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La compleja construcción de la Europa superpotencia - La difícil digestión de la ampliación al este de la UE

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Monografía creado por Ramón Fernández Durán. Extraido de: http://www.rebelion.org/seccion.php?id=24
25 de Enero de 2006
Ciencias socialesHistoriaPensamiento y política

4 - La difícil digestión de la ampliación al este de la UE

Tras la caída del Muro de Berlín, las elites de los países del Este veían con muy buenos ojos su incorporación (dependiente) a la UE, su área «natural» de mercado, pues era la forma de poder seguir creciendo económicamente y conservar su poder, no sin importantes reestructuraciones internas y tras un brusco ajuste para adaptarse al nuevo mundo capitalista. Y sus pueblos soñaban asimismo, entonces, con pertenecer a la Unión y llegar a ser como los europeos occidentales. Sin embargo, el temor al poder militar de Rusia, su antiguo opresor, hacía que dichas elites fueran muy influenciables también a la capacidad de protección que les pudiera ofrecer el «amigo americano»1. Y éste corría gustoso a brindársela, pues la ampliación al Este de la UE podía configurar un «proyecto europeo» que fuera un verdadero reto para la hegemonía mundial de EEUU. La UE era, se decía irónicamente, «un gigante económico (y no tanto financiero), un enano político y un gusano militar», y EEUU quería que así siguiera siendo, para que el euro (sin un fuerte sustento político-militar) no llegara a ser una amenaza para el dólar.

Ya a principios de los noventa, tras Maastricht (que marcaba el camino hacia la moneda única), la actitud del FMI (en el que la influencia de EEUU es determinante) contribuyó de forma importante al estallido de la antigua Yugoslavia2 (Chossudovsky, 1996). Una crisis que ocasionó una verdadera guerra civil interétnica en pleno patio trasero de la UE, viéndose ésta obligada a aceptar la presencia y mediación estadounidense, así como la actuación de la OTAN. La región no sería «pacificada» hasta los acuerdos de Dayton (1997), que se firman en suelo estadounidense e implicarían la presencia sobre el terreno hasta ahora de la Alianza Atlántica y, por consiguiente, de las tropas de EEUU3. Más tarde, Clinton promueve, también en 1997, que los tres principales países del Este (Polonia, República Checa y Hungría) ingresasen en la OTAN en 1999, año de irrupción del euro; es decir, mucho antes que en la UE, en la que no lo harían formalmente hasta mayo de 2004. Curiosamente, 1999 es también el año en que la OTAN lanza la guerra contra Yugoslavia, donde los países europeos quedan divididos y ninguneados por la estrategia avasalladora de la «guerra humanitaria» impulsada por EEUU, el capo de la Alianza Atlántica, a las puertas de la UE. Y todo ello, al margen del Consejo de Seguridad de la ONU (por la amenaza de veto de Rusia). Es una demostración de fuerza indiscutible de EEUU (apoyado claramente por Gran Bretaña), que quizás sea una de las razones del reforzamiento del dólar respecto al euro en su primera etapa de recorrido. Además, es asimismo a lo largo de 19994 (hasta mediados de 2000) que EEUU y Gran Bretaña lanzan bombardeos continuos sobre Irak de Saddam Hussein, lo que contribuye a impulsar fuertemente el precio del petróleo en dólares (había caído hasta casi 10 dólares en 1998) y a reforzar igualmente el billete verde, en detrimento del euro (Giordano, 2002). Este alza del crudo iba a tener un especial impacto en la UE.

Y es por todo ello, muy probablemente, por lo que en 1999 la UE decide hacer de la ampliación al Este un gran big bang, es decir, un acto único en el que todos (salvo Rumanía y Bulgaria) ingresasen al mismo tiempo, con el fin de acelerar y «simplificar» el gran salto adelante. Hasta entonces había predominado la idea de una ampliación gradual. Pero el temor a una degradación paulatina de la situación en el Este (azuzada «tal vez» por EEUU) hace que la UE cambie de estrategia y decida llevar a cabo una macroampliación como nunca se había dado en toda su historia. Nada más y nada menos que diez nuevos países, que presentaban muy acusadas diferencias con los Quince. Igualmente, a finales de 1999, la UE decide crear una Fuerza de Intervención Rápida de 60.000 miembros, que estuviera operativa para 2003 —es decir, cuando el euro circulase ya físicamente—; y se establece la figura de Mr PESC, que recae en Javier Solana, con el fin de intentar coordinar la diplomacia exterior comunitaria. No en vano Kissinger decía que no sabía dónde llamar dentro de la UE, a qué capital, cuando tenía que lidiar con temas de política exterior con «Europa».

De todas formas, el acceso de los países del Este a la UE se va demorando por la complejidad de su tránsito a la economía de «libre mercado», pilotada con mano de hierro por el FMI y el BM, y la dificultad de su incorporación al Mercado Único (por la adaptación a sus más de 20.000 directivas, de las que no podían cambiar ni una coma), impuesta del mismo modo por la Comisión Europea. Todo ello implica una fortísima reestructuración interna y muy duros «ajustes estructurales» de gran impacto económico y social: importantes devaluaciones de sus monedas, hiperinflación, elevado desempleo, desmantelamiento de la protección social, privatización de servicios públicos, reforzamiento de la desigualdad y exclusión social, etc. Igualmente, el retraso de su incorporación se debe a la enorme dificultad de crear un edificio institucional que permitiera su acogida en la UE, pero que garantizara al mismo tiempo el firme control de los países centrales de la misma. El Tratado de Niza era una solución de compromiso que iba a permitir tan sólo el ingreso de los países del Este, pero ya quedó claro cuando se aprobó que era preciso ir más allá y definir una estructura institucional (un nuevo Tratado para 2004) que garantizara un claro predominio de los países centrales de la UE, y un sistema de toma de decisiones «ágil» que limitase las minorías de bloqueo (que posibilitaba Niza), sobre todo por parte de los países periféricos. Es decir, se hacía muy difícil plasmar cómo iba a funcionar una «Europa a distintas velocidades», que además le permitiese a la Unión dejar de ser «un enano político y un gusano militar» a nivel mundial.

Tras el «fracaso» de Niza, empiezan las tensiones en torno a la futura Constitución

Nada más aprobarse el Tratado de Niza por el Consejo Europeo (diciembre de 2000) empieza el baile de propuestas sobre el futuro de la UE, que pasan a ser formuladas por las principales potencias. Alemania plantea un diseño de la futura Unión claramente federalista, con una fuerte Comisión que actuase de poder ejecutivo con muy amplias competencias. Y el propio Schröeder es el que primero habla, en enero de 2001, de que el nuevo Tratado de la «Europa» federal tuviera rango «constitucional». El presidente de la Comisión, Prodi, apoya asimismo la idea de una Constitución para «Europa». Francia matiza y recorta esta propuesta, esbozando un sistema institucional de índole confederal, de forma que los Estados-nación, y muy en concreto ella misma, no viesen diluido su poder y capacidad de influencia en la futura UE. Y París, en un primer momento, se distancia de la idea de una Constitución para la futura UE. Por otro lado, Gran Bretaña, apoyada en gran medida por la Italia de Berlusconi, propone una futura Unión en la que predominase su carácter de amplio territorio sometido a la lógica del libre mercado, en la que los Estados conservasen sus atribuciones, sobre todo en los aspectos políticos (y muy especialmente en el ámbito exterior) y militares; de esta forma iba a poder hacer valer mejor su importante poderío militar, su gran proyección mundial y su función de charnela entre las dos orillas del Atlántico Norte, garantizando (y utilizando en beneficio propio) su papel de plataforma principal de los intereses de EEUU de cara al espacio de la Unión. Por supuesto, Londres era también el más reticente, entre los grandes, a la idea de que el futuro Tratado fuera una «Constitución Europea». El resto de los Estados de la UE, de mucho menor peso específico, se iban a alinear en mayor o menor medida con estas posturas de los grandes. De hecho, Aznar va a ir basculando la posición española cada vez más hacia la propuesta británica e italiana, haciendo valer también el reforzamiento de su vínculo con EEUU, especialmente tras la llegada de Bush a la presidencia (2001).

Por otro lado, la definición del futuro institucional de la Unión se había complicado en muy gran medida, pues la UE a Quince manifestaba ya importantes tensiones internas. El eje franco-alemán no funcionaba tan fluidamente como en otras épocas, máxime tras la creación de la Gran Alemania después de la reunificación y (sobre todo) tras la aprobación de Niza5. Gran Bretaña (fuera del euro) mostraba cada día más reticencias ante el reforzamiento institucional de la UE. Los nuevos países incorporados en 1995 (Suecia, Finlandia, Austria) eran claramente «euroescépticos» (especialmente sus poblaciones y, por ende, en menor medida, sus gobiernos). Y los países-«cohesión» (España, Irlanda, Portugal y Grecia) veían también con temor la pérdida del maná de los fondos de cohesión y los fondos estructurales en una UE con 25 o más miembros. Todas las negociaciones para conseguir esa futura «Europa» se hacían enormemente complejas, pues en paralelo crecía el rechazo a la ampliación en la UE de los Quince (especialmente dentro de Francia y Alemania). Además, se iba desvaneciendo el fulgor inicial de la Unión en los países del Este, como demostró la (en general) muy alta abstención en los referendos de acceso a la Unión; a pesar del chorreo de dinero que les llegó de Bruselas directamente para marketing político comunitario. En términos de aceptación social, se puede afirmar que los países del Este dan un «Sí» (mayoritario pero) agónico a la UE. Los ciudadanos del Este se vislumbraban ya a sí mismos como miembros de segunda clase en la nueva UE ampliada. Y algunos entre ellos, los más frágiles, empezaban a añorar la seguridad vital que al menos les brindaban los anteriores regímenes de «socialismo real».

Además, no era fácil integrar en las estructuras comunitarias a unos países con una renta muy inferior a la media de la UE a Quince (el 40%), con un PIB relativo de carácter residual (el 5% del de la UE sin ampliar), elevados desequilibrios macroeconómicos (alta deuda externa e interna, importantes déficits públicos, elevada inflación, etc.), diferencias muy fuertes de productividad (unas cinco veces más baja que los Quince), y un muy considerable mundo rural poco industrializado y de bajo nivel tecnológico y productividad (es decir, con una población activa agraria hasta cinco veces mayor que la UE a Quince, con abundante presencia de pequeñas explotaciones familiares) (Economistas Europeos, 2002). Asimismo, a pesar de que los salarios eran dos y tres veces inferiores a la media de los Quince, y las pensiones hasta tres o cuatro veces más reducidas, los precios de los productos básicos caminaban aceleradamente al nivel de la media de los países del Eurogrupo (Kutsar y Karelson, 2004). La absorción pues por la UE de ese amplio espacio iba a significar un enorme impacto en sus sociedades —lo estaba suponiendo ya—, y el gasto comunitario que demandaba la amortiguación de dicho choque podría ser ingente. Es decir, considerablemente mayor al que en su día había supuesto (y está suponiendo) la incorporación de la RDA a la Gran Alemania6. Especialmente en el capítulo agrícola, de acuerdo con las normas de la PAC. De hecho, se establece un periodo de transición hasta 2013, una vez que haya mermado sustancialmente la actividad campesina menos modernizada y familiar, para acceder plenamente a las ayudas agrícolas, con el fin de reducir drásticamente las necesidades que se hubieran deducido tan sólo en este capítulo.

A ello se sumaba que los países del Este tenían una fuerte inestabilidad política, consecuencia del colapso del socialismo real y del rápido tránsito al capitalismo salvaje, con unas muy débiles y poco legitimadas instituciones (administración en general, partidos, sindicatos), que hacían difícil su gobernabilidad. La ampliación al Este, por tanto, que era consecuencia de la lógica (expansiva) de mercado y del afán de codicia de las elites económicas y financieras europeoccidentales (Balanyá et al., 2000), era mucho más difícil plasmarla en términos políticos, máxime cuando eso chocaba con los intereses de EEUU, y cuando la hiperpotencia podía utilizar dicha ampliación para poner todo tipo de trabas a la consolidación (profundización) del proyecto político y militar de la UE. Quizás la ventaja más clara que se derivaba de la ampliación de la UE es que con ella quedaba para siempre cerrada cualquier posibilidad de armonización (al alza) de la «Europa social», ante las diferencias abismales existentes en ese terreno. Además, la ampliación impulsaría una competitividad feroz que iba a ser un factor de disciplinamiento y chantaje de enorme importancia a la fuerza de trabajo de la UE a Quince, por el propio funcionamiento de un Mercado Único a Veinticinco, por la amenaza de deslocalizaciones empresariales masivas a los nuevos socios comunitarios y por la propia competencia interna de una fuerza de trabajo inmigrante, de los nuevos miembros de la Unión, que iba a obligar a desregular y flexibilizar (aún más) el mercado de trabajo de los antiguos socios de la UE.



1. Y era asimismo una forma de reforzar su capacidad de negociación de cara a su ingreso en la UE (y una vez dentro de ella).

2. Junto con el reconocimiento de Eslovenia por parte de Alemania.

3. Desde 2004 las tropas «europeas» se han hecho cargo de la situación en Bosnia, pero la OTAN sigue presente todavía en otros territorios de la ex Yugoslavia (Kosovo).

4. En realidad desde noviembre de 1998 (Giordano, 2002).

5. El Tratado de Niza reconoce por primera vez una mayor capacidad de decisión de Alemania respecto de Francia, al hacer intervenir indirectamente el peso demográfico en temas que se adoptan por mayoría cualificada.

6. Por otra parte, ese gasto ingente ha sido incapaz de integrar en el mercado laboral a gran parte de las poblaciones de la antigua Alemania del Este, y hoy en día sus tasas de paro duplican las ya altas de la antigua Alemania Occidental.
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