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Jaime de Armiñán y los medios de comunicación como difusores de ideas reformistas - Tiempo y hora (1966): ideas que germinan

Monografía creado por Catalina Buezo. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero20/arminan.html
08 de Septiembre de 2006
Ciencias socialesHistoria

2 - Tiempo y hora (1966): ideas que germinan

David Cubedo presenta el 2 de noviembre de 1956 los primeros informativos de TVE, que no son otra cosa que la lectura ante las cámaras de los boletines de noticias de Radio Nacional de España, conocidos como “el parte”. De hecho, hasta 1959 la autarquía y el centralismo predominan en el medio televisivo, cuya fase de expansión, con la llegada de TVE a Barcelona, comienza por entonces y se continúa en 1962 con el nombramiento de Manuel Fraga Iribarne como ministro de Información y Turismo, lo que supondrá en materia informativa la Promulgación de la Ley de Prensa en 1966. En este período se inician las reformas del Plan de Desarrollo y se promueve una apertura hacia los mercados exteriores, lo que desemboca en la presencia de TVE en los festivales y mercados internacionales.

También se construyen los nuevos estudios de Prado del Rey y se pone en marcha la segunda cadena, que, a pesar de su limitado radio de acción, permite satisfacer parcialmente las aspiraciones de grupos sociales e intelectuales minoritarios y la incorporación de jóvenes directores, escritores y programadores. Estos profesionales tuvieron un papel clave en la última fase del ente (los años en los que Adolfo Suárez estuvo al frente de la dirección general de TVE, de 1969 a 1973) y a ellos se debe la elaboración por entonces de unos programas veladamente didácticos que prepararon a los españoles primero a un “franquismo sin Franco” y luego a la transición política que se avecinaba (6).

Jaime de Armiñán vive todo ese proceso desde su incorporación al quehacer de TVE, que formalmente se produce a principios de 1958 con la escritura de los guiones infantiles de media hora de duración de la serie Érase una vez. El programa consistía en la escenificación de cuentos famosos y en un debate añadido en el que se ironizaba sobre los propios personajes, es decir, sobre la culpabilidad del lobo en la historia de Los tres cerditos o sobre el mal carácter de las hermanas de La cenicienta. La serie no gustó a los niños, ni tampoco sus Cuentos para mayores (1959), escenificación quizá “intelectual” en exceso, en palabras del propio guionista (7), que se ausentó de televisión durante más de seis meses y volvió con Galería de maridos (1959) y un enfoque más comercial: mostrar en el espacio de quince minutos toda la tipología de los cónyuges, desde el tímido al sucio, pasando por el enmadrado y el guapo. La contrapartida la ofrecerá Armiñán al año siguiente en Galería de esposas (1960), serie que deja entrever una constante en su obra: el análisis del mundo femenino, que reiterará en Mujeres solas (1961), luego titulada Chicas en la ciudad, y posteriormente en Trío de damas (1962), Las doce caras de Eva (1971) y Tres eran tres (1972).

Chicas en la ciudad, además, nos habla de la confluencia de géneros en este autor, puesto que estos guiones acerca de cuatro muchachas residentes en Madrid se transformaron en la pieza dramática Pisito de solteras (1962) (8) y, finalmente, comienza con estos episodios, comenta Armiñán, “una crítica leve, haciendo un repaso de las cosas que todos tenemos a la vista, pero dichas amablemente, porque de lo contrario las rechazaría el espectador”(9). Esta crítica sin acritud -tal vez la única posible- será habitual en el guionista, que lanzará abiertamente en Confidencias (1963) sus acerados dardos contra la sociedad burguesa al criticar ciertas de formas de caridad, tés benéficos, o la hipocresía e irresponsabilidad de sus componentes. Con esta última serie se realizan las primeras grabaciones en vídeo, dedicándose un solo día a cada capítulo, de media hora, y se cambia el horario de emisión: los programas de Armiñán abandonan la apacible hora de la sobremesa y se emiten primero en la medianoche de los viernes y de los sábados y luego el domingo a las diez de la noche, en la franja horaria reservada para los programas de mayor relieve popular. Al mismo tiempo, el autor, que se confiesa admirador del maestro de guionistas Paddy Chayefsky, perfila un estilo propio basado en una estética de la sugerencia, en varias curvas emocionales que crean un determinado ritmo y en un lenguaje sencillo en el tratamiento de la intimidad de los caracteres (10)..

Así llegamos a Tiempo y hora, que sustituye en la temporada 1965-66 a Confidencias, aunque supone trabajar más o menos con el mismo elenco (Antonio Ferrandis, Fernando Rey, Alfredo Landa, Amparo Baró y Gracita Morales, entre otros, a los que se suma la incorporación de Sonia Bruno).y permanece idéntico tono, en el que alternan la crítica social con la descripción costumbrista de un personaje o una situación coetáneos, puesto que el título alude al tiempo en el que la obra fue escrita. Un tiempo en el que “se han invertido los valores” (TH, p. 108), las chicas de servir parecen señoritas y pueden pedir un taxi, se lee en “La señorita”, lo que lleva a los pudientes en “El príncipe Ernesto” a añorar “los buenos tiempos” (TH, p. 314) en los que el abuelo tenía un castillo y se vivía de las rentas.

Con todo, este retrato social de los años 1965 y 1966 va más allá, y Armiñán nos habla del paso del tiempo que conduce al desamor en “El auténtico gato”; reflexiona sobre las distintas formas de perder el tiempo o de tomarlo a la ligera en “La cigarra y la hormiga”; trata de los vanos esfuerzos por recuperarlo en “La viuda”; de la posibilidad de negarse a tiempo en “El último toro” o de la imposibilidad de hacerlo en “Decir que no”; de las maneras de rememorarlo en “Viejas cartas”; de los intentos por vivir fuera del tiempo en “Una falda color mostaza”; de ayudar a tiempo en “Fábula sin moraleja del comisario y la ladrona” o aparecer a destiempo en la vida de los otros en “Agua pasada” Veamos algunos fragmentos:

CÉSAR. [...] No tiene ningún mérito que esquíes o que juegues al tenis, o que conquistes a las mujeres o que vistas bien. Has tenido tiempo y posibilidades (“La cigarra y la hormiga”, TH, p. 162)

ANDRÉS. Yo estoy muy solo. Por eso arreglo relojes. Porque las campanadas y el “tic-tac” me acompañan. Y por eso tengo siempre cerradas las ventanas. Me da lo mismo que sea de día o de noche (“Garibaldi”, TH, p. 205)

El tic-tac del reloj sube de tono.

[GINÉS.] Estás preocupado ¿verdad? ¡Estás obsesionado! Puedes volverte loco... ¿Y todo por qué? ¡Porque no has sabido decir que no a tiempo! ¿Pero es fea Elvirita? ¡No! ¡Está de miedo! ¡Elvirita está como un tren...! Y la quieres mucho y no puedes vivir sin ella... ¡No te engañes, Ginés! Te importa un rábano... La libertad... ¿Te das cuenta? ¡Vas a perder la libertad! (“Decir que no”, TH, p. 260)

El leit-motiv del reloj, que inexorablemente marca las horas para el amante que espera en “El auténtico gato”o para el torero que ha de salir al ruedo en “El último toro”, unifica unas páginas con sabor a época por las que desfilan ladronas y toreros por necesidad, pensionistas, libreros arruinados, señoritas y señoritos de la clase bien pensante, aristócratas que se ganan la vida dando discursos y asistiendo a cócteles, secretarias, jefes, pretendientes pobres, camareros, señoras de la limpieza y maestros jubilados que no llegan a fin de mes.

La serie constó de cerca de treinta capítulos de media hora de duración (11). Entre ellos destacaron los siguientes: “El abogado de oficio”, “El gafe”, “La señorita”, “La farsa de la escoba”, “El hombre de las palomas blancas”, “El auténtico gato”, “La señorita Álvarez”, “Una falda color mostaza”, “La librería”, “Temas para el desayuno”, “Fábula sin moraleja del comisario y la ladrona”, “Aquel 6 de agosto”, “Recordando a don Julio”, “Carta a Julia”, “Retorno de un hombre”, “¿Habla usted español?”, “Días de haber”, “El último toro”, “La actriz y el autor”y “Una vieja criada de casa”. Por ella recibió Armiñán el premio de mejor guionista televisivo de 1966 del diario Tele Express, y ese mismo año se publicó como libro bajo el título Tiempo y hora, con un prólogo de Adolfo Marsillach, quien afirma que el autor

es el caso más asombroso de fecundidad televisiva que conozco. Nunca he entendido como puede escribir un guión semanal durante tanto tiempo [...] es delicado, tierno, sutil... Su humor tiene poesía, encanto, esperanza... Es un amoroso observador de las cosas pequeñas... Un psicólogo brillante... Un escritor de raza... (TH, p. 9)

Armiñán realizó para la edición una selección de dieciséis episodios. Son los siguientes, por orden de inclusión: “Un falda color mostaza”, “El auténtico gato”, “Sólo hay un motor”, “Viejas cartas”, “La señorita”, “Agua pasada”, “La cigarra y la hormiga”, “Fábula sin moraleja del comisario y la ladrona”, “Garibaldi”, “Farsa de la escoba”, “La librería”, “Decir que no”, “La viuda”, “El príncipe Ernesto”, “El último toro” y “Como en un desierto”. El tema del fracasado que abandona a su familia y reaparece cuando su hijo ha adquirido un nombre como torero y puede sacarle económicamente de apuros está presente desde el guión de La becerrada hasta “Agua pasada” (y luego en “Juncal”, capítulo incluido en Cuentos imposibles (1984) y más tarde título de la serie homónima de siete capítulos).

En esos años se reutilizaban las cintas de una serie a otra, con la consiguiente pérdida de mucho material grabado. Nótese la ironía de los títulos de las piezas escogidas; un tono irónico propiciado por el uso del refrán sobreentendido (“Agua pasada”), de la frase hecha (“Sólo hay un motor”), y aún de títulos de fábulas conocidas (“La cigarra y la hormiga”), tan del gusto del autor. Recuérdese que Armiñán alcanzará la madurez de su estilo en Fábulas (1968), programa que a partir de 1970 pasa a titularse Del dicho al hecho. En él el empleo del refranero español será explícito (“En boca cerrada no entran moscas”, “No hay mayor dolor que ser pobre después de ser señor” y “Genio y figura hasta la sepultura”, entre otros) y servirá para que el publico saque sus propias conclusiones, ya que el guionista no moraliza explícitamente, si bien transmite su opinión por ósmosis. El éxito internacional le llegaría ese mismo año con Historias de la frivolidad, un alegato contra la censura desde la Edad de Piedra codirigido con Narciso Ibáñez Serrador. Se emitió casi clandestinamente, en febrero de 1968, y cuando ya había ganado la Ninfa de Oro del Festival de Montecarlo, la Targa D´ Argento del Mifed de Milán y sobre todo el Premio de la UNDA a la serie con mayores valores positivos. Más tarde, al conseguir la Rosa de Oro del Festival de Montreux, máxima recompensa del certamen, se convertiría en el programa más galardonado hasta entonces de la historia de TVE.

Volviendo a Tiempo y hora, interesa notar no sólo su tono didáctico-irónico anticipo de lo que sería la serie siguiente, Fábulas, sino también el empleo de un título de Confidencias (“Temas para el desayuno”) en un programa posterior (Tiempo y hora) (12). Se puede hablar, por consiguiente, de una obra en marcha, abierta, en la que los temas se reiteran con variantes, porque Armiñán comprende que el problema de España, como años atrás habían visto los hombres del 98, no era sólo un problema de gobierno y de política, sino de cultura. El necesario cambio colectivo sólo podría llegar a través de una evolución intelectual que acercara a los españoles a las naciones más adelantadas.

En “Como en un desierto” y en “La librería”, al modo de los artículos de Larra, Armiñán adopta una actitud crítica frente al conformismo del momento. El guionista defiende la lectura de los clásicos y utiliza su pluma como arma para combatir la desidia y la inconsciencia de la población, que considera la lectura un lujo pero no el acudir a los toros o al fútbol, o que habla únicamente del largo de la falda y de otras menudencias.

Armiñán impregna las escenas de Tiempo y hora de problemas actuales, de personajes reales, de acción cotidiana, y luego somete a revisión, con el espíritu crítico permitido, los valores heredados y las ideas recibidas. Su afán es moralizador, educador: siembra ideas que conducen lentamente al progreso social, ideas que germinan. Por ello detiene su mirada en penitenciarias y comisarias y nos habla de la España sin oportunidades donde el pequeño hurto y el timo (el truco del regalo de un pavo de Navidad en “Garibaldi”) ayudan a malvivir, y donde a veces alguien echa una mano y evita que la cárcel sea el destino final e inevitable (“Fábula sin moraleja del comisario y la ladrona”). O critica la hipocresía de una clase acomodada que no se pone en el lugar de los humildes (en “La señorita” ésta se desentiende del destino de su criada, encinta; en la “Farsa de la escoba” se les niega la merecida subida de sueldo a las señoras de la limpieza, y se hace por su bien, para no contribuir al despilfarro y a la inflación del país) y que, cuando pierde sus privilegios, ha de afrontar que los suyos le den la espalda y el desamparo ante la dura realidad (“La viuda”).

El toreo se presenta como única proyección económica para los desfavorecidos (“Agua pasada”) o, nos dice irónicamente el autor, otra salida puede ser un buen matrimonio, ya sea con la hija de la dueña de la pensión (“Decir que no”) o con una muchacha adinerada (“Viejas cartas”). Ciertamente el señoritismo es una realidad entre los pudientes (“La cigarra y la hormiga”) y los que presumen de hidalgos, que se toman la vida como un juego instrascendente (“El príncipe Ernesto”). A los más humildes solo les queda evadirse de la realidad por medio de la imaginación, como leeemos en el cierre irónico de “Una falda color mostaza”:

NENA. Por primera vez en mi vida siento envidia...

CELADORA. ¿De esa? ¿Por qué?

NENA. Va a la libertad...

CELADORA. ¿A la libertad? Está cumpliendo una condena de treinta años... Hoy la trasladan de penal... ¿No la conoces? Es muy mentirosa...

(TH, p. 31)

Ya con anterioridad había afirmado Paqui, quien dice de sí misma que le gusta inventar cuentos e imaginarse lo que no existe: “Aquí sólo vemos estas cuatro paredes”(TH, p. 19). El propio Armiñán se vio obligado a salir en pantalla, después de la emisión de la “Farsa de la escoba”, presionado por la censura:

Era una lucha contra la censura y era muy divertido aquello, porque era colocarles cosas que ellos no podían admitir nunca, pero haciéndolo de una manera totalmente oculta y misteriosa. Al final de la [“Farsa de la escoba”] tuve, bueno, no tuve que hacer, quise hacer, un final de despedida del programa en el que yo salía, que me daba muchísima vergüenza, diciendo que todo lo que había escrito lo había escrito porque yo quería y que lo asumía totalmente (13).

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Catalina Buezo Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero20/arminan.html CopyLeft
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