La tristeza y desolación del universo veneciano de L'absence y Venise en hiver, textos por otra parte ambientados en una misma estación, la decrepitud y melancolía de la Venecia morandiana del periodo de entreguerras, cuyo letargo sólo se ve alterado por la presencia de un grupo de literatos franceses, todos ellos fervorosos amantes de la ciudad, ritualmente congregados todas las tardes, en el café Florian, en torno a su jefe espiritual, Henry de Régnier, aparecerán estrechamente ligadas a la evocación de la infancia, no precisamente como paraíso perdido sino como espacio de tiempo de la memoria, cargado por el sentido del deber, la disciplina y la tristeza. Será a través de estos rasgos donde convergerán ambas representaciones, respectivamente relacionadas con un segmento autobiográfico (la infancia) y una ciudad (Venecia). En las tres obras, el tono grisáceo tirando a negro del territorio de la infancia, como las aguas de los canales, sale persistentemente al encuentro de la memoria, mediante el contacto con la ciudad. Para Morand, su naturaleza humana, plegada ante una asfixiante y encorsetada educación, ha reencontrado su razón de ser, en el idílico marco de Venecia:
"Siempre he percibido la infancia como un estado inferior. Era dócil, acostumbrado a la inmovilidad, preocupado por respetar la economía, virtud teologal. Llegué a la edad de estudiante sin haber amado, ni entendido, ni visto nada. En Venecia, mi ser recibió su primera lección del mundo, a la salida de clase, donde nada había aprendido."18
Lo mismo representará la ciudad de los canales para Hélène Morel:
"Era cada vez más consciente, sin embargo, que desde su infancia, su alma nunca se había echado a volar, condenada a arrastrarse al ras de una existencia estrecha, sin posibilidad de evasión." 19
La proyección de la infancia de Claude, en L'absence, revestirá una fisionomía muy similar -marcada también por el cumplimiento del deber- cuya sombra no hará sino enturbiar su existencia:
"Siempre había estropeado cada momento de su vida. Según él, todo era culpa de su educación, la cual sólo le había dado a conocer dos tipos de situaciones seguras: el deber por realizar y el deber realizado."20
Si bien para Morand y Hélène Morel, Venecia representa un espacio de libertad y redescubrimiento de la existencia, frente a una infancia y juventud grises, en unas coordenadas míticas de la ciudad, basadas en angostas profundidades, miedos, clausura...para Claude, desde una dimensión igualmente dura y fría de los primeros años de la vida, Venecia acabará convirtiéndose en un territorio de reencuentro e intento de reconciliación con la madre y el pasado. Los elementos externos del paisaje veneciano harán continuamente emerger a la memoria imágenes fugaces del pasado cuya carga no siempre será fácil de sobrellevar.
El grabado dieciochesco del carnaval, inscrito en una función de antidestino, en Venise en hiver, como antes apuntábamos, un avión que sobrevuela los canales, dejando tras él retazos del pasado, en L'absence, no son más que dos situaciones, a modo de ejemplos, entre otras muchas, que reavivan la memoria, poniendo de relieve, en los tres textos, una permanente conexión entre ciudad e infancia.
En este contexto, la iglesia desempeña un papel importante, en el reencuentro de los personajes con su pasado. En Venises, Venise en hiver y L'absence el espacio sagrado orienta a los personajes hacia un reencuentro con la infancia:
"Claude caminó toda la tarde, descubrió nuevas iglesias, donde entraba, se sentaba, y a veces, se arrodillaba para reencontrar sus gestos de la infancia."21
La iglesia de San Marcos también actúa, en Venises, a modo de elemento de inmersión en el universo de la infancia:
"La iglesia de San Marcos siempre la he conocido, en mi infancia, gracias a una acuarela colgada de la pared de mi habitación."22
La iglesia, en la profundidad de la penumbra, recogimiento y silencio, en la que se desvanece el presente, se convierte en el escenario donde irrumpen con toda intensidad la infancia, el pasado cuyos laberínticos y tortuosos contornos se armonizan con el barroquismo arquitectónico del decorado en el que se desenvuelven. La "maleza de cirios" que iluminan la estatua de una Madona profusamente vestida, hace surgir a la superficie de la memoria de Hélène Morel, desde la penumbra de la iglesia, los fantasmas del pasado. San Moises, con su sobrecargada ornamentación barroca y sus decenas de velas ardiendo delante de los altares, trae a la memoria de Morand los reencuentros con su madre, cada día, a su salida de misa.
El templo vacío y oscuro en el que Claude se detiene unos instantes, proyecta en su memoria una celebración religiosa, con motivo de la Ascensión, en la iglesia de Morgat, cuando él sólo tenía quince años. La visión de su madre, joven, delgada y hermosa, con su vestido blanco, se superpone, en la mente de Claude, a su actual físico grueso, deforme y minado por la enfermedad. La sombra del pasado, que refleja en la memoria de Claude el espacio mítico de la iglesia, forma parte de una obsesiva ensoñación de una madre ausente, fría, despreocupada de sus hijos y sólo entregada a sus amantes. La iglesia, en el errático deambular de Claude y Hélène, en sus respectivos universos existenciales, no hace sino despertar viejos demonios del pasado.
La ensoñación de Claude - bastante coincidente con la representación de la madre perdida, tan reiteradamente presente en el conjunto de la obra de otro gran escritor francés contemporáneo, Michel del Castillo - junto con la de Hélène y Morand transcurrirán pues en un mismo marco. La iglesia, dotada de luz propia, a través del resplandor de las velas23, reflejo del histórico apego de un pueblo a sus tradiciones religiosas, brilla con especial intensidad, en el reencuentro con el pasado y la figura de la madre, como en el caso de L'absence.
En Cluny, desde los presupuestos ideológicos y la percepción del mundo de la Ilustración, la iglesia desempeña una función textual totalmente opuesta a la de las tres obras a las que acabamos de referirnos.
Esta, vaciada de toda su dimensión espiritual y religiosa, aparece como un espacio, erigido en mera prolongación y extensión de la laicización social y culturalmente impuesta por las nuevas ideas filosóficas del siglo. Privada pues de su contenido sagrado, la iglesia también renuncia a su función textual de referencia al pasado para insertarse en un territorio de gozo inmanente y sensual de un presente, basado en la búsqueda desenfrenada y quimérica de la felicidad terrena. Como ejemplo más relevante de esta idea, cabe destacar la recreación dieciochesca que Cluny hace de San Marcos, a través del informe dirigido por un misterioso agente al secretario de los Inquisidores:
"Entré en la iglesia de San Marcos para asistir a un oficio y presenciar el jolgorio del que me habían hablado, incluso durante las misas y vísperas. Había varias mujeres con sandalias y patricios con tabarros. Numerosas parejas iban y venían, riéndose con gestos y caricias que causaban un gran escándalo entre las personas devotas. Se comenta que a todas horas tienen lugar, en la iglesia, galanterías obscenas y que en ella se venden libros prohibidos."24
La percepción abismal del universo, a través del reencuentro con el pasado, surgido de la penumbra del espacio mítico de la iglesia, puede hallar su antídoto, como en Venise en hiver, en el recorrido del trazado laberíntico de las calles. El permanente acoso de los espectros con los que Venecia suele asaltar a sus visitantes puede eludirse mediante el enrevesado y tortuoso deambular por sus calles. Tal es el caso de Hélène Morel que, con el fin de dar esquinazo al agónico cortejo de recuerdos, decide perderse, en un momento dado de la novela, en el laberinto veneciano, laberinto al que también alude Mohrt, en Les dimanches de Venise, designándolo como "senderos de Dios", en referencia a la expresión de un personaje del Mercader de Venecia.