Quema la mirada. Hablando de la ciudad, decía: me
gusta imaginármelos. Yo escribiría la historia de una
ciudad. No de un país, ni de una provincia:
de una región a lo sumo.
J.J. Saer. “Algo se aproxima”.
La cuestión del espacio -textual, metafórico, geográfico-, como una línea continua que evidencia la resistencia a abandonar un lugar y concentrar sus historias en una determinada geografía es una de las estrategias intertextuales que recorren su proyecto poético y exaltan su individualidad literaria.
Esto constituye, también, su "zona poética" - multiplicada en otras formas de textualizar espacios demarcados o tematizar acerca de la región, los límites y fronteras -, y genera una identidad textual con marcas recurrentes en su escritura de modo tal, que no sólo es representar un referente acotado, sino delinear un proyecto personal que dota a su producción de cohesión y estilo particulares, ubicándolo en forma exclusiva en un espacio literario creado por él mismo.
El trabajo sobre este tema obliga a la búsqueda de un referente con nombre propio cuando el espacio geográfico y/o un determinado paisaje emergen recortados y marcados. Es cuando se privilegia el procedimiento descriptivo mediante los recorridos exactos de la ciudad de Santa Fe, planificados cual un mapa, o el largo viaje por el río en La Pesquisa, por ejemplo. Este núcleo temático es recurrente en la producción saeriana y concurre en diversas líneas de significación como la relación texto - contexto, el lugar de enunciación del autor y sus elecciones, y también, la relación entre el discurso descriptivo / discurso narrativo o las huellas dejadas por el “nouveau roman” en parte de la producción de Saer.
Es así como la representación de la zona concentrando las historias en un determinado lugar geográfico, que en forma reincidente es la ciudad de Santa Fe, las cercanías o Colastiné, se plantea desde la mirada, desde la percepción y la elección de la descripción como la operatoria que constituye las imágenes del lugar; pero también es este procedimiento el que se reitera, una y otra vez, resignificando la repetición para retrasar la narración, para negar una propiedad fundamental del relato que es el movimiento, con el fin de fijar la atención en la escritura, en los mecanismos de constitución de la misma.
La descripción y el discurso poético quiebran la narración y se cruzan hasta perderse en la indiferenciación discursiva. Si en la narrativa breve de los inicios, la poesía4 en forma incipiente penetraba en los cuentos más bien como un corte en el discurso narrativo, en forma de cruces discursivos, luego se evidencia la juntura de los dos: narrar-describir se constituyen en la trama como un tejido.
Entonces, a través de la mirada se construyen imágenes en general visuales que demuestran cierta perspectiva del acto perceptual y de su modo de representación; hay un yo que “ve” permanentemente, hay una intención marcada de configurar espacios geográficos - para producir el efecto de lo real-, o zonas imaginarias. Estos espacios están determinados por ciertas características o elementos que reaparecen en forma persistente en los cuentos y las novelas, como la niebla, la imposibilidad de ver, pero también la necesidad de ver, y de ver lo mismo de otros modos, lo que se lee como una estrategia de contraposición que releva la acción de la mirada.
El frío lo adormecía o, mejor, parecía poner una distancia cada vez más grande entre él y las cosas. De un modo gradual, la ciudad desierta, empezó a parecerse a la de su sueño. La densidad de la nieve estrechaba el círculo visible, y los restos de la ciudad que flotaban a su alrededor parecían emerger de una bruma grisácea y espesa que se confundía con lo negro. ( Saer, 1994, 92)
Respecto de este tema, Graciela Montaldo dedica un apartado a la percepción en El limonero real en el que dice:” La percepción tiene una forma básica y definitoria de operar con lo real que consiste en la fragmentación de aquello que los sentidos registran, razón por la cual toda narración de la percepción es imperfecta, susceptible de ser corregida, para incorporar o expulsar fragmentos. Resulta inevitable entonces, volver a narrar/describir lo que ya ha sido escrito, retomando indefinidamente los materiales percibidos...” (Montaldo, 1986, 44)
En Cicatrices surge la manía de precisar y repetir los recorridos de los personajes, en auto o caminando y a su vez , o irónicamente, no nombrar la zona, la ciudad. Entonces, hay una persistencia en la demarcación de los recorridos, en retomar los materiales y reorganizarlos en la escritura, pero no se desea, no se elige decir el nombre propio de la ciudad; este juego entre el lugar construido y el nombre propio es una de las permanencias en la producción de Saer que marca la correspondencia entre ocultar y mostrar la región, su zona.
Gorilas impacientes y callados esperan en los refugios de las paradas de los colectivos. Puedo verlos a través del cristal delantero, y más borrosamente, por los vidrios laterales empañados5 por la llovizna. Sigo por la avenida aproximadamente unas veinte cuadras; paso sucesivamente por delante del cine Avenida, después el frente del mercado de Abasto, más tarde los jardines del Regimiento, y por último llego otra vez a la Avenida del Sur...(177)
A través de la repetición - que no es tal en el sentido literal del término, es reconstrucción y resemantización constantes -, aparecen y reaparecen escenas como la del asesinato en Cicatrices, pero también imágenes, situaciones o lugares conformando un intertexto muy elaborado - que por otra parte, nos hace recordar a Borges. Se repiten descripciones o se reitera un lugar común que remite a diversos estratos de la representación, pero especialmente, a la intencionalidad de demarcar una región que va desde lo simple de las imágenes descriptivas en los textos para reconstruir un espacio geográfico determinado en cada ficción literaria, a la evidente demarcación de un espacio literario en la maraña cultural de la literatura argentina. Es a través de la construcción de esta poética particular que el tema de la zona, la región y el modo de configurarla ocupan un espacio preponderante y significativo en el sistema de representación de muchos de los textos de Saer. Desde esta zona, en la reunión de amigos, es una constante que los personajes problematicen la literatura en su propia escritura literaria; se incluye, entonces, en la representación textual la literatura como referente interno; de este modo, la escritura y la lectura, que son actividades que realizan los personajes, se convierten en ejes de discusión entre los personajes/amigos, en la consabida reunión de amigos saeriana6, que plantea la relación entre lo cotidiano y la reflexión teórica. En este sentido, si por un lado - en Cicatrices -,las mujeres cocinan “un potaje de arvejas”, luego la charla - entre Tomatis, Barco, Ángel...- versa sobre la visión de Shakespeare y su Otelo y la concepción del celoso. Entonces, hay mucho alcohol, poca comida, y mucha literatura.
Por otra parte, el mismo Tomatis7, que navega por los textos reapareciendo cuando el lector menos se lo espera, también comenta con Sergio Escalante sus ensayos acerca de los héroes de historieta y otros temas como “ El profesor Nietzsche y Clark Kent”, “El realismo mágico y Lee Falk” o “ Tarzán de los monos: una teoría del buen salvaje”. Es inevitable aquí remitir al contexto de enunciación de Saer para leer la parodia en los títulos, que por cierto ironizan acerca del “boom” latinoamericano o de los consabidos estudios sobre historietas que invadieron los ’60 y los ’70.
Los personajes leen literatura, algunos escriben, practican el comentario, es cuando la oralidad de los personajes supera el tono descriptivo y el ritmo relajado y quieto de las narraciones donde todo pasa despacio. Esta preocupación nos lleva a pensar en la significación de la palabra, en el/los sentido/s que produce a un mismo tiempo jugar con la palabra en la representación y tematizar ,desde diversos frentes - literatura, traducción, juegos lingüísticos, escritura, lectura, ensayos... - la cuestión de la palabra. En este doble movimiento es que se observa ese pliegue sobre sí de la escritura,donde es imposible no pensar en una literatura que se piensa y se autodescribe, exponiendo los mecanismos de construcción y evidenciando su capacidad autorreferencial.
Por variadas razones se aleja la idea de una literatura regionalista en Saer- ya que desde el principio, a pesar de que la crítica signó su narrativa breve con esa etiqueta, las huellas de un proyecto amplio y universal a un tiempo estaban presentes-, sino de una literatura que erige la zona, elige representarla para lograr la diferencia. Concentrado en una zona, el escritor produce una literatura que no es regionalista, por un lado demuestra sus elecciones de lectura a través de un vasto intertexto, por otro, define su poética en relación con sus ideas de escritor, de literatura, de nación -como argumenta en su texto El concepto de ficción (1997) -, y de este modo, funda, también, su espacio de circulación y producción separado de las leyes hegemónicas , con su particular modo de ver las cosas y figurarse como diferente. Como diría Piglia en su artículo "El tenso músculo de la memoria":
Las ficciones actuales se sitúan más allá de las fronteras, en esa tierra de nadie (sin propiedad y sin patria) que es el lugar mismo de la literatura pero a la vez se localizan con precisión en un espacio claramente definido. El Dublín de Joyce, el Piamonte de Pavese, el Salzburgo de Bernhard, la provincia de Santa Fe en Saer. El artista resiste en su zona; establece un vínculo directo entre su región y la cultura mundial.
Otra de las cuestiones respecto de este tema se relaciona con ciertas elecciones respecto de la cadena significante: mirada/ percepción/ contemplación, se conjugan con límite / zona / frontera (¿vidrio esmerilado?) que remiten a la imposibilidad de ver, a la zona nuevamente, a la imposibilidad de saber y construir el sentido total, que por cierto, erigió el “realismo”, y del que Saer descree al elegir la fragmentación y la ruptura en la representación.
En El entenado (1992) se determina el límite imaginario entre el extranjero y los indios:
Era como si deambuláramos por dos mundos diferentes como si nuestros caminos no pudiesen, cualquiera fuese nuestro itinerario, cruzarse, como si paredes de vidrio nos separaran (61)
pero en La ocasión (1988)más concretamente el extranjero debe cavar zanjas para apropiarse de su terreno, su zona, debe poner el límite para crear su lugar, su espacio:
Los criollos no quieren cavar; piensan que es un trabajo deshonroso. Y la única forma que tienen éstos - con esa palabra y con un movimiento vago de la cabeza el Español designa a todo el país- de fijar límites en la llanura a la propiedad, al ganado y a los indios, es cavar zanjas (92)
El viaje que es la condición de posibilidad de estas dos novelas plantea desde el inicio la escisión de dos espacios que problematizan subversivamente las historias: España- América; el viaje como modo de configurar otra realidad en/por el lenguaje y de establecer diferencias; el viaje como brecha, ruptura, como pasaje también. En los dos textos hay una marcada intención de acercar el tiempo de la historia al tiempo de lectura, ya sea a través de la narración en presente, o en el caso de El entenado, al intercalar el presente de la escritura con rotundos “ahora” que producen en el lector un “efecto de realidad” que no se asimila con otros novelas de Saer, aunque sí, con algunos de sus primeros cuentos, pareciera - para volver sobre las líneas intertextuales - que hay rasgos que se retoman de “Algo se aproxima” e incluso de “Sombras sobre...” tanto por el “efecto de lo real” como por el trabajo con el recuerdo.
Es evidente que las elecciones en cuanto a la representación, si bien no son “realistas” - como en muchos casos y en un principio, la crítica tildó a algunos textos breves de J.J. Saer -, contribuyen en la creación de “la ilusión referencial” en especial estrategias tales como la descripción y el detalle -para hablar en términos de R. Barthes (1987) -, al igual que la actualización temporal. Sea la América del descubrimiento y la conquista, cerca del imponente río, o el Litoral reiterado de la inmigración del fin del siglo XIX, en estas novelas emerge un referente identificable no sólo geográfica sino históricamente.
Si la condición de posibilidad de estas novelas es el viaje, es la construcción de un lugar lo que ocupa el espacio de la representación; lugar, región, zona, y como telón de fondo la partición América/Europa. A partir de esta cuestión podemos relevar la estrategia afuera/adentro que aunque plantea sucesivas dicotomías sugiere líneas de significación; ¿afuera de dónde? ¿adentro de qué?
Ver todo como se ve una película, acostumbrar al ojo y construir las imágenes, ése es el estar afuera del entenado; cuando lo capturan y lo trasladan, “...todos los que acompañaban al capitán, salvo yo, yacían en tierra inmóviles, atravesados...” él, el viajero, era señalado como lo diferente: def-ghi, def-ghi... cuando se suceden los días y los años, y los rituales de antropofagia, sigue estando el vidrio, persiste el límite, la frontera. Desde adentro de la escritura, el entenado logra exorcizar su pasado,. Bianco, en cambio, penetra el espacio, se apropia de la llanura porque desea un lugar. Aunque permanecen ciertos inidicios de extranjeridad, él conquista el mundo nuevo.