Más allá de los límites de un espacio urbanístico, histórico, artístico...las ciudades revisten otra realidad, en las coordenadas de un espacio mítico, donde el hombre proyecta en su imaginario los términos en los que se inscribe su relación con ese microcosmos en el que habita.
Cada ciudad tiene su aura, su propio campo de ensoñación, escenario, en cuyos límites, el ser humano interpreta su propio drama existencial. En el contexto de la creación literaria, la ciudad sirve de marco en el que se tejen e hilvanan todos y cada uno de los hilos que mueven los destinos de sus personajes. El papel preponderante de la ciudad, en la escritura, es pues incuestionable, quedando su presencia indisociablemente ligada al devenir de todo aquello que la habita. En la novela realista francesa del XIX, la ciudad llegará incluso a convertirse en el primer elemento emergente de sus páginas, acoplándose avant la lettre a la técnica cinematográfica del travelling o movimiento de cámara que va de lo general (la ciudad) a lo particular (el personaje). La ciudad, en el universo de la ficción, lejos de ser un mero telón de fondo, puede llegar a convertirse así en el corazón, las tripas en el seno de las cuales se desenvuelve la trama literaria. En algunos casos, la ciudad se convierte en un elemento primordial, dentro de la propia estructura del texto, imposible de eludir, a la hora de emprender su lectura crítica. Sólo limitándonos a la literatura francesa del XIX, con respecto a la elección de París, como escenario novelesco, contaríamos con un amplio material para analizar las múltiples funciones psicosensoriales, sociológicas, ideológicas... desempeñadas por esta ciudad, en obras tan relevantes como los Miserables, la Comédie Humaine, Bel Ami... En la larga serie de ciudades europeas escogidas por escritores franceses contemporáneos, Venecia ocupa sin lugar a dudas un puesto importante. Como botón de muestra, hemos escogido para nuestro estudio cinco obras: Venises (1971), de Paul Morand, Les dimanches de Venise (1998), de Michel Mohrt, Un jeune homme de Venise (1966), de Claude Michel Cluny, L'absence (1986), de Jean-Denis Bredin, y Venise en hiver (1980), de Emmanuel Roblès. Estos cinco títulos, además de presentar una tipología común en torno al elemento acuático, objeto de nuestro análisis, se complementan entre sí, en la medida en que pertenecen a dos registros literarios claramente diferenciados. El primero, a caballo entre la autobiografía y el ensayo, abarcaría Venises y Les dimanches de Venise. Venises, escrita por el polifacético y cosmopolita Paul Morand, diplomático de carrera, representa de algún modo una obra de despedida, el balance de una existencia, con la ciudad de Venecia como marco, tan estrechamente ligada a su recorrido biográfico. De este modo, a través de las páginas de la obra, van desfilando recuerdos y vivencias del hombre y del diplomático, a lo largo de un recorrido de sesenta años. Con ochenta y tres años de edad, Morand sólo pretende crear con su obra un espacio de diálogo consigo mismo, en el marco de una ciudad considerada por él como el resumen de su recorrido existencial, situado entre "las aguas fetales y la laguna Estigia".
Sobre la base de esta misma dominante acuática, sobre la que se edifica la obra de Morand, al igual que el precioso legado arquitectónico de la "ciudad nenúfar" cimentado sobre los palafitos de la laguna, se inscribe la obra de Mohrt. En ella Venecia se erige también en "confidente", retomando la expresión morandiana, para hablar el autor de sí mismo consigo mismo, en relación con el mundo, no sólo en los límites de un espacio escritural sino también en una dimensión pictórica. Reflexiones autobiográficas / existenciales y consideraciones pictóricas representan las dos vertientes de esta obra. Remitiéndonos a las propias palabras de Mohrt no es sólo tinta, como la de Rousseau, Chateaubriand, Proust, Barrès, fervientes amantes también de la ciudad de los canales, lo que proporciona Venecia, sino también agua para mojar sus pinceles delante del caballete. Un jeune homme de Venise y L'absence representan también respectivamente un texto de despedida y adios al igual que Venises, donde la ciudad se convierte en el acto final de esa gran ópera que es la vida, como la define el propio Morand. Ambas obras, desde perspectivas diferentes - la primera en el contexto histórico y decadentista de los últimos años de la República Serenísima de Venecia y la segunda, desde una estructura narratológica centrada en torno a la figura de la madre - transcurren en un universo de ensoñación lacustre, dominado por el fantasma de la muerte.
Por último, Venise en hiver ofrece al lector, desde el prisma fotográfico del reportero Ugo Lassner, uno de los personajes centrales del relato, unas instantáneas de Venecia "por donde vagan los fantasmas".
Ocaso de la vida (Venises), diálogo consigo mismo desde la creación pictórica (Les dimanches de Venise), fugacidad / fragilidad de lo temporal y muerte (Un jeune homme de Venise, L'Absence y Venise en hiver) representan básicamente los principales elementos en los que se apoyan respectivamente estas cinco obras.
Por encima del tópico souvenir de postal veraniega, más allá de una insulsa sucesión de pintorescas imágenes ramplonas, por desgracia tan ligadas a la iconografía veneciana, estas obras se adentran en una percepción abismal, surgida del choque frontal del "yo" con el paisaje lagunar de la ciudad de los canales. En cada uno de estos cinco títulos, la apuesta es clara: apartarse por completo de una evocación estereoripada de la ciudad, proponiendo en su lugar una imagen de ésta con una identidad propia. Algo así como lo que expresa el escritor Héctor Bianciotti, en un artículo acerca del mito literario de Venecia:
"Durante mucho tiempo, me he visto incapacitado para escribir sobre Venecia. Temía caer en la cursilería ramplona de los tópicos. Carecía aún del suficiente coraje para amar aquello por lo que tan íntimamente me siento atraído."1
Por otra parte, Mohrt alude explícitamente a la dificultad con la que tropieza todo escritor, a la hora de enfrentarse a una ciudad cuyo caudal inspirador parece haber quedado totalmente agotado por la genialidad de los grandes maestros de la literatura, cuestión que dirime con la modesta esperanza, mediante la aportación de algo nuevo, de no caer en la reiteración:
"¿Acaso por el hecho de que Proust y Paul Morand hayan escrito sobre Venecia, tendría yo que privarme del placer de hacerlo? Espero pues no repetir lo mismo [...] o al menos contarlo de otra manera".2
Profundizando de este modo en una dimensión mítica de Venecia, plasmada en las cinco obras, desde unas coordenadas cosmológicas y ontológicas (el agua y la muerte respectivamente), nos centraremos, en nuestro estudio, en el análisis de los espacios en ellas presentes, pertenecientes tanto al ámbito profano (canales, palacios, calles, plazas, cafés...) como religioso (iglesias, cementerios...), a contracorriente de la fría visión humanista de la ciudad, por parte de Montaigne, en sus Essais ("Decía haberla visto distinta de cómo se la había imaginado y un poco menos admirable"), el cual, como queriendo guardar distancias con respecto a la peligrosa y letal ensoñación lagunar del lugar, opta por una tranquila desmitificación de su cautivadora y envolvente magia.