La alianza de la tierra y el agua, que para Proust evoca el carácter andrógino de Venecia, se revela principalmente como metáfora del hombre, en su vivir, como acto de supervivencia. En varios momentos del texto, Morand incide en este paralelismo. En una de sus páginas, retomando una cita del abate de Choisy, el autor habla de Venecia, como un conjunto de "tierras tan bajas que parecen salvarse milagrosamente del alcance del mar". En otra parte de la obra, también desde la intertextualidad, nuevamente de la mano de Proust, Morand abunda en este carácter metafórico y andrógino de la ciudad, tan cargado de tensión existencial:"Para la salud del alma, pensaba, al salir de San Lazzaro, es preferible elegir otra ciudad que no sea la andrógina Venecia, cuando no se sabe dónde acaba la tierra y dónde empieza el agua, como explica Elster a Albertine."3
Este milagroso ejercicio de supervivencia, el vivir, punto de encuentro de la vida y la muerte, tensado entre las ya mencionadas "aguas fetales y las aguas de la laguna Estigia", se ve irremediablemente abocado a un término: la muerte, culminación, acto final de la vida, tan cargado de horror como de belleza. La ensoñación, por parte de Morand, de la muerte de Venecia, al término de esa lucha lagunar agua-tierra, como muerte previa a la suya propia, cabe interpretarse como un anhelo de eternidad, la memoria del hombre dejada por su paso por la tierra, como la de los tesoros venecianos inmersos parcialmente bajo el agua, emergiendo por encima de su nivel:
"A veces me imagino que Venecia muere antes que yo [...], hundiéndose no en los abismos, sino unos pocos centímetros bajo la superficie, donde emergerían sus chimeneas cónicas, sus miradores [...] Venecia se ahoga. Tal vez sería lo mejor que pudiera ocurrirle."4
La tensión del binomio agua-tierra de la ensoñación lagunar de Venecia, ligada al inexorable pulso que mantiene la vida con la muerte, se dirime, en Un jeune homme de Venise, en derrota. En el texto, nos encontramos con tres personajes que viven, en la ciudad de los canales sus últimos días.
En la obra, uno de ellos, Saint-Sever, inmerso en la contemplación de Venecia, ha decidido emplear sus últimas fuerzas para acudir a la ciudad de la belleza y el placer y poder dar así, en la medida de lo posible, un sentido a su muerte. La identificación de ésta con la progresiva conquista lagunar sobre la tierra y su extensión, el cuerpo, cobra aquí su máximo relieve. La laguna-muerte se va propagando, vampirizándolo, por el cuerpo de Saint-Sever:
"El agua de la laguna subía, bailaba, se elevaba, llenaba el cielo y corría por sus sienes. La sentía penetrar en las palmas de sus manos, en el interior de su pecho, subir, bajar.[...] Y él, paralizado, sin poder huir de ese terrible caudal."5
Bredin escoge también Venecia, como decorado lagunar de despedida y adios, a través del personaje principal, Claude, en compañía de su madre, aquejada de un cáncer terminal, a la que ha llevado a la ciudad de los canales para que pueda disfrutar de unos días de paz y descanso, en medio de este idílico decorado. A la llegada de Claude y su madre a la ciudad, de camino al hotel, surge nuevamente la imagen espectral de la laguna-muerte. Durante el trayecto, a través de los canales, los dos personajes pasan por delante de un cementerio:
"Claude señaló con el dedo, a su izquierda, la isla rodeada de un muro de ladrillo por encima del cual asomaban en línea unos cipreses, erguidos como guardianes, y las cruces sobre las casas de los muertos".6
En la geografía lagunar de Venecia, como metáfora del hombre, bajo el signo de la ensoñación mítica de la vida, como espacio existencial irremediablemente condenado a un fin, la isla cementerio de San Michele ocupa un lugar destacado, en Bredin, y, en muy menor medida, en el texto de Emmanuel Roblès. En L'absence, como más adelante veremos, la isla de San Michele aparecerá vinculada a un ailleurs rimbaldiano, en cuyo seno el protagonista acabará rompiendo todos sus lazos terrenales con el mundo. En Venise en hiver, junto con los bateaux-corbillard (góndolas fúnebres) que surcan los canales de Venecia, la isla cementerio de San Michele, como prolongación y conquista de la laguna-muerte sobre la tierra, aparece descrita en un tono totalmente shakespeariano, envuelta en las tinieblas y con el gemido del viento agitando sus cipreses.
Por último, esta Venecia, la laguna, cuya función mortuoria y fúnebre actúa en estas obras, como metáfora del hombre, esta Venecia que se ahoga, engullida en sus propias aguas, y que ahoga todo aquello que la habita, la vida, esta Venecia cementerio, llegará también a erigirse en representación de una civilización perdida, esto es, el ocaso del sueño filosófico, como más adelante veremos, en Cluny, o en hundimiento espiritual de un continente, Europa, en el umbral del tercer milenio :
"No nos debe resultar difícil imaginar cómo en este final de siglo de horrores y de llamas, nuestra pequeña Europa, con sus catedrales y palacios desertados, podría convertirse en otra Venecia. El tañido fúnebre de sus iglesias suena también para nosotros."7
La laguna, los canales, amenaza constante para la tierra, arrasadora e implacable, en sus crecidas (acqua alta) cuyo espectáculo fantástico surge con especial intensidad en Venise en hiver, en el escenario único de la plaza de San Marcos, se halla también en contacto, en los cinco textos, con el mármol frío y fúnebre de los palacios, iglesias, escalinatas... El mármol, en su encuentro con el agua, se convierte en un elemento importante de la visión mítica de Venecia como ciudad cementerio. En el polo opuesto al binomio agua-cuerpo y de su expresión en la evocación de la muerte como proceso de descomposición orgánica y putrefacción, objeto más adelante de un análisis más profundo en relación con las obras de Cluny y Bredin, el binomio agua-mármol nos adentra en una ensoñación pétrea de la muerte. Este contacto del agua con el mármol cobra una especial relevancia en Un jeune homme de Venise, donde los pasos de la muerte resuenan sobre la fúnebre superficie marmórea:
"Y de ahora en adelante la muerte le seguiría a todas partes, bebería de su vaso y oiría sus pasos sobre el pavimento de mármol de Venecia."8