados, razas, machos sexuales, padres, jefes, entre otros.

La preponderancia de formas de autoridad preconcebidas, per-mite a la hegemonía establecer sus rutas de juego. Ante la presen-cia de organizaciones internacionales de poder se lanzan al mundo nuevos consensus de sometimiento. Por eso no resulta extraño la participación de éstas en conflictos políticos, militares o económi-cos. Aún y ante la presencia de mecanismos creados para hacer uso del poder concedido, en el seno de estas organizaciones, otras razones guían su actuar, lo que hace evidente la primacía de una jerarquía en término de dominación que refleja los desniveles de poder, riqueza y cultura; parámetros indispensables, si de fuerzas superiores se trata.

No resulta extraño entonces, que asistamos en este milenio a gue-rras de expansión territorial con verdaderas muestras expositivas de superioridad militar. Es por eso que organizaciones internacionales se muestran indefensas ante el predominio de una mentalidad béli-ca sin aparente objetivo, pero con un dominio de lo que lograría de considerarse juez superior de todas las conductas. Un lugar de significativa importancia, en la aceptación de cual-quier postulado de superioridad lo juega la cultura. Entendida esta última en sus determinaciones más amplias, ella crea el medio ideal necesario para ensalzar o empequeñecer la labor de los individuos, los pueblos o naciones en su paso por la historia. Para muchos sería por ejemplo racional y válida la teoría del choque de civilizaciones que nos propone el notable pensador estadunidense Huntington, en su propuesta de regionalización. Según dicha teoría, las grandes civilizaciones abonadas por los pueblos que se conforman hoy como países del primer mundo, asimilarían las otras culturas si-guiendo sus territorios geográficos. De esta manera, no son con-sideradas como culturas de alto calibre la maya o la azteca, por sólo citar algunas, quienes se fundirían a las culturas consideradas “fuer-tes” en el continente, perdiendo su particularidad y por demás su propia esencia.

La hegemonía cultural, también encuentra una forma de manifestación en la aceptación por la conciencia individual y colectiva de patrones concebidos como expresión de la cima de lo creado por el hombre. Resulta positiva la supervaloración de la cultura de las naciones del primer mundo, mientras el arsenal del mundo menos favorecido en términos de poderes y de dominación se desconozca o apenas se conozca, al subvalorarse los aportes que han brindado a la sintonía diversa que constituye el universo. Este enfoque discriminatorio influye de manera determinante en el subconsciente colectivo, al crear una sicología social que rinda culto a los paradigmas establecidos y enraizados como univer-salmente válidos. Se establece una asimilación depresiva, para los países subyugados y dependientes del “ABC”, que regule su pensa-miento y actuar, consecuencia de un modelo de apropiación ajeno pero impuesto.

Para los países de modelo de poder dominante, su seguridad se deriva de la forma en que se asimilan y se reproducen sus esquemas de sometimiento. Adoptan una sicología de euforia y consideran sus verdades trascendentales porque trazan las directrices del comportamiento universal. Las guerras, las muertes de seres humanos por hambre, el índice de desempleo y de miseria, la quiebra de las economías nacionales, la emigración, la degradación de la vida en sentido general en el planeta, entre otros, son fenómenos que se hacen típicos en la vida cotidiana, mientras la humanidad permanece sin darle respuesta e impotente por la dicotomía hegemónica del poder. Un poder mun-dial y otro imperial que juega según su conveniencia con el prime-ro, dictándole formas y estilos de actuación, que en ocasiones salen de la norma del universo de lo posible para acudir al absurdo.

Un modelo social trató de emerger como opción diferente. El socialismo real no cumplió con las expectativas de su paradigma ideal. En el camino quedó el tránsito hacia una realidad diferente. El ideal quedó frustrado pues los medios para lograrlo dieron al traste con el objetivo propuesto. Atrás quedó la simulación de la emancipación. Al futuro está destinado el despertar de la concien-cia individual y su paso hacia un actuar colectivo por las vías de la integración de lo verdaderamente necesario y lo posible a hacer, al atender al estado del pensamiento, la acción y la realidad mundial. Desde lo ya creado, lanzarse al futuro puede ser un camino. Se hace imposible caminar, sin volver la vista atrás. Transformaciones revolucionarias resultarían infructíferas si no tenemos en cuenta el estado de la conciencia social. El tránsito de ésta hacia su emanci-pación es un proceso que necesita de algo más que de una voluntad desde el poder. Para la realización de este sueño se requiere de la coincidencia de los fines y los medios. Sólo por esta vía es posible romper con la idea de que este es un sueño irrealizable. Hacia la realización de la hegemonía se imponen todos las vías de acceso. Hoy puede contarse con medios mucho más elaborados que reelaboran la información y le dictan al pensamiento lo que es-te debe aceptar y asimilar. Una sola verdad sin discusión viaja y se convierte en el único recurso apelable. Como en tiempos pasados el señorío de la razón condicionada se establece y traza su plan de acción. No puede esperarse un discurso que niegue esta primacía, sin la existencia de hechos que abonen como elementos de fuerza mayor la negación de lo que está constituido.

Sólo queda a la civilización humana acudir en emergente llamado a aquellos ideales que entrañan la validez de su propia existencia. En tiempos en que el peligro acecha, es necesario cambiar el andamiaje que hace funcionar la rueda social del que todos somos parte. Decidir si desde nuestra realidad es posible arrancar de raíz los males que pueden convertir a la humanidad en algo menos que en una historia para contar, pues la degradación o el triunfo de lo humano serían las rutas más próximas de la marcha civilizatoria. Al lado de las verdades sagradas, es necesario anteponer las verdades humanas nacidas del ejercicio de las virtudes, en contra-posición a los odios resultados de las costumbres hegemónicas mundiales. Acudir, por ejemplo, a la propuesta martiana podría ser el medio para salir del planeta de las tinieblas. “La mente, puesta a obrar, no cesa; el dolor, puesto a bullir, estalla; la palabra, puesta a agitar, se desordena; la vanidad, puesta a lucir, arrastra; la esperan-za, puesta en acción, acaba en el triunfo o en la catástrofe”.1 De cumplirse esta máxima, el curso de los años no será sorprendente y la llegada del milenio lejos de traer rutina para muchos, será fuente de creación de humanidad al superar las expectativas de lo hegemónicamente permisible.



1 Martí, José, Obras Completas. Edit. Ciencias Políticas, La Habana, 1963, tomo II, p. 337.
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Camilo Valqui Cachi (coordinador) Extraído de: http://www.rebelion.org/seccion.php?id=24

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