José E. Rodó: metamorfosis del crítico - La Educación Literaria
En “La Enseñanza de la Literatura” (1909)14 Rodó critica el carácter “subalterno y adaptado a un mero fin de utilidad” que acompaña a la producción de las “obras didácticas”, donde “la pobreza, la insipidez, la frialdad y la inmovilidad rutinaria” son comunes en los libros convencionales y retóricos empleados habitualmente en la teoría de la literatura (1967:532). Considerando los manuales en su época, sus clasificaciones y “vetustas” jerarquías, Rodó reclama la producción de obras modernas.
Los textos usuales de literatura se caracterizan por su “petrificación” y “deplorable insuficiencia”, por lo cual debían sustituirse por un “libro humilde y benéfico”, elaborado “cuando algunos de los que son capaces de escribirlo tengan la abnegación de quererlo escribir” (1967:533). Pero no se trata sólo de un libro de instrucción, sino también de “educación de la sensibilidad estética y del gusto”, escrito con el propósito de comunicar al lector “la virtud sugestiva, el don de interesar, la simpatía pedagógica; y cuando así fuese realizado, su campo de acción podría traspasar los límites de la cátedra y servir de lectura popular que difundiese la buena nueva de lo bello y preparase el espíritu de la generalidad para recibir la influencia civilizadora y dignificadora de las buenas letras” (1967:533).
Este texto de “iniciación literaria” iría acompañado de una Antología -“compuesta con objeto y plan esencialmente didáctico” - de modo tal, que se ajuste al libro de teoría, permitiendo “corroborarlo con la eficacia irreemplazable de los ejemplos” (1967:533). Y el tercero de los textos proyectados consiste en una historia literaria con escasos nombres y pocos juicios bibliográficos, pero donde quedara claramente expuesta la relación “de la actividad literaria con los caracteres de raza, de país, de sociabilidad, de instituciones, que concurren a imprimir su sello en la literatura de cada nación y cada época” (1967:533).
En 1899 en “Decir las cosas bien” Rodó ya había anticipado el cuidado de la forma y la búsqueda de la sencillez: “Hablad con ritmo, cuidad de poner la unción de la imagen sobre la idea, respetad la gracia de la forma, ¡oh pensadores, sabios, sacerdotes!, y creed que aquellos que os digan que la Verdad debe presentarse en apariencias adustas y severas son amigos traidores de la Verdad ” (1967:569).
Rodó se pregunta por qué la gramática resulta una de las disciplinas que menos goza de la predilección de los estudiantes. En “La enseñanza del idioma” (1910)15 explica el enigma: “Es indudable que a este descrédito han contribuido considerablemente, por una parte, la condición de la gran mayoría de los textos usados para la enseñanza de la gramática, y por otra parte, la medianía y estrechez de espíritu que han solido caracterizar a aquellos que la han profesado como maestros o la han cultivado como teóricos” (1967:651). En su opinión, los hábitos intelectuales del gramático se relacionan, por lo general, con “la estrechez, la nimiedad y la intolerancia” (1967:652).
Es necesario que la gramática abandone el estudio de los elementos inertes de la elocución -los vocablos- para aproximarse al estudio de las combinaciones organizadas en que consiste “la esencia del hablar”. Esto supone una concepción del lenguaje como un organismo con capacidad de interesar a la razón y de mostrar asimismo su orden real y animado, de modo que la gramática deje de ser una ocupación improductiva que sólo educa a la memoria en conceptos abstractos y en reglas artificiales “de dudosa exactitud y dudoso valor” (1967:652).16
En opinión de Rodó al estudio de la gramática debe anteponerse el ejercicio de la lectura; ésta predispone a romper la unidad consecuente y monótona de la personalidad, escapando de los límites de la individualidad:
“... la identificación imaginaria con los personajes del novelista y el poeta no sólo nos transporta a menudo a condiciones de vida distintas de las que la severa realidad nos impone, sino que, produciendo la misma mutación ilusoria por lo que respecta a nuestro ser interior hace que aparezcamos, por una hora, ante nuestra propia conciencia, con alma y corazón diferentes de los que recibimos de la naturaleza...” (1967:926).
El lenguaje no debe estar únicamente al servicio de la forma y la retórica porque es un elemento vivo que pertenece a la tradición, no un mero instrumento susceptible de jerarquizaciones. Mediante la enseñanza y la difusión de la cultura propia, se debería tratar de generar un sentimiento de unidad, caracterizado por la búsqueda de la originalidad -que supone un proceso de selección crítica de los elementos que van surgiendo con el paso del tiempo-, la conservación de la tradición -en la que están las bases del futuro- y la inscripción de la literatura nacional en el ámbito de la comunidad cultural americana, tal como afirma Emir Rodríguez Monegal (1967:104).
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