La aventura poética de Xavier Villaurrutia - Trayectoria de Nostalgia de la muerte (II)

4 - Trayectoria de Nostalgia de la muerte (II)

Monografía creado por Víctor Castro. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero27/xavillau.html
08 de Octubre de 2006

Itinerario temático de Nostalgia de la muerte

La actividad poética que desarrollara Villaurrutia, y en la cual convergen la reflexión y la crítica, está determinada por dos imperativos. El primero de ellos, de carácter estético, es la total disponibilidad intelectual y vital del poeta para llevar su aventura hasta las últimas consecuencias, hasta el límite donde se funden dramática y poéticamente los placeres y los vicios y con ellos todos los contrarios. Esta disponibilidad, mezcla de abandono, rigor y libertad, puede observarse en un suceso particular: la metamorfosis de la imagen poética. El segundo, de naturaleza ética, con el cual Villaurrutia fue siempre consecuente: la fidelidad a su drama poético y a sí mismo.

El pensamiento de este viajero que lograra descender por los abismos de su existencia estará, como señala Paul Valéry, escondido en el verso como en el fruto la virtud nutricia. Su pensamiento y sensibilidad no se resuelven en las certezas y confirmaciones, sino en la espera donde todo es interrogación, duda vital, pero sobre todo, lúcida y dramática desesperación: angustia.

En su etapa climática, en la cual su obra aparece aislada estética y moralmente como pensaba el mismo Villaurrutia, asistimos a un hecho decisivo: la transfiguración de su experiencia vital y estética en materia poética. En palabras de Gastón Bachelard, se trata de una sublimación vertical. En este sentido Nostalgia de la muerte es el diario del viaje interior donde el poeta ha escrito, dibujado y soñado su relación consigo mismo y con el mundo. En el viaje que emprendiera Villaurrutia es posible distinguir algunos puertos temáticos así como algunas escalas formales, sin descontar, por supuesto, el clima que prevalece durante la travesía. Cuando José Luis Martínez le pregunta sobre la intención de su libro, el poeta contesta:

en él aparecen dos temas que son capitalmente interesantes para mí: la muerte y la angustia. La angustia del hombre ante la nada, una angustia que da una peculiar serenidad […] Si una característica esencial tiene para mí el hombre moderno es la de morir y asistir a su propia muerte. La vive auténticamente todos los días -yo al menos- y tiene la posesión de la angustia, del misterio [...] de la angustia que es mi mensaje. [36]

Es curioso observar cómo después de medio siglo de su publicación, y de una atención casi permanente por parte de la crítica, no existe un acuerdo sobre la organización de la materia temática de Nostalgia de la muerte, y no porque deba existir necesariamente, sino porque que es un aspecto importante atender.

Así por ejemplo Tomás Segovia, no sin cierta reticencia, argumenta:

Que el tema de Villaurrutia es la muerte, es algo que todos saben. Pero la muerte es el tema de tantos poetas, que esto no nos aclara nada. Tal vez si examinamos a qué va unida en esta poesía la idea de la muerte, tengamos una sensación más viva de lo que es propiamente villaurrutiano. (El tema de la muerte va unido a) dos o tres ideas, tomadas de diferentes lugares y compartidas con muchos contemporáneos y bastantes predecesores, le bastan a este poeta llamado intelectual para construir una de las obras más sobrecogedoras que hay. (Entre esas ideas están): la idea rilkeana de la muerte que madura en nosotros; la idea heideggeriana de la Nada; algunas casi-ideas surrealistas sobre el proceso inconsciente de la creación (...) lo demás es experiencia. [37]

Por su parte, Octavio Paz, incrédulo, señala:

No creo que su tema haya sido la muerte. Y no lo creo, a pesar de lo que él dice y de que así lo declara en su título del libro, porque en esos poemas el tema de la muerte está asociado estrechamente al del sueño y ambos a la noche. [38]

En 1938, el mismo Octavio Paz pensaba que, a través Nostalgia de la muerte, Villaurrutia recogía gran parte de las tentativas y experiencias de la poesía contemporánea. Entre ellas destaca:

el sueño, la revelación humana a través del misterio del soñar vigilante, la “vigilia” sonámbula y exasperada, el turbador silencio de la conciencia del poeta (quien) añade nuevas temperaturas líricas a nuestra poesía: desde las de ese cálido hielo que es el sueño, hasta la innombrable de la muerte. De su propia muerte, que él, como terrible parcela, cultiva con la misma pasión y fiebre (...) Y al cultivar su muerte, suya como su amor, con su solitario deseo, ha cultivado su vida, creándola allí donde habita su muerte. [39]

Para Alí Chumacero, el poeta logra someter su emoción a la estricta vigilancia de sus facultades intelectuales; así misma emoción, vínculo inmediato con el mundo, se convierte ahí en ideas que, acariciadas por el verso y volcadas en palabras, llegan a constituir el

poema. Mas para llegar a esta aceptación de una estética afín en todo instante a una actitud ante la vida y la literatura fue necesario descubrir, en expresiones monotemáticas, la dimensión profunda de su existencia; echar en olvido, por consiguiente, aquella actitud de simple jugueteo y regresar, como siempre, a cantar la misma canción de todos los poetas. Sin embargo, es preciso decir, entre bromas y veras, se nota cómo, desde sus incipientes ensayos líricos, Villaurrutia se planteó un pretexto que sería el predominante: la muerte. [40]

Si bien estos tres estudiosos de la obra de Villaurrutia coinciden en un aspecto temático, el de la muerte, que podríamos establecer como el tema que ocupa el lugar central, es pertinente, además, señalar la existencia de otros, de singular presencia. Estos temas, que participan en la esfera de la experiencia, se perfilan como estados afectivos de la conciencia y de la inteligencia del poeta. En el texto se entrecruzan y conviven en amoroso y dramático deliquio. Al intentar delimitarlos se corre el riesgo de confundirlos o, en el peor de los casos, ignorarlos. Pero un hecho es cierto: nada sobra ni falta en cada uno de los Nocturnos.

Habría que agregar, sin embargo, otro tema: el solipsismo, que es el estado de soledad absoluta en que se encuentra el poeta como consecuencia del aguzamiento de su razón. (Agucé la razón tanto que..., escribe en uno de sus “Epitafios”, dedicado a su amigo Jorge Cuesta.) El solipsismo abre las puertas a otro tema, a otro estado del cuerpo y la conciencia del poeta: el sueño. Estos tres temas o pretextos -la muerte, la angustia y el solipsismo- serían por analogía, la cabeza, el tronco y las extremidades del cuerpo del poeta. En otras palabras, la raíz, el tronco y los frutos de ese árbol verbal que es Nostalgia de la muerte.

A través de los “Nocturnos” el poeta vive su muerte como una palingenesia; es decir, muere y renace una y otra vez. Pero este morir y este renacer son sucesos que ocurren poética y simbólicamente. El poeta los vive al interior de su cuerpo y su conciencia. Esta manera de morir ocurre también dentro del sueño. Ahí se mira morir. Pero el sueño acontece bajo el clima de la noche donde todo vive una duda secreta (“Nocturno Miedo”). Si el tema de la muerte está asociado al tema de la noche y del sueño, no es posible desligarlo de otros temas como el exilio interior, que produce en el poeta el desencuentro, la escisión consigo mismo: su otredad que desarrolla bajo la forma del desdoblamiento. Estos dos aspectos son la manifestación del psiquismo que genera su actividad onírica. Todos estos temas están enlazados por la pasión y el deseo, esa luz nocturna que lo vuelve a desvelar. Esa luz alumbra los pasos del poeta que, desvelado, recorre la ciudad sumergida entre las sombras, el polvo y la ceniza. En una palabra: sumergida en el espejo. Es esa “ciudad” la que determinará la percepción del poeta a través del ejercicio de sus sentidos. En la esfera de la experiencia todo deviene entonces angustia, una angustia generada además, por el miedo ante la experiencia temerosa y no menos dramática del vacío del cuerpo. En este sentido, Nostalgia de la muerte está escrito también desde la desesperación que le procuran el deseo y la fantasmagoría, la duda y el insomnio, el exilio y la posibilidad del regreso -esa “inefable” perspectiva que señala Tomás Segovia. En otras palabras, está escrito desde el otro lado del espejo. Sólo cuando el poeta logra ¡Salir del aire que me encierra! (“Volver”) le es posible sentir nostalgia.

En la segunda sección, la de los “Otros Nocturnos”, el poeta se encuentra con una muerte personificada, o en otras palabras, el poeta la hace partícipe dentro del poema a través de la antropomorfización y el soliloquio que habría de mantener la muerte en el “Nocturno en que habla la muerte”. En ambas secciones afirma una muerte particular y alerta ante el menor gesto del poeta. Esta muerte es la presencia invisible que le vuelve “nada” ese “todo” de los primeros “Nocturnos”. El poeta va, pues, del todo a la nada, hasta quedarse instalado en un nihilismo pasivo.

En un arqueo entre el primero y el último de los versos puede leerse: Todo lo que la noche del primer Nocturno a la nada en que no pasa nada de “Volver”, el penúltimo poema del texto. El poeta se ha encontrado con una muerte que habla desde el exterior, como otro fantasma, identificable por una voz irónica y persecutoria. Es la muerte que se aloja como la sangre que late y circula en la pluma que sostiene la mano huesa con que el poeta escribe el soliloquio de la muerte. Pero la muerte con que nos topamos, comenta Elías Nandino, es alguna que el poeta ha inventado. No es la que infunde temor, sino la que nos invita a gozar instantes de coloquio amoroso.

En “Nostalgias”, tercera y última sección, la muerte toma la forma de la alcoba que nos contiene (“Nocturno de la alcoba”). La muerte al adquirir forma y presencia, desencadena alternativamente la unión y escisión del cuerpo, vistos desde la conciencia del poeta. Su mundo estará determinado por la alternancia: vive en el mundo de la muerte y muere en un mundo viviente. La muerte (y la vida) es todo esto que nos circunda, y nos une y separa alternativamente. La escisión, que participa a la vez del desdoblamiento, produce en el poeta una herida que no mana sangre pues el cuerpo es una pura oquedad, sino sombra que corroe con su lepra incurable. Así el poeta ha quedado mortalmente herido. Vivirá con diabólica lucidez ante su desgarramiento. Entonces el poeta vive desde una gozosa y perversa conciencia de la nada, que es otro de sus temas. Con esta conciencia pretenderá saciar su sed de absoluto. De ahí que entre la poesía y el poeta y entre el poeta y la muerte “se opone algo muy sutil y muy poderoso: la conciencia, y lo que es más significativo: la conciencia de la conciencia, la conciencia de sí”. [41] Ante este suceso por demás dramático la muerte y el poeta se precipitan a verse las caras hasta quedarse solos y náufragos.

Ese cuerpo, herido por la mano acerada de la poesía, mi mano acerada encontró mi espalda del “Nocturno Sueño”, al quedar al abrigo de la impensable nieve negra de la melancolía, está muerto de miedo, de miedo mortal a la muerte, escribe en “Paradoja del miedo”. Una vez que el poeta ha transmitido el mensaje de su angustia, a la que disciplina para salvarla del grito y ajustarla al trazo y medida de su expresión, le es posible conciliar algo de sueño, del dulce sueño sin angustia. Al concluir el insomnio, que le permite cuando menos descansar por un instante en su travesía onírica, el poeta logrará recuperase. En un acto de reconciliación el hombre es árbol otra vez. En esta última etapa se perfila la perspectiva que le confiere la nostalgia. El poeta siente, acaso, nostalgia de no poder seguir muriendo de su misma muerte.

La nostalgia, perspectiva de su pasado y afección de su alma, es el estado sentimental del poeta instalado en un presente desde el cual se entrega a esclarecer su pasado. Un pasado constituido por la experiencia de los sucesos vividos: desde el desasimiento hasta la posibilidad de su regreso, de “Volver” a la patria y a sí mismo. Esa patria es metáfora de su más íntima identidad y del regreso a la unidad de su conciencia. Con su deseo de “volver” el poeta crea un microcosmos donde ocurre el drama de saberse mortal. Así, desde el ámbito de la nostalgia el poeta mira cómo la muerte, el solipsismo y la nada se entrelazan y crecen en cada rama de ese árbol verbal que es Nostalgia de la muerte.

 

Incorporación de temas y motivos

Atento a sí mismo, Villaurrutia “afina lenta y cuidadosamente su vida y su estilo, busca sus temas y su lenguaje, y va dejando señales de esa búsqueda a lo largo de toda su obra”. [42] Atender esa porción de señales es, de alguna manera, adentrarse en algunos de los asuntos y motivos que conforman el mapa de ese viaje que es Nostalgia de la muerte. De los cuales abordaré, en virtud de sus complejas relaciones, aquellos que resultan pertinentes. Entre los temas y los asuntos, los versos y los motivos, emerge y toma cuerpo todo un conjunto de preocupaciones y actitudes: la formulación de su visión poética.

La primera parte del texto, los “Nocturnos”, se impone por la presencia fulminante de una materia poética definida por la agudeza y el rigor, así como por la precisión e intensidad de los acontecimientos vividos por una conciencia ávida de totalidad. Con un tono de mesura no exento de vigor sonoro, Villaurrutia nos deja oír el despunte de su primer verso: Todo lo que la noche / dibuja con su mano de sombra. Con la complicidad de la noche y la sombra se encuentran y conviven los placeres y los vicios. Ese todo, no obstante, acabará lentamente por volverse incierto: el poeta se entrega a la tarea de crear un mundo; un mundo que acabará por negar, y negarlo, hasta devenir nada. Al recorrerlo, su estancia es un viaje permanente por los dominios de la noche y el silencio, el deseo y el sueño: el mapa del itinerario poético de quien gustaba hacer “el viaje alrededor de la alcoba”. Ese todo, por otra parte, “se vuelve una máquina actual de correspondencias. Sonidos de unos pasos, sílabas náufragas, imágenes de rencores rescatados de un espejo, sombras que el poeta busca recordar en el presente de la escritura”. [43] Todo -escribe Villaurrutia- se entrecruza, todo coincide y se ayunta en la vida. [44]

La noche como espacio navegable

La noche es el espacio donde el placer y el vicio dibujan, revelan y desnudan, con húmeda caligrafía, el mapa del deseo. Como luz nocturna, el deseo alumbrará la gruta del sueño del poeta hasta desvelarlo: en la dura sombra y en la gruta del sueño / la misma luz nocturna nos vuelve a desvelar (“Nocturno Miedo”).

Mientras la noche se manifiesta como un espacio navegable, el tiempo es arbitrario y elástico. Los “Nocturnos”, por ejemplo, son el ámbito donde todo vive una duda secreta: / el silencio y el ruido, el tiempo y el lugar: el poeta pone al mundo en tela de juicio, en entredicho. El mundo queda bajo sospecha. Pero esa duda es una duda secreta, instalada en lo más íntimo del poeta: su cuerpo y su conciencia. Al derramar su misterio sobre el poeta, la noche queda vacía, como vacío habrá de quedar el cuerpo (la noche vierte sobre nosotros su misterio). Y algo -tan ambiguo y múltiple como puede ser el eco de la poesía, la luz del deseo o la voz misma de ese vacío- le dice, en claro reconocimiento de su alteridad, que morir es despertar (“Nocturno Miedo”).

En la noche, a la puerta de la gruta del sueño, hacen su entrada algunos de los materiales y motivos -que no se multiplican; maduran más bien, señala Rodolfo Usigli- con los cuales entreteje su materia poética: la escalera y el grito, el eco y el muro, la estatua y el espejo. Éstos, para Villaurrutia, “no son objetos, sino seres” que tienen vida, aunque sea secreta, textual como el “Nocturno de la estatua”. Son, amén de seres con ciudadanía poética, emblemas del tedio, figuraciones de la lucidez, seres animados por los ojos y manos del poeta: la mano metálica de la poesía y la mano de sombra de la noche. Si bien el trato de Villaurrutia con los espejos fue lúcido y tenaz, ante ellos se duplica y aleja de sí mismo hasta conformar el objeto de su mirada.

En la noche, “el espejo es a veces la sombra, y su correspondiente auditivo es el eco. Son formas del ser doble, sumamente recurrentes en Villaurrutia”. [45] Recurrir al “viejo símil del espejo”, definía su posición: considera a “la poesía como un espejo que refleja la parte invisible del mundo. Captar lo invisible, hacer ver lo invisible, para Villaurrutia, son operaciones mágicas”. [46] Si “los espejos son las puertas por donde la muerte va y viene”; al aventurarse por el espejo -como el Orfeo de Cocteau- en busca de su amado, que sólo cobra vida en la ausencia, el poeta se encamina a su encuentro con la muerte. Y al atravesarlo, suspende su respiración (Sin respirar siquiera para que nada turbe mi muerte, escribe en el “Nocturno en que nada se oye”). Una vez que ha ingresado, el poeta recupera su respiración: ha comenzado, paradójicamente, a morir.

La estatua es, por una parte, el doble mineral del poeta, dualidad sugerida por la escala, pero sobre todo por la sombra y el espejo; y por otra, la imagen materializada, de forma permanente, en el espejo: la estatua asesinada. A través de la estatua, el poeta hace patente el testimonio de su encuentro consigo mismo: hallar en el espejo la estatua asesinada; y ante la pérdida de su emus: al sacarla de la sangre de su sombra, el poeta habitará desde ahora en la frialdad de un cuerpo vacío. Ahí, “en esta frialdad de estatua sin sangre residiría la utópica perfección del ser absolutamente poético de Villaurrutia”. [47] Ante tal pérdida se impone una correspondencia: el poeta se da a la tarea de rescatar y rescatarse en lo perdido. Villaurrutia demuestra, a través de las dos vías de esa operación única que es la Poesía, cómo de la muerte nace la vida y cómo de la vida hace crecer su muerte. Sin embargo, “no es lo estatuario -comenta Rodolfo Usigli- lo que lo ocupa, sino lo inexorablemente estático del hombre, que vegeta y se revela en la noche.” [48] El en “Nocturno de la estatua” “muestra al poeta que sueña su noche, que sueña sus sueños y acaba por permanecer solo, en la pura imagen de una reflexión y de un reflejo”. [49]

El primer “Nocturno” de la segunda parte es depositario de las distintas formas que adquiere la noche ya como salvaguarda del silencio o como el mar de un sueño antiguo, o bien marea que arrastra diversos materiales. El poeta, ansioso, al oír que Al fin llegó la noche con su largos silencios, / con húmedas sombras que todo lo amortiguan (“Nocturno”), reconoce que el silencio es el ámbito donde crece el peso del ruido hasta morir sin agonía; y las sombras, con su erótica humedad, dilatan la caída.

El sentido de la noche, como le llama Octavio Paz, radica en un hecho: el poeta hace de ella un cuerpo sensible: la hace persona. (Esta figura retórica es una antropomorfización.) Como tal, la noche propicia en el poeta el aguzamiento de sus sentidos: El oído se aguza para ensartar un eco lejano. La noche es un velo de tinieblas que todo lo cubre y separa al poeta de las cosas: !Al fin llegó la noche tendiendo cenicientas alfombras / apagando luces, ventanas últimas! “La honda visionaria de la poesía de Villaurrutia -señala Luis Maristany- hallará en ese espacio de la noche su morada más idónea. No hay centro (o el centro lo es todo)” [50]: la sombra es silenciosa, tanto que no sabemos / dónde empieza o acaba, ni si empieza o acaba (“Nocturno”). Instalado en ese interminable cuerpo de sombras, el poeta sabe que es inútil que encienda a mi lado una lámpara, / el silencio hace más honda la mina del silencio / y por ella desciendo, inmóvil, de mí mismo. Si la noche está asociada al sueño (léase el “Nocturno de la estatua”), el silencio está asociado a la inmovilidad, -otro asunto caro a Villaurrutia-: por esa mina (¿o territorio minado, acaso?) el poeta desciende hasta encontrarse consigo mismo. El silencio -“que es posible oír”- es también determinante en el desdoblamiento del poeta. Si la noche, con su mano de sombra, aviva las palabras (que duermen) y, una vez despiertas acaban incorporándose a la escritura; el poeta, por su parte, aviva también su conciencia de las palabras: se las apropia, les devuelve su valor de uso, peso y color y las hospeda en su memoria:

Al fin llegó la noche a despertar palabras
ajenas, desusadas, propias, desvanecidas:
tinieblas, corazón, misterio, plenilunio...

Solo, el poeta, en la espera más profunda recibe las visitaciones de esa “mala” compañía: la soledad. (¡Al fin llegó la noche, la soledad, la espera!) Villaurrutia, a su manera, cerraba filas ante la propuesta de Paul Valéry: que “la poesía se comunica en el abandono más puro o en la más profunda espera”. [51] Mientras en la noche el sueño -el mar de un sueño antiguo, hueco y frío que todo lo destruye- se encarga de seleccionar los restos de un naufragio de olvidos; el sueño, por su parte, al arrojar los restos de un naufragio de olvidos, acaba por separar al poeta de la noche misma. Noche y sueño se unen y separan alternativamente. Si la noche es, además, de la definición de un clima poético, el sueño es la atmósfera poética donde mejor respira el poeta. La noche genera en el poeta un estado de hiperestesia que lo lleva a percibir las más finas sucesiones cromáticas y espaciales; se despierta su conciencia, aletargada, del lenguaje; actualiza la espera y renueva su sed. La noche también fortalece su memoria, descongela temores y acaba por transformar su percepción, pero es sobre todo la portadora de un mensaje vacío. Se establece así una correspondencia entre este mensaje y la angustia, que es el mensaje del poeta. Durante la noche, vacío y angustia, aleaciones verbales, se funden en la metálica mano de la poesía.

En su baja marea, la noche arrastra materiales diversos, arrastra sobre todo la sed y la amargura vividas antaño por el poeta. La noche, finalmente, ensordece al poeta y lo ciega:

¡Al fin llegó la noche a inundar mis oídos
con una silenciosa marea inesperada,
a poner en mis ojos unos párpados muertos,
a dejar en mis manos un mensaje vacío!

Por su parte, la tarde, esa marea que también arrastra materiales heterogéneos,

cierra sus ventanas remotas,
sus puertas invisibles, para que el polvo, el humo y la ceniza,
impalpables, oscuros,
como el trabajo de la muerte
en el cuerpo del niño,
vayan creciendo...

El poeta transita de la clausura de una forma de la temporalidad a la apertura de otra. Como fantasma, atraviesa puertas intangibles con un sólo interés: hacer crecer lentamente el tiempo. En ese cuerpo que ignora la duración, se desempeñará la muerte. Una vez que la tarde

ha recogido
el último destello de la luz, la última nube,
el reflejo olvidado y el ruido interrumpido

y la noche empieza a teñir caras y cosas y a entreabrir bocas y prodigar a sus párpados un poco de humedad y descanso, entonces

la noche surge silenciosamente
de ranuras secretas
de rincones ocultos
de bocas entreabiertas
de ojos insomnes.

Mientras el cuerpo del poeta desciende en ese caer sin llegar, el humo de la fumadera (de esos cigarros perfumados que fumaba Villaurrutia) y el polvo -figuraciones del tiempo- ascienden lentamente hasta habitar el espacio de la alcoba. El poema se cierra con un doble nacimiento: el de la noche, y con ella, el deseo.

Una vez que el deseo ha doblegado al cuerpo, gobernado por la sed, la noche es también una cámara de vacío donde todo resuena. En esa oquedad el poeta, inmóvil, oye el ruido de sus pasos prolongados, distantes. En sus “Estancias Nocturnas”, encontramos que padece, además, hambre espiritual por encarnar en el mundo. Él mismo parece engendrar a su posible interlocutor, así como su afán de perpetrar y perpetrarse en sus palabras y en quien las vuelva a nombrar:

¡Seré polvo en el polvo y olvido en el olvido!
Pero alguien, en la angustia de una noche vacía
sin saberlo él, ni yo, alguien que no ha nacido
dirá con mis palabras su nocturna agonía.

En “Nostalgias”, tercera parte de Nostalgia de la muerte, en un despliegue de economía poética en la primera imagen, el poeta mira cómo ¡Cae la noche sobre la nieve! (“Nostalgia de la nieve”). A la combustión del cuerpo sucede el despliegue de las sombras que forman la noche de todos los días sobre la gélida blancura de la nieve. Al esconderse detrás de sí mismas, del cielo, “nada queda ya sino el goce impío de la razón cayendo en la inefable y helada intimidad de su vacío”. [52] Las palabras son sombras que le salen al paso de la noche, la sombra es la nieve oscura / la impensable callada nieve negra de la melancolía. Sólo la nieve -ahogada sombra blanca- puede preservarlo. Cae la nieve y cubre las cenicientas cenizas y borra las huellas de sus pasos. Por vía de la transposición, todo se ha congelado: ¡Cae la nieve sobre la noche! su cara y la noche se iluminan por una luz increíble

hecha del polvo más fino
llena de misteriosa tibieza
anuncia la aparición de la nieve!

En esta “misteriosa tibieza”, ha logrado decapitar al monstruo de la angustia. En esta noche el poeta puede, por fin, conciliar, en un dejo de olvido provisional,

...algo de sueño,
de dulce sueño sin angustia,
infantil, tierno, leve
goce no recordado
tiene la milagrosa
forma en que por la noche
caen las silenciosas
sombras blancas de la nieve.

1 opinión

Muy bueno, muy útil!.

Me sirvió muchísimo para un trabajo, está completísimo y de muy alta calidad.

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Monografía de Víctor Castro. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero27/xavillau.html CopyLeft
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