Juan José Arreola: la imposibilidad de la escritura - Los demonios del silencio
La experiencia límite de un escritor es la expiación del silencio. Rimbaud, Mallarmé, Beckett y Gorostiza son el paradigma del artista cuya materia expresiva resulta impotente para aprehender lo inefable y, por lo tanto, asumen la condena de renunciar al verbo. (Hay quien renuncia a la palabra desde la palabra.) Un escritor desemboca en el silencio porque alcanza la frontera donde la escritura se resuelve en una pura imposibilidad; y aún: puede y debe escribir desde lo imposible, pero, como el aprendiz de brujo, sabe que será arrasado por esa misma escritura. El desenlace de un escritor verdadero será errar en el laberinto del silencio, en busca tal vez de un improbable Minotauro que lo absuelva de semejante condena.
Pese al anacronismo artístico que algunos críticos han visto en Arreola (Octavio Paz, entre ellos),14 el artífice de Varia invención es consciente de escribir dentro de la tradición literaria moderna, y más: se inscribe en una de sus vertientes más radicales. Sabe que el arte, en su dialéctica de hibridar y transgredir sus propios límites, lleva necesariamente no sólo a su propia imposibilidad sino a formular, hasta las fronteras del silencio, lo posible de esa misma imposibilidad. Quizá de modo indirecto respecto de sí mismo, lo refiere así al hablar de Pound y Eliot:
Creo que son dos poetas de lengua inglesa los que curiosamente demuestran la imposibilidad de la poesía, los que disuelven la imposibilidad de ser poeta [...] a pesar de todas sus gravedades. Bastan los títulos de Eliot: Tierra baldía y Miércoles de ceniza para concluir que la poesía es imposible. Parecen darle la razón a un autor posterior, pero de su misma índole, Cyril Connolly, cuando dice que la poesía de este siglo [...] es un manantial seco en torno del cual aúllan los chacales. Considero que los primeros en aullar alrededor de un manantial seco son Pound y Eliot.15
Cuando Connolly escribe: "Los poetas discutiendo sobre la poesía moderna: chacales gruñendo en torno de un manantial seco",16 suscribe, sin saberlo y siglo y medio después, al Hölderlin que cuestiona: "¿para qué poetas en el tiempo del desamparo?" Desde su concepción literaria, también Arreola se plantea la pregunta fundamental de la poesía moderna y trata de resolverla en su obra, podemos decir incluso que dicha obra es la mise en abîme de su respuesta. No dejó de escribir porque, según se dice, lo atrapó el mundanal ruido sino porque su ideal de escritura fue superior a sus fuerzas. Y la conciencia de su hybris poética es a veces dolorosa, así lo refiere a lo largo de los años:
Hace mucho y no sin melancolía, confesé mi falta de tiempo para dedicarme a escribir. Claro que no me refería a las "horas hábiles" en el común sentido de la expresión, porque esas las tengo de sobra, como todo el mundo, sino que quise aludir a ese tiempo interno y secreto en que suena la hora de la verdad y se traduce en palabras eternas [...] no me interesa lo que puedo, sino lo que no puedo escribir.17
Hace 30 años descubrí que no lograría escribir como yo quería, y que no tenía caso seguir insistiendo. [...Mi cuento "Parturient montes"] es una metáfora clarísima de que el arte es imposible realmente. [...Después de lo que pude escribir] no me interesa nada, sino lo imposible, y cada vez veo con mayor claridad que la poesía es imposible. Por eso, los únicos poetas que me interesan son los que llamo escritores imposibles. [...] Tengo pasajes de escritor imposible, porque yo mismo no los entiendo y no puedo saber hasta dónde llegué.18
¿Qué puedo hacer si no me fue dado el Verbo? [...] Lo que puedo escribir ya no me interesa.19
A mí no me interesan más que los poetas imposibles porque, aunque yo haya dejado de escribir en verso, y también en prosa, sigo creyendo en todas las cosas que podría hacer si me pusiera a hacerlas.20
Toda poesía verdadera es imposible [...] llegué a la abstención total, porque acabé también por decir: toda literatura es baldía como la tierra gastada, pero podemos recuperar algunas porciones si las habitamos realmente con el espíritu, a pesar de la erosión permanente del lenguaje.21
El autor de Variaciones sintácticas pertenece a la estirpe de los escritores que no se oculta ante el Muro, no niega esa presencia ominosa, embiste con el ariete verbal y quizá logra derribarlo y ver el otro lado, antes de descubrir que se levanta ante él otro muro, el Muro de la palabra vacía. Arreola, pues, calla porque su escritura cristaliza en el silencio. Al devenir, su palabra engendró la imposibilidad de sí misma, su dialéctica interna hizo que desembocara en el polo de la no-palabra: construyó en su interior el insalvable muro del silencio. "Parturient montes" es el ejemplo, extremo y paradójico, de la escritura imposible.
En efecto, como si fuera el ars fabularii del Confabulario, este cuento, dice Arreola en una entrevista,
representa el drama del escritor: en cierto sentido, es la confesión de la imposibilidad casi absoluta de seguir siendo escritor. Yo podría dejar de ser escritor, no por falta de posibilidades, sino por una especie de desilusión radical cuya imagen se encuentra aquí. El drama que cuenta "Parturient montes" es espantoso: "Entre amigos y enemigos se difundió la noticia de que yo sabía una nueva versión del parto de los montes". Es decir, que yo era escritor.22
Arreola no pone en entredicho el oficio literario, en el que es un maestro, sino el acto creativo: la escritura no puede ser. El hombre no puede crear. Si lo intenta caerá abatido por la ironía de la divinidad o, bien, será destruido por su propia creación. Este impedimento de la obra literaria diferencia a un escritor verdadero del charlatán que engaña al lector desprevenido con meros trucos de ilusionismo verbal. Además, si el texto indaga o muestra el infierno interior, las revelaciones del alma y los tormentos del espíritu, no olvidemos que "todas las expediciones hombre adentro acaban siempre en superficial y vana palabrería".23 Arreola sugiere entonces que el problema esencial de la escritura no radica en el tema, así sea excelso o profundo, sino en la verosimilitud del artificio, en la legitimidad de la invención. Y lo verosímil parte del reconocimiento de que toda obra no es sino la tentativa de una Obra que nunca nos será dado realizar: "Para mí, el poema, como la escultura y la pintura, son imposibilidades absolutas", dice a Fernando del Paso.24 Y confiesa a Carballo: "Lo que llamamos belleza [...] es una aproximación nostálgica a la belleza. [...] El gran artista comete aproximaciones: al ofrecernos el producto de su esfuerzo, más bien da a entender cuáles fueron sus propósitos.25
A partir de estos juicios podemos entrever la autoironía del título: Arreola toma un verso del Arte poética de Horacio, Parturient montes, nascetur ridiculus mus (Parirán los montes, nacerá un ridículo ratón), como una metáfora del hecho literario, metáfora que se cita en son de burla cuando, a grandes promesas, siguen resultados miserables. "Parturient montes" encarna, como dije más arriba, una paradoja. Por un lado, cuenta el drama del creador que, tras un angustioso e improbable parto, da a luz un ratón (un texto, quizás el mismo "Parturient montes"); y por otro, cifra en el texto la imposibilidad del texto mismo:
Yo conozco las reglas del juego, y en el fondo no me gusta defraudar a nadie con una salida de prestidigitador. Bruscamente me olvido de todo. De lo que aprendí en la escuela y de lo que he leído en los libros. Mi mente está en blanco. De buena fe y a mano limpia, me pongo a perseguir al ratón. Por primera vez se produce un silencio respetuoso. [...] Yo estoy realmente en trance y me busco por todas partes el desenlace, como un hombre que ha perdido la razón.26
En su origen, la palabra crea; al nombrar, da ser. Sin embargo, la caída del paradigma adánico hizo que tomáramos conciencia de la fractura definitiva entre significado y significante. La palabra obedece a un principio de incerteza, incluso se vuelve más incierta cuando reflexiona sobre sí misma. Ahora bien, si del parto escritural surge siempre una cosa ridícula, una escritura que no dice lo indecible, una palabra huérfana de la Palabra, entonces la literatura carece de sentido y deja de ser necesaria. Y ante lo imposible de la escritura, aparece la imposibilidad del escritor. Arreola alcanzó esta frontera y no quiso retroceder (no cedió a la tentación de escribir como si no hubiera luchado con el ángel); tampoco cruzó del otro lado (no renunció a la palabra, continuó siendo un conversador prodigioso); se mantuvo en ella: escribió algunos silencios y luego dejó de escribir. "Mi obra más importante -confiesa- es la que no he escrito, y no la que he llevado a cabo. En mi obra escrita hay una especie de desencanto previo a la realización".27 Tiempo más tarde, reitera a Fernández Ferrer que "Parturient montes" es una suerte de testamento y epitafio:
es la imposibilidad de la obra de arte. Digo obra de arte y no sólo texto escrito. [...] Todo hombre que quiere decir lo que siente, ya ha fracasado de entrada. [...] En "Parturient montes" está el fin y me despedí de la literatura. [...] ¿Para qué escribo si no voy a proponer nada más que una criaturita de este tamaño [un ridículo ratón]?28
No se trata de una claudicación sino de una necesidad. En efecto, la necesidad del silencio fue la trama invisible en las tramas diversas de la escritura arreoliana. Podemos aventurar incluso que esta imposibilidad es la poética en que se funda su obra. Y aún: muchos de sus textos son cifras del silencio.
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