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¿Sobre qué versa "La casa de Asterión" ? ¿Cuál es su sentido íntimo ? La clave del texto la hallamos en el mismo título: el objetivo de Borges es reflexionar a cerca de un personaje, -Asterión-, y la construccción, -la casa-, que habita. Mostraré cómo ambos elementos tienen dimensión simbólico-metafórica y cómo existe identificación mutua: el lugar pertenece a la más profunda esencia de Asterión; es él mismo, su soledad, su incomunicabilidad. Como afirma Borges en un relato de El aleph., "Lo que importa es la correspondencia de la casa monstruosa con el habitante monstruoso. El minotauro justifica con creces la existencia del laberinto"9
Asterión
y el Laberinto: prisionero y prisión. Ambas realidades se justifican y reclaman, porque son una y la misma cosa. El laberinto encuentra su explicación en el habitante para el que ha sido diseñado y éste, el ser monstruoso, se refugia sin remedio en una construcción que le mantiene con vida al precio del ocultamiento del mundo exterior. La prisión de Asterión, su verdadero laberinto, es la monstruosidad, física pero sobre todo espiritual, que le encierra trágicamente en la soledad. El lugar que Asterión habita no es sino prolongación de sí mismo, ser extraviado en el dolor y la locura, interiores en sombra, confusas galerías, ser nostálgico de vida pero incapaz de ella, no puede salir de su encierro porque los determinismos le avasallan, él es solo, pero la soledad le conduce a la muerte, la última y definitiva prisión.Asterión, ya sabemos, es un monstruo porque es un ser híbrido de hombre y toro. Un día salió al mundo y la gente huyó de su lado despavorida:
"Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar".
( 8-13)Ante su presencia, los niños rompen a llorar mientras los adultos recurren a plegarias desesperadas, hincan sus rodillas al suelo, o se suben a los basamentos de las columnas, o reúnen con avidez piedras arrojadizas, o se esconden bajo el mar. La escena tiene algo de cómico: todo pánico irracional provoca una sonrisa maliciosa en el espectador sereno. ¡Esconderse bajo el mar !. Paradójicamente, el sentimiento de piedad y ternura se hace fuerte en nosotros por el ser que intuimos más débil y precisado de cariño, por el monstruo que asusta, sin querer, a los demás, y es asustado a su vez, profundamente. Asterión, entonces, ha de desandar el camino hacia su encierro: para él, definitivamente, no hay lugar en el mundo. Pero no lo hace sin revestirse de su habitual máscara teatral de magnificencia: "No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera." Ante el rechazo de los demás, el monstruo reacciona con soberbia, rechazando a su vez. La soberbia es su único aliado. Por ella puede escapar a la autodestrucción definitiva. La coraza de autosuficiencia y desprecio ayuda a Asterión a soportar la soledad ficcionalizando el voluntarismo. Comprendemos ahora la parte de verdad que llevan las acusaciones con que se inicia el texto: "Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias."(1-2)
La monstruosidad que aísla a Asterión es física pero es también espiritual. Consiste en su conciencia de unicidad insalvable, el proclamado orgullo por la misma y el menosprecio absoluto por los demás. Sólo él es único y lo demás semejanza, repetición sin fin. Por eso califica a la gente con la que se topa en su salida al exterior de "grey", esto es, rebaño, agrupación de lo semejante con lo semejante. Utiliza así mismo los términos " plebe" y "vulgo" que aluden a comunidad sin distinción ni excelencia social. Frente a la masa, él proclama su linaje real, marca candente que lo singulariza. La nobleza que le constituye es algo más que genealogía accidental; es excelencia o virtud,
, destino de lo único y mejor. Por ella -dice- su espíritu está capacitado para lo grande, lo insigne.
Desde esta posición, Asterión es un ser radicalmente solo. Se atrinchera voluntariamente en su diferencia, engrandeciéndola, y se aísla. Desprecia a los demás y desprecia inmediatamente la comunicación con ellos :
"El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro, porque las noches y los días son largos"(15-19).
Nada es comunicable por el arte de la escritura. Nada es comunicable para Asterión, de hecho, por el lenguaje, ese gran instrumento que los hombres crearon para tender puentes con los semejantes y compartir las individualidades. Alababa el presocrático Gorgias el poder de la palabra en los siguientes términos: "La palabra es un poderoso tirano, capaz de realizar las obras más divinas, a pesar de ser el más pequeño e invisible de los cuerpos. En efecto, es capaz de apaciguar el miedo y eliminar el dolor, de producir alegría y excitar la compasión" (Elogio a Helena, 8). La palabra es, pues, transmisora de mensajes que el hombre comprende y que alteran su pensamiento y sus emociones. Al abrirnos a ella movemos la oportunidad de dicha, seres inconformes con nuestro mal, pues dejamos que los demás nos cambien, cicatricen nuestras heridas, nos forjen ilusiones, dejamos de ser desvalimiento absoluto y aceptamos activamente el consuelo, la compensación, y quizá, por qué no, el engaño.
Ahora bien, para el mismo filósofo el lenguaje sólo es capaz de transmitir apariencias, nunca la verdad. "No hay ser, si lo hubiera, no podría ser conocido; si fuera conocido, no podría ser comunicado su conocimiento por medio del lenguaje". Más allá del problema del conocimiento, está la imposibilidad de comunicación real entre los seres humanos. La palabra es inservible cuando se trata de transmitir lo que verdaderamente importa al hombre, lo que puede salvarle del mundo múltiple y aparente en que vive; fracasamos con el lenguaje, esa cola de pegar, esa baba que decía Cortázar, ilusionismo de verdades. El hombre, entonces, debe aceptar, este nuevo límite, usando los signos en su valor relativo, porque la otra opción, recluirse en el solipsismo inhumano del silencio, es aceptar una condena peor que la muerte "Como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura", decía Asterión en un acto de descreimiento y dejación. El rechazo de Asterión hacia el lenguaje le condena a recluirse en su sola unicidad, a ser un fragmento aislado en el universo de los seres. No sólo le está vedado el trato físico con sus contemporáneos, sino que además, por propia voluntad, carece de la posibilidad de trato espiritual con la humanidad desde la escritura. Es su única salvación y la desprecia. Jamás podrá oír el mensaje de otro ser y hacer oír el suyo a través del tiempo y del espacio. El universo, la vida temporal, se vuelve vértigo y náusea porque no existen voces de solidaridad que acompañen; el abismo del propio ser, condena y locura, cárcel sin salida: es lo único y es laberinto de soledad.
Asterión, aunque lo niegue, es un prisionero :
"Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera (...) Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura ? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle ;
(...) " (2-9)No es prisionero de puertas o cerrojos, sino prisionero de sí, de los grilletes de una individualidad insalvable. Su prisión es, pues, la más trágica, la definitiva: perderse sin remedio en el laberinto del propio yo.
Hemos llegado a un punto clave con la afirmación precedente. La retomo en su sentido literal: Asterión es su propio laberinto. Según anuncié, la construcción mitológica tiene existencia simbólica o metafórica en el relato borgiano.
La esencia del laberinto es la "quietud" y la "soledad":
"No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la tierra (..) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa" (4-7)
La casa está reducida a la estructura arquitectónica propia de un laberinto: vueltas y revueltas, galerías y bifurcaciones, encrucijadas y repeticiones. Pienso al instante en la imagen del cerebro y sus circunvoluciones: laberinto para el científico que busca y no encuentra el centro exacto donde se alojan sensibilidad, inteligencia, lenguaje, ira, temor; laberinto también el cerebro para el ser que en sus revueltas extravía definitivamente la razón. Otra imagen que acude a mí es la de las galerías del alma de Antonio Machado10, paisaje interior: galerías del corazón, del recuerdo, de la esperanza o el miedo, del ensueño y del sueño: siempre una y múltiples. "Caminos tiene el sueño/laberínticos, sendas tortuosas", nos dice el poeta. Y Machado deambula ensimismado por su espacio simbólico, a través de galerías sin fondo, el demonio, "el ángel más hermoso" le lleva hasta "la honda cripta del alma", infierno de su espíritu, donde rebullen las "fieras enjauladas "( LXIII) ; otras veces, es una "mano amiga", una "veste pura", quien le conduce por "una larga, escueta galería", para ver la verdad de su alma (LXIII). Son, pues, caminos de sombra y sendas de luz : infierno y salvación. En ocasiones el recorrido se le vuelve a Machado pesadilla laberíntica cuya salida no halla: en el poema XXXVII pregunta a la noche si él es realmente el fantasma interior que "va vagando en un borroso/laberinto de espejos", perdido en el retablo de sus sueños "siempre desierto y desolado, y solo".
La intuición de que parte Machado al construir las galerías del alma es semejante a la que hizo posible el laberinto interior del Minotauro cretense. Vivir es recorrer sin remedio las galerías interminables de nuestro yo: ellas son la materia y esencia de nuestra irreductible individualidad existiendo en el mundo, nuestra mismidad; ellas, las que identifican cada "yo" como ser radicalmente heterogéneo de todo lo demás. Por sus sendas hemos de adentrarnos en busca de identidad pero siempre sabiendo que la supervivencia está sólo asegurada en el exterior, en la comun-unión con las otras cosas y seres del universo. Ser soledad radical es sólo una parte de la esencia del hombre; paradójica y trágicamente, la otra es no poder soportarla y tender puentes desesperados de comunicación. Machado logró escapar al peligro del extravío definitivo en el laberinto personal a través del hallazgo del amor -Leonor-, del paisaje -Soria- y de las gentes -poesía crítica y social-. Asterión, en cambio, no lo consigue y recae en la locura de la soledad. El problema de Asterión es no saber reconocer la unidad esencial entre los seres y la posibilidad de comunicación con ellos: según vimos, se autoproclama "único" y desprecia el mundo que no es él. El orgullo y el desprecio forman su ser y su monstruosidad: frente a ellos el estigma físico no es más que signo, metáfora.
Comprendemos ahora su afirmación "La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo" (39-40) La construcción es, en efecto, su mundo, está hecha a su medida, imagen y semejanza. Y es, además, reproducción del universo, laberinto a escala mayor.
"Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre ; son catorce [son infinitos] los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce [son infinitos] los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces" (30-36)
Borges exploró en sus cuentos y poemas mil variaciones al mismo tema del laberinto. Su obra misma configuró, a la manera del libro de Ts´ui Pên, "una imagen incompleta, pero no falsa, del universo tal como lo concebía"11. El espacio y el tiempo12 son laberinto; laberinto es la memoria13 y el acto de creación;14 la búsqueda de inmortalidad y la inmortalidad misma15; la muerte y sus sucesivas reencarnaciones. El universo entero y su conocimiento, por fin, son laberinto16. "La casa de Asterión" ofrece un nuevo aspecto del tema: ahora el laberinto es la individualidad. Pero ello no le impide a Borges entrelazar, junto al nuevo, los viejos temas. Así, la cita última muestra la repetición sin fin de todas las cosas en el universo, configurando un laberinto que confunde y aprisiona. Reencontramos, así mismo en el relato, la idea del tiempo circular o eterno retorno donde pasado, presente y futuro se identifican porque son repetición de lo mismo:
"Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez : arriba, el intrincado sol ; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo"(36-38)
Asterión tiene la sensación de existir ab aeterno y, más aún, de haber sido el "creador" de lo existente: firmamento y mundo. Es un recuerdo que aflora borroso desde los posos del olvido. En el relato "El inmoral"17, Borges imagina una Ciudad de los Inmortales donde los hombres, -trogloditas-, viven eternamente el cansancio de la vida :
"Aquella fundación [la Ciudad] fue el último símbolo a que condescendieron los Inmortales ; marca una etapa en que, juzgando que toda empresa es vana, determinaron vivir en el pensamiento, en la pura especulación. Erigieron la fábrica, la olvidaron y fueron a morar en las cuevas. Absortos, casi no percibían el mundo físico" (pág.20)
Solamente la esperanza de beber de las aguas que les devuelva el privilegio de la muerte, se lanzan los Inmortales activamente a la rueda de los siglos. Porque :
"La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Estos conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser último; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo, entre los mortales, tiene el valor delo irrecuperable y de lo azaroso. Entre los Inmortales, en cambio, cada acto, (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario. Lo elegíaco, lo grave, lo ceremonial, no rigen para los Inmortales" (pág. 23)
Cada Inmortal alcanza a ser todos los hombres y realizar todos los actos. El troglodita que encuentra Flaminio fue Homero y compuso la Odisea; pero el mismo Flaminio fue también Homero y también compuso la Odisea.
"No hay méritos morales o intelectuales. Homero compuso la Odisea; postulando un plazo infinito, con infinitas circunstancias y cambios, lo imposible es no componer, siquiera una vez, La Odisea. Nadie es alguien, un solo hombre inmortal es todos los hombres. Como Cornelio Agrippa, soy dios, soy héroe, soy filósofo, soy demonio, y soy mundo, lo cual es una fatigosa manera de decir que no soy." (pág. 22)
Volvemos a nuestro texto: Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo (37-38)
Quizá Asterión fue un dios que se olvidó de serlo en el laberinto de la eternidad y ha venido a recaer, tras infinitas identidades, en la persona del Minotauro. He olvidado los hombres que antes fui, dice Asterión en el poema "El laberinto".18
O quizá Asterión no ha dejado de ser nunca él mismo, él y su sufrimiento clavados a la eternidad desde siempre. Asterión, "artífice" del laberinto personal en que vive, se condenó a sí mismo a la multiplicación sin fin, porque el tiempo es eterno y todo se repite trágicamente, no hay término que libere, retornarán infinitamente la monstruosidad, el inmenso dolor, la muerte misma. Recordamos las palabras de Milan Kundera, "Si cada uno de los instantes de nuestra vida se va a repetir infinitas veces, estamos clavados a la eternidad como Jesucristo a la cruz. La imagen es terrible. En el mundo del eterno retorno descansa sobre cada gesto el peso de una insoportable responsabilidad. Ese es el motivo por el cual Nietzsche llamó a la idea del eterno retorno la carga más pesada".19
Asterión es un ser desdichado sobre el que pesa el más terrible condicionamiento, nacido para ocultarse y matar, está marcado por un destino diferente, estirpe real pero bestia temida por todos. Asterión es víctima pero desde otra perspectiva también es culpable pues la soberbia, según vimos, le ha llevado a congratularse en su soledad, ensanchándola. Si existe el eterno retorno, y la sugerencia vuelve inquietante el relato, Asterión es responsable del horror de su condena definitiva, ser siempre para el sufrimiento y la muerte, sin redención posible.
Pero Asterión, olvidado de la eterna repetición temporal, llega a concebir la Muerte como salvación. La muerte es paz, alivio, salida definitiva del laberinto de la vida, paraíso de la nada. Se pierde la vida y se va el dolor. En la inexistencia -desea Asterión- no hay laberintos, traspasamos la puerta hacia la dicha del no ser.
(...) uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. (43-46)20
Asterión cumple su deseo: muere. Teseo se asombra ante Ariadna de la mansedumbre del monstruo en el momento supremo. "-¿Lo creerás, Ariadna ? -dijo Teseo-. El Minotauro apenas se defendió"
La muerte de Asterión es real, salida cierta a su sufrimiento. Sin embargo, pensamos, en el infinito temporal sugerido por Borges, Asterión está condenado a repetir ese instante -y la vida anterior- fatalmente21. El hombre, piensa el lector con desolación, no puede escapar a su drama porque éste, en la mecánica precisa del universo, retornará una y otra vez, por siempre. La eternidad vuelve patéticos a los hombres, prisioneros definitivos en el laberinto temporal, para quienes ni siquiera la muerte es ya una esperanza posible. La madre de Seis personajes en busca de autor22 grita desgarradoramente y su dolor no pierde intensidad por el hecho de que esta vez, este ahora, no sea sino regreso, nuevamente, a lo que desde siempre se está produciendo: el hijo muere infinitamente y la madre está condenada, qué justicia lo ha ordenado así, a reiniciar el sufrimiento.
Llega el fin para estas páginas. Quedaría incompleto, no obstante, el análisis que he propuesto de "La casa de Asterión" si no reparara aún en dos hechos:
La figura de Teseo -el vengador de la esclavitud ateniense en la mitología y el redentor de Asterión en este cuento- conduce, evidentemente, al tema del doble y la paradoja Asterión busca incansablemente al Otro: el otro que es su igual, el compañero amigo con que entretiene en la imaginación la soledad de su prisión; y el otro que es su contrario, el enemigo que llega hasta él con la espada de la muerte pero que, paradójicamente, va a ser su salvador, de igual modo que él, el Minotauro, ha sido durante largos años el salvador de sus víctimas Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal"(39). Yo y el Otro; yo y mi doble que es mi amigo y mi enemigo. Identidad de los contrarios: Caín y Abel, traidor y héroe, víctima y verdugo. No desentraño significados; enuncio simplemente lo que no es sino una variación más en el entramado del único argumento borgiano: la realidad y su infinita repetición y paradoja.
La última reflexión a que me lleva la lectura de "La casa de Asterión" tiene que ver con la naturaleza moral del personaje y la relatividad del mal siempre que estemos dispuestos a penetrar en la raíz honda del comportamiento de los seres e iluminar sus escondrijos de pureza. Decía Borges refiriéndose al Martín Fierro23, el malhechor :
"Si no condenamos a Martín Fierro, es porque sabemos que los actos suelen calumniar a los hombres"
24"(Fierro) Para la sociedad, es un delincuente, y ese juicio general hace que lo sea, porque todos propendemos a parecernos a lo que piensan de nosotros"
25"Alguien puede robar y no ser ladrón, matar y no ser asesino. El pobre Martín Fierro no está en las confusas muertas que obró ni en los excesos de protesta y bravata que entorpecen la crónica de sus desdichas. Está en la entonación y en la respiración de los versos ; en la inocencia que rememora modestas y perdidas felicidades y en el coraje que no ignora que el hombre ha nacido para sufrir. Así, me parece, lo sentimos instintivamente los argentinos"26
También nosotros podemos afirmar que a Asterión le calumnian sus actos, que Asterión no está en su monstruosidad física, ni en los cadáveres sangrientos que cada nueve años arrincona en los corredores de su casa, ni en las amenazas proferidas contra sus detractores. Asterión es el dolor con que vive su soledad; la ternura con que entretiene el tiempo jugando o se imagina "otro Asterión" que le visita y a quien muestra con orgullo los recovecos de la casa; la impaciencia conmovedora con que ansía la llegada de su libertador.
Me voy, pues, con la imagen más tierna de Asterión:
Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos). Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: "Ahora volvemos a la encrucijada anterior" o "Ahora desembocamos en otro patio" o "Bien decía yo que te gustaría la canaleta" o "Ahora verás una cisterna que se llenó de arena" o "Ya verás cómo el sótano se bifurca". A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos".
(19-27)
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