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Jaime de Armiñán y los medios de comunicación como difusores de ideas reformistas - ¿Quién es Jaime de Armiñan?

Monografía creado por Catalina Buezo. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero20/arminan.html
08 de Septiembre de 2006
Ciencias socialesHistoria

1 - ¿Quién es Jaime de Armiñan?

Los tópicos sobre los primeros escritos de Jaime de Armiñán, como los que han recaído sobre otros autores que han trabajado para los medios en las últimas décadas del franquismo, han dificultado el estudio profundo de este período. Sin embargo, el papel de Armiñán en la cultura española es más importante del que se deriva de la simplificación a la que lo han reducido los tópicos.

Vive este dramaturgo, guionista de televisión, cineasta y narrador en la confluencia de dos épocas. Políticamente significa el tránsito de la España del régimen a la de la constitución democrática; socialmente, la sustitución de unos valores caducos por los ideales de progreso y libertad; culturalmente, la búsqueda de nuevos soportes literarios, que suponen la incursión de este “contador de historias” en el terreno de la televisión, el teatro y el cine.

Jaime de Armiñán nació en Madrid el 9 de marzo de 1927. Vinculado con el mundo del teatro y del periodismo desde la cuna, su inclinación por la literatura y las tablas se despertó en él muy pronto. En efecto, fue hijo de la actriz Carmen Oliver, hija a su vez de los comediantes Carmen Cobeña y Federico Oliver (asimismo autor teatral), y del periodista Luis de Armiñán, redactor de El Heraldo de Madrid y gobernador civil en Lugo, Córdoba y Cádiz durante los años de la Segunda República (1). Su familia quería para él una profesión estable, y en parte complació a los suyos al licenciarse en Derecho y al ponerse a trabajar en la Diputación de Madrid; pero el año y medio que allí estuvo le proporcionó tiempo para escribir una monografía que aún sigue vigente (Biografía del circo) y para colaborar en revistas como Fotos, Teatro o Dígame. Al mismo tiempo dirigía grupos de teatro, y no tardó en escribir y en estrenar obras dramáticas con regularidad.

Así, después de una primera pieza no estrenada, Álvaro no tiene voluntad, obtuvo el premio “Calderón de la Barca” de 1953 con Eva sin manzana y, tras montar Sinfonía acabada, su segundo estreno, volvió a resultar galardonado con Nuestro fantasma, premio “Lope de Vega” de 1956. Ese mismo año contrajo matrimonio con la actriz Elena Santonja, y a través de ella se introdujo en Televisión Española escribiendo como “negro”, lo que tampoco era un secreto, en el programa Entre nosotras, presentado y dirigido por su mujer. De ahí arrancan las fructíferas relaciones de Armiñán con el medio televisivo, que se materializan en series como Érase una vez, Cuentos para mayores, Galería de maridos, Galería de esposas, Mujeres solas, Confidencias, Tiempo y hora, Las doce caras de Juan, Historias de la frivolidad...

Su amigo Adolfo Marsillach, protagonista de la serie Galería de maridos, le propuso como co-guionista en la película El secreto de Mónica, filme que dirigió José María Forqué en 1961. Después de “descubrir el cine desde la magia de las salas sin luz”, en palabras del propio Armiñán (2), recibió otros encargos, hasta que en 1969 debutó como director en Carola de día, Carola de noche. A esta película siguieron La Lola... dicen que no vive sola, Mi querida señorita, Un casto varón español, El amor del capitán Brando, El nido, La hora bruja, Mi general, El palomo cojo... Un total de quince filmes en los que prima la historia insólita, el humor suave y un cierto realismo fantástico no exento de poesía.

Si en su día Armiñán, autor de doce comedias estrenadas con éxito, declaró “Yo no traicioné al teatro de ninguna manera, simplemente, descubrí otros medios de expresión a los que me vengo dedicando desde hace años” (3), estas palabras sirven para explicar su inmersión en el terreno de la novela, que data de 1989. Ese año se publica Juncal, nacida como serie televisiva, en forma de libro, y recibe por esta obra el “I Premio José María Cossío de Literatura Taurina”. Le seguirán novelas propiamente dichas como Los amantes encuadernados, Siete pesadillas y La isla de los pájaros, e incursiones en el terreno de la literatura facticia como Diario en blanco y negro y La dulce España: memorias de un niño partido en dos, obra por la que obtuvo el XIII Premio Comillas de Ensayo. Recientemente, la XXII Mostra de Cinema del Mediterrani, celebrada en Valencia del 18 al 25 de octubre de 2001, ha rendido un homenaje a los directores de cine españoles Jaime de Armiñán, Narciso Ibáñez Serrador y Carles Mira (4).

En nuestra opinión, la producción de Jaime de Armiñán, no estudiada ni en su totalidad ni en profundidad (solo disponemos de un par de libros de carácter introductorio y de un desigual volumen colectivo, pero no de una tesis doctoral que analice las constantes del mundo personal del autor) se puede dividir en tres etapas. En una primera fase (1953-1968), el autor parte de un teatro de evasión que superará muy pronto al alejarse de la sumisión al tipismo. No le interesa exclusivamente divertir y la comedia de costumbres, cultivada desde el teatro y el guión televisivo, le servirá para analizar los vicios que impiden el progreso social. Frente a la crítica complaciente de la sociedad madrileña de Mesonero Romanos y frente a la amargura de Mariano José de Larra, Armiñán, también escritor reformista, ofrece una denuncia hecha con mirada sentimental y amable, aprovechando los resquicios de la censura y situándose siempre en los límites de lo posible.

Es, por otra parte, de los primeros en utilizar la televisión como medio difusor de ideas reformistas, puesto que el teatro ya no se considera el único gran acontecimiento social y cultural. Curiosamente, los juicios de Armiñán saltan de la pantalla del televisor, y posteriormente de la gran pantalla, a la vida real y se convierten en modelos de interpretación de la vida social y política del momento. Por eso será uno de los guionistas más representativos y premiados de los años sesenta y el cineasta que, sin renunciar a su visión personal, mejor ejemplificará el cine de los años setenta (5) y aun de principios de los ochenta.

Se puede, por tanto, hablar de una segunda fase (1969-88) que, unida a su irrupción en otro medio, el cine, supone plantear las frustraciones sentimentales de la nación (Mi querida señorita, 1971) y el desmoronamiento de las certezas tradicionales en los últimos años del franquismo (El amor del capitán Brando, 1974). Ese desmoronamiento deriva en una visión desencantada, escéptica, de la realidad y trae consigo, durante la época de la transición política española, la búsqueda por parte de los personajes de un refugio natural, alejado del tráfago de la ciudad, así como la reivindicación del mundo interior (El nido, 1980) y del poder de la fantasía, que indudablemente existe y es lo único que nos salva de la rutina (La hora bruja, 1985).

Un poco como sus personajes, Armiñán, que no obtiene con sus últimas películas -en gran medida de ambiente rural, corte intimista y aun fantástico- el apoyo de un público que otorga su favor a la comedia urbana, se siente cada vez más cómodo cultivando la literatura y escribiendo, con enorme soltura creativa, acerca de sus atavares como director. En este sentido, su atractiva obra Diario en blanco y negro (1994) recoge lo ocurrido durante el lluvioso rodaje de Al otro lado del túnel, así como anécdotas y recuerdos familiares y profesionales, y se convierte en un libro imprescindible para conocer cómo se rodaba una producción media española en la primera mitad de los años noventa. Esta tercera fase (1989-02), que arranca de la publicación de Juncal en forma de narración, implica un abandono, presumiblemente transitorio, de su labor como cineasta. En su última novela, La isla de los pájaros (1999), late la nostalgia por los platós y a un tiempo Armiñán nos ofrece un auténtico homenaje al cine desde la literatura (y a la propia literatura) y un magnífico ejemplo de narrativa visual de corte cinematográfico escrita a la manera de tramos yuxtapuestos, de secuencias fílmicas pendientes de rodaje.

Agradecemos desde estas líneas la colaboración del propio Jaime de Armiñán, que ha posibilitado la consulta de material de difícil acceso, así como la de Trinidad del Río en la Filmoteca Nacional, que ha permitido el visionado de las películas, y algunas series televisivas, del autor. También nuestras pesquisas en la Biblioteca Nacional de Madrid han dado sus frutos. Todo ello nos ha permitido tener una visión de conjunto de un creador que escribe, con independencia de que lo haga para el teatro, la televisión o el cine, al ritmo de su época, como más detenidamente veremos al centrarnos ahora en el análisis de tres obras que reflejan los tres períodos anteriormente descritos: Tiempo y hora (1966), un volumen que recoge muchas piezas de la serie televisiva homónima; El nido (1980), guión cinematográfico que se conserva también con el título El nido del estrafalario, y La isla de los pájaros (1999), novela a la que brevemente ya se ha aludido.

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