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Antes de introducir cualquier idea sobre la enseñanza a través de las Nuevas Tecnologías de la Información deberíamos dedicar unos instantes al paso previo. Cualquier afirmación sobre la enseñanza y las herramientas disponibles tiene que partir de un par de cuestiones: qué se debe enseñar y cómo se debe aprender. Sin tener claras estas cuestiones, la incorporación de cualquiera de estas tecnologías será un ejercicio vacío, un trabajo sin sentido, una especie de exhibicionismo tecnológico. En el campo de la enseñanza -como en cualquier otro- es un despropósito avanzar o introducir tecnologías sin incorporar, a su vez, unas metodologías didácticas y una serie de objetivos claros a los que llegar a través de ellas.
Mucho me temo que, contagiados por lo vertiginoso de la tecnologías, estemos olvidando pensar en el qué y en el cómo de nuestra tarea docente. Por ejemplo, cuando observamos la producción de materiales o el diseño de estrategias de incorporación de Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación hasta el momento, percibimos un claro desajuste entre lo que las herramientas permiten y los presupuestos didácticos que deberían presidirlos.
Tratándose de principios, lo lógico es comenzar por la pregunta más básica, aquella que muchas veces se evita: ¿qué creo que los alumnos deben aprender en el ámbito de mi materia, en este caso, la Literatura? Desgraciadamente la respuesta más extendida si realizáramos una encuesta sería: lo que determinen nuestros programas. Sin embargo, cualquiera que reflexione mínimamente sobre la peculiaridad de su materia percibirá que esos contenidos que los programas definen no son más que unos ladrillos con los que se pueden construir muchas casas distintas, una más habitables que otras. Desgraciadamente, la fórmula más sencilla en esta construcción es la que se basa en la mera transmisión de contenidos o informaciones. Proponemos unos determinados contenidos y pensamos que lo importante es su paso del docente al discente. Cuando los críticos dicen que las bases de la enseñanza apenas han cambiado en dos mil quinientos años, no deja de asistirles cierta razón. Deberíamos aprovechar este momento de renovación tecnológica para repensar todo nuestro sistema educativo. Siempre es preferible, si vamos a construir, asegurarnos del estado del terreno, no sea que resulte ser pantanoso y nuestra nueva construcción no sea tan estable como pensamos.
La selección de cualquier tecnología o herramienta tecnológica se debe hacer desde dos supuestos básicos: 1) elegir aquellas que nos permiten realizar un menor esfuerzo; y 2) elegir las que nos permiten hacer cosas nuevas. En el primer caso podemos poner como ejemplo el uso de la calculadora, que nos ahorra el largo proceso mecánico del cálculo de las operaciones. Con la calculadora no aprendemos nada, simplemente ahorramos tiempo. El segundo caso es el de todas aquellas tecnologías que nos amplían el campo operativo permitiendo plantear nuevas formas de aprendizaje.
Creo que, para la enseñanza en sí, estas segundas son las tecnologías más interesantes. Las primeras nos ahorran tiempo, pero es con las segundas con las que podemos ampliar nuestra base experimental, es decir, mejorar la forma de aprender. Creo que el auténtico aprendizaje es aquel que combina la transmisión de conocimientos con la posibilidad de construcción o reelaboración de otros nuevos. Es decir, aquel que se centra en un término que hoy está en los programas de todas las Universidades, Ministerios y empresas: innovación. La innovación es un proceso complejo, especialmente porque no es programable en el mismo sentido que la simple transmisión de conocimientos. Innovar es buscar nuevas aplicaciones a lo ya existente. La innovación es lo contrario de la repetición, y la repetición ha sido y sigue siendo la base de nuestros sistemas educativos.
Innovación parece una palabra reñida con el campo de las Humanidades. Parece que es un término reservado a los campos científicos y técnicos. Esta percepción es precisamente la que ha llevado a gran parte de las Humanidades al estado de anquilosamiento en que se encuentran en todos sus niveles. La Humanidades caminan orgullosas de sus orígenes hacia un futuro que, en el mejor de los casos, podemos considerar incierto.
Para hacer más evidente este estado, podemos establecer un contraste con nuestro pariente más cercano: la Lingüística. La Lingüística se ha convertido en un campo importante de innovación. Sus aplicaciones se mueven en terrenos como los de la computación, la inteligencia artificial, la psicología, la comunicación, las lógicas formales, etc. Los lingüistas -algunos- forman hoy parte de gran cantidad de equipos multidisciplinares y trabajan codo con codo con ingenieros, programadores, psicólogos, etc. Han sido capaces de abrir campos de aplicación a su trabajo. Un detalle significativo: en la enseñanza de las lenguas se han incorporado siempre las tecnologías para realizar innovaciones en los métodos de aprendizaje sin demasiados problemas: de los primeros laboratorios de idiomas a los actuales CD-ROM para el autoaprendizaje. ¿Por qué no sucede en la misma medida esto con la Literatura?
Evidentemente tienen muchos objetivos distintos, pero la respuesta tiene bastante que ver con un concepto erróneo de tradición, con un cierto tipo de mentalidad desarrollada a lo largo del tiempo y vertido en usos y prácticas específicos del área de la enseñanza literaria.
Desde mi punto de vista -absolutamente personal, por cierto- no solo es posible sino absolutamente necesario que la idea de que es posible la innovación en el campo de la enseñanza de la Literatura se vaya abriendo camino por el bien de las Humanidades mismas. Esto no es fácil y, como dijimos al inicio, se observa cierta resistencia y problemas que podremos analizar después. En alguna que otra ocasión he calificado esta actitud resistente como "suicida", y así sigo pensándolo.
Como en tantos otros casos se ha señalado ya, el principio de esta renovación pedagógica se sitúa en el cambio de eje de la enseñanza al aprendizaje, en el paso del énfasis en la línea vertical de transmisión del profesor al alumno a los procesos horizontales. Para empezar, hay que romper con ese respeto reverencial que sacraliza el texto y convertirlo en la materia central de la actividad educativa. De la misma forma que nunca se entiende mejor una obra teatral que cuando se pone en escena, es posible hacer algo similar con los textos literarios, ponerlos en escena..El texto no debe ser un elemento distante, sino un objeto próximo.
La enseñanza tradicional fija el texto, lo inmoviliza y lo sitúa en una corriente a la que se deben sumar los receptores de la formación. En realidad, no se forma en los textos, sino en su tradición y eso es la antítesis de la idea moderna de aprendizaje. La mayor parte de los manuales y libros de texto no nos llevan hacia las obras, sino que, en muchos casos, nos evitan tener que acercarnos a ellas. Precisamente lo que necesitamos es justo lo contrario: un movimiento sobre los textos, un desplazamiento por su interior, de la misma forma que podemos aprender mucho recorriendo una reconstrucción virtual de una catedral medieval o del Coliseo romano. Creo que la aplicación de las Tecnologías de la Información puede ser un revulsivo en este terreno, ya que permiten aplicar enfoques nuevos a un material inamovible: el texto.
Debemos pasar de un concepto de Literatura como adición de conocimientos estáticos a una idea de la Literatura como experiencia, es decir, como un espacio de experimentación dinámico. Para que esto suceda debemos cambiar nuestra mentalidad pedagógica y, volvemos al principio, pensar la Literatura desde el punto de vista de los que reciben la enseñanza. ¿Para qué les sirve la Literatura? ¿Qué justifica su inclusión en un programa educativo hoy en día? Si el aprendizaje de la Literatura se centra exclusivamente en poseer unos determinados conocimientos históricos sobre autores y textos y en la lectura de un número reducido de obras anualmente, respuesta que desgraciadamente es la que se da en la mayoría de los casos, no necesitamos ningún tipo de innovación tecnológica. Nos basta con lo que tenemos. Por el contrario si concebimos la Literatura como una actividad, sí podemos proceder a buscar nuevos caminos y las Nuevas Tecnologías pueden ayudarnos.
La Literatura, en su sentido más amplio, es el arte de la escritura expresiva, o si se prefiere de la expresión a través de la palabra escrita. Nuestro sistema educativo ha abandonado desde hace mucho tiempo la escritura como eje del aprendizaje. Curiosamente, hemos convertido a nuestros alumnos en seres pasivos, en receptores, y no en productores. "Expresar, para el sujeto hablante," -decía M. Merleau-Ponty- "es tomar conciencia; no expresa solamente para los demás; expresa para saber él mismo lo que se propone." Esta actividad expresiva ha sido el centro de otros modelos educativos foráneos. En estos se considera que la capacidad de expresarse, de saber construir argumentaciones sobre las ideas propias es un elemento angular de toda la educación, es decir, que a través del contacto con los textos, se puede obtener una enseñanza no solo teórica sino práctica que sea beneficiosa para el resto de las materias que conforman la educación y, sobre todo, beneficiosa para el propio alumno receptor. En su desarrollo moderno, las Humanidades dejaron abandonadas por el camino las artes retóricas, que eran artes comunicativas, que se ocupan precisamente de estas cosas, en beneficio de unas concepciones esteticistas y aislacionistas del texto literario que lo separaban de cualquier sentido pragmático. Nuestra fragmentación racionalizadora y el aislamiento de las áreas de conocimiento separan lo que debe estar unido en la mente del que lo recibe. Los estudios realizados periódicamente detectan en nuestros alumnos las carencias expresivas y comprensivas de los textos: vocabulario reducido, falta de articulación del pensamiento, estructuras sintácticas simples y repetitivas... son algunas de las lagunas que se detectan periódicamente. Es decir, falla la capacidad de expresión, entendiendo ésta como algo no desvinculado del pensamiento y la comprensión. No vamos a buscar culpables, que hay hipótesis para todos los gustos, pero tratemos de centrar la Literatura en su vinculación directa con la escritura como un intento de resolver estas carencias.
Quizá un cambio de estado, el paso de lo sólido a lo energético, en los textos que manejamos pueda servirnos para hacer cosas nuevas con ellos y esas nuevas prácticas, posibilitadas por la tecnología y sus herramientas, permitan un mejor y más completo desarrollo de las personas, objetivo último de cualquier educador o sistema educativo que considere a las personas como tales y no como piezas de una maquinaria superior.
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