Josefina Vicens y José Ortega y Gasset, o la imposibilidad de diálogo sobre género - Caracterización, diferencia y punto de enunciación

4 - Caracterización, diferencia y punto de enunciación

Monografía creado por Oscar Barrau. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero22/vicens.html
16 de Septiembre de 2006

El inconveniente de asumir la feminidad arquetípica de rasgos como la “conciencia corporal”, la “sensualidad”, y la “sensibilidad”, no sólo implica la asumida negación de dichos rasgos en el género masculino, sino la validación de un argumento que, como el de Ortega, justifica la polarización y el cliché sexual (tan característica en la misoginia). La tradición asume, por mostrar otro ejemplo, que la auto-contemplación corporal es un rasgo tópicamente femenino. En este sentido, el propio Neruda usó clichés sexuales en unos conocidos versos donde la auto-apreciación erótica tiene el signo de Venus (“Largamente he permanecido mirando mis largas piernas...como si hubieran sido las piernas de una mujer divina... Como tallos o femeninas, adorables cosas... como... gruesos brazos de diosa”), y la descripción fría y mimética es decididamente masculina: “Sin sensualidad, duras, cortas, y masculinas,/son allí mis piernas, y dotadas de grupos musculares como animales complementarios...”48. Tan presente queda la dicotomía entre los dos géneros, que al distinguir las partes superior e inferior de sus piernas, el poeta concede con toda naturalidad el lado precioso (femenino) a aquella tierna mitad adosada a la latitud genital, mientras que la mitad inferior (masculina) se junta miserablemente a los duros pies: “mis rodillas... separan las mitades de mis piernas en forma seca:/y en realidad dos mundos diferentes, dos sexos diferentes/ no son tan diferentes como las dos mitades de mis piernas”49.

Las atribuciones nerudianas son de una lógica masculina y hetereosexual asumida por una tradición que siempre ha celebrado la feminidad (tópicamente sensual), por oposición al "utilitarismo" masculino. Este sistema de oposiciones binarias, de características atribuidas tradicionalmente a géneros contrarios, es uno de los pilares del universo “falogocéntrico”50 que tanto feminismo como desconstrucción atacaron con diversos argumentos durante la época de Los años falsos. Sin embargo, el ataque desconstructor al patriarcado creó sospechas dentro de la conciencia feminista. La situación produjo un infructuoso diálogo intelectual entre revisionismo masculino por un lado, y feminismo por el otro, en el que este último se declaraba tan enemigo del falocentrismo tradicional como escéptico de la utilidad de la desconstrucción masculina del mismo.

En su crítica al estructuralismo y su sistema de clásicas oposiciones binarias, Derrida había manifestado la supresión de las divergencias de género manteniendo que la mujer no era simplemente un “no hombre”, sino un “otro” que estaba íntimamente ligado a “uno” y sin el cual “uno” no podría acordarse de lo que realmente es. Para sentirse uno, el hombre la habría utilizado y reprimido tradicionalmente por miedo de reconocer que quizá, en el fondo, no es tan distinta51. Esta lectura, que podemos denominar feminismo desconstructor masculino, pudo haber sido atractiva para interpretar la obra de Vicens en los ochenta. Una autora que hace uso de la falo-pluma para realizar su crítica anti-fálica, desconstruye el orden tradicional e invierte así lo central-masculino para dar énfasis a lo marginal-femenino.

El inconveniente de aplicar esta lectura a Vicens es que se enfrenta con el propósito mismo de la desconstrucción, que es proponer una construcción alternativa al orden binario preestablecido. Vicens, lejos de ese foco euro- céntrico que teorizaba y soñaba mundos mejores, se limitó a señalar lo que hay (o, resumido con un tópico de Ortega y Gasset: la “circunstancia”). A ello habría que añadir la sospecha de estudiosas como Gayatri Chakravorty Spivak quien, mediante el uso estratégico del término desplazamiento (“displacement”, de uso doble según sea el sujeto “sexuado” en género o bien “colonizado” para la teoría poscolonial52) puso en tela de juicio el argumento pro-feminista de Derrida. Según quiera verse, desplazamiento de género es la acción por parte de “uno” de relegar a “otra” al margen, o bien la acción ejercida sobre “una” al ser relegada al margen por parte de “otro”. Derrida había propuesto el desalojo de los márgenes para que se emplazaran los tradicionalmente desplazados/desplazadas en un espacio sin centros, principio en consonancia con la Francia progresista (posestructuralista) de las décadas que siguieron al 68 francés (hoy en día vistas por muchos franceses de izquierdas y derechas como años gobernados por ilusos y corruptos). Vicens propuso la resistencia activa, y la muda denuncia, en las mismas décadas, sabiendo que el “desplazamiento” habría de ser poco menos que permanente (y más en un país en el que, como bien sabe Elena Poniatowska, no ha sido concebible revisar el 68 mexicano hasta hace muy poco).

A pesar de apreciar el gesto revisionista del hombre que reconoce las lacras del mundo que él mismo ha construido, la crítica feminista plantea que en tanto que la desconstrucción use el sujeto femenino como parte de su quehacer ideológico, tal sujeto es irremediablemente objeto (incluso en el caso de las mujeres desconstructoras, por haber adoptado un modelo creado por el hombre). La mujer como “modelo” discursivo desconstructor continuaba siendo una mujer “generalizada”, como siempre lo había sido, y objeto de un doble desplazamiento: primero por el tradicional patriarcado y después por la desconstrucción masculina. Planteado así, el horizonte discursivo se enriquece al pensar en Vicens, y advierte que todo discurso que apunta al otro sexo crea la imposibilidad de legitimar su punto de enunciación. De la misma manera que Spivak cuestiona la desconstrucción pro-feminista masculina, “uno” podría cuestionar la validez de la masculinización de la voz en Vicens por hacer generalizaciones acerca del hombre, y contribuir así la binaria oposición entre géneros.

Quepa ahora finalizar con una observación general, que no resulte por trivial gratuita. La misoginia ha encontrado sus argumentos más poderosos en la negación de la legitimidad de la inteligencia femenina. Una hipotética lectura combinada de la obra de Vicens a manos de Freud, Nietzsche, u Ortega y Gasset, asignaría posiblemente el papel de impostora a la novelista mexicana quien, por codicia de lo que no ha tenido (falo, o pluma legítima), finge una voz que no le pertenece y logra, con ello, lo que anhela y envidia del hombre. Las tendencias homosociales de la agrupación humana, que tan profusamente explora Vicens, no dejan de ser un misterio. Estas asociaciones masculinas, que comienzan ya a una edad temprana en la que se cumple aquél “los niños con los niños y las niñas con las niñas” (unos con armas o autos y aquéllas con muñecas y cocinitas), evolucionaron a menudo en mini homo-sociedades que son al tiempo homo-fóbicas y misóginas (para evitar cualquier ambigüedad sexual): grupos masculinos que el folklore occidental podría asociar fácil y automáticamente con los clubs de gentelmen a la inglesa, los cazadores, los pescadores, o incluso con aquellos hombres que se reúnen periódica y masculinamente para ver los deportes en la tele. Hoy en día se niega. “Los tiempos han cambiado” se dice, y hasta se propone que Pablito juegue con muñecas y María con autos (que no armas), sabiendo en el fondo que la tele y el mundo entero continúan deshaciendo nuestro proyecto, tan sincero, tan "políticamente" correcto.

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