3 - Ortega y Vicens: Misoginia e inversión

Monografía creado por Oscar Barrau. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero22/vicens.html
16 de Septiembre de 2006

Fue durante los años ochenta cuando un sector de la crítica feminista reaccionó frente a la inclinación de ciertos críticos feministas varones, alegando que si querían saber más sobre las relaciones entre géneros, que empezaran por explorar primero el propio13. Es así como un estudio masculino y global sobre la tradición intelectual misógina, podría contribuir a los estudios de género (“Gender Studies”), y ayudar a esclarecer la dinámica e irregularidades de la comunicación entre sexos. Se propone aquí un diálogo argumental entre dos posturas misóginas hispánicas, una literal y otra metafórica: la de un pensador español que usa a la mujer en su condición de "ser" (para el hombre), y la de una novelista mexicana, masculinamente dotada de autoridad, que usa el mismo modelo para denunciar las lacras de una sociedad (patriarcal) en avanzado proceso de putrefacción. Ambos Ortega (con satisfacción) y Vicens (con resignación) desoyeron todo argumento de igualdad sexual, y mostraron así una misma realidad social que apunta a la incomprensión entre sexos.

La teoría social de Ortega, gestada entre los años treinta y cincuenta14, incita al planteamiento de problemas aún pendientes. ¿Cómo percibe el hombre social su horizonte relacional con los demás, ya sean “unos” u “otros”, en un marco tan hostil como hospitalario que llamamos sociedad? ¿Cómo dictan las pautas sociales de conducta, ya sea por rebeldía u obediencia a las mismas, la mutua "alteridad" ("otredad" o lejanía) de los dos géneros? ¿Qué puesto ocupa ese “otro” sexual en el entorno relacional impuesto por “otros” a todos, y hasta por “unos” mismos, sin saberlo?”

La lectura del texto de Ortega guarda sorpresas tan positivas por su actualidad como lamentables por su anacrónico extremismo. En la introducción rebate a Comte (padre de la sociología), a Bergson y a Spencer, argumentando que ninguno de ellos acierta a comprender la verdadera raíz del hecho social15. Para Ortega, las relaciones sociales son en su mayoría usos convencionales y mecánicos, impersonales, que convierten al hombre en autómata y a la sociedad en un ente deshumanizado. Este es un hecho asimilado por Ortega que, a diferencia de otros pensadores de su época, no debe producir ni alineación ni angustia (existencial), sino un deseo de recobrar la raíz de la vida personal (la vida radical) mediante el ensimismamiento16: la toma de conciencia de uno mismo, antes de ser alterado y distraído por la maraña social que embrutece al hombre. La vida humana es ante todo personal, intransferible, de cada uno. Aquélla del otro “la veo pero no la soy, es decir, no la vivo”, según Ortega, “el dolor de muelas del prójimo es un presunto dolor. El mío, en cambio, es incuestionable”17. En su estado auténtico, radical, el hombre es entonces soledad radical18. Y desde este fondo de soledad, se “emerge” con un ansia, también radical, de compañía: “El auténtico amor no es sino el deseo de canjear dos soledades”19.

El párrafo anterior contiene ya las ideas en las que enmarca Ortega el fenómeno de lo social, en el que la comunicación entre géneros se dignifica por la función amorosa (y el código de la seducción). La sociedad según las novelas de Vicens es tan masculinamente uni-direccional, solitaria y ego-exclusivista, como la de Ortega. La diferencia esencial entre ambos es que el ensimismamiento orteguiano es casi un rito purificador, mientras que los tipos masculinos de Vicens viven el auto-aislamiento como algo doloroso y aterrador. El oficinista García, protagonista de El libro vacío, experimenta la deshumanización ("Salgo de la oficina... tan cansado que ya no tengo esa sensibilidad ávida, para percibir lo que me rodea"20) mediante el trabajo ("esfuerzo gris, anónimo, liso"21), la desvinculación ("Otros hombres pasan a mi lado... Somos iguales, pero extraños... Es entonces cuando me siento extrañamente solo"), y la incapacidad comunicativa con el prójimo ("pienso que los demás se sienten igual y... deseo... detener a alguien y pedirle... que hablemos un rato... Pero no lo hago... Y el impulso se me queda dentro"22), que conducen a la inevitable soledad ("...me siento profundamente solo. No me basta con la compañía entrañable y diaria de mi mujer y mis hijos"23).

Por su parte, Ortega razona que el encuentro humano es en sí ya una paradoja del mundo social, ya que hace posible que dos soledades, mutuamente ajenas, obren recíprocamente. Más paradójica incluso le resulta la comunicación entre sexos, que el autor veía constitutivamente tan diferentes. En los años treinta, Edmund Husserl había propuesto el concepto del alter-ego y dotado a ambos sexos de un análogo complementario, alentando así la idea de igualdad sexual. Ortega, contemporáneo de Husserl24, admitió el ingenio de su razonamiento sólo para destruirlo con aplastante lógica: falaz, el alter-ego25 muestra la imposibilidad de ser “otro” (allí) y “yo” (aquí) simultáneamente. Si el “otro” masculino que describe Ortega es ya un ser conjetural, más aún así en el caso del “otro” femenino.

Vicens hace lo propio al mostrar a un José García y a un Luis Alfonso que se niegan a equipararse con la mujer, “por no rajarse”, y para mantener así su puesto inequívoco como hombres. Veamos cómo juzga Ortega el encuentro de dos soledades de distinto género, y con ello los atributos femeninos con los que, según su teoría social, halla todo hombre en contacto con una mujer:

1. La mujer aparece frente al hombre como un ser esencialmente confuso, mientras que el varón está lleno de claridades. Aunque piense una estupidez, él se siente claro.

2. La mujer se nos presenta “como una forma de humanidad inferior a la varonil...No existe otro ser que posea esta doble condición: ser humano y serlo menos que el varón”.26

3. La relación del ego con su cuerpo varía enormemente dependiendo del sexo. "...el cuerpo femenino está dotado de una sensibilidad más viva que el del hombre...L os varones normalmente olvidamos nuestro cuerpo... la mujer, por el contrario...(lo)siente a todas horas"27.

La narrativa de Vicens descubre un mundo tan poco halagüeño para la mujer como aquél de Ortega. No obstante, de haber listado tres principios alternativos a los anteriores, la escritora mexicana hubiera razonado lo siguiente:

1. El varón no sólo piensa a menudo estupideces, sino que está frecuentemente confuso y rodeado de mujeres que tienen las cosas muy claras. La masculinidad se caracteriza pues por la frecuente y tenaz incapacidad de reconocer su confusión y estupidez.

2. Al varón le urge valorarse por oposición a otros que considera subordinados, y además requiere el constante reconocimiento en su entorno (social). Crecerse, sentirse importante, especial, necesario y necesitado, imaginarse héroe, seductor y aventurero, son anhelos pueriles que raramente llega a superar.

3. El hombre, aunque finge lo contrario, está más obsesionado por su cuerpo que la mujer. Esta aserción masculina se tipifica en un sistemático esfuerzo de mostrar que niega su cuerpo, y de atribuir la debilidad narcisista al género femenino.

Sobre el primer atributo femenino de Ortega cabe señalar no sólo la constante confusión en la que se encuentran los protagonistas masculinos de Vicens, sino la del propio Ortega en dicha atribución. El narrador de El libro vacío tipifica la masculina propensión al absurdo cuando razona que: “...tengo que escribir porque lo necesito y aún cuando sea para confesar que no sé hacerlo...(y) como no sé hacerlo tengo que no escribir”28. Ortega reprocha a Simone de Beauvoir que denuncie esa "manía social" de considerar a la mujer en constante referencia al varón (en Le deuxième sexe, 1949), y manifiesta no comprender por qué la referencia de un ser humano a otro atenta contra la libertad personal del primero: “nos deja la impresión de que la autora...confunde las cosas y de este modo exhibe...el carácter de confusión que nos asegura la autenticidad de su ser femenino”29.

Que la claridad de Beauvoir pudiera provocar la descaminada reacción de Ortega, es explicable si se considera la pobre reflexión del autor en torno al problema de la identidad femenina: “...el destino de la mujer es «ser en vista del hombre ». Pero esta fórmula no origina erosión alguna en su libertad”30. Dicho "ser en vista del hombre" cobra más sentido al conocer la inspiración cortesano-amorosa del autor, manifiesta en sus Estudios sobre el amor: "El oficio de la mujer, cuando no es sino mujer es ser el concreto ideal («encanto», «ilusión») del varón"31.

El rasgo 2 de Ortega, que subraya la inferioridad femenina, se utiliza constantemente en boca de los protagonistas-narradores de Vicens, con el resultado inverso al orteguiano. José García se asigna la tarea de novelista, que él considera netamente masculina, al tiempo que desdeña las labores domésticas de su mujer, aunque admite (angustiado) que son más productivas que su estéril pluma32. En El libro vacío, la entrega, fortaleza, el sentido común y la integridad de la mujer contrastan con el parasitismo doméstico, la inmadurez, la inconsciencia, y la infidelidad del hombre: “La verdad es que es ella la que resuelve siempre todo lo práctico. Yo no sirvo para nada”33, “...para mí constituye un gran esfuerzo tomar una decisión. Me falta carácter, valor. Soy así desde muy niño”34, “A veces me gustaría no dudar tanto y concretarme a imitar la firme actitud de mi mujer”35; “...me gusta jugar al héroe... cuando estoy padeciendo (la gripe)... se me ocurre decirle a mi mujer (que) quiero escribir un rato... trata de hacerme entrar en razón, me obstino... me meto al cuarto...”36, “...me concentro e imagino situaciones... melodramáticas... estoy gravemente enfermo... habito en una fría bohardilla en un viejo barrio de París... para escribir un libro que algún día será famoso”37; “Recuerdo las nostálgicas narraciones de los marineros... que yo interpretaba como símbolo de hombría... lo importante era hablar como hombre y tratar con rigor a las mujeres”38, “...(y) tener dos mujeres... esa vida anhelante, subterránea, violenta, torva, improvista, ilegal y atractiva, con la que los hombres inferiores acreditamos nuestra virilidad”39.

La condición femenina de “ser en vista del hombre” de Ortega, se agudiza en Los años falsos con la familia Fernández al tomar Luis Alfonso el papel de “hombre de la casa”, y centrar así la atención de tres mujeres: “Una de mis hermanas, cualquiera de las dos... me reprocha... Y de inmediato mi madre la reconviene: -No le hables así a tu hermano... Ninguna de las tres puede “hablarme así” porque ahora yo soy el hombre de la casa”40. Luis Alfonso no sólo recuerda con gozo la naturalidad con la que su padre desvalorizaba a su mujer y a sus hijas (“...tú nunca las tomaste en cuenta. ¡Y cómo disfrutaba yo ese desdén!”41), sino que se insensibiliza con ellas a medida que madura. Su temprana educación misógina, y su ciega adoración paterna, facilitan la formación de una postura que supera con creces a la de Ortega: “...para evitar que tú (papá) las quisieras yo fingía quererlas... con verdadera repugnancia las besaba... Ahora comprendo que obedecía a un instinto oscuro, turbio, femenino, para provocar tus celos. Y lo lograba”42. Es en este último pasaje donde se vislumbran los axiomas más tenebrosos de otro pensador vitalista, cuya misoginia es paradigma: Nietzsche (“Donde no entra en juego el amor y el odio, la mujer no es más que una mediocre actriz”43).

En cuanto al carácter número 3 de Ortega, que insiste en la enorme diferencia de ambos sexos en la relación corporal con su ego, conviene señalar que Vicens borra los rastros de corporeidad femenina, para poner así especial énfasis en la obsesión corporal masculina: “Mi mujer me pregunta... por qué... cuando despierto, me miro insistentemente las manos”44. “No me gusta mi cuerpo: es débil, blando, insignificante”45. En ausencia de todo rastro explícito de corporeidad femenina en la obra de Vicens, si uno busca dichas huellas ha de apoyarse en pistas subalternas. Recuérdese en ese sentido la sospecha (fundada) sobre una larga y universal tradición femenina de autoras cuya producción ha figurado como masculina, ya fuera por plagios y fraudes o, posteriormente, por el uso de seudónimos estratégicos. Al margen de estas consideraciones históricas, la teoría sobre la “écriture feminine” de los años 80 alentó la esperanza de que pudieran detectarse rasgos de feminidad en cualquier texto de autoría femenina, por muy masculinamente escrito que estuviera. Aplicando esta teoría a la obra de Vicens, algunas “ginocríticas”46 hispanistas trataron de revelar atributos corporales femeninos a través de la toma de conciencia corporal del narrador de El libro vacío (pasaje citado arriba), y mediante una sensibilidad hacia sus hijos que se sospecha femenina47.

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