La comunicación poética y política de la ciudad - Analisis de la ciudad como argumento de información política
1 - Analisis de la ciudad como argumento de información política
Un cubano cruza en coche la ciudad de Soria. Lleva cuatro horas en España y es la primera vez que sale de su Cuba natal. Son las seis de la tarde, de un día de noviembre. En el vehículo le acompañan y le conducen dos amigos españoles. Detienen el coche a la puerta de una cafetería. Hay ocho personas en la barra y otras cinco sentadas en dos mesitas. Se ve pasar por la acera a algún paisano, a alguna señora con su madre del brazo, a unos escolares, a un chaval con ropa de trabajo de mecánico, a un abuelillo, a otra señora... ¿Dónde está la gente? -pregunta el cubano-. ¿Qué gente? -se sorprende el amigo de Madrid. La gente -explica el extranjero. ¿Por qué no hay gente en la calle?
Al parecer, la ciudad española le habla poco al cubano. No le habla. Le habla silencios, ausencias urbanas.
Una ciudad es ante todo un cúmulo, un tumor de la naturaleza, producido por la migración enfermiza de los hombres que huyen de su condición silvestre. Asustados.
La ciudad amontona cuerpos y entre ellos enciende ficciones. Espejismos de futuros posibles.
Una primera característica de la ciudad, como nos cuenta Toynbee, es que no sirve, es incapaz, de abastecer a sus habitantes. Por contraste con el entorno rural, la ciudad se declara anti-auto-suficiente. Depende del exterior, por eso sus días de autarquía están contados. Por eso sus vecinos presienten siempre una amenaza indescifrable que les acompaña como una sombra. ¿Qué hacemos aquí? ¿A quién esperamos? Godot nunca viene.
La ciudad reúne a los cuerpos y los amedrenta. Y ese estado de miedo difuso será su clave, su bastón de mando para ordenar las corrientes de miedo, los vientos que rompen sueños y arrancan gemidos a las cajeras de supermercado, a los fontaneros, a los hijos de los ministros, a los policías. Todos lloran alguna vez.
Pero no nos perdamos.
Esto es un ensayo. Poético, pero un ensayo. Y nos acucian respuestas a interrogantes que aún no hemos formulado.
Quien recorre este texto sabe de sí mismo que es valiente. Que nada ni nadie podrá arrancarle definitivamente la sensación de estupidez por haber nacido.
Un ensayo poético es un canto de reflexión que se tortura ante la falta de respuestas y arremete contra la lógica y el orden argumental para encontrar razones diagonales -retazos de posibilidad de que algún discurso pueda construirse allá donde la razón nos abandona-.
Así pues, sigamos. El ensayo ha empezado. Nuestra yema de huevo es la ciudad. Y su gramática. Y la metáfora espejista con que Calvino la circunda.
Pero también la arquitectura política del discurso electoral sobre la ciudad, un discurso que anega sus calles-canales-informativos en los tiempos en que estas líneas se redactan, los primeros tiempos de 2003, los últimos tiempos del mes de febrero, preámbulos de convocatoria electoral para las regidurías de los ayuntamientos del estado español.
Pero sí, sigamos.
Allá dejamos al cubano. Wladimir lo llamaremos.
Ahora vamos a tres horas antes. Pongamos cuatro. Pongamos cinco y tres mil kilómetros de distancia. Sí, eso, Túnez, Zagouan, los municipios rurales a treinta kilómetros de la capital. Un sendero entre dos caminos, cuatro niños van. Otros cinco, veinte pasos más atrás. En el otro sendero, el que cruza, se ve un goteo colorido de niños incontables. Y allí, en el camino del otro lado de la carretera, dos mujeres. Un hombre más atrás. Otro hombre. Siempre en medio del campo. La gente caminando hacia casa. O desde casa. Caminando. Cruzando el espacio como palabras escurriéndose en el texto de la tierra. Son ciudad, las personas, y la sintaxis de sus vidas nos habla. Siempre hay gente circulando, cruzando el campo. En Túnez, la vida sabe andar por donde no están las calles. Delante de Wladimir, las calles de Soria se preguntan por la pregunta de Wladimir que no encuentra gente, suficiente gente, pisando la calle. ¿En qué idioma están trazadas las calles, las ciudades, las pisadas, las rutas que las personas hacen a diario en su vida cotidiana para ir a trabajar, ir al colegio, ir a ver a sus hermanos?
Las calles de La Habana, las de Soria, las de Túnez, entienden cosas distintas cuando decimos gente, cuando decimos bastante, cuando decimos ruta, cuando decimos calle.
Es Méjico. Es otro lado del Atlántico. Es DF. Veinte millones: la mitad tiene miedo. La otra mitad lo causa o lo olvida. Los que tienen miedo se lo causan también a sí mismos. Dos millones tienen coche, vehículo, camioneta o lo que sea. Pero dos turistas no lo tienen. Y es el centro, la puerta del Teatro de Bellas Artes. Y es de noche. Ya se ha terminado la función. Los dos extranjeros buscan un taxi. ¿Qué taxi? ¿A la aventura? Sí, a la aventura, ¿por qué no? ¿Cómo a la aventura? ¡No, hombre, no puedes tomar un taxi cualquiera¡ ¿Por qué? Vaya, ¿cómo que por qué, es que no lo ves? No sé. El extranjero sí ve, pero no sabe cómo ha de leer lo que ve. La ciudad le habla, pero en otro idioma. No ve el peligro, la función del teatro ha sido tan bonita...
La palabra peligro significa cosas distintas en las distintas ciudades del mundo. Hay lugares donde agua del grifo es peligro. Peligro de muerte. Y comida es dolor de tripa y diarrea de tres días para un extranjero en la ciudad de Méjico. Y en la de Lima, y en la de San José, y en la de Caracas, y en la de Bogotá.
Y cuando el autor de este texto escribe estas líneas entran por la ventana gritos de manifestación. Habrá que hacer una pausa. Miles de personas ya están en la calle, organizadas, desplegando sus pancartas, sus yembés, sus panderetas. Hay manifestación por la paz. No a la guerra. La amenaza norteamericana de atacar Irak a comienzos del año 2003 va a sacar hoy, sábado, a millones de personas a las calles de las ciudades del mundo para denunciar las guerras de la avaricia. “Que vayan los banqueros a las guerras del dinero”, dice la calle. La calle, que suena con voz de multitud. Ensayo de consignas, la manifestación va a arrancar. “Dentro de un año, macdonal en Bagdad” denuncia cantando la calle calentando motores de manifa.
Y ahora quien escribe este ensayo poético tiene que detenerse en la escritura: actuar también es un ejercicio del intelecto. Y la paz bien vale un punto y aparte. Incluso abrir luego un epígrafe nuevo. Por tanto, pausa. Cerramos el ordenador. Porque además la pregunta que iba a asaltar en estos momentos las líneas del ensayo es de difícil respuesta: ¿Y si macdonal se instala en Bagdad, los iraquíes también sufrirán tantas diarreas como los turistas que comen en las calles del DF, de Lima, de San José, de Caracas, de Bogotá? ¿Evitarán macdonal los iraquíes como los yanquis evitan beber el agua del pueblo y la comida de las calles del pueblo de Latinoamérica?
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