MARTA M. PÉREZ GÓMEZ
El siglo XXI ha llegado con fuertes vientos bélicos y tendencias ex-pansionistas que nos hacen dudar si realmente vivimos un nuevo si-glo, en el que los desarrollos en la ciencia y la técnica, sobretodo en la electrónica y la informática, nos llevan a creer en una internacio-nalización de las economías sin la lucha entre ricos y pobres y sin el abismo existente entre élites super privilegiadas y una gran mayoría de la población del mundo; o si hemos retrocedido a la época del Imperio Romano, donde el César disponía de los que consideraba pueblos bárbaros, o peor, a la época del III Reich alemán, donde el führer exterminaba las razas consideradas por él inferiores a la aria.
En la última década del siglo XX, el derrumbe del sistema socia-lista mundial implicó la desaparición de uno de los adversarios del enfrentamiento bipolar de las décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, finalizando así en el contexto internacional la guerra fría. Si tenemos en cuenta que la guerra fría, además de ser una riva-lidad entre grandes potencias era un enfrentamiento entre ideolo-gías, modelos de sociedad, concepciones del mundo, proyectos de futuro, podíamos suponer que al terminar ésta también termina-rían los conflictos y tensiones bélicas y la humanidad comenzaría a vivir una época de desarrollo pacífico. Pero cuán equivocados estábamos los que soñábamos con esa etapa de desarrollo pacífico, tan necesaria para el mundo entero, porque sólo así podemos acortar el abismo existente entre los paí-ses pobres y los ricos. Nos olvidamos de la esencia agresiva del im-perialismo, que ante la ausencia de adversarios se los inventa, sin que falten los apologistas capaces de fundamentar las características del nuevo adversario y hacerlas creíbles al mundo entero.
Por ejemplo, el estadunidense Samuel Huntington, director del Instituto Olin de Estudios Estratégicos de la Universidad de Har-vard, publicó en 1992 en la Revista Foreign Affairs un extenso ensa-yo para demostrar que en el futuro inmediato el conflicto cultural sustituirá a la lucha ideológica, afirmando: “El choque de civilizacio-nes dominará la política mundial. Las líneas de separación entre ci-vilizaciones serán las líneas de batallas del futuro. El conflicto entre civilizaciones será la última fase de la evolución de los conflictos en el mundo moderno”.1 Si nos dejamos llevar por los cantos de sirena del capitalismo, llegamos a la creencia de que los conflictos bélicos del siglo XXI bien pueden ser motivados por contradicciones entre civilizacio-nes, pues Estados Unidos pertenece a la civilización occidental y Afganistán e Irak a la islámica.
Pero, ¿por qué Estados Unidos no tiene conflictos con Israel, que tantas resoluciones de la ONU incumple al someter al pueblo palestino a un genocidio sistemático?, o ¿por qué la civilización oc-cidental se ha dividido ante la nueva aventura guerrerista de Esta-dos Unidos contra Irak? Es imposible encontrar respuestas válidas a estas interrogantes en la apología sobre el choque entre civilizaciones, hasta el mismo Hun-tington se ve obligado a reconocer que “Las diferencias de poderío y la lucha por conseguir la potencia militar, económica e institucional son pues, una fuente de conflictos entre Occidente y otras civilizacio-nes. Las diferencias de cultura, es decir, en valores y creencias funda-mentales, son una segunda fuente de conflictos…”.2 Para comprender cualquier conflicto social, debemos partir de su génesis hasta llegar a su esencia, que nunca está en la epidermis del conflicto, si no que se hace necesario profundizar en él.
Cuando finaliza la guerra fría, se inicia una etapa de reacomodo y reorganización de las relaciones internacionales regidas ahora por las grandes potencias capitalistas. Emergen entonces los conflictos intercapitalistas en la redefinición del papel de las potencias hege-mónicas, en la modificación del esquema de dominación vigente y en la redistribución de los mercados y las zonas de influencia. Y aunque es bien cierta la supremacía militar de Estados Uni-dos, éste enfrenta poderosos rivales económicos que van adquiriendo una proporcional influencia política, poniendo en peligro su afán de preservar el dominio “unipolar”, el cual defiende sin reparar en fronteras éticas ni políticas, al hacer omisión de la ONU al tomar decisiones sobre la guerra y la paz. Con absoluta crueldad, el Gigante de las siete leguas —como lo llamara José Martí— va aplastando a todo pueblo que pudiera ser obstáculo para alcanzar su máxima aspiración, el gobierno del mundo.
Pero lo más preocupante no son las aspiraciones de Estados Unidos, sino la actitud asumida por el resto de las grandes poten-cias, pues éstas se mantienen pasivas dejándolo hacer o, en el mejor de los casos, le ofrecen cierta resistencia que, en la práctica, no constituye limitación para sus planes. Apoyan a Estados Unidos en su intervención en Afganistán con el pretexto de luchar contra el terrorismo; después, unos apoyan —España y Reino Unido— y otros se oponen débilmente —Francia y Rusia— a la invasión de Irak con el pretexto de evitar la produc-ción de armas de extermino masivo —por cierto, no han encontra-do ni siquiera una en el Irak invadido y destruido por sus armas de exterminio masivo y, lejos de establecer la “democracia”, han esta-blecido el caos social. ¿Cuál será el próximo país? Acaso las grandes potencias olvidaron las enseñanzas de la Segunda Guerra Mundial, cuando primero permitieron a Hitler apoderarse de Checoslovaquia, después de Polonia y luego no pudieron evitar que pretendiera el mundo entero.
Cuando Estados Unidos termine de someter a los llamados “paí-ses del eje del mal”, que a pesar de mucho buscar sólo los encontra-mos culpables de poseer grandes yacimientos de petróleo, de los cua-les son cada vez más dependientes las economías consumistas y depredadoras del Primer Mundo, o como Cuba, que sólo es culpable de querer construir su propio modelo de sociedad democrática, de justicia social e igualdad, ¿quiénes serán los nuevos adversarios?, ¿quiénes serán los que deben caer para que Estados Unidos pueda establecer su tiranía mundial nazi-fascista, pues no se le puede llamar de otra forma a esa descarnada intención norteamericana de impo-ner su dominación económica, política y militar a espaldas de la ONU y de la opinión pública nacional e internacional? Por suerte, aunque los gobiernos aplican la política insensata de dejar hacer, los pueblos se percatan del gran e inminente peligro que los acecha, peligro disfrazado de luchadores contra el terroris-mo y defensores de la “democracia”. ¿Cómo puede lucharse contra el terrorismo con el terror de guerra?, ¿cómo puede defenderse la democracia sin contar con la opinión de los pueblos e imponiendo “su democracia” por medio de la fuerza militar?
Los pueblos pueden ser engañados, pero no por mucho tiempo, aunque el disfraz sea impecable o se cuente con grandes recursos informáticos para hacerlo impecable; por eso, lo que fue una débil protesta ante la invasión de Afganistán se convirtió en una fuerte ola de protesta contra la invasión de Irak, ola que abarca casi todos los sectores de la sociedad norteamericana e internacional. Pero no nos dejemos engañar, el peligro ante las ansias impe-riales norteamericanas es tan grande que esta ola de protesta no es suficiente, tiene que crecer hasta convertirse en un tsunami capaz de arrasar con el cruel gigante y permita el deseado desarrollo pací-fico para todos los pueblos sin importar ideología, costumbres, re-ligión, ni sistema político. Para que esta ola crezca y se convierta en tsunami, capaz de conjurar el nuevo peligro, es necesaria la unidad o, como dijera Jo-sé Martí en su tiempo, “¡los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas!…”,3 para lo que se pro-pone crear un Frente Antifascista Mundial para detener al preten-dido nuevo César y a su camarilla, y esto sólo es posible si sacamos a los pueblos de la oscuridad de la ignorancia, con la luz de la ver-dad, al divulgarse en el mundo entero, por miles de voces, el verda-dero significado de la guerra infinita convocada por la élite de poder de Estados Unidos.
Pero en un mundo como el nuestro, donde Estados Unidos, además de su hegemonía militar y política ejerce la hegemonía en el campo cultural e ideológico, al contar con el poder de la información y la tecnología, pues “se domina mucho mejor si el dominado no tiene conciencia de ello”,4 y ellos lo saben y explotan todas las posibilidades que ofrece la hegemonía en la información. Así, demostrar la necesidad de la lucha y de la unidad se convierte en tarea de titanes.
Es a esta tarea de titanes a la que Cuba convoca a todos los inte-lectuales honestos del mundo, es decir, a la lucha sin cuartel en el campo de las ideas, contra las ambiciones expansionistas del impe-rialismo yanqui, concientes de que las trincheras de ideas pueden más que las trincheras de piedras. Cuba, un pueblo feliz por el destino escogido por nosotros mis-mos en forma absolutamente soberana, está en la lista de “los países del eje del mal”. ¿Por qué? No sabemos, bueno ellos mismos no han logrado construir el pretexto, aunque hemos sido acusados de todo, por ejemplo de terroristas, un país sometido a constantes ac-ciones terroristas nacidas y sufragadas por Estados Unidos; o de no respetar los derechos humanos, un país donde a pesar del bloqueo económico al que nos somete Estados Unidos está garantizada la educación y la salud de todos los ciudadanos; o por antidemocráti-cos, un país donde las elecciones no es el único momento donde se ejerce el poder político por parte de los ciudadanos y en ellas se al-canzan altos porcentajes de participación; pero además somos acu-sados por un país que se autotitula paladín de la democracia y sus elecciones padecen de bajos niveles de participación ciudadana y tienen un presidente no aprobado por el voto popular.
Lo que sí sabemos es que no estamos dispuestos a perder nuestra soberanía. ¿Cuánto costará esta decisión? No importa, porque “una vez gozada la libertad, no se puede ya vivir sin ella”;5 como tampoco importa cuánto durará la lucha. Lo que sí sabemos es cuál será el final: la victoria de un pueblo dispuesto a darlo todo por su independencia, el fin de los apetitos expansionistas estadunidenses, el añorado desarrollo pacífico del mundo, su equilibrio.
1 Revista española ABC Cultural, 2 de julio de 1993.
2 Ibidem.
3 Martí, José, “Nuestra América”, Obras Completas, Edit. Ciencias Políticas, La Habana, 1975, tomo 6, p. 15.
4 Ramonet, Ignacio, conferencia impartida en La Habana, Cuba, en febrero de 2002.
5 Martí, José, op. cit., tomo 4, p. 185