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DOLORES VILÁ BLANCO
Los tiempos que corren y las interacciones civilizatorias que lo pe-culiarizan han arribado a un aparente callejón sin salida, a una co-yuntura histórica en que, sí no se reorganizan las mismas se corre el riesgo, el terrible lance de que el planeta azul y todos sus morado-res fenezcan bajo la bota de un asno que pisa fuerte y exige loas a sus desgarradoras patadas. No es momento de soluciones parciales a las que nos hemos acostumbrado, es hora de definiciones totaliza-doras que son las que tanto apremian. Aquellas que brotan de la ra-cionalidad que tipifica a lo humano y a lo universal. De colocar al macro y micro mundo en el mismo lugar de la balanza del quehacer de la humanidad, de rescatar con el mismo celo los derechos de cada hombre, sociedad y toda la civilización al unísono, al contar para ello, con una obra que nazca de la masa y se haga realidad por el influjo de toda ella.
La autora del presente examen no expone sus optimistas ideas sentadas en una nube de idílicas esperanzas, por el contrario, insta ante todo, a soluciones integrales asentadas en un análisis genético de la herencia y del presente, que parta desde la raíz de los pro-blemas hasta el fruto que ha resultado de cronísticas conexiones activas antihumanas que es lo que ha caracterizado el desenvolvi-miento de la especie para consigo y para con el orbe del cual for-mamos parte constitutiva esencial. Resulta imprescindible para un interactuar humanitario, comunitario, básicamente asociativo que nos despojemos de prejuicios y cotos de caza asentados en creen-cias pocos convincentes por el desafío que se nos impone, ya que al bucear en los fundamentos de su inevitable diversidad, priman más en ellos todo aquello que nos une, más que lo que nos separa. Sólo ahí, en el deslinde de la unidad, de lo primario y de lo secundario, es que puede tomar curso la vida sobre la base de la razón y el ejer-cicio consuetudinario de la generosidad, es que podemos salvarnos y salvar a la humanidad.
El unicentrismo civilizatorio y por añadidura humano, ha pau-tado relaciones basadas en el egoísmo, arribismo y exclusivismo en materia de correlaciones hominales. Por lo que, dadas las circuns-tancias no basta sólo la crítica consecuente que se realice al estado de situaciones en que existimos, al nivel de activismo que desple-guemos contra el brutal rebuznar absolutista que se nos impone desde los centro de poder, los cuales se abren paso en la consuma-ción de sus intereses por la fuerza y el miedo que despliegan para el ejercicio de una autoridad, que si no fuera tan dramática en su acabamiento, provocaría la burla a toda mente que se respete y no permita que le ofendan la inteligencia. Es perentorio, por tanto, evaluar el pasado y sus alternativas, los derroteros recorridos y las causas que condujeron a los fracasos en materia de humanización, a un aletargamiento en el proceso de sub-versión de los órdenes societarios que no resolvieron, sino prolonga-ron la solución totalizadora por medio de mediaciones objetivas acorde a las condiciones de que se partía en cualquier lugar del plane-ta. O lo que es lo mismo, alcanzar explicaciones, críticas, evaluaciones y transformaciones dialécticas en concordancia con la conflictuabili-dad que caracteriza a la relacionalidad de la especie y a su historia. Es por ello, que si a la crítica no la hacemos acompañar de una alternativa viable y realista, unitaria desde la esencia de lo humano y distinta acorde a las situaciones concretas de cada pueblo, todo intento libertario quedará en suspenso, en la sociedad imaginaria, en el deber ser, por el cual, tanta sangre, tanto empeño y tanta vo-luntad política basada en el optimismo han fracasado o, al menos intenta sobrevivir de espaldas o de frente a las aplastantes realida-des que le circundan. El progreso no podrá confirmarse como cier-to, si no parte de las masas, las penetra y sale de ellas, fortalecido por la creación mancomunada de los que intentan redimirse. Para lo cual, deben tener muy claro el tipo de organicidad que caracteri-zará a la actividad antes y después de logrado el triunfo, aspecto central éste muy olvidado en el largo bregar independentista de la civilización.
La autora de estos puntos de vista considera —con todo el respeto a quienes opinen de manera diferente—, que orden mundial no ha existido nunca. Desorden mundial con ciertos períodos de un status quo determinado por intereses en “relativa” calma, sí. Metamorfosis de los métodos y medios en el ejercicio de la hegemonía local y mundial, sí. Preeminencia en la toma de decisiones de los que contaban —y cuentan— con mejores recursos y organicidad interna para hacer valer sus intereses por encima de los de cada partícula humana o pueblo, sí. Conflictos entre los distintos centros de mando y los bloques políticos-militares cuando ya se conformaron, producto del perfeccionamiento de su quehacer imperial, sí. Guerras locales en los diferentes enclaves geopolíticos y/o esferas de influencia, al arrastrar de esta manera a países o zonas enteras a la devastación y al atizamiento de odios innecesarios, ya fuese por ideologías o religión según sea el caso, sí. Incapacidad de las Naciones Unidas para detener dichos enfrentamientos que en muchos casos colocaron al planeta al borde del holocausto sí. Orden injusto y espoliador de lo mejor del género humano, sin olvidar por cierto, los múltiples intentos e iniciativas de la Comunidad Mundial por aliviar el desangramiento, las enfermedades e incluso cooperar por la cultura, sí.
Pero orden mundial, entendiendo por ello, que sí es orden y, por demás, mundial implica justicia, equidad, respeto al derecho de cada hombre y pueblo a su autodeterminación, a una progresión cultural que acate y honre lo autóctono y lo universal, a una ética relacional que atienda con igual esmero lo íntimo, lo social, eso sin enumerar otros elementos constitutivos de carácter universal, no ha existido jamás. Los resurgimientos, los renacimientos, las modernizaciones, post modernizaciones y todo lo que al amparo del lenguaje se ha erigido como novedoso, no han constituido más que cambios de forma y no de contenido, sólo rangos de movimiento que aparente-mente cambiaban la fisonomía del viejo y gastado rostro del abso-lutismo, sin que con ello neguemos las superaciones que sin lugar a dudas significaron momentos importantes del patrimonio cultural y emancipatorio de la civilización, sólo que éstos se produjeron desde la estrecha óptica de civilización para una parte de la huma-nidad y no para toda ella.
Los llamados ordenes mundiales de posguerra o a los que se quieran referir, no han resultado mas que equilibrios precarios pre-ñados de disputas de puertas afuera y/o adentro, conciliábulos ines-crupulosos en muchos casos, que permitieron el saqueo mutuo en las diferentes zonas que consideraban como propias, ya fuesen en la época de Las Cruzadas o de los grandes imperios mercantiles por el latrocinio de sus colonias, a las cuales intentaron privar de lo mejor de su memoria histórica y valores naturales; o las alianzas y repar-tos durante la Primera Guerra Mundial y el intento de asfixiar al recién nacido poder socialista; o El Pacto Soviético-Alemán, que traicionaba los principios básicos de la Política Exterior leninista; o las Cumbres de los Tres Grandes, durante la Segunda Guerra Mundial, donde el debate sobre las regiones de influencia se man-tuvo sobre el tapete, junto a las inadmisibles remuneraciones e in-demnizaciones por daños de guerra, las cuales, no fueron excluidas ni debatidas por el entonces poder soviético, cuestión ésta que Lenin criticará y dejará en claro como fundamentos de las relaciones internacionales del joven poder de los soviet en su tiempo; o el lanza-miento de la bomba atómica por los estadunidenses en dos ciudades indefensas para poner en claro quien mandaba “efectivamente” al término de la contienda mundial; o en Vietnam también, por Esta-dos Unidos, situación ésta criticada por el “Che” Guevara, cuando sentenciaba que tan culpables eran los que arrojaban bombas al hu-milde pueblo que defendía su soberanía, como aquellos que observa-ban impasiblemente tal devastación sin hacer nada para impedirlo y, el episodio chino contra este propio país en 1978; o de la ex Unión Soviética en Afganistán; o las Malvinas por Inglaterra; o Chile, Gra-nada, Panamá, Nicaragua y el bloqueo y la agresión a Cuba, perpe-tuados por el supuesto amo de nuestras dolidas y rebeldes tierras de América, por citar al menos algún ejemplo que tanto reclaman quie-nes no siempre comparten los puntos de vista de esta autora so pena de pecar con la historia que conocen.
Es decir, no ha podido, ni puede existir orden a lo humano ni en las naciones, ni en la arena internacional, cuando la toma de decisio-nes se encuentra cada vez más en manos de una poderosísima casta enfermiza de poder, cuando se trata de hablar o presentar los pro-blemas en nombre de todos y no es más que en nombre propio, ya que “el en nombre de todos”, es el en nombre de espectros, fantas-mas despersonalizados y generalizados para sacralizar los subterfu-gios políticos, ideológicos, económicos, o del tipo que sea de la ge-neración de mando imperante, a cualquier nivel del supuesto “orden” al que quieran referirse los propios jefes o sus cicerones de bolsillo. Es un “en nombre de todos”, que no escucha ni acata la voz de todos, máxime cuando de paz, amor, derechos y libertad se trata. Se prioriza el mal llamado “deber patrio” —a la usanza de los tiranos— por sobre los deberes de una patria que es en sí misma, humanidad, tal y como nos enseñará Martí.
La hipercentralización de la “autoridad” o lo que es lo mismo, la cúspide de la ilegitimidad, en la actualidad protegida está por la utilización para sus propios fines de la ciencia y la técnica más novedosa, custodiada como privativa por los cancerberos a sueldo de que se vale y campea por su respeto por el mundo. Los Esta-dos Unidos de Norteamérica, con las bridas de las posibilidades económicas bien sujetas, cabalga por el planeta liderando un bas-tardo ejército “moral”, esta vez han colocado sobre su rubio cor-cel a un asno, lo cual evidencia la caducidad de esa “ingeniosa” burocracia trasnacional que le secunda. No es casual que José Martí, en 1888 nos alertara: “Qué ha de ser un hombre ignorante en el gobierno, sino la presa natural de los que conocen y halagan sus defectos”.1 En esta ocasión, la adicción a la mentira y los cánti-cos de sirena de su “alabada democracia” han quedado resonando dentro de una raída y gastada carpa de circo, donde los bufones no dan risa y los coros de quienes voluntaria e involuntariamente le se-cundan, apenas alcanzan a ser escuchados por las masas que se han levantado —y levantan— con un valor inusitado por el rescate de sus más sagrados derechos. La violencia ha sido y continuará siendo su único recurso, de ahí el peligro mortal que se cierne sobre todos, en especial, sobre los pueblos más desvalidos, aún y cuando paradójicamente en muchos sean los más ricos en recursos naturales.
Por obra y gracia de una práctica continuada, se ha universali-zado y transformado el ser o no ser de Shakespeare (to be or not to be), en un estar con nosotros o contra nosotros; lo justo y lo injus-to, el bien y el mal, han caído en un manoseo inseguro, pueril y licenciosos que responde a los vaivenes y/o coyunturas políticas, acorde a los caprichos e intereses corruptos y deshonestos de sus tutores y las haciendas que le acompañan, los cuales han lanzado a individuos y pueblos enteros a un patinaje peligroso, donde un des-cuido en el planteo verídico de sus convicciones, les puede condu-cir a una caída estrepitosa de su seguridad personal y/o nacional según sea el caso. La diversidad de criterios, ideologías, religiones y principios, intenta transformarse en una militancia férrea, homogeneizante e irracional y, por derecho, ilegal. El uniformar el pensamiento con clericalismos intoxicados, ha conducido a una crisis de credibilidad, que atenta contra lo mejor del ser humano, es decir, su capacidad para subvertir los ordenes codificadores y enajenadores de las potencias vitales que le son connaturales. Precisamente este aspecto, es la herida mortal que ha recibido —y recibe— hoy día con una potencia insólita los hombres y muje-res del planeta, en circunstancias donde la lucha por la existencia cotidiana se ha convertido en una batalla infernal para acceder a lo elemental para mantenerse con vida, para no morir del hambre, de enfermedades y de invalidez, ante lo que no logran cambiar amén de sus magistrales luchas.
El continuo homicidio contra lo humano, la legendaria supre-macía que ha atentado contra su imprescindible —y porque no— inmaculada dependencia relacional. Ha trastocado y dislocado a las conexiones activas de crecimiento, que han debido acompañarle siempre en un perpetuo preludio para el sano desenvolvimiento de la especie y sus interacciones con el universo. A lo que hoy nos enfrentamos —ya que de enfrentarnos se trata—, es al resultado histórico de deformaciones congénitas hoy día totalmente desar-madoras y destripadoras de sus valores más preciados, a saber: la variedad y unidad que debe caracterizarle y presidirles en todo su desenvolvimiento. No es hora de verdades absolutas, abstractas y antihistóricas, es momento de activismo, de rescate de lo mejor de la herencia con que contamos para poder destronar a los enanos de la libertad y reorganizar un mundo acorde, en consonancia y ca-dencia con su esencia. Es tiempo de evaluación y de proyección so-bre la base de la valoración de la experiencia acumulada.
No puede seguirse hipotecando el futuro, o no habrá futuro. Es pertinente la crítica realista, la lucha emancipadora, pero acompa-ñada siempre de una mesurada alternativa, de un verídico proyecto que nazca en avenencia con la objetividad de la existencia en cada rincón del mundo, que no anticipe transformaciones para las que las masas no se encuentren aptas, que les presida la gradualidad científica, que cuente con todos y para el bien de todos, al decir del cubano de todos los tiempos: José Martí. O se alcanza la libertad, o nos adentramos a una era oscura don-de la inseguridad y la muerte nos rondarán por siempre. O se logra un discernimiento y praxis reorganizadoras de las relaciones en ge-neral y del mundo interior de cada individuo o los intereses egotis-tas, esos actuales amos del universo, acuñarán al hombre bajo el estándar definido y limitado que otros les impongan.
No pueden repetirse eternamente los errores de las cronísticas revoluciones por las que ha atravesado la humanidad, aquellas que contemplaban sólo cambios de forma, retoques de cosméticos y no de contenido de la actividad humana. Las que movilizaron a los pueblos bajo los lemas de igualdad, fraternidad, solidaridad, entre otros muchos y vivían —y viven— invocando el legado democrá-tico e independentista de sus sagrados muertos, ya que no tenían —ni tienen— nada que ofrecer para dar curso a una creación nue-va, producto del ejercicio pleno de las capacidades de cada indivi-duo que participa en ellas, con lo cual, los convierten en marionetas volubles de los designios de autoridades fuera del alcance, del siem-pre ausente bajo control social, y por tanto, fuera de la naturaleza humana, o lo que es lo mismo, un movimiento histórico ajeno, des-ligado y enajenante de la inmanencia de la especie, de acuerdo a los balances realizados por Carlos Marx en su celebre Dieciocho Bruma-rio de Luis Bonaparte, donde criticaba a las revoluciones burguesas de su tiempo y a las proletarias concomitantes, para poner en claro la naturaleza de su Revolución Comunista y las negaciones y crea-ciones que debían acompañarle.
La herencia que recibe cada pueblo y la humanidad toda de sus revolucionarios y/o pensadores, no es un manjar que se consume recalentado y vuelto a recalentar según las coyunturas históricas para movilizar a las masas. La herencia de ideales y prácticas es pre-ciso digerirla como memoria activa que da continuidad y supera los procesos transformadores, que cualifican a cada época a partir de la cual se debe crear y crear infinitamente para las nuevas y más per-fectas calidades de vida, que se produzcan por la obra mancomuna-da de todos en la creación de una verdadera humanidad socializada por excelencia. “La prueba de cada civilización humana está en la especie de hombre y de mujer que en ella se produce”, afirmó José Martí, el 15 de diciembre de 1894. La prueba de nuestra civilización se en-cuentra en crisis. O reorganizamos al mundo sobre auténticas rela-ciones humanas y producimos hombres y mujeres a la altura de su tiempo, que es la garantía del porvenir o pereceremos bajo la bota, las espuelas y la fusta de cada asno local o mundial que intente re-producir moldes en lugar de humanos.
1 Dixit et salvavi animan mean.
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