



Es casi imposible hablar de la poesía de Juan Gelman sin referirse de alguna forma a su vida. Este es uno de esos hombres en que vida y actividad creadora van unidas, ambas forman una especie de alianza inseparable. También podría hablarse de una vida complementada por la literatura, y aún más, por la poesía: es en la página en blanco, en el poema, donde parece verdaderamente residir la actividad política, social e intelectual del poeta argentino. El ingreso de Gelman en la literatura se puede fijar con alguna exactitud: la década de los 50, cuando el joven poeta se asoció con otros jóvenes alrededor de la revista "Muchachos". A mitad de la década funda, con David Alvares Morgade, el grupo literario El Pan Duro, cuyos miembros abogaban por una poesía ligada al accionar político. Gelman empieza a publicar en 1956. Su primer libro de poemas se tituló Violín y otras cuestiones.
El Pan Duro tiene su apogeo en una época políticamente convulsa: son los años del Mayo Francés, Tlatelolco, Viet Nam, Argelia, la Revolución cubana y la intervención norteamericana en Santo Domingo. Aunque la preocupación política de los miembros de El Pan Duro fue bastante heterogénea, es evidente que tuvieron entre sí muchos rasgos comunes: el rescate de los temas citadinos, el ritmo o cadencia tanguera, el uso prioritario de un lenguaje coloquial en poesía, el entronque de lo estético con lo político. En general podemos decir que la juventud de los años 60 se propuso conquistar un humanismo sin ataduras, sin prejuicios viciados, y en el intento dejaron una visible huella en la historia de Occidente. Juan Gelman formó parte de esa juventud inconforme y soñadora. Fue sin duda un joven de su tiempo, vibrando al centro de sus circunstancias, como hubiera dicho José Ortega y Gasset.
El discurso poético de Juan Gelman se distinguió desde el comienzo por un radicalismo avasallador. Era la suya una poesía peligrosamente atrevida en sus planteamientos más esenciales, una sentida inconformidad, una suerte de grito a todo pulmón, a pesar de las consecuencias que el gritar de ese modo podía acarrearle al autor. No es de extrañar que Gelman fuera a la cárcel por lo menos en dos ocasiones. También conocería, años más tarde, el exilio.
Ya en esa época —años 60— Gelman contaba con una voz y una estatura poética definida. Veamos lo que nos dice Jorge Boccanera al respecto en su libro Confiar en el misterio:
Si para algunos críticos la poesía de Gelman de ese tiempo no pasaba de cierto rescate de elementos populares y la revitalización de un argot ciudadano, hubo quienes arriesgaron un poco más al ubicarlo como uno de los representantes más destacados de las últimas promociones (33).
No cabe duda que ya desde Violín y otras cuestiones venía inoculado el germen de la ruptura con la poesía precedente, de porte nerudiano y tendencia whitmaniana. La poesía de Gelman —y por extensión la del grupo El Pan Duro— subscribió temas que caían dentro de lo cotidiano, "con un lenguaje más cerca del habla que de la lengua, prosaísmo intencionado, simulación y parodia, elemento lírico con carga anecdótica, jadeo interrumpido por el relampagueo de las imágenes, metáforas trenzadas dentro de los límites de la paradoja" (Boccanera 35). Esta afirmación de Boccanera nos asiste en el intento por probar que el discurso gelmaniano se apartó desde sus comienzos del tradicional discurso nerudiano. La aparición de Gotán en 1963 es la confirmación de esa ruptura.
Gotán sale a la luz en un período histórico que frecuentemente se ha llamado neo-humanismo en literatura. En su ensayo "La poesía de Juan Gelman o la ternura desatada", Hugo Achugar interpreta el neo-humanismo de los años en que aparece Gotán de este modo:
Se venía a proponer un modo de ser, así en la poesía como en la vida social. Se trataba de transformar el mundo y no de transformar el mundo con la palabra. No alcanzaba con interpretar o expresar el mundo y la palabra, precisamente, era necesario transformar mundo y palabra (bastardillas nuestras) (25).
No perdamos de vista el año en que apareció la edición príncipe de Gotán: 1963. No se habían disipado todavía las imágenes ardientes de las explosiones atómicas sobre el Japón, ni las de la guerra en Corea y Argelia; aún latía en el aire la proclamación del carácter socialista de la Revolución cubana. En literatura, seguía disuelto en el subconsciente colectivo el principio nerudiano de que la poesía podía cambiar el mundo.
Los poetas hispanoamericanos, conscientes de ello, también pretendían cambiar el mundo desde la poesía para lo que asumieron el principio nerudiano al que nos referimos, pero le agregaron otro ingrediente que también debía cambiar: la palabra. En su trabajo "La poesía de Juan Gelman o la ternura desatada", Hugo Achugar expone brillantemente en qué se diferencia esencialmente la poesía anterior de la nueva poesía hispanoamericana. Dada su importancia, citaremos al crítico en toda su extensión:
(...) la nueva poesía reclamaba un presente inédito. Gelman, pero también Nicanor Parra, Ernesto Cardenal, Roque Dalton, Antonio Cisneros, Benedetti, Fernández Retamar y otros muchos, comenzaban a apostar a una lírica de lo cotidiano, de lo histórico, y sobre todo, de lo social. (...) Apuesta que disputaba la hegemonía nerudiana de una lírica exuberante y rechazaba en Canto general y en Odas elementales lo que la retórica debía a su dicción anterior. Apuesta que rechazaba la poesía social de los treinta y de los cuarenta en lo que de explícito o de cartilla tenían; apuesta que encumbraba tanto al Vallejo de Poemas humanos y España, aparta de mí este cáliz como al de Trilce. Apuesta que se regodeaba con el Altazor de Huidobro pero buscaba atmósferas y espacios poéticos que hicieran bien común los nuevos territorios que la vanguardia había ganado con excelencia mediante la dificultad. (bastardillas nuestras) (27)
Queda claramente expuesto en lo arriba citado que la nueva poesía debía negar la poesía establecida para poder existir como tal, independiente, auténtica, precisamente para no convertirse en vieja poesía.
El proyecto político de Gelman, esto es la posibilidad de cambiar el mundo desde la literatura, (y en particular, desde la poesía) es muy similar al de Neruda: la gran diferencia radica en los modos con los que ese proyecto se tendría que ejecutar y a riesgo de qué. A diferencia de Neruda y Guillén, voceros empoltronados (dada la condición oficialista de ambos) y por lo mismo, fuera de todo peligro epocal, Gelman participa con vida y obra en el proyecto mismo. Gelman parece decirnos en Gotán que no sólo debe cambiar la sociedad, el mundo y hasta la poesía, sino que él, poeta y ser humano, se ha propuesto ese cambio desde su atalaya personal. Y en esto radica, a nuestro juicio, la gran diferencia entre la nueva y la vieja poesía: el poeta no cantará ya desde una confortable oficina acondicionada, ni desde la oficialidad, ni desde la condición de vaca sagrada (a propósito de esta última frase, con ella se conocerían más tarde esos intelectuales incólumes) sino desde la trinchera, desde la afrenta y el peligro. El nuevo poeta comparte las vicisitudes y tragedias de millones de almas, entre las cuales la suya figura como una más. El concepto del origen celestial (nerudiano) de poeta escogido por la divinidad se ha derrumbado estrepitosamente. El poeta es un individuo que padece, ama y muere frente al transcurrir de la Historia, obsesión ésta puesta al desnudo por otro de los poetas que integran la nueva poesía, el cubano Heberto Padilla.
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