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Juan José Saer - La construcción de una poética propia

(2 opiniones)
Monografía creado por Mila Cañón. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero21/saer.html
14 de Septiembre de 2006
Poesía

1 - La construcción de una poética propia

La voluntad de construir una obra personal, un discurso único,retomado sin cesar para ser enriquecido, afinado,
individualizado en cuanto al estilo.
Juan José Saer

 

Cuando se lee la producción de Juan José Saer, no importa si volvemos sobre Cicatrices, sus primeros cuentos, La ocasión o La pesquisa, hallamos indefectiblemente "permanencias" y "pertenencias" que definen una poética singular. No importa el recorrido de lecturas, no importa una cronología impuesta por las sucesivas ediciones, tampoco cuál es el corpus seleccionado o si es todo lo publicado; cuando se leen textos de Saer es imposible no pensar en el intertexto infinito que alguna vez Barthes definió, como no se puede obviar la definición de una poética a través de los propios mecanismos de producción textual. En este artículo se pretenden revisar algunas marcas textuales que hacen de su producción un proyecto de escritura singular.

Estas permanencias se generan a partir de las transformaciones que cada texto ofrece. Desde los primeros cuentos, "Fresco de Mano" (1965), "Sombras sobre vidrio esmerilado" (1966), o "Algo se aproxima" (1960)1 al que Saer define como su producción inaugural, se puede reconocer una textura en la que huellas similares fundan una historia de escritura a partir de las diferencias que cada discurso presenta. La primera producción de Juan José Saer responde a una narrativa breve en la que fundamentalmente se evidencia la tensión en la representación entre el efecto de realismo (dado por la reunión de amigos, la descripción y la referencia al contexto geográfico, e histórico, la jerarquización de lo cotidiano...) y la intención de escenificar el acto de escribir en la escritura misma (como contrapartida de ...), acompañada por múltiples mecanismos que en germen fluirán en el resto de sus textos.

Novelas como El limonero real (1981) o Cicatrices (1994) problematizan la representación del sujeto, pero en especial, subvierten el canon de lo narrativo desde la construcción de la novela (Saer 1994). La ocasión (1988) y El entenado (1992) provocan, parcialmente, un corte en la producción, no jerarquizan la autorreferencia tan marcada en otros textos, instauran estrategias discursivas diversas con el fin de reponer un referente identificable por el lector, y de todos modos, aunque logren un efecto de ruptura, en ellas permanecen los mecanismos esenciales que justifican la idea de proyecto de escritura del autor. Producciones como La pesquisa (1994 ) o Las nubes (1997) proponen un viraje, una transformación centrada en el tema de la búsqueda y de la narración como inflexión del lenguaje aunque no se abandonan las "permanencias" que Saer elige mantener en su cuerpo textual.

Los textos juegan a representar realidades disímiles, en unos aparecen reglas de conformación que desaparecen en otros; a su vez hay temáticas que sólo se leerán en una ocasión. La preocupación por el lenguaje, la reflexión sobre el mismo y la literatura, la zona/ el cerco/ los límites, la reunión de amigos, la descripción y el detalle, surgen una y otra vez. El sistema de representación juega a perderse y a encontrarse en cada texto jerarquizando las estrategias que permiten leer el intertexto como la operatoria que elige el autor para generar su poética.

La relaciones intertextuales de cada texto hacia el universo intertextual infinito, o entre los discursos es un modo de ver esta estrategia, pero si hablamos de autor y de sus “libros” vinculados desde distintos puntos de vista, no podemos dejar de pensar en la intencionalidad que marca el intertexto, entre-textos, porque lo que define esta singularidad es el tejido que parece enmarañar la producción de Juan José Saer.

La noción de intertexto es básica, entonces, desde las relaciones más ingenuas a partir de una primera lectura, hasta las conexiones que surgen entre personajes, lugares y zonas, u otras respecto de los sistemas de representación que construyen los textos y sus mecanismos; emergen, por supuesto, las referidas a otros autores, otras lecturas que de algún modo sugieren la tradición del autor, sus gustos lectores, sus guiños al lector. En relación con esta postura barthesiana de la textualidad, al igual que la de Derrida2, se está hablando en contra de un “origen” o de la “originalidad” de los textos en tanto productos de un sujeto imbuido de otros textos, otras lecturas, su vida, y sus experiencias... Este tipo de función intertextual es propia de todo el que escribe. Más precisamente, en cambio, las formas de producir el intertexto de modo intencional en el corpus de Juan José Saer, la operatoria particular que de modo privilegiado e intencional se articula en la maraña de sus textos remite a una concepción de la literatura, de la escritura, a un modo de posicionarse en el campo literario y cultural.

Como dicen Amar Sánchez, Stern y Zubieta en la Historia de la Literatura argentina, muy esquemáticamente, llegaban los años ‘60 y el panorama literario se definía por dos corrientes marcadas, una de temática nacional, orientada hacia el contexto, y la otra llevaba a cabo , “un cuidadoso trabajo formal, que instaura dentro de la ficción un espacio teórico permanente ocupado por la reflexión que ejercen los textos sobre las condiciones de producción de su escritura, sobre el lenguaje que recortan..-.” (649-659) Saer se incluye de este modo, en la corriente que preocupada por una literatura que se busca en sí misma y no en el contexto, ocupa un lugar “otro”, desde la “zona”: la provincia de Santa Fe, Colastiné, el Litoral argentino, él produce su literatura sin posicionarse en el centro; Hugo Gola, José Luis Vittori, más tarde Juan L. Ortiz, constituyen el grupo de intelectuales con los que Saer se relaciona en forma particular, él se auto-excluye en su región, que luego se va a convertir metafóricamente en la zona de su escritura y viceversa, sin producir, por supuesto, una literatura “regionalista”3, ya que sigue manteniendo un proyecto de escritura cuando por distintas razones, emigra a Francia, donde reside actualmente.

Para pensar estas elecciones propias del escritor, es interesante revisar algunos de sus puntos de vista como crítico, luego, “ creo que un escritor en nuestra sociedad, sea cual fuere su nacionalidad, debe negarse a representar, como escritor, cualquier tipo de intereses ideológicos y dogmas estéticos o políticos, aun cuando eso lo condene a la marginalidad y a la oscuridad. Todo escritor debe fundar su propia estética -los dogmas y las determinaciones previas deben ser excluidos de su visión de mundo. El escritor debe ser, según palabras de Musil, un hombre sin atributos (Saer: 1997, 275)

La original postura de Saer se extiende a su concepto de lo nacional, o al exilio mismo, que no debe ser la característica de la literatura de un escritor - por eso no podría o debería haber escritores del exilio para él-, sino que cada escritor debe fundar su proyecto de escritura dejando de lado lo nacional y construyendo una literatura que, aunque sí reflexiva, no se base en el “compromiso” con el contexto y los avatares históricos.

Estas conclusiones pueden justificar, en cierta forma, su auto-exclusión y la revalorización de la “zona” como metáfora de su postura en el campo literario y de la escritura como lugar de autorreferencia sobre la/ su literatura. Las preocupaciones intermitentes del autor evidencian sus elecciones en las que se observan sus permanencias y pertenencias textuales. Especialmente en su libro, El concepto de ficción (1997), que es una compilación de textos - como los llama simplemente el mismo autor-, emerge la reflexión sobre diversos temas: la literatura nacional/ extranjera, Borges, Sarmiento, tradiciones de lectura, novela / narración, la escritura y lo nacional, el exilio, el nouveau roman... que en forma reiterada parecen asaltar a lo largo del tiempo - treinta y un años-, el pensamiento de Saer y que de diversos modos se representan en su producción. La misma Beatriz Sarlo, a la que dedica este libro, dice de su amigo: “Hombre de provincia, vive en París con la distancia fría y poco encandilada de quien no está dispuesto a comprar ninguno de los abalorios que se ofrecen en el mercado cultural. Ni siquiera dispuesto a participar en transacciones menores cuando se trata de su propia obra. La literatura en televisión le parece una pesadilla donde se abstiene de figurar como personaje. Quiere que lo lean, pero no es capaz de buscar admiración en el cultivo de una carrera literaria que le exigiría una constancia que sólo emplea para la literatura" (Sarlo, 1994, 145)

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