La ausencia de neutralidad de la técnica: el hombre transformado - SEGUNDA PARTE: hoy día; el poder de la técnica.
09 de Marzo de 2006
Ciencias sociales, Pensamiento y política
Todas las características marcadas en el apartado anterior, que han sido el producto de un largo proceso, condujeron a una sociedad donde la técnica es la dominante, donde ha pasado a ser el sujeto mientras que el hombre debe conformarse con ser el predicado. Es una técnica que no tiene límites fijos, que se inmiscuye en todos los ámbitos, que no admite su negación, una técnica autoritaria, como diría Murray Bookchin6, que surgió con el nacimiento de la técnica institucional (burocracias, monarquías, fuerzas militares). Además de la racionalización, el logro más significativo fue la reducción de los individuos de sujetos animados a objetos inanimados.
La técnica moderna interpela al hombre sólo como productor, es entendido como un mero “recurso humano”7, mano de obra o cerebro de obra. Para la técnica moderna, como decíamos en la introducción, el futuro concluyó, ya está contenido en el presente. En su voluntad de hacer previsible el futuro, postula un borramiento de límites, una visión natural de lo artificial que indiferencia al hombre. Esta ideología totalitaria no admite la negación, se centra en la afirmación del mundo tal cual es, construcción que se basa en una simulación de lo real que reemplaza lo real mismo. En este contexto, entonces, el hombre pierde su libertad entendida en un sentido amplio (que excede la libertad de opinar, comprar, vender, caminar). Dice Héctor Schmucler8 al respecto: “Su posibilidad de opción le señala al hombre un espacio, el de la técnica, en el que debe realizarse como especie. Determinado por la técnica, el hombre se vuelve especie propia de la técnica, homo tecnicus”.
Ahora bien, como es sabido, las personas necesitan sobrevivir. Para ello se han fabricado cosas que no estaban en la naturaleza mediante la técnica. Pero el hombre es un animal, según José Ortega y Gasset9, para el cual lo superfluo es necesario, el hombre no quiere sólo vivir sino que desea transcurrir su vida con cierto bienestar. La técnica, entonces, proporciona también objetos que no son necesarios para subsistir sino para vivir en la opulencia (no en el sentido de Bataille).
El problema deriva de que el hombre ha tomado conciencia de su capacidad ilimitada de crear hasta aquello que pensaba imposible de realizar. La técnica hace que al hombre centrado en ella se le vacíe la vida, no sepa ya quién es, “porque ser técnico y sólo técnico es poder serlo todo y consecuentemente no ser nada determinado”10.
La técnica ha dejado de ser un medio para conseguir un fin. Al haber aumentado cuantitativamente, a tal grado que hoy casi todo se puede obtener por su mediación, no es más el fin el que condiciona la búsqueda de medios técnicos, sino que abre el enorme abanico de fines a los que se puede llegar por su uso.
De ahí que la técnica, que ya no es un mero instrumento sino, incluso, para Umberto Galimberti11, la esencia del hombre, tenga a la naturaleza como fondo y al hombre como su funcionario. En este contexto, el individuo resulta inferior e inconsciente de su inferioridad. Esta posición le significa al hombre estar lejos de sí.
Además, la tecnología junto con los procesos de control institucional, han terminado con los antagonismos (o por lo menos no los reconocen e intentan que nosotros, los mortales, los olvidemos) y han hecho, entre otras cosas, de los hombres seres homogéneos, unos iguales a los otros sin reconocer la diversidad y la particularidad, seres completamente aislados. El hombre está completamente objetivado.
En todo esto juega un rol importantísimo el lenguaje que moldea el pensamiento y el comportamiento social, es intermediario entre el sujeto y el objeto, es información. El lenguaje tecnológico, lleva a cabo un ataque sistemático contra lo bidimensional, lo dialéctico (es anti-crítico y anti-dialéctico); es, a las claras, un lenguaje unidimensional (por ejemplo a través de las abreviaciones que denotan sólo aquello que está institucionalizado, no deja lugar a las preguntas y, por lo tanto, no permite el pensamiento) que está cubierto por “elementos mágicos, autoritarios y rituales”12. Este idioma identifica la cosa y su función y los conceptos están perdiendo así su auténtica representación lingüística.
Si bien varios son los métodos o elementos que utiliza el lenguaje para gestar esta situación, el uso de metáforas tiene una gran eficacia ya que mediante su uso reiterado dejan de percibirse como tal y pasan a ser una expresión de las cosas tal y como son. Ni siquiera nos damos cuenta de que son figuras retóricas (el ejemplo más común es pata de la silla o el impacto de la ciencia13).
De esta forma, terminamos diciendo, pensando, aceptando y haciendo propias cuestiones que tal vez conocemos sólo superficialmente porque, además, las nuevas definiciones del idioma del gobierno, de las máquinas, de los expertos, en definitiva, del lenguaje oficial (que ordena y organiza) son falsificaciones que transforman lo falso en verdadero (la tensión entre apariencia y realidad desaparece). Es un lenguaje anti-histórico porque la memoria puede promover los descubrimientos ocultos por estas formas de poder y dominación. Dice Marcuse que este lenguaje “niega o absorbe el vocabulario trascendente; no busca la verdad y la mentira, sino que las establece e impone (...) El nuevo recurso del lenguaje mágico – ritual consiste en que la gente no le cree, o no le importa, y, sin embargo, actúa de acuerdo con él”.
Ante la situación descripta, ante el mundo tal como nos toca vivirlo, donde la técnica ocupa el lugar central y determina el modo de ser del hombre, donde la técnica moderna ya no es un simple hacer humano, donde la técnica se ha vuelto peligrosa para el destino de la humanidad, nos encontramos ante la imperiosa necesidad de encontrar una respuesta, una salvación que para Heidegger tiene que ver con el desocultar. Este desocultar es la verdad, la libertad es desocultar porque el desocultar “viene de lo libre, va a lo libre y lleva a lo libre”.
De lo que se trata es de que el hombre vuelva a ser un ser soberano que es aquel sujeto que se niega a ser esclavo, que se reconoce a sí mismo como HOMBRE donde la subjetividad humana alcanza su punto culmine. Pero no hay que confundir soberanía con poder o saber; la soberanía exige la pérdida, el sacrificio, “hay que entregarse sin reserva al incierto movimiento del amor, de la comunicación (festiva, erótica, estética) con los otros seres”14.
En oposición a lo que piensan los partidarios del modelo, sólo el gasto improductivo (con todo lo que eso significa con los valores actuales donde lo único que vale es producir, producir y producir) puede posibilitar la soberanía del hombre, o, en otras palabras, su verdadera existencia. Sería importante, también, transformar a la tecnología autoritaria actual en una “tecnología libertaria”15, que promueva la democratización, la socialización, que genere valores más puros y humanos.
Para terminar, me gustaría citar a Jurgen Habermas16 hablando de Bataille ya que esta frase consita un poco aquello de lo que hemos estando hablando: “La soberanía se opone al principio de la razón cosificante, instrumental, que brota de la esfera del trabajo social y que en el mundo moderno alcanza un omnimodo poder. Ser soberano significa no dejarse reducir (...) sino desencadenar la subjetividad (...) La esencia de la soberanía es la construcción sin provecho, en definitiva, de aquello que me place. Sólo que esta soberanía es víctima del juicio de un proceso histórico universal de desencantamiento y objetivación”.
Digamos, para concluir, que nos enfrentamos, ni más ni menos, que ante el tremendo desafío de emanciparnos, de alcanzar un grado mayor de autonomía, de terminar con el dominio de la técnica y volver a ocupar el centro, dejar de ser el predicado y volver a ser el (un) sujeto. Pero para ello es fundamental reconocer nuestras culpas y, básicamente, que el enemigo es poderoso y tiene aliados importantes preparados para defenderse.
6 Bookchin, M., “La ecología de la libertad. El surgimiento y la disolución de la jerarquía: caps.: IX y X.”, en Unidad III Cátedra Ferrrer, U.B.A.
7 Idem nº 6.
8 Schmucler, H, Apuntes sobre el tecnologismo o la voluntad de no querer.
9 Ortega y Gasset, J., “Meditación de la técnica y otros ensayos sobre ciencia y tecnología”, en Suplemento 14 Revista Antrphos, Barcelona, 1989..
10 Idem nº 9.
11 Galimberti, U., “Introducción a Psiché e Techné”, en Unidad 6 Cátedra Ferrer, U.B.A.
12 Marcuse, H, “El cierre del universo del discurso”, en “El hombre unidimensional”, Barcelona, Planeta, 1993.
13 Lizcano, E., “La construcción retórica de la imagen pública de la tecnociencia: impactos, invasiones y otras metáforas” en “Política y Sociedad” Nº23, Madrid, 1996.
14 Idem nº 12.
15 Idem nº6.
16 Habermas, J., “Entre erotismo y economía general: Bataille”, en “El discurso filosófico de la modernidad (doce lecciones)”, Buenos Aires, Taurus, 1989.
La técnica moderna interpela al hombre sólo como productor, es entendido como un mero “recurso humano”7, mano de obra o cerebro de obra. Para la técnica moderna, como decíamos en la introducción, el futuro concluyó, ya está contenido en el presente. En su voluntad de hacer previsible el futuro, postula un borramiento de límites, una visión natural de lo artificial que indiferencia al hombre. Esta ideología totalitaria no admite la negación, se centra en la afirmación del mundo tal cual es, construcción que se basa en una simulación de lo real que reemplaza lo real mismo. En este contexto, entonces, el hombre pierde su libertad entendida en un sentido amplio (que excede la libertad de opinar, comprar, vender, caminar). Dice Héctor Schmucler8 al respecto: “Su posibilidad de opción le señala al hombre un espacio, el de la técnica, en el que debe realizarse como especie. Determinado por la técnica, el hombre se vuelve especie propia de la técnica, homo tecnicus”.
Ahora bien, como es sabido, las personas necesitan sobrevivir. Para ello se han fabricado cosas que no estaban en la naturaleza mediante la técnica. Pero el hombre es un animal, según José Ortega y Gasset9, para el cual lo superfluo es necesario, el hombre no quiere sólo vivir sino que desea transcurrir su vida con cierto bienestar. La técnica, entonces, proporciona también objetos que no son necesarios para subsistir sino para vivir en la opulencia (no en el sentido de Bataille).
El problema deriva de que el hombre ha tomado conciencia de su capacidad ilimitada de crear hasta aquello que pensaba imposible de realizar. La técnica hace que al hombre centrado en ella se le vacíe la vida, no sepa ya quién es, “porque ser técnico y sólo técnico es poder serlo todo y consecuentemente no ser nada determinado”10.
La técnica ha dejado de ser un medio para conseguir un fin. Al haber aumentado cuantitativamente, a tal grado que hoy casi todo se puede obtener por su mediación, no es más el fin el que condiciona la búsqueda de medios técnicos, sino que abre el enorme abanico de fines a los que se puede llegar por su uso.
De ahí que la técnica, que ya no es un mero instrumento sino, incluso, para Umberto Galimberti11, la esencia del hombre, tenga a la naturaleza como fondo y al hombre como su funcionario. En este contexto, el individuo resulta inferior e inconsciente de su inferioridad. Esta posición le significa al hombre estar lejos de sí.
Además, la tecnología junto con los procesos de control institucional, han terminado con los antagonismos (o por lo menos no los reconocen e intentan que nosotros, los mortales, los olvidemos) y han hecho, entre otras cosas, de los hombres seres homogéneos, unos iguales a los otros sin reconocer la diversidad y la particularidad, seres completamente aislados. El hombre está completamente objetivado.
En todo esto juega un rol importantísimo el lenguaje que moldea el pensamiento y el comportamiento social, es intermediario entre el sujeto y el objeto, es información. El lenguaje tecnológico, lleva a cabo un ataque sistemático contra lo bidimensional, lo dialéctico (es anti-crítico y anti-dialéctico); es, a las claras, un lenguaje unidimensional (por ejemplo a través de las abreviaciones que denotan sólo aquello que está institucionalizado, no deja lugar a las preguntas y, por lo tanto, no permite el pensamiento) que está cubierto por “elementos mágicos, autoritarios y rituales”12. Este idioma identifica la cosa y su función y los conceptos están perdiendo así su auténtica representación lingüística.
Si bien varios son los métodos o elementos que utiliza el lenguaje para gestar esta situación, el uso de metáforas tiene una gran eficacia ya que mediante su uso reiterado dejan de percibirse como tal y pasan a ser una expresión de las cosas tal y como son. Ni siquiera nos damos cuenta de que son figuras retóricas (el ejemplo más común es pata de la silla o el impacto de la ciencia13).
De esta forma, terminamos diciendo, pensando, aceptando y haciendo propias cuestiones que tal vez conocemos sólo superficialmente porque, además, las nuevas definiciones del idioma del gobierno, de las máquinas, de los expertos, en definitiva, del lenguaje oficial (que ordena y organiza) son falsificaciones que transforman lo falso en verdadero (la tensión entre apariencia y realidad desaparece). Es un lenguaje anti-histórico porque la memoria puede promover los descubrimientos ocultos por estas formas de poder y dominación. Dice Marcuse que este lenguaje “niega o absorbe el vocabulario trascendente; no busca la verdad y la mentira, sino que las establece e impone (...) El nuevo recurso del lenguaje mágico – ritual consiste en que la gente no le cree, o no le importa, y, sin embargo, actúa de acuerdo con él”.
Ante la situación descripta, ante el mundo tal como nos toca vivirlo, donde la técnica ocupa el lugar central y determina el modo de ser del hombre, donde la técnica moderna ya no es un simple hacer humano, donde la técnica se ha vuelto peligrosa para el destino de la humanidad, nos encontramos ante la imperiosa necesidad de encontrar una respuesta, una salvación que para Heidegger tiene que ver con el desocultar. Este desocultar es la verdad, la libertad es desocultar porque el desocultar “viene de lo libre, va a lo libre y lleva a lo libre”.
De lo que se trata es de que el hombre vuelva a ser un ser soberano que es aquel sujeto que se niega a ser esclavo, que se reconoce a sí mismo como HOMBRE donde la subjetividad humana alcanza su punto culmine. Pero no hay que confundir soberanía con poder o saber; la soberanía exige la pérdida, el sacrificio, “hay que entregarse sin reserva al incierto movimiento del amor, de la comunicación (festiva, erótica, estética) con los otros seres”14.
En oposición a lo que piensan los partidarios del modelo, sólo el gasto improductivo (con todo lo que eso significa con los valores actuales donde lo único que vale es producir, producir y producir) puede posibilitar la soberanía del hombre, o, en otras palabras, su verdadera existencia. Sería importante, también, transformar a la tecnología autoritaria actual en una “tecnología libertaria”15, que promueva la democratización, la socialización, que genere valores más puros y humanos.
Para terminar, me gustaría citar a Jurgen Habermas16 hablando de Bataille ya que esta frase consita un poco aquello de lo que hemos estando hablando: “La soberanía se opone al principio de la razón cosificante, instrumental, que brota de la esfera del trabajo social y que en el mundo moderno alcanza un omnimodo poder. Ser soberano significa no dejarse reducir (...) sino desencadenar la subjetividad (...) La esencia de la soberanía es la construcción sin provecho, en definitiva, de aquello que me place. Sólo que esta soberanía es víctima del juicio de un proceso histórico universal de desencantamiento y objetivación”.
Digamos, para concluir, que nos enfrentamos, ni más ni menos, que ante el tremendo desafío de emanciparnos, de alcanzar un grado mayor de autonomía, de terminar con el dominio de la técnica y volver a ocupar el centro, dejar de ser el predicado y volver a ser el (un) sujeto. Pero para ello es fundamental reconocer nuestras culpas y, básicamente, que el enemigo es poderoso y tiene aliados importantes preparados para defenderse.
6 Bookchin, M., “La ecología de la libertad. El surgimiento y la disolución de la jerarquía: caps.: IX y X.”, en Unidad III Cátedra Ferrrer, U.B.A.
7 Idem nº 6.
8 Schmucler, H, Apuntes sobre el tecnologismo o la voluntad de no querer.
9 Ortega y Gasset, J., “Meditación de la técnica y otros ensayos sobre ciencia y tecnología”, en Suplemento 14 Revista Antrphos, Barcelona, 1989..
10 Idem nº 9.
11 Galimberti, U., “Introducción a Psiché e Techné”, en Unidad 6 Cátedra Ferrer, U.B.A.
12 Marcuse, H, “El cierre del universo del discurso”, en “El hombre unidimensional”, Barcelona, Planeta, 1993.
13 Lizcano, E., “La construcción retórica de la imagen pública de la tecnociencia: impactos, invasiones y otras metáforas” en “Política y Sociedad” Nº23, Madrid, 1996.
14 Idem nº 12.
15 Idem nº6.
16 Habermas, J., “Entre erotismo y economía general: Bataille”, en “El discurso filosófico de la modernidad (doce lecciones)”, Buenos Aires, Taurus, 1989.
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