¿Qué pasará con los nuevos países miembros en la UE a Veinticinco, la mayoría de los cuáles tienen una abultada deuda externa debido a los créditos del FMI y el BM para garantizar su tránsito al «libre mercado» y su integración en la economía global, así como a consecuencia también de los créditos del BERD (Banco Europeo para la Reconstrucción y Desarrollo) y del BEI (Banco Europeo de Inversiones)21 para su necesaria adaptación a las exigencias del Mercado Único? ¿Y cuando ingresen Rumanía y Bulgaria, en 2007, tal como está aprobado, y más tarde Croacia, así como quizás en su día Turquía? Países estos que a todo ello suman una situación económico-financiera aún más precaria y cuyo salto en términos de «desarrollo» y grado de modernización con la UE actual es abismal. ¿O cuando entren en la UE los seis países balcánicos22, como está previsto en principio asimismo a medio plazo? Espacio geográfico que como añadido suma una situación interna explosiva, azuzada también por las políticas que imponen el FMI y el BM para hacer frente a su deuda externa, y por el peso adicional que les suponen los préstamos del BERD y el BEI, destinados a cubrir las demandas de la Comisión (y del capital europeo) con el fin de integrar dichos territorios en la UE.
Bueno, el anterior presidente Prodi dejó meridianamente claro, para apaciguar y contentar a los mercados financieros, que el hecho de que todos estos países ingresen en la UE, cuando lo hagan, para nada quiere decir que lleguen a formar parte del Eurogrupo, la Bussiness Class de la UE ampliada. No vaya a ser que las manzanas malas contaminen a las buenas y afecte la «podredumbre» (es decir, la desconfianza) a toda la cesta. Hay que salvaguardar como sea la credibilidad del euro. Además, el BCE en ningún caso acudirá en «socorro» de los países periféricos de la futura UE que se encuentren eurizados (es decir, con el euro como moneda de curso legal, pero sin formar parte del Eurogrupo o ni siquiera de la propia UE), como ya ocurre con algunos territorios de la ex Yugoslavia (Kosovo y Montenegro)23; pues hasta en el seno del Eurogrupo cada Estado es el único responsable del pago de su deuda pública, soportando distintos niveles de riesgo, y para nada hay una responsabilidad colectiva común. Es decir, cada palo que aguante su vela. De hecho, Italia ha visto cómo los mercados elevaban su «prima de riesgo» ante el alto volumen de su deuda estatal. Si bien hasta en el propio Eurogrupo el «mal» comportamiento de un Estado, de acuerdo con el parecer de los mercados financieros, puede acabar afectando a la credibilidad del conjunto.
Se consolidará, pues, una «Europa» con un centro fuerte y distintas periferias que tendrán sus mercados abiertos a los poderes económicos y financieros centrales y que sufrirán estas dinámicas como todas las periferias. Ese centro fuerte se estructurará probablemente en torno al Eurogrupo (con algún añadido más de los Quince fuera del euro: Gran Bretaña, o hasta Suecia y Dinamarca), pero tal vez exista un núcleo duro aún más potente dentro del mismo, todavía por definir (quizás, los contribuyentes netos). A nadie se le escapa la difícil estabilidad y legitimidad política interna de esta «Europa (cada día más amplia y) a distintas velocidades», especialmente en sus espacios periféricos del Este, compuestos por Estados de reciente creación en términos históricos (algunos de menos de una década de existencia), muchos de ellos poco consolidados y otros crecientemente cuestionados —es decir, débilmente legitimados— y todos ellos altamente endeudados. Los países del Este después de muchos años preparándose para entrar en la UE se encontrarán con que, una vez dentro, estarán otra vez fuera de donde se corta el bacalao. Salvando las distancias, serán como una especie de México en relación con EEUU dentro del Tratado de Libre Comercio, aunque eso sí con ciertas ayudas limitadas en el mundo rural (respecto a las que todavía tienen derecho los Quince) hasta que el propio mercado reestructure fuertemente su agricultura (es decir, muy disminuidas de aquí al 2013), que no podrá soportar en general la competencia feroz de la agricultura altamente industrializada (y subvencionada) de los Quince; y ciertos fondos estructurales hasta que se construyan también las infraestructuras necesarias (sobre todo viarias) para conectar sus mercados entre sí y con el corazón de la UE. Una parte importante de esta inversión en infraestructuras se está haciendo con préstamos del BERD y del BEI.
Esta UE ampliada a «distintas velocidades» será muy difícilmente gobernable, a pesar de que la nueva Constitución haya previsto mecanismos para intentar facilitar su «manejabilidad» por el núcleo duro central: las «cooperaciones reforzadas» y un sistema de toma de decisiones que las posibilita, aunque no tan favorable como el que deseaban los principales Estados centrales24. Pero el problema en esta «Europa» de «geometría variable» (otro eufemismo empleado por la burocracia de Bruselas), no va a ser tanto crear una vanguardia (que también), sino sobre todo administrar la gestión de la retaguardia. Una retaguardia que va a ver cómo se agudizan las crisis de sus estructuras políticas, como resultado de las propias dinámicas de funcionamiento de la UE ampliada, que será una especie de «neocolonialismo» de los espacios centrales sobre estos espacios periféricos; lo está siendo ya y lo será aún más en el futuro (Estévez, 2004). La convergencia prometida no será tal, aunque puedan existir enclaves altamente modernizados en estos espacios periféricos. Sin embargo, los países «perdedores» (condicionados por la difícil situación sociopolítica interna que se verán obligados a lidiar) disponen de ciertos instrumentos institucionales que amenazan con entorpecer un funcionamiento «ágil» y «fluido» en la propia UE a Veinticinco, es decir, sin ulteriores ampliaciones. Sólo su presencia en la Comisión, con un comisario por país (hasta el 2014), les va a dar una capacidad de influencia (y resistencia) —eso sí, limitada— que hasta ahora no tenían. Lo mismo se puede decir acerca de su presencia en el Consejo, que pueden hacer valer (aunque de forma residual) en la toma de decisiones; sobre todo porque hasta 2009 sigue funcionando el sistema de toma de decisiones pactado en Niza, que hace más fácil las minorías de bloqueo. Y además, sus fuertes vínculos con Washington prometen ser un dolor de cabeza continuo para las estructuras comunitarias. Máxime desde el momento en que esos lazos se vean reforzados al trasladar EEUU sus bases militares desde Europa occidental a estos nuevos miembros de la OTAN, de acuerdo con sus planes.
En definitiva, todos los países de esa «Europa de geometría variable» estarán afectados por las normas del Mercado Único, es decir, tendrán sus fronteras abiertas a la libre circulación de mercancías, servicios y capitales (que no a los ciudadanos de los nuevos Estados de la Unión), se hallarán en la órbita del euro (aunque no estén integrados en el Eurogrupo) y deberán ajustarse a las pautas que adopte el BCE, independientemente de la situación económica interna por la que atraviesen. Además, la Comisión utilizará el chantaje del acceso a los fondos estructurales para doblegar las posibles actitudes reacias de los nuevos miembros a aceptar las exigencias de Bruselas, o podrá llegar a utilizar la posibilidad de bloquear la llegada de sus mercancías a los mercados de los países centrales (paralizando sus exportaciones) si los recién ingresados no cumplen con lo establecido. Ya está amenazando con ello. Pero a nadie se le escapa que esto puede generar tensiones dentro de la UE ampliada difícilmente gestionables. Se podría pues afirmar que las principales fuerzas económicas y financieras que han sido las grandes valedoras de la expansión de la UE (Balanyá etal., 2000), con el fin de apropiarse y beneficiarse de sus recursos productivos, humanos y materiales —incluido el caso de Turquía (ERT, 2004)—, ganando al mismo tiempo escala mundial, han dejado en manos del poder político la gestión de un proceso enormemente complejo, al tiempo que le exigen que profundice también la estructura institucional del corazón de esta «Europa» cada día más amplia, cada día más compleja y cada vez más difícilmente gobernable.
Un cordón económico y securitario (próximo) exterior a la UE
Por otro lado, con el espacio exterior a esta UE (a veinticinco por el momento, y en torno a treinta en pocos años más), la Unión está estableciendo también —o piensa hacerlo— acuerdos de «libre comercio» que tendrán un fuerte impacto (desarticulador) sobre sus sociedades. El «orden» interno que propulsa el funcionamiento del mercado en el núcleo duro de la UE genera cada vez más desorden en las distintas periferias que va incorporando en su despliegue, sobre todo en aquellas más «periferizadas» (valga la redundancia). Estas dinámicas de «libre comercio» se están impulsando tanto hacia el Mediterráneo sur y este (área de libre comercio en el Mare Nostrum para el 2010), como hacia Rusia, Ucrania y Bielorrusia. No se contempla, en estos casos, la incorporación de estos territorios al proyecto político (y militar) de la Unión, muy especialmente en relación con los países del Magreb y Mashrec, pero tampoco (por el momento) respecto a los países europeos que se sitúan más al este de la futura Unión, generándose una división artificial entre lo que es y no es «Europa» dentro de la propia Europa geográfica. Habrá que ver si en el próximo futuro se produce un cambio respecto a la posible incorporación de Ucrania, cómo es la gestión del nuevo presidente Yúshenko surgido de la «revolución naranja». Parece en principio difícil después de los rechazos que ha suscitado la decisión de incorporación (condicionada) de Turquía y las nuevas barreras que ya se están levantando por algunos países centrales a futuras ampliaciones no previstas, aunque sean dentro de la Europa geográfica. La monopolización del marchamo de «europeidad» la establecen los actuales poderes comunitarios y los Estados centrales de la Unión. Es más, está en marcha un recrudecimiento de la «Europa fortaleza» para aislar a la UE de sus espacios perimetrales, aunque sean del Este y aunque se hayan relacionado abiertamente con ellos durante siglos. Hoy en día se levanta un nuevo «telón de acero» (por mar y tierra) en relación con todos estos espacios periféricos en nombre del «libre mercado». Curiosamente, se permitirá que las mercancías franqueen en una u otra dirección (también de acuerdo a los criterios que imponga la UE) estas barreras, pero no así los flujos inmigratorios que probablemente experimenten un fuerte auge como resultado de la profundización del funcionamiento de estas periferias al servicio (y en beneficio) de los intereses de los espacios centrales de la Unión. Y todo ello al tiempo que se pretende desarrollar una Política Europea de (buena) Vecindad, esto es, que se intenta crear un círculo de «amigos» (con sus elites25) alrededor de esta UE ampliada. Dicha política contempla la coordinación de las políticas policiales y militares de estos países periféricos con las de la Unión, en función de los intereses securitarios del «proyecto europeo». Pero estos objetivos pueden entrar en fricción, en concreto, con los planes que despliega la hiperpotencia en el Magreb y el Mashrec, dentro de su proyecto del «Gran Oriente Próximo democrático» (que alcanza a todo el mundo árabe-musulmán, de Marruecos a Irak). De cualquier forma, existe una indefinición acerca de las futuras fronteras de la Unión, que está afectando a su propia credibilidad como proyecto, que necesita (para afianzarse) definir un espacio para el «nosotros» que nos separe claramente de los «otros»; y que supedite y margine a los «otros» que ya están en su interior. ¿Pero, entonces, qué proyecto político es la UE que no se sabe bien hasta dónde abarcará? ¿Dónde acaban las fronteras de la «construcción europea» y cómo se podrán defender éstas de las avalanchas de inmigración «ilegal» con que nos alerta la extrema derecha? Esto es: ¿cómo se podrá blindar una «Europa fortaleza» de más de seis mil kilómetros de fronteras terrestres cuando todo ello tenga lugar? ¿Qué coste tendrá y qué problemas se derivarán de estar pared con pared con Rusia, Bielorrusia, Moldavia, Ucrania (?) y hasta con Siria, Irán, Irak, Georgia y Armenia (si es que finalmente entra Turquía)? ¿O es que habrá otra frontera interna más impermeable?26 No sólo serán necesarias abundantes fuerzas policiales, sino muy seguramente también militares. Humberto Bossi, de la Liga Norte, ha llegado a plantear que la marina de guerra italiana disparara en alta mar contra los barcos de los «sin papeles». Y es por todo ello, a pesar de esta (por el momento) boutade, y sobre todo por las necesidades que se derivan del Documento Solana (CCEE, 2003), por lo que los principales Estados piden (pues ése es el papel que les asignan) que los gastos de Defensa no computen a la hora de tener que cumplir con el Pacto de Estabilidad, al tiempo que incrementan los gastos de «seguridad interior». Esta exigencia la formulan especialmente Francia y, muy en concreto, Alemania. «Europa» gasta menos de la mitad en Defensa que EEUU, y si se quiere convertir en una verdadera superpotencia mundial… pues ya se sabe. Es decir, la cuadratura del círculo. La propia Comisión propone dedicar parte del presupuesto comunitario al control y «gestión» de los flujos inmigratorios (incluida la ayuda económica a los Estados para la expulsión de los «sin papeles»), lo que disminuirá asimismo los saldos disponibles para otros quehaceres. Y hasta se plantea crear centros de control de inmigrantes en el Magreb, financiados por la Unión, verdaderos campos de concentración (controlados por los Estados respectivos) para todos aquellos que quieran acceder a la prometida UE (incluidos los solicitantes de asilo), en los que se elegirán a los escogidos (de acuerdo con las políticas de inmigración comunitarias).
21. El BEI es un gigante opaco y poco conocido que tiene más capacidad de actuación (en volumen de préstamos) que el Banco Mundial y que posee una proyección global, aunque sus áreas más importantes de actuación son, hasta ahora, los países del este europeo y los países del sur y este del Mediterráneo.
22. Albania, Croacia, Bosnia-Herzegovina, Macedonia, Serbia y Montenegro. Croacia será el primero de ellos en ingresar en la UE.
23. Los países eurizados, como aquellos dolarizados, no reciben los beneficios de emitir moneda, los llamados derechos de señoreaje. Es más, si tienen déficit comercial, es decir, si no obtienen divisas fuertes suficientes en su comercio exterior (euros), se verán obligados a endeudarse en euros para que esta moneda circule en su territorio. Esto es, no sólo no recibirán los beneficios de emitir moneda, sino que tendrán que pagar intereses para que la moneda única circule dentro de sus fronteras.
24. La Constitución para ser aprobada por el Consejo tuvo que rebajar algo las propuestas de la Convención que conferían una mayor capacidad de decisión a los Estados centrales (éstas preveían que tres grandes países —Alemania, con otros dos— podían llegar a imponer —con apoyos— su voluntad al resto), e incrementó ligeramente las posibilidades de bloqueo de los países periféricos, aunque éstas han quedado muy disminuidas respecto de Niza. En la nueva Constitución se necesita un 55% de Estados que representen un 65% de la población para tomar una decisión. En la propuesta de la Convención era el 50% de Estados y el 60% de la población. Es decir, con la nueva propuesta se necesitarían al menos cuatro países grandes, con diversos apoyos del resto de países. En total más de trece, en la UE a Veinticinco.
25. Las que se benefician verdaderamente de estos acuerdos de libre mercado y que deben contribuir, como contrapartida, a la «adecuada» gobernabilidad de sus territorios y a frenar los flujos inmigratorios incontrolados.
26. De hecho, se va a demorar entre tres y cinco años la libre circulación interna de los ciudadanos de los nuevos países miembros del Este, cuya inmigración hacia la actual UE se está disparando como resultado de su brusca reestructuración. Es decir, estos países no entrarán a formar parte del llamado Espacio Schengen. Además, en la Constitución se contempla crear una Agencia Europea de Fronteras para controlar los flujos migratorios. Recientemente se han reunido para unificar su política de inmigración los cinco grandes (Alemania, Francia, Gran Bretaña, Italia y España), a pesar de que en el futuro estará comunitarizada de acuerdo con lo previsto por la futura Constitución. Empiezan, pues, las «cooperaciones reforzadas».