José E. Rodó: metamorfosis del crítico - Las Antologías
El caso Ugarte
En una carta fechada en abril de 1896 dirigida al argentino Manuel Ugarte que fue publicada con el titulo “Por la unidad de América”, Rodó habla de la internacionalidad americana y lo exhorta -como director de la Revista Literaria de Buenos Aires- a terminar con el “desconocimiento de América por América misma” y a trabajar para que “se estrechen los lazos de confraternidad que una incuria culpable ha vuelto débiles” (1967:831).
En la misma carta afirma que la labor de unificación intelectual de los pueblos americanos fue iniciada en Argentina “por los trabajos de investigación, de divulgación, de propaganda, con que la incansable y fervorosa actividad de Juan María Gutiérrez tendió a formar en todas las literaturas del América una literatura, un patrimonio y una gloria de la patria común” (1967:831). Y se despide de Ugarte con la siguiente demanda: “Grabemos, entre tanto, como lema de nuestra divisa literaria, esta síntesis de nuestra propaganda y nuestra fe: por la unidad intelectual y moral hispanoamericana” (1967:832).11
Algunos años más tarde, con el título de “Una nueva antología americana” (1907) Rodó comenta la compilación de textos hispanoamericanos que Ugarte publicó en París. En este ensayo expone que una antología tiene la responsabilidad de ser un medio de propaganda destinado a formar la conciencia del público, mostrando el pensamiento literario contemporáneo e incluyendo referencias históricas y críticas.12 Según Rodó, Ugarte no realiza una “obra de síntesis que sirva de guía fiel a quien quiera formar idea de nuestro espíritu”, ni una “obra de selección donde se congregue lo poco, lo muy poco, que, literariamente, tenemos digno de ser mostrado sin rubor...” (1967:637).
Es a propósito de esta antología donde reflexiona acerca del complejo carácter que vincula las diversas manifestaciones culturales americanas con las europeas:
Es indudable que, dejando aparte superioridades de excepción, el pensamiento hispanoamericano no ha podido ni puede aspirar aún a una autonomía literaria que lo habilite a prescindir de la influencia europea. No siendo la literatura una forma vana, ni un entretenimiento de retóricos, sino un órgano de la vida civilizada, sólo cabe literatura propia donde colectivamente hay cultura propia, carácter social definido, personalidad nacional constituida y enérgica. La dirección, el magisterio del pensamiento europeo es, pues, condición ineludible de nuestra cultura. (1967:635).
El comentario de la antología sirve de ocasión para la reivindicación de la labor de dos personajes “despreciables”: el colector y el traductor. “Ugarte pudo ser el colector de alta religiosidad literaria”, afirma Rodó, pero no lo fue; en su opinión, puede notarse a simple vista lo “mucho que está de más y lo no poco que se echa de menos” (1967:633). Si bien disculparía la inclusión de autores filipinos, le resulta imperdonable que se omita a Reyles: “Entre los escritores de mi país, nadie desadvertirá la ausencia de Carlos Reyles, cuyo alto valer se realza, para el caso, con la consideración de ser, en América, quien ha infundido en la novela espíritu más innovador y más característico de la sensibilidad literaria de las generaciones jóvenes. (1967:634).
Si la antología del escritor argentino carece de criterios apropiados en cuanto a la selección de los autores y sus obras y no representa la unidad histórica y espiritual de la época, Ugarte se transforma por lo tanto, en la antítesis del colector.
¿Por qué Reyles?
La fórmula de la verdad artística no ha de ser como el ritual inmóvil en que pretenda legarse al porvenir la revelación del procedimiento definitivo e invariable.
J. E. Rodó (1967:157).
En “La novela nueva. A propósito de «Academias» de Carlos Reyles” (1896), pueden encontrarse algunas claves para la defensa del innovador novelista que Rodó consideró en Reyles (1868-1938). En el prólogo de Primitivo, Reyles afirmaba que se proponía la escritura de narraciones cortas, ensayando un “arte que no permanezca indiferente a los estremecimientos e inquietudes de la sensibilidad fin de siglo, tan refinada y compleja, y que esté pronto a escuchar los más pequeños latidos del corazón moderno, tan enfermo y gastado” (1967:155).
Es necesario recordar que, para Rodó, la autonomía literaria debe comenzar por reconocer “la necesidad de la vinculación fundamental de nuestro espíritu con el de los pueblos a quienes pertenece el derecho de la iniciativa y la dirección, por la fuerza y la originalidad del pensamiento, será, además de inútil, estrecho y engañoso” (1967:161).
Rodó afirma que “las fronteras del mapa no son las de la geografía del espíritu” y que “la patria intelectual no es el terruño” (1967:156). Reivindica al narrador de la región, al novelista de la “universalidad humana (1967:163)”, de donde se infiere que Reyles es considerado una figura opuesta al aislamiento receloso e individualista que origina la incomunicación intelectual.
América desde España
Otra de las antologías analizadas por Rodó pertenece al literato, filólogo y crítico literario español Marcelino Menéndez y Pelayo (1856-1912), a quien le reconoce el mérito de “estrechar los lazos de fraternidad intelectual de España y América” (1967:831). El cuarto tomo de la Antología de líricos americanos, publicado bajo los auspicios de la Academia Española13 motiva el artículo que Rodó publica en 1896, titulado “Menéndez Pelayo y nuestros poetas”, donde expone una serie de comentarios preceptivos de gran importancia.
¿Qué debe proponerse un autor de antologías que pretenda que su obra sea más que la acumulación inorgánica de obras y autores? Rodó enumera: un orden que guíe la elección; la representación total de estilos y tendencias; la sujeción a un método histórico; lograr que cada autor se destaque adquiriendo su nota propia y personal; dar idea fiel del tránsito de una a otra época o escuela literaria (1967:824-825).
Pero, la desaprobación a la antología de Menéndez y Pelayo surge por la omisión del nombre de Juan Carlos Gómez y de su composición en versos alejandrinos titulada La Libertad.
Falta un nombre en la Antología.
Juan Carlos Gómez, que en concepto de muchos debió ocupar en esta parte de ella puesto de honor, no es siquiera aceptado a participar de la representación del sentimiento lírico de su pueblo. -Proscripto él mismo, en la realidad de la vida, y aun en el sueño de la muerte, que duerme en tierra extraña, estábale reservada de esta manera, a su obra de poeta, la dura suerte de una proscripción no menos injusta (1967:828).
No es tanto, entonces, el valor lírico de La Libertad sino la emblemática figura que es doble objeto de proscripción: “creo que difícilmente podía haberse excluido de la colección nombre que más la honrara y que reuniese más valor representativo” (1967:828).
Para Rodó se trata del vivo organismo lírico de la composición de Juan Carlos Gómez, lo cual compensa sus problemas de forma y sus presumibles “faltas contra el gusto”: “Podría comparársele con un corazón que, al palpitar, da sones melodiosos. -Es, además, tomando el americanismo poético en un amplio sentido, una composición esencialmente americana” (1967:829).
Juan Carlos Gómez, El Periodista
¿Por qué Rodó insiste en censurar la exclusión de Juan Carlos Gómez de la mencionada antología?
En “Juan Carlos Gómez”, que figura en El mirador de Próspero, había afirmado que la tarea periodística realizada por J. C. Gómez (1820-1884), es equiparable al trabajo de hombre de letras desempeñado por Juan María Gutiérrez, a la labor de Alberdi como pensador y a la de Sarmiento como estadista (1967:506-507). Gómez representa al periodista constantemente identificado con el pueblo, así como al “espíritu literario sacrificado a la necesidad suprema de la acción y la lucha, en la existencia de sociedades forzosamente inhospitalarias para las manifestaciones desinteresadas del espíritu...” (1967:507).
En ocasión de ser repatriados los restos del periodista, Rodó pronuncia un discurso en representación del “Ateneo” de Montevideo en el Cementerio Central en octubre de 1905. En este artículo, que llevará por título “La vuelta de Juan Carlos Gómez” Rodó refiere:
Pudo ser un gran escritor, dotado de todas las seducciones y todos los prestigios con que la palabra que maneja el arte burila sentimientos e ideas en el corazón y el pensamiento de los hombres; y lo fue, sin duda, pero de la manera esbozada y fragmentaria como cabe serlo en la vertiginosa improvisación del diarismo (1967:512).
El periodista debe dar cuenta, desinteresadamente, como en el caso de Juan Carlos Gómez, del espíritu colectivo y de los conflictos de su época, además de aportar su visión personal y, al mismo tiempo, objetiva de los hechos.
En “Cómo ha de ser un diario” (1914) escribe sobre la función del periodismo -en tanto órgano de información, de opinión, de propaganda- y afirma que debe entenderse como un “complemento de todas las funciones que interesan, material o moralmente, al organismo social”:
Soy partidario, pues, del diario que define su opinión en todo cuanto importe un interés humano, nacional, gremial, o de cualquier otro alcance colectivo, que sea propuesto al debate por hechos de oportunidad. [...]
La fórmula de la futura evolución periodística no puede ser otra que la “concentración”: mantener la sustancia de los hechos y del comentario, con superior densidad, eliminando lo prolijo, lo vano, lo superfluo.
Cada vez más identificada con la vida compleja de una sociedad, pero en forma necesariamente somera y cambiante, la Prensa diaria ha de ser como la sombra del cuerpo social: verdadera y fiel como la sombra y como la sombra leve y pasajera (1967:1999-1201).
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