La compleja construcción de la Europa superpotencia - Crisis del "nuevo espíritu del capitalismo" y 38auge de la
Monografía creado por Ramón Fernández Durán. Extraido de: http://www.rebelion.org/seccion.php?id=24
25 de Enero de 2006
Ciencias sociales, Historia, Pensamiento y política
10 - Crisis del "nuevo espíritu del capitalismo" y 38auge de la
Con el cambio de milenio, y el paulatino estallido del modelo de capitalismo global financiarizado (de base fundamentalmente anglosajona) que se consolidó a finales del siglo XX, se viene evidenciando una progresiva crisis del llamado «nuevo espíritu del capitalismo» (potenciado por la Aldea Global [Boltansky y Chiapello, 2002]). Este «nuevo espíritu» logró afianzar un considerable apoyo social a las actuales dinámicas del capitalismo durante las décadas de los ochenta y noventa, especialmente en los países centrales y en concreto también en «Europa». No podía ser de otro modo, la quiebra de la new economy, el auge de la contestación mundial contra los desmanes de la «globalización» y las estrategias de «guerra permanente» en las que ha entrado el nuevo capitalismo global en los últimos años son un importante factor de erosión del apoyo social conseguido en la recta final del siglo pasado, cuando predominaba el boom de los mercados financieros de los noventa, que beneficiaba a las clases medias del Centro que habían acudido a éstos a través de los mecanismos del capitalismo popular. Los escándalos de quiebras de grandes empresas transnacionales que desaparecen, prácticamente de la noche a la mañana en muchos casos, del universo financiero, dejando tras de sí un rosario de deudas, destrucción de puestos de trabajo, pensiones impagadas, etc., no son sólo privativos del gigante estadounidense: Enron, Arthur Andersen, AOL, etc. Aquí, en «Europa», también hemos asistido a la proliferación de casos similares: Vivendi, Alcatel, France Telecom, Parmalat, etc., habiendo tenido que intervenir los tan denostados Estados para frenar la dimensión social de dichas crisis y, en general, sacar de apuros al propio capital.
Todo ello se ha llevado por delante el glamour de la «globalización feliz» de los noventa, y con ello (progresivamente) sus formas de dominio dulce. Posteriormente, la bajada de los tipos de interés a ambos lados del Atlántico Norte, para hacer frente a la caída de los mercados bursátiles (2000-2003) e intentar sortear los peligros de depresión-deflación mundial, ha logrado impulsar otra vez (parcialmente) los mercados financieros, insuflando una considerable capacidad de consumo y propiciando un cierto renacer de ese «nuevo espíritu del capitalismo», a pesar de que los tambores de guerra cada vez se oyen más cercanos, lo que distorsiona para muchos la capacidad integradora, alienadora y anestesiadora del consumismo irrefrenado. Además, las clases medias van a quedar en esta nueva etapa seriamente fracturadas. La fuerte expansión de la burbuja inmobiliaria en muchos países centrales39va a provocar una brusca ruptura entre propietarios y no propietarios, y va a hacer crecientemente inaccesible un bien de primera necesidad como es la vivienda para amplios sectores sociales, sobre todo cuando el Estado ya se ha desentendido de satisfacer esta necesidad básica. Y la propia dinámica del mercado está demandando, para continuar creciendo, mercantilizar los bienes y servicios públicos y precarizar el mercado laboral y la vida a todos los niveles. Todo lo cual genera un malestar social creciente que está siendo caldo de cultivo de nuevas des-afecciones, nuevas resistencias y, cómo no, también nuevas socialidades antagonistas, difíciles de marginalizar y criminalizar, al menos por el momento, por su carácter en muchos casos masivo (aunque limitado en el tiempo).
Por otro lado, el capital que ha integrado la vida entera de la clase trabajadora en su dinámica de acumulación, se encuentra que al haberlo conseguido ha incorporado también (sin quererlo) sus capacidades de resistencia dentro de ésta. Lo cual es un peligro potencial. Se podría decir que antes había un adentro y un afuera, es decir, el mundo del trabajador estaba fuera del mundo de la producción y acumulación del capital. Y se podían establecer, si era preciso, determinados «cortafuegos» entre un mundo y otro. Hoy en día no es así. No hay prácticamente mundo externo al capital en el Centro. Y las potenciales «resistencias» de las «multitudes» se plantean como un problema de primer orden para la necesidad de acumulación del propio capital. La capacidad de producción no la tiene sólo el capital, sino que hoy en día el concurso de una fuerza de trabajo que tiene en sí misma (como un todo) una capacidad de producción, un general intelect, es indispensable para el despliegue del propio ciclo de acumulación postfordista del capital en los países centrales (Negri y Hardt, 2004). De cualquier forma, a nuestro entender, el carácter antagonista de esas «resistencias» potenciales es bastante limitado y, además, está lastrado de la misma lógica que lubrica el sistema en su conjunto. La lógica del capital ha penetrado en la propia médula de la fuerza de trabajo, haciéndola partícipe de sus valores y pulsiones.
Sin embargo, las luchas que se han ido desarrollando en los últimos tiempos para enfrentarse a las «reformas estructurales» (privatización de la sanidad, de la educación, de las pensiones, desregulación laboral) que impone el nuevo capitalismo global —y que impulsa en nuestro caso la Comisión Europea, junto con los Estados de la Unión, en nombre de la nueva «Europa»— han logrado activar no sólo imponentes movilizaciones ciudadanas en estos últimos años, sino que, lo más importante, están incentivando el desarrollo (limitado) de nuevas socialidades antisistémicas. Estas nuevas socialidades que surgen de las propias dinámicas de estos conflictos están construyendo poco a poco nuevos «nosotros» (a escala subnacional y transnacional, al mismo tiempo), que se constituyen al margen y en gran medida en contra de estas dinámicas del capital y del poder político que le apoya. Las movilizaciones en Alemania contra las reformas neoliberales de Schröeder (Agenda 2010) bajo el lema «nosotros somos el pueblo» (Wir sind das Volk), han sido un perfecto ejemplo de ello. La Agenda 2010 promueve la implantación del workfare en sustitución del wellfare, es decir, la percepción de prestaciones sociales (disminuidas) si se acepta obligatoriamente un trabajo, el que dicte el mercado (eufemísticamente llamado «grado de empleabilidad»), pero no como un derecho adquirido y sin contraprestación. Pero también se han producido dinámicas similares en Francia, Italia, Austria, Holanda… y en España (huelga general por el «decretazo») contra las reformas laborales y el desmantelamiento del «Estado social», que hoy en día reclama el nuevo capitalismo «europeo» y global. Sin embargo, estas nuevas socialidades y resistencias son, por el momento, quebradizas y de una duración reducida, al menos en sus formas más visibles de irrupción pública.
Todo ello está dejando al descubierto (y, en menor medida, desgarrando) las, en teoría, estructuras de defensa de los intereses de los trabajadores: los grandes sindicatos de la CES (Confederación Europea de Sindicatos), que habían ofrecido su concurso a las estructuras comunitarias y a sus reformas, a cambio de su apoyo interesado para garantizar su continuidad, al tiempo que aseguran la gestión del «consenso productivo». La contestación al desmantelamiento del «Estado social» y a la desregulación creciente del mercado laboral se está impulsando principalmente desde fuera de la CES, por una pléyade de sindicatos alternativos y otras organizaciones sociales. Y esta brecha se está ampliando como resultado de la tramitación de una Constitución Europea que marca en mármol jurídico (y profundiza aún más) la «Europa» neoliberal. De hecho, la CES está siendo un baluarte fundamental en el apoyo a la aprobación a la Constitución Europea. Esto permite a las instituciones comunitarias y estatales contraargumentar los ataques al carácter neoliberal de la misma, resaltando la defensa decidida que el mundo sindical (mayoritario) hace de la Carta Magna, tras un tímido «Sí» crítico que esbozaron al principio. Hoy en día la CES al completo (salvo la CGT francesa) se está volcando como un todo, junto con el llamado Grupo de Contacto con la Sociedad Civil, ya mencionado, en la defensa a ultranza de la Constitución. ¡Cómo va a ser una Constitución neoliberal si la apoyan los sindicatos!, claman al unísono los grandes medios.
Este apoyo de la CES a la Constitución, que según ellos garantiza el modelo social europeo, se produce en paralelo a su rechazo —en una actitud verdaderamente esquizofrénica— a la llamada directiva Bolkestein, que forma parte de la Estrategia de Lisboa, elemento clave del nuevo «proyecto europeo». Una directiva que pretende liberalizar y privatizar el sector servicios, incluidos los servicios públicos, eliminando restricciones económicas, sociales o medioambientales que se puedan interponer en el camino de lograr un verdadero mercado único en el sector servicios a escala de la UE a Veinticinco. Esta directiva permite aplicar el denominado principio de «país de origen» a las empresas de servicios que operen en distintos países comunitarios, posibilitando la aplicación de la normativa social y laboral del país donde se ubica la sede de la empresa en cuestión al conjunto de centros en los que opera la misma a escala «europea», saltándose la normativa social, laboral o medioambiental del país en que funcione, si es que ésta es más estricta. Sería el fin de la negociación colectiva estatal, en donde los grandes sindicatos aún juegan un papel importante. Y posibilitaría segar la yerba bajo sus pies. Un objetivo a medio plazo de la patronal europea, aparte de conseguir desregular y precarizar al máximo los mercados laborales de la Unión. En el último Consejo Europeo (marzo de 2005) esta directiva ha quedado aprobada con condiciones, pues quizás va a ser retocada como resultado de la presión de Francia, ante el temor de un triunfo del «No» en el próximo referéndum. En esta batalla los países del Este, junto con el Reino Unido, todos ellos con escasa regulación social, laboral o medioambiental, estaban del lado de la Comisión y a favor de la directiva, ante la perspectiva de que muchas de las empresas de servicios de los Quince pudieran establecer sus sedes en sus principales capitales.
Por otro lado, Los Verdes a escala europea, que surgieron en los ochenta a partir de los movimientos sociales (pacifista, ecologista, feminista, etc.), especialmente en Alemania Occidental, y que supusieron en su momento un soplo de aire fresco en el panorama político, se han ido progresivamente institucionalizando. Hoy en día, son abiertamente afines al «proyecto europeo» y se puede decir que han pasado ya a formar parte de ese «adentro» que defiende la actual UE. No en vano su grupo guía forma parte desde hace varios años del gobierno federal en Alemania. Junto con la socialdemocracia y los liberales, se podría decir que los Verdes son los principales valedores del «proyecto europeo» que se defiende desde Bruselas, por encima de los Estados-nación, más aún que los grupos conservadores40. Daniel Cohn Bendit, Dani el Rojo, una de sus figuras estelares y actor renombrado del 68, está militando abiertamente para apoyar la Constitución Europea, aunque denuncie algunas de sus «limitaciones». Y sus sectores más críticos hace ya tiempo que se salieron de dicha formación. El apoyo en Alemania a la guerra de Afganistán fue el último coletazo que marcó su apego al poder, y el punto de inflexión final para el abandono definitivo de los que quedaban dentro con planteamientos pacifistas, su seña inicial y principal de identidad. Otros muchos lo habían ido haciendo paulatinamente a lo largo de estos años de su presencia en las instituciones. Se podría decir, esquematizando, que todos los «Fundis» se han ido y que ya sólo quedan los «Realos». Y este apoyo de Los Verdes a la Constitución Europea es también convenientemente utilizado desde las instituciones comunitarias y estatales para intentar desmontar las críticas contra el carácter crecientemente insostenible del «proyecto europeo».
De repente, con el proceso de ratificación de la Constitución Europea, se ha creado un campo de juego político que establece claramente un «dentro» y un «afuera» del «proyecto europeo», el único existente, el del capital y las estructuras del poder político que (con distintos ritmos) le acompañan. Por primera vez se da una polarización al respecto. Los que han decidido jugar «dentro» es que de una manera u otra forman parte de dichas estructuras. Lo quieran o no lo quieran, y ellos en su fuero interno lo saben. Ya no hay burladeros posibles. El «proyecto europeo» es un proyecto desnudo, más allá de los intereses puramente económico-monetariofinancieros, y de puro poder. No hay ningún «demos» que logre cubrir sus vergüenzas. Hace tiempo que se ha acabado toda simulación posible, aunque ahora queda de forma más clara en evidencia. Fuera del mismo, un conjunto enormemente heterogéneo de fuerzas y actores se están articulando entre sí, dentro de una apabullante diversidad, para luchar (a lo mejor sin saberlo) contra la única «Europa» posible. Porque a nuestro modesto entender otra «Europa» no es posible, pero eso por supuesto no está para nada claro, por el momento (¡sería nuestro deseo!), dentro de esa abigarrada amalgama de resistencias a la «Europa» que se nos impone.
Uno de los ámbitos de articulación de esa diversidad contestataria son los Foros Sociales Europeos. Estos surgieron al calor del proceso iniciado en Porto Alegre (Brasil) con la celebración del primer Foro Social Mundial, en enero de 2001. En su convocatoria los movimientos y colectivos sociales europeos cumplieron un papel muy relevante. Desde entonces hasta ahora se han celebrado cinco encuentros de dicho foro planetario de movimientos de resistencia a la «globalización». En 2004 tuvo lugar en Mombai, India. En 2005 ha vuelto con otro formato a Porto Alegre, y en 2007 se trasladará a África, no está claro aún si a Kenia o Costa de Marfil. En el territorio europeo, al igual que en otros continentes, se ha iniciado ya desde hace tres años la convocatoria de Foros Sociales Europeos (FSE): Florencia (2002), París (2003) y Londres (2004). En 2006 el Foro será en Grecia. Es una expresión más del llamado «movimiento de movimientos» o «movimiento antiglobalización», que en los últimos tiempos manifiesta un cierto repliegue en cuanto a su capacidad de movilización41, si bien los foros continúan siendo, por el momento, espacios de condensación de energía contestaria.
Los foros son un espacio de encuentro muy diverso, que sirven principalmente de lugar de debate y reflexión, aunque también valen para impulsar ciertas movilizaciones. Sin o sectoriales. Pero ahora parece que se ha iniciado una nueva etapa en la que el movimiento «antiglobalización» (como tal) se reconvierte en mayor o menor medida (quizás hacia un mayor enraizamiento en las luchas locales), dependiendo de los territorios, y vuelven a resurgir con perfiles propios muchas actividades de contestación y creación de alternativas locales y sectoriales que indudablemente han sido impregnadas y vivificadas por él, y que asimismo se siguen enlazando en mayor o menor medida con las dinámicas antagonistas más globales y su espíritu.
La postura, en general, que predomina dentro del FSE es de oposición al «proyecto europeo» neoliberal y de apoyo a otra posible «Europa». Si bien dentro de esa «otra Europa es posible» coexiste todo un abanico de posturas. Pero el hecho de que en el FSE propiamente dicho (no en las actividades paralelas al mismo) se haya abierto, en parte, un espacio a la presencia de la CES (Confederación Europea de Sindicatos) ha repercutido, entre otras razones, en una falta de un posicionamiento claro, contrario, a la llamada Constitución Europea; aunque, eso sí, se denuncie en sus declaraciones públicas su carácter neoliberal y antidemocrático. Es más, algunos sectores minoritarios del llamado movimiento «antiglobalización» (encuadrados, podríamos decir, en los posturas más «alterglobalizadoras» y «reformadoras») plantean la conveniencia de un «proyecto europeo» (no se atreven a defender abiertamente este que «tenemos»), como contrapeso al poder unilateral abiertamente agresivo de EEUU. Uno de sus portavoces más cualificados, Toni Negri (Negri, 2003; Arroyo, 2004; Negri, 2004), así se manifiesta claramente. Y lo mismo podríamos decir, a título personal, de otra figura representativa como Susan George, presidenta de ATTAC42. Son diversas las corrientes que, de una u otra forma, apoyan esta visión, y que llegan a caracterizar a «Europa» como una «potencia benévola» que puede contribuir a frenar a EEUU. El antiimperialismo antiyanqui de la «vieja izquierda» aún sigue pesando, y parece que todavía existe una mayor condescendencia respecto de «Europa» y al papel de ésta en el mundo. Sin embargo, el debate in crescendo en torno a la Constitución Europea está ayudando a delimitar posturas y está obligando a posicionarse claramente en torno a la misma. No caben opciones intermedias. En general, podríamos decir que coexisten dentro de la oposición al «proyecto europeo» dos (o más bien tres) grandes posturas: las «antieuropeístas» de uno u otro signo (es decir, de «izquierdas» o de «derechas»), y las «proeuropeístas» («progresistas») críticas43. Es lo que Durao Barroso (2004), presidente de la Comisión, califica como la «amenaza populista de izquierdas o de derechas» a la UE, conforme el consenso «centrista» (conservador, socialdemócrata, liberal y, ahora, «verde») en torno a la integración comunitaria va mermando poco a poco (en porcentaje de votos y, sobre todo, enpoblación que lo vota).
En principio, tanto los «antieuropeístas» (de «izquierdas») como los «proeuropeístas» críticos están convergiendo, en gran medida, en ese amplio espacio público difuso que comentábamos, ese «afuera» del «proyecto europeo», contra esta «Europa» del capital y la guerra, la que se plasma en la Carta Magna. Confluencia que tiene una gran importancia para poder frenar el proyecto de Constitución Europea y para resistir las políticas neoliberales que parten desde Bruselas. La denuncia de la Constitución está teniendo pues la virtud de ayudar a crear y aglutinar, en principio, esta amalgama de posiciones críticas diversas. Pues los hay que proclaman que lo que es necesario es todavía «Más Europa» (grupo de Izquierda Europea) para poder conseguir una «Europa social», sin que los Estados-nación desfallezcan, pues son éstos (según estas tesis) los que pueden meter en cintura al capital y, además, porque es en el marco de los Estados donde fundamentalmente se realiza todavía la vida política y social, y donde se desarrolla prioritaria-mente la lucha de clases. Es decir, plantean una reforma en profundidad de la actual UE. Otros plantean la refundación de «Europa» (Conferencia Anticapitalista Europea), para que pueda realmente alcanzar su contenido social, ambiental y democrático radical. Y en la misma línea, los más «radicales» —es decir, algunos grupos de la vieja izquierda extraparlamentaria— hasta formulan la necesidad de llegar a instaurar (no se sabe muy bien cómo) los «Estados Unidos Socialistas de Europa» (Chesnais, 2004). Las posiciones de Negri, aunque más «postmodernas», tampoco difieren mucho de estas visiones. Negri aboga por una «Europa» claramente federalista, con el fin de limitar, superar y diluir el Estado-nación; y después de coquetear con el «Sí» a la Constitución Europea —aunque con un «Sí, estratégico crítico», pues denunciaba el carácter neoliberal y antidemocrático de la Constitución—, últimamente parece que se decanta por impugnar ésta44. Si bien en una reciente visita suya a Madrid, argumentó que el «“Sí” abre» posibilidades de transformación y el «“No” cierra». En todas estas posturas críticas al «proyecto europeo» neoliberal parece que sigue funcionando de una u otra forma el mito de Europa, y que se refuerzan las dinámicas de crear nuevas estructuras de poder político, de carácter supraestatal, que forzosamente estarán alejadas de los ciudadanos, que serán de difícil (por no decir, casi imposible) control democrático y que, por tanto, serán cada vez más funcionales y permeables (se quiera o no se quiera) a los intereses de las estructuras de poder económico y financiero, que cada día operan de forma más centralizada (aunque también funcionen en red).
De cualquier forma, tiene una enorme importancia que lleguen a confluir en la contestación al «proyecto europeo» tanto los que creen que «otra Europa es posible» (entre los que no me encuentro) y aquellos que planteamos la necesidad de oponernos al «proyecto europeo» como tal (esto es, deconstruir «Europa»), que no es sino un proyecto de las elites europeas para ampliar y garantizar su dominio continental y global. El «proyecto europeo» es un proyecto desnudo más allá de los intereses económico-monetario-financieros, y de poder político y militar necesario para mantener y ampliar éstos. Y como decimos fuera del mismo, en toda la UE, un conjunto enormemente heterogéneo de fuerzas y actores se están articulando entre sí, dentro de una gran diversidad para luchar contra la única «Europa» realmente existente. Esa contestación abarca pues un amplio abanico de posturas que se extiende desde la reforma (en profundidad) a la deconstrucción de «Europa», pasando por su refundación. Su confluencia es clave para frenar el «proyecto europeo» que se nos está imponiendo, y como parte de él la Constitución Europea es un hito de enorme importancia que es preciso y posible frenar (a escala «europea»). Y es dentro de ese magma variopinto donde debemos debatir también, entre posturas muy distintas, acerca de cómo deconstruimos esta «Europa» y cómo debemos deconstruir también al mismo tiempo el Estado-nación, como forma de ir más allá de esta UE del capital y de la guerra crecientemente insostenible, y cada día más injusta socialmente y antidemocrática. Indudablemente, no hay respuestas ni alternativas sencillas a problemas y realidades muy complejas, pero hace falta otra cultura política y nuevas formas organizativas que nos permitan someter a crítica los mitos pasados y presentes (no sólo el de Europa, sino también, entre otros, los del «desarrollo» y el «crecimiento») y los clichés («revolucionarios») preestablecidos, así como las estructuras verticales de resistencia, para poder abrir nuevos horizontes no-eurocéntricos de transformación anticapitalista, antiimperialista y antipatriarcal.
38. En este texto se aborda el estudio del periodo que va desde el año 2000 hasta la actualidad, analizándose más en detalle en el libro en preparación el desarrollo en «Europa» del «nuevo espíritu del capitalismo», en los ochenta y noventa, y asimismo la evolución en ese periodo de las resistencias. En concreto, la creciente oposición a lo largo de los noventa dentro de la Unión al propio «proyecto europeo».
39. Propiciada por el capital que abandonaba los mercados financieros ante la caída de éstos y se refugiaba en el sector inmobiliario, y por la existencia de unos muy bajos tipos de interés que ha impulsado el crédito hipotecario y ha facilitado el endeudamiento privado.
40. Los grupos conservadores en general están más apegados a las estructuras del Estado-nación o, mejor dicho, representan más fielmente los intereses del capital «nacional», aunque defiendan también por supuesto el «proyecto europeo», sobre todo los de los grandes Estados, Francia y Alemania; mientras que la socialdemocracia, los liberales y ahora Los Verdes son más «europeístas», y objetiva e institucionalmente defienden mejor los intereses del capital transnacional «europeo». Si bien el Partido Popular Europeo ha dejado claramente su impronta en la nueva Constitución Europea.
41. Esquematizando (mucho), podríamos decir que el llamado movimiento «antiglobalización» irrumpió con una inusitada fuerza a escala mundial a finales de los noventa (y especialmente tras Seattle), y llegó a eclipsar, enredar, contaminar y potenciar (muy positivamente) otras resistencias y transformaciones anticapitalistas y antipatriarcales, locales. Sin embargo, por su dimensión y por las formas que adopta su convocatoria estos foros tienden a estar más bien hegemonizados por aquellos sectores del movimiento más cercanos a planteamientos institucionales o más próximos a la izquierda tradicional. Digamos que los sectores más autónomos o libertarios tienden a permanecer al margen, o más bien participan periféricamente en actividades paralelas que se organizan fuera de los mismos, aunque coincidiendo en tiempo y lugar (no sin tensión) con estos grandes eventos «alternativos». Lo cual hace de los mismos, momentos de intensa agregación en la diversidad, contaminación de las dinámicas y estructuras de contestación, y creación y reforzamiento de redes de resistencia y transformación. En cualquier caso, son hitos nuevos en las dinámicas antagonistas que están ayudando también, en el caso del FSE, a moldear la oposición al «proyecto europeo» a escala continental y, en menor medida, más allá de las fronteras de «Europa». Es algo reciente que no existía en el pasado, que puede ayudar a dar nuevas perspectivas a las luchas locales y sectoriales, para que no se agoten en sí mismas, aunque esta dinámica «forista» corre el peligro de ritualizarse e institucionalizarse.
42. ATTAC, como conjunto de organizaciones a escala europea —y no sin tensiones internas en algunos países— se ha decantado por el «No» a la Constitución Europea, pero desde una visión profundamente «europeísta»: a favor de «Otra Europa».
43. Los «antieuropeístas» del campo de la «izquierda» serían aquellos que se podrían enmarcar más o menos dentro de las corrientes anarquistas, libertarias y autónomas, que también se definen contra el Estado-nación; y los «europeístas» críticos se relacionarían en general con todas las variantes de la izquierda marxista tradicional (socialista, comunista, trotskista, etc.). Los grupos vinculados con movimientos sociales sin una adscripción política precisa oscilarían entre estos dos polos. Asimismo, en las distintas variantes del campo nacionalista progresista se pueden encontrar grupos que basculan también entre ambos posicionamientos, aunque cada vez más decantándose por el «antieuropeísmo», si bien propugnando la necesidad de alcanzar un Estado propio para sus pueblos. Las posturas «antieuropeístas» de derechas se agrupan en dos espacios dentro del Parlamento Europeo, el grupo «Europa de las Naciones», de la derecha nacionalista tradicional (fundamentalmente nórdica), y el grupo «Democracia y Libertad», que aglutina a organizaciones de la extrema derecha ultranacionalista, xenófoba, racista y hasta neonazi, que apoyan en todo caso un libre mercado a escala «europea», pero con Estados-nación fuertes que lo gestionen.
44. En unas declaraciones a El País de Cataluña (Arroyo, 2004), Negri criticaba la postura del «No» de izquierdas a la Constitución: «dicen No a Europa porque quieren más Europa. Pero no entiendo por qué rechazan empezar. Yo también quiero más, pero no voy a rechazar lo que ya tendremos». Y añadía que el que más se beneficiaría del «No» sería Bush. Más recientemente reclama otra Constitución, denunciando la Constitución emanada de la Convención: «Contra la Convención por la Constituyente», para lograr una Constitución contra la guerra, por la paz, por la renta de ciudadanía y la distribución igual de la riqueza, que permita la expresión del ansia de libertad de las multitudes, dentro y contra el Imperio. Eso sí, con la visión eurocéntrica de poder exportar la libertad y solidaridad europea a todo el globo (Negri, 2004).
Todo ello se ha llevado por delante el glamour de la «globalización feliz» de los noventa, y con ello (progresivamente) sus formas de dominio dulce. Posteriormente, la bajada de los tipos de interés a ambos lados del Atlántico Norte, para hacer frente a la caída de los mercados bursátiles (2000-2003) e intentar sortear los peligros de depresión-deflación mundial, ha logrado impulsar otra vez (parcialmente) los mercados financieros, insuflando una considerable capacidad de consumo y propiciando un cierto renacer de ese «nuevo espíritu del capitalismo», a pesar de que los tambores de guerra cada vez se oyen más cercanos, lo que distorsiona para muchos la capacidad integradora, alienadora y anestesiadora del consumismo irrefrenado. Además, las clases medias van a quedar en esta nueva etapa seriamente fracturadas. La fuerte expansión de la burbuja inmobiliaria en muchos países centrales39va a provocar una brusca ruptura entre propietarios y no propietarios, y va a hacer crecientemente inaccesible un bien de primera necesidad como es la vivienda para amplios sectores sociales, sobre todo cuando el Estado ya se ha desentendido de satisfacer esta necesidad básica. Y la propia dinámica del mercado está demandando, para continuar creciendo, mercantilizar los bienes y servicios públicos y precarizar el mercado laboral y la vida a todos los niveles. Todo lo cual genera un malestar social creciente que está siendo caldo de cultivo de nuevas des-afecciones, nuevas resistencias y, cómo no, también nuevas socialidades antagonistas, difíciles de marginalizar y criminalizar, al menos por el momento, por su carácter en muchos casos masivo (aunque limitado en el tiempo).
Por otro lado, el capital que ha integrado la vida entera de la clase trabajadora en su dinámica de acumulación, se encuentra que al haberlo conseguido ha incorporado también (sin quererlo) sus capacidades de resistencia dentro de ésta. Lo cual es un peligro potencial. Se podría decir que antes había un adentro y un afuera, es decir, el mundo del trabajador estaba fuera del mundo de la producción y acumulación del capital. Y se podían establecer, si era preciso, determinados «cortafuegos» entre un mundo y otro. Hoy en día no es así. No hay prácticamente mundo externo al capital en el Centro. Y las potenciales «resistencias» de las «multitudes» se plantean como un problema de primer orden para la necesidad de acumulación del propio capital. La capacidad de producción no la tiene sólo el capital, sino que hoy en día el concurso de una fuerza de trabajo que tiene en sí misma (como un todo) una capacidad de producción, un general intelect, es indispensable para el despliegue del propio ciclo de acumulación postfordista del capital en los países centrales (Negri y Hardt, 2004). De cualquier forma, a nuestro entender, el carácter antagonista de esas «resistencias» potenciales es bastante limitado y, además, está lastrado de la misma lógica que lubrica el sistema en su conjunto. La lógica del capital ha penetrado en la propia médula de la fuerza de trabajo, haciéndola partícipe de sus valores y pulsiones.
Una ola de movilizaciones contra el desmantelamiento social y la desregulación laboral
Sin embargo, las luchas que se han ido desarrollando en los últimos tiempos para enfrentarse a las «reformas estructurales» (privatización de la sanidad, de la educación, de las pensiones, desregulación laboral) que impone el nuevo capitalismo global —y que impulsa en nuestro caso la Comisión Europea, junto con los Estados de la Unión, en nombre de la nueva «Europa»— han logrado activar no sólo imponentes movilizaciones ciudadanas en estos últimos años, sino que, lo más importante, están incentivando el desarrollo (limitado) de nuevas socialidades antisistémicas. Estas nuevas socialidades que surgen de las propias dinámicas de estos conflictos están construyendo poco a poco nuevos «nosotros» (a escala subnacional y transnacional, al mismo tiempo), que se constituyen al margen y en gran medida en contra de estas dinámicas del capital y del poder político que le apoya. Las movilizaciones en Alemania contra las reformas neoliberales de Schröeder (Agenda 2010) bajo el lema «nosotros somos el pueblo» (Wir sind das Volk), han sido un perfecto ejemplo de ello. La Agenda 2010 promueve la implantación del workfare en sustitución del wellfare, es decir, la percepción de prestaciones sociales (disminuidas) si se acepta obligatoriamente un trabajo, el que dicte el mercado (eufemísticamente llamado «grado de empleabilidad»), pero no como un derecho adquirido y sin contraprestación. Pero también se han producido dinámicas similares en Francia, Italia, Austria, Holanda… y en España (huelga general por el «decretazo») contra las reformas laborales y el desmantelamiento del «Estado social», que hoy en día reclama el nuevo capitalismo «europeo» y global. Sin embargo, estas nuevas socialidades y resistencias son, por el momento, quebradizas y de una duración reducida, al menos en sus formas más visibles de irrupción pública.
Todo ello está dejando al descubierto (y, en menor medida, desgarrando) las, en teoría, estructuras de defensa de los intereses de los trabajadores: los grandes sindicatos de la CES (Confederación Europea de Sindicatos), que habían ofrecido su concurso a las estructuras comunitarias y a sus reformas, a cambio de su apoyo interesado para garantizar su continuidad, al tiempo que aseguran la gestión del «consenso productivo». La contestación al desmantelamiento del «Estado social» y a la desregulación creciente del mercado laboral se está impulsando principalmente desde fuera de la CES, por una pléyade de sindicatos alternativos y otras organizaciones sociales. Y esta brecha se está ampliando como resultado de la tramitación de una Constitución Europea que marca en mármol jurídico (y profundiza aún más) la «Europa» neoliberal. De hecho, la CES está siendo un baluarte fundamental en el apoyo a la aprobación a la Constitución Europea. Esto permite a las instituciones comunitarias y estatales contraargumentar los ataques al carácter neoliberal de la misma, resaltando la defensa decidida que el mundo sindical (mayoritario) hace de la Carta Magna, tras un tímido «Sí» crítico que esbozaron al principio. Hoy en día la CES al completo (salvo la CGT francesa) se está volcando como un todo, junto con el llamado Grupo de Contacto con la Sociedad Civil, ya mencionado, en la defensa a ultranza de la Constitución. ¡Cómo va a ser una Constitución neoliberal si la apoyan los sindicatos!, claman al unísono los grandes medios.
Este apoyo de la CES a la Constitución, que según ellos garantiza el modelo social europeo, se produce en paralelo a su rechazo —en una actitud verdaderamente esquizofrénica— a la llamada directiva Bolkestein, que forma parte de la Estrategia de Lisboa, elemento clave del nuevo «proyecto europeo». Una directiva que pretende liberalizar y privatizar el sector servicios, incluidos los servicios públicos, eliminando restricciones económicas, sociales o medioambientales que se puedan interponer en el camino de lograr un verdadero mercado único en el sector servicios a escala de la UE a Veinticinco. Esta directiva permite aplicar el denominado principio de «país de origen» a las empresas de servicios que operen en distintos países comunitarios, posibilitando la aplicación de la normativa social y laboral del país donde se ubica la sede de la empresa en cuestión al conjunto de centros en los que opera la misma a escala «europea», saltándose la normativa social, laboral o medioambiental del país en que funcione, si es que ésta es más estricta. Sería el fin de la negociación colectiva estatal, en donde los grandes sindicatos aún juegan un papel importante. Y posibilitaría segar la yerba bajo sus pies. Un objetivo a medio plazo de la patronal europea, aparte de conseguir desregular y precarizar al máximo los mercados laborales de la Unión. En el último Consejo Europeo (marzo de 2005) esta directiva ha quedado aprobada con condiciones, pues quizás va a ser retocada como resultado de la presión de Francia, ante el temor de un triunfo del «No» en el próximo referéndum. En esta batalla los países del Este, junto con el Reino Unido, todos ellos con escasa regulación social, laboral o medioambiental, estaban del lado de la Comisión y a favor de la directiva, ante la perspectiva de que muchas de las empresas de servicios de los Quince pudieran establecer sus sedes en sus principales capitales.
Por otro lado, Los Verdes a escala europea, que surgieron en los ochenta a partir de los movimientos sociales (pacifista, ecologista, feminista, etc.), especialmente en Alemania Occidental, y que supusieron en su momento un soplo de aire fresco en el panorama político, se han ido progresivamente institucionalizando. Hoy en día, son abiertamente afines al «proyecto europeo» y se puede decir que han pasado ya a formar parte de ese «adentro» que defiende la actual UE. No en vano su grupo guía forma parte desde hace varios años del gobierno federal en Alemania. Junto con la socialdemocracia y los liberales, se podría decir que los Verdes son los principales valedores del «proyecto europeo» que se defiende desde Bruselas, por encima de los Estados-nación, más aún que los grupos conservadores40. Daniel Cohn Bendit, Dani el Rojo, una de sus figuras estelares y actor renombrado del 68, está militando abiertamente para apoyar la Constitución Europea, aunque denuncie algunas de sus «limitaciones». Y sus sectores más críticos hace ya tiempo que se salieron de dicha formación. El apoyo en Alemania a la guerra de Afganistán fue el último coletazo que marcó su apego al poder, y el punto de inflexión final para el abandono definitivo de los que quedaban dentro con planteamientos pacifistas, su seña inicial y principal de identidad. Otros muchos lo habían ido haciendo paulatinamente a lo largo de estos años de su presencia en las instituciones. Se podría decir, esquematizando, que todos los «Fundis» se han ido y que ya sólo quedan los «Realos». Y este apoyo de Los Verdes a la Constitución Europea es también convenientemente utilizado desde las instituciones comunitarias y estatales para intentar desmontar las críticas contra el carácter crecientemente insostenible del «proyecto europeo».
La «batalla» en torno a la Constitución Europea define espacios antagonistas diversos
De repente, con el proceso de ratificación de la Constitución Europea, se ha creado un campo de juego político que establece claramente un «dentro» y un «afuera» del «proyecto europeo», el único existente, el del capital y las estructuras del poder político que (con distintos ritmos) le acompañan. Por primera vez se da una polarización al respecto. Los que han decidido jugar «dentro» es que de una manera u otra forman parte de dichas estructuras. Lo quieran o no lo quieran, y ellos en su fuero interno lo saben. Ya no hay burladeros posibles. El «proyecto europeo» es un proyecto desnudo, más allá de los intereses puramente económico-monetariofinancieros, y de puro poder. No hay ningún «demos» que logre cubrir sus vergüenzas. Hace tiempo que se ha acabado toda simulación posible, aunque ahora queda de forma más clara en evidencia. Fuera del mismo, un conjunto enormemente heterogéneo de fuerzas y actores se están articulando entre sí, dentro de una apabullante diversidad, para luchar (a lo mejor sin saberlo) contra la única «Europa» posible. Porque a nuestro modesto entender otra «Europa» no es posible, pero eso por supuesto no está para nada claro, por el momento (¡sería nuestro deseo!), dentro de esa abigarrada amalgama de resistencias a la «Europa» que se nos impone.
Uno de los ámbitos de articulación de esa diversidad contestataria son los Foros Sociales Europeos. Estos surgieron al calor del proceso iniciado en Porto Alegre (Brasil) con la celebración del primer Foro Social Mundial, en enero de 2001. En su convocatoria los movimientos y colectivos sociales europeos cumplieron un papel muy relevante. Desde entonces hasta ahora se han celebrado cinco encuentros de dicho foro planetario de movimientos de resistencia a la «globalización». En 2004 tuvo lugar en Mombai, India. En 2005 ha vuelto con otro formato a Porto Alegre, y en 2007 se trasladará a África, no está claro aún si a Kenia o Costa de Marfil. En el territorio europeo, al igual que en otros continentes, se ha iniciado ya desde hace tres años la convocatoria de Foros Sociales Europeos (FSE): Florencia (2002), París (2003) y Londres (2004). En 2006 el Foro será en Grecia. Es una expresión más del llamado «movimiento de movimientos» o «movimiento antiglobalización», que en los últimos tiempos manifiesta un cierto repliegue en cuanto a su capacidad de movilización41, si bien los foros continúan siendo, por el momento, espacios de condensación de energía contestaria.
Los foros son un espacio de encuentro muy diverso, que sirven principalmente de lugar de debate y reflexión, aunque también valen para impulsar ciertas movilizaciones. Sin o sectoriales. Pero ahora parece que se ha iniciado una nueva etapa en la que el movimiento «antiglobalización» (como tal) se reconvierte en mayor o menor medida (quizás hacia un mayor enraizamiento en las luchas locales), dependiendo de los territorios, y vuelven a resurgir con perfiles propios muchas actividades de contestación y creación de alternativas locales y sectoriales que indudablemente han sido impregnadas y vivificadas por él, y que asimismo se siguen enlazando en mayor o menor medida con las dinámicas antagonistas más globales y su espíritu.
La postura, en general, que predomina dentro del FSE es de oposición al «proyecto europeo» neoliberal y de apoyo a otra posible «Europa». Si bien dentro de esa «otra Europa es posible» coexiste todo un abanico de posturas. Pero el hecho de que en el FSE propiamente dicho (no en las actividades paralelas al mismo) se haya abierto, en parte, un espacio a la presencia de la CES (Confederación Europea de Sindicatos) ha repercutido, entre otras razones, en una falta de un posicionamiento claro, contrario, a la llamada Constitución Europea; aunque, eso sí, se denuncie en sus declaraciones públicas su carácter neoliberal y antidemocrático. Es más, algunos sectores minoritarios del llamado movimiento «antiglobalización» (encuadrados, podríamos decir, en los posturas más «alterglobalizadoras» y «reformadoras») plantean la conveniencia de un «proyecto europeo» (no se atreven a defender abiertamente este que «tenemos»), como contrapeso al poder unilateral abiertamente agresivo de EEUU. Uno de sus portavoces más cualificados, Toni Negri (Negri, 2003; Arroyo, 2004; Negri, 2004), así se manifiesta claramente. Y lo mismo podríamos decir, a título personal, de otra figura representativa como Susan George, presidenta de ATTAC42. Son diversas las corrientes que, de una u otra forma, apoyan esta visión, y que llegan a caracterizar a «Europa» como una «potencia benévola» que puede contribuir a frenar a EEUU. El antiimperialismo antiyanqui de la «vieja izquierda» aún sigue pesando, y parece que todavía existe una mayor condescendencia respecto de «Europa» y al papel de ésta en el mundo. Sin embargo, el debate in crescendo en torno a la Constitución Europea está ayudando a delimitar posturas y está obligando a posicionarse claramente en torno a la misma. No caben opciones intermedias. En general, podríamos decir que coexisten dentro de la oposición al «proyecto europeo» dos (o más bien tres) grandes posturas: las «antieuropeístas» de uno u otro signo (es decir, de «izquierdas» o de «derechas»), y las «proeuropeístas» («progresistas») críticas43. Es lo que Durao Barroso (2004), presidente de la Comisión, califica como la «amenaza populista de izquierdas o de derechas» a la UE, conforme el consenso «centrista» (conservador, socialdemócrata, liberal y, ahora, «verde») en torno a la integración comunitaria va mermando poco a poco (en porcentaje de votos y, sobre todo, enpoblación que lo vota).
En principio, tanto los «antieuropeístas» (de «izquierdas») como los «proeuropeístas» críticos están convergiendo, en gran medida, en ese amplio espacio público difuso que comentábamos, ese «afuera» del «proyecto europeo», contra esta «Europa» del capital y la guerra, la que se plasma en la Carta Magna. Confluencia que tiene una gran importancia para poder frenar el proyecto de Constitución Europea y para resistir las políticas neoliberales que parten desde Bruselas. La denuncia de la Constitución está teniendo pues la virtud de ayudar a crear y aglutinar, en principio, esta amalgama de posiciones críticas diversas. Pues los hay que proclaman que lo que es necesario es todavía «Más Europa» (grupo de Izquierda Europea) para poder conseguir una «Europa social», sin que los Estados-nación desfallezcan, pues son éstos (según estas tesis) los que pueden meter en cintura al capital y, además, porque es en el marco de los Estados donde fundamentalmente se realiza todavía la vida política y social, y donde se desarrolla prioritaria-mente la lucha de clases. Es decir, plantean una reforma en profundidad de la actual UE. Otros plantean la refundación de «Europa» (Conferencia Anticapitalista Europea), para que pueda realmente alcanzar su contenido social, ambiental y democrático radical. Y en la misma línea, los más «radicales» —es decir, algunos grupos de la vieja izquierda extraparlamentaria— hasta formulan la necesidad de llegar a instaurar (no se sabe muy bien cómo) los «Estados Unidos Socialistas de Europa» (Chesnais, 2004). Las posiciones de Negri, aunque más «postmodernas», tampoco difieren mucho de estas visiones. Negri aboga por una «Europa» claramente federalista, con el fin de limitar, superar y diluir el Estado-nación; y después de coquetear con el «Sí» a la Constitución Europea —aunque con un «Sí, estratégico crítico», pues denunciaba el carácter neoliberal y antidemocrático de la Constitución—, últimamente parece que se decanta por impugnar ésta44. Si bien en una reciente visita suya a Madrid, argumentó que el «“Sí” abre» posibilidades de transformación y el «“No” cierra». En todas estas posturas críticas al «proyecto europeo» neoliberal parece que sigue funcionando de una u otra forma el mito de Europa, y que se refuerzan las dinámicas de crear nuevas estructuras de poder político, de carácter supraestatal, que forzosamente estarán alejadas de los ciudadanos, que serán de difícil (por no decir, casi imposible) control democrático y que, por tanto, serán cada vez más funcionales y permeables (se quiera o no se quiera) a los intereses de las estructuras de poder económico y financiero, que cada día operan de forma más centralizada (aunque también funcionen en red).
De cualquier forma, tiene una enorme importancia que lleguen a confluir en la contestación al «proyecto europeo» tanto los que creen que «otra Europa es posible» (entre los que no me encuentro) y aquellos que planteamos la necesidad de oponernos al «proyecto europeo» como tal (esto es, deconstruir «Europa»), que no es sino un proyecto de las elites europeas para ampliar y garantizar su dominio continental y global. El «proyecto europeo» es un proyecto desnudo más allá de los intereses económico-monetario-financieros, y de poder político y militar necesario para mantener y ampliar éstos. Y como decimos fuera del mismo, en toda la UE, un conjunto enormemente heterogéneo de fuerzas y actores se están articulando entre sí, dentro de una gran diversidad para luchar contra la única «Europa» realmente existente. Esa contestación abarca pues un amplio abanico de posturas que se extiende desde la reforma (en profundidad) a la deconstrucción de «Europa», pasando por su refundación. Su confluencia es clave para frenar el «proyecto europeo» que se nos está imponiendo, y como parte de él la Constitución Europea es un hito de enorme importancia que es preciso y posible frenar (a escala «europea»). Y es dentro de ese magma variopinto donde debemos debatir también, entre posturas muy distintas, acerca de cómo deconstruimos esta «Europa» y cómo debemos deconstruir también al mismo tiempo el Estado-nación, como forma de ir más allá de esta UE del capital y de la guerra crecientemente insostenible, y cada día más injusta socialmente y antidemocrática. Indudablemente, no hay respuestas ni alternativas sencillas a problemas y realidades muy complejas, pero hace falta otra cultura política y nuevas formas organizativas que nos permitan someter a crítica los mitos pasados y presentes (no sólo el de Europa, sino también, entre otros, los del «desarrollo» y el «crecimiento») y los clichés («revolucionarios») preestablecidos, así como las estructuras verticales de resistencia, para poder abrir nuevos horizontes no-eurocéntricos de transformación anticapitalista, antiimperialista y antipatriarcal.
38. En este texto se aborda el estudio del periodo que va desde el año 2000 hasta la actualidad, analizándose más en detalle en el libro en preparación el desarrollo en «Europa» del «nuevo espíritu del capitalismo», en los ochenta y noventa, y asimismo la evolución en ese periodo de las resistencias. En concreto, la creciente oposición a lo largo de los noventa dentro de la Unión al propio «proyecto europeo».
39. Propiciada por el capital que abandonaba los mercados financieros ante la caída de éstos y se refugiaba en el sector inmobiliario, y por la existencia de unos muy bajos tipos de interés que ha impulsado el crédito hipotecario y ha facilitado el endeudamiento privado.
40. Los grupos conservadores en general están más apegados a las estructuras del Estado-nación o, mejor dicho, representan más fielmente los intereses del capital «nacional», aunque defiendan también por supuesto el «proyecto europeo», sobre todo los de los grandes Estados, Francia y Alemania; mientras que la socialdemocracia, los liberales y ahora Los Verdes son más «europeístas», y objetiva e institucionalmente defienden mejor los intereses del capital transnacional «europeo». Si bien el Partido Popular Europeo ha dejado claramente su impronta en la nueva Constitución Europea.
41. Esquematizando (mucho), podríamos decir que el llamado movimiento «antiglobalización» irrumpió con una inusitada fuerza a escala mundial a finales de los noventa (y especialmente tras Seattle), y llegó a eclipsar, enredar, contaminar y potenciar (muy positivamente) otras resistencias y transformaciones anticapitalistas y antipatriarcales, locales. Sin embargo, por su dimensión y por las formas que adopta su convocatoria estos foros tienden a estar más bien hegemonizados por aquellos sectores del movimiento más cercanos a planteamientos institucionales o más próximos a la izquierda tradicional. Digamos que los sectores más autónomos o libertarios tienden a permanecer al margen, o más bien participan periféricamente en actividades paralelas que se organizan fuera de los mismos, aunque coincidiendo en tiempo y lugar (no sin tensión) con estos grandes eventos «alternativos». Lo cual hace de los mismos, momentos de intensa agregación en la diversidad, contaminación de las dinámicas y estructuras de contestación, y creación y reforzamiento de redes de resistencia y transformación. En cualquier caso, son hitos nuevos en las dinámicas antagonistas que están ayudando también, en el caso del FSE, a moldear la oposición al «proyecto europeo» a escala continental y, en menor medida, más allá de las fronteras de «Europa». Es algo reciente que no existía en el pasado, que puede ayudar a dar nuevas perspectivas a las luchas locales y sectoriales, para que no se agoten en sí mismas, aunque esta dinámica «forista» corre el peligro de ritualizarse e institucionalizarse.
42. ATTAC, como conjunto de organizaciones a escala europea —y no sin tensiones internas en algunos países— se ha decantado por el «No» a la Constitución Europea, pero desde una visión profundamente «europeísta»: a favor de «Otra Europa».
43. Los «antieuropeístas» del campo de la «izquierda» serían aquellos que se podrían enmarcar más o menos dentro de las corrientes anarquistas, libertarias y autónomas, que también se definen contra el Estado-nación; y los «europeístas» críticos se relacionarían en general con todas las variantes de la izquierda marxista tradicional (socialista, comunista, trotskista, etc.). Los grupos vinculados con movimientos sociales sin una adscripción política precisa oscilarían entre estos dos polos. Asimismo, en las distintas variantes del campo nacionalista progresista se pueden encontrar grupos que basculan también entre ambos posicionamientos, aunque cada vez más decantándose por el «antieuropeísmo», si bien propugnando la necesidad de alcanzar un Estado propio para sus pueblos. Las posturas «antieuropeístas» de derechas se agrupan en dos espacios dentro del Parlamento Europeo, el grupo «Europa de las Naciones», de la derecha nacionalista tradicional (fundamentalmente nórdica), y el grupo «Democracia y Libertad», que aglutina a organizaciones de la extrema derecha ultranacionalista, xenófoba, racista y hasta neonazi, que apoyan en todo caso un libre mercado a escala «europea», pero con Estados-nación fuertes que lo gestionen.
44. En unas declaraciones a El País de Cataluña (Arroyo, 2004), Negri criticaba la postura del «No» de izquierdas a la Constitución: «dicen No a Europa porque quieren más Europa. Pero no entiendo por qué rechazan empezar. Yo también quiero más, pero no voy a rechazar lo que ya tendremos». Y añadía que el que más se beneficiaría del «No» sería Bush. Más recientemente reclama otra Constitución, denunciando la Constitución emanada de la Convención: «Contra la Convención por la Constituyente», para lograr una Constitución contra la guerra, por la paz, por la renta de ciudadanía y la distribución igual de la riqueza, que permita la expresión del ansia de libertad de las multitudes, dentro y contra el Imperio. Eso sí, con la visión eurocéntrica de poder exportar la libertad y solidaridad europea a todo el globo (Negri, 2004).
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