José E. Rodó: metamorfosis del crítico - La crítica como disciplina
En “El que vendrá” (1896) Rodó se plantea que la vida literaria “como culto y celebración de un mismo ideal, como fuerza de relación y de amor entre las inteligencias, se nos figura a veces próxima a extinguirse” (1967:150). Comprueba una divergencia entre la actividad literaria y los requerimientos de la sociedad y el tiempo en los que vive el escritor, por lo cual la creación termina por mostrar su retraimiento e individualismo: “Ya no se profesa el culto de una misma Ley y la ambición de una labor colectiva, sino la fe del temperamento propio y la teoría de la propia genialidad. [...] Las voces que concitan se pierden en la indiferencia. Los esfuerzos de clasificación resultan vanos o engañosos. Los imanes de las escuelas han perdido su fuerza de atracción, y son hoy hierro vulgar que se trabaja en el laboratorio de la crítica. Los cenáculos, como legiones sin armas, se disuelven; los maestros como los dioses, se van... (1967:153).3
La teoría del crítico
En “La crítica de «Clarín»” (1895) somete a análisis aquellos elementos que influyen negativamente en el ejercicio de la crítica literaria. Al oscilar entre dos polos “que en diverso sentido la apartan de su tradicional objeto, y por igual la desnaturalizan o anulan”, la crítica se debate entre normas de investigación que asocian la actividad literaria a cuestiones distanciadas de sus resultados artísticos y el individualismo doctrinal que toma como fundamento del juicio, el impresionismo o la irresponsable genialidad del que comenta (1967:772).
Por su “sólida unidad de criterio y la entereza dogmática de sus convicciones”(1967:772) Leopoldo Alas (“Clarín”) (1852-1901) se convierte en paradigma de la crítica. Entendió la literatura como un trabajo constante y minucioso de gran contenido ético, conjugó el idealismo con la filosofía positivista y la búsqueda del sentido metafísico y censuró con ironía el mal gusto y la vulgaridad de la España de su época.
Es interesante notar que Rodó, ya desde sus primeros escritos, no se muestra contrario al reconocimiento de la excelencia de la labor de críticos extranjeros, sino que valora, como en el caso de “Clarín”, la renovación en el estilo, la “idealidad” con respecto a la enseñanza y la reflexión sobre su tiempo y sus contemporáneos, así como sobre las manifestaciones estéticas de la literatura española.
El ejercicio de la crítica literaria propuesto por Rodó no supone el regreso a una concepción platónica de la obra bella y aislada, independiente de convenciones, épocas, autores y del “imperio de las influencias naturales y sociales...” (1967:773). Al distanciarse de lo artísticamente necesario la crítica se transformaría en una tarea de investigación científica del ambiente, en un estudio de las relaciones sociales y políticas y en materia de observación moral o experimento psicológico. En su opinión, la crítica literaria alcanzará el status de juicio de arte, siempre que el crítico remita la obra a determinados principios que considera verdaderos y que le permitan aprobarla o desaprobarla, por supuesto, sin confundir punto de vista con parcialidad.
No es cuestión de generar una crítica estrecha de criterio que se detenga en la consideración del elemento formal más exterior y mecánico (1967:775), que no muestre interés por el sentido y la comprensión profunda de la obra. En “El Americanismo Literario” escribió que la manifestación de independencia que puede reclamársele a una cultura naciente es “el criterio propio, de lo que conviene adquirir como modelo, lo que hay de falso e inoportuno en la imitación” (1967:788).
En “La facultad específica del crítico”, -Libro VI de Nuevos Motivos de Proteo- define a la crítica como la “expresión consumada y perfecta de la aptitud de contemplación artística, y ese elemento activo que en la pura contemplación germina, en el gran crítico se magnifica y realza hasta emular la potencia creadora del grande y soberano artista” (1967:963). Este ejercicio constituye una operación estética, y como el actor con relación al texto dramático que representa, el crítico literario debe aportar a la interpretación “una parte considerable de espontaneidad, de iniciativa, de invención propia” (1967:964) con la finalidad de hacer explícitas aquellas analogías no perceptibles para la generalidad de los lectores. En este sentido, el fundamento de la visión genial “es la fuerza sublime que nos impulsa a pasar el límite de nuestro ser para participar de lo íntimo y personal del ser ajeno, ya sea éste real o imaginario” (1967:966), de modo que la facultad de juzgar permitirá el ejercicio de la imparcialidad, la capacidad de comprender y valorar más allá de los límites impuestos al crítico por su personalidad y su época.4
La práctica de la crítica
Rodó expresa en 1910 a Rafael Barrett (1876-1910) su beneplácito por la franqueza y el ingenio con los que el anarquista enaltece las crónicas de La Razón. Afirma: “[...] hay en el espíritu de su ironía un fondo afirmativo, una lontananza de idealidad nostálgica, un anhelante sueño de amor, de justicia y de piedad, que resultan más penetrantes así, en el tono de una melancolía sencilla e irónica, que si se envolvieran en acentos de entusiasmo y de fe, o de protesta declamatoria y trágica (1967:654).
Dos años antes que Rafael Barrett expusiera con asombro el hecho de que en Paraguay no hubieran leído Ariel5, ”la gran obra del primer crítico continental”, Rodó le había escrito: “...aun aquellos que no somos socialistas, ni anarquistas, ni nada de eso, en la esfera de la acción ni en la doctrina, llevamos dentro del alma un fondo, más o menos consciente, de protesta, de descontento, de inadaptación, contra tanta injusticia brutal, contra tanta hipócrita mentira, contra tanta vulgaridad entronizada y odiosa, como entretejidas en su urdimbre este orden social trasmitido al siglo que comienza por el siglo de advenimiento burgués y de la democracia utilitarista”6 (1967:654).
Asimismo, en una carta que dirige al dominicano D. F. García Godoy y que figura en El Mirador de Próspero con el título “Una bandera literaria” (1912) Rodó subraya la función social de la literatura respecto a la afirmación de la personalidad colectiva en naciones de reciente formación. Nuevamente, surge el reclamo por la urgencia de “un arte hondamente interesado en la realidad social, una literatura que acompañe desde su alta esfera, el movimiento de la vida y de la acción, pueden ser las más eficaces energías.” (1967:643).
Bajo el título “Juan María Gutiérrez y su época” Rodó reunió varios artículos del período de la Revista Nacional7. El título queda justificado al considerar que la generación de J. M. Gutiérrez se caracterizó por la reivindicación de la autonomía intelectual, el notable esfuerzo por forjar una independencia material y al mismo tiempo garantizar, además de la libertad de pensamiento, la libertad de expresión y de forma (1967:710). De este modo, la búsqueda de principios autónomos, es decir, de definición cultural, de superación de la imitación por la originalidad y por el poder de transformación de lo extranjero en lo propio, constituyen las características más representativas de las formulaciones de Rodó. Si bien insiste en que la imitación de los procedimientos constructivos y estilísticos, termina en la deformación del modelo original, la innovación literaria no exige prescindir de las influencias: éstas configuran la expresión de ideas y sentimientos que coexisten en el ambiente de una época y como lo afirma A. Ardao: “determinan la orientación de la marcha de una sociedad humana” por tratarse de “una preocupación cualquiera del espíritu colectivo” (1970:21).
El “americanismo literario”, como manifestación del espíritu colectivo, incluye trascendentes funciones sociales. Se trata de un instrumento de adquisición de conocimiento y de promoción de actividad intelectual8, lo cual no implica ninguna restricción en cuanto a los temas o géneros empleados por el escritor, sino la tendencia expresa a la independencia cultural que permitirá asimilar y transformar la materia literaria en original.
“Sólo han sido grandes en América aquellos que han desenvuelto por la palabra o por la acción un sentimiento americano” (1967:208), afirma Rodó en el ensayo titulado “Montalvo”. A propósito de tal afirmación, puede llamar la atención que la poesía gauchesca no sea tratada en la obra de Rodó.
Si bien adopta recursos formales tradicionales, la poesía gauchesca -especialmente con Lussich y Hernández- incurre en desviaciones de las normas lingüísticas. En la prédica de Rodó queda de manifiesto su respeto hacia la sintaxis, el léxico y la gramática del idioma español y su reconocimiento del legado histórico. Con respecto a esto, en el ensayo citado anteriormente, afirma: “La ciencia vasta y prolija, el sentimiento profundo del idioma, que semejante evocación supone, son verdaderamente incomparables. La obra de rehabilitación de las buenas y sabrosas tradiciones de la sintaxis y el léxico, realizadas en lengua española por Montalvo, no representa mérito inferior a la que, en lengua francesa, llevó a cabo, algo anteriormente, Pablo Luis Courier...” (1967:610).
El Martín Fierro (1872) como paradigma literario no estaría en condiciones de integrar el proyecto americanista de Rodó. Tal americanismo se opone al regionalismo y, por lo tanto, al empleo de dialectos y a la exaltación de un personaje bárbaro e inadaptado. Bajo este punto de vista, la invención de la escritura gauchesca infringiría las normas que permitirían la unificación americana: las del idioma común. Una prueba en favor de este argumento puede encontrarse en la siguiente afirmación de Pedro Henríquez Ureña: “Observemos, de paso, que el habla gauchesca del Río de la Plata, substancia principal de aquella disipada nube, no lleva en sí diversidad suficiente para erigirla siquiera en dialecto como el de León o el de Aragón: su leve matiz la aleja demasiado poco de Castilla, y el «Martín Fierro» y el «Fausto» no son ramas que disten del tronco lingüístico más que las coplas murcianas o andaluzas.”9
En resumen, la pretensión de un emprendimiento intelectual y colectivo americanista y la manifestación de la autonomía literaria son los dos fundamentos que determinan los aspectos críticos del proyecto literario de Rodó.
La norma de integración entre elementos divergentes que aparece a lo largo de toda su obra permite una síntesis que Zum Felde llama “conciliación dialéctica” que llega a ser imperativamente normativa (1967:70-72). Al parecer, impulsado por el desaliento y las dificultades que enfrentaba su proyecto, escribió en Roma el mismo año de su muerte:
Somos, para los antiguos, gatos para fieras. Reproducimos su genio y su cultura, como el gato los rasgos del felino indómito y gigante. Para dar voz a otros hombres y otros tiempos, el Ramayana, la Ilíada, la Comedia. Para expresar la democracia utilitaria y niveladora, la Gatomaquia. [...]
El patriotismo romano, propagandista y conquistador, fue un inextinguible anhelo de espacio, y rebosando sobre el mundo, hizo nacer de la idea de la patria el sentimiento de la humanidad. Nuestro patriotismo, contenido y prudente, egoísta y sensual, ¿no tiene mucho del apego del gato a la casa donde disfruta su rincón?... ¡Oh, tú, que te levantas allá enfrente!, sombra del Coliseo, erguido fantasma de la antigüedad, genio de una civilización de águilas y leones: no será esta de que nos envanecemos una civilización de gatos? (1967:1299).10
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