



Los limites del mundo de Las ciudades invisibles llega un momento en que se rompen, son atravesados, algo los cruza.
Lo vamos a ver. Pero aún nos queda mucho que atravesar del libro para llegar a ese derrumbamiento del sentido de las palabras fuera y dentro.
Las ciudades invisibles es un viaje por la arquitectura del sentido de la existencia humana. Es una búsqueda del sentido.
En las ciudades de Marco: las estructuras se transforman; los objetos cambian; las construcciones se reflejan en lagos, en mares, en superficies subterráneas, en el cielo… Todo ser torna reflejo o dualidad, copia, reproducción, eco de otra ciudad.
Zobeida: los habitantes recorren la ciudad para atrapar un sueño, pero lo pierden, y tratan de construir una ciudad como en el sueño, y la hacen. Y los que llegan, los recién llegados, nunca entienden "qué era lo que atraía a ese gente a Zobeida, a esa ciudad fea, a esa trampa" (Pág. 59).
Ipazia: la ciudad del lenguaje que engaña, porque "no hay lenguaje sin engaño" (Pág. 62).
Armilla: abandonada antes o después de haber sido habitada.
Valdrada, a orillas de un lago, se refleja en él, así son dos ciudades y "viven la una para la otra, mirándose constantemente a los ojos, pero no se aman" (Pág. 68).
Eso, en cuanto a la dualidad en la descripción (visita) de las ciudades.
Veamos ahora algo sobre los espacios de texto en que reflexionan los dos personajes y la relación entre ellos.
Al final de la tercera parte: Kublai ha soñado una ciudad y la describe a Marco. Toma la palabra. El que habla -reflejo- (y acaba de describirse a Valdrada, la ciudad que se refleja en el lago y se mira siempre con su otra Valdrada) escucha ahora, y el que escuchaba, habla. Hay un intercambio de funciones entre los personajes. El papel del que miente, el papel del que conduce las conversaciones… se deslizan.
Kublai, al comienzo de la quinta parte, le dice a Marco "tus ciudades no existen… ¿Por qué te solazas en fábulas consoladoras?" (Pág. 73).
Y Marco le explica que siempre hay un poso de infelicidad ineludible, y que conviene conocerlo. Tienes que conocerlo, porque sólo así "no errarás desde el principio los cálculos de tu proyecto" (Pág. 74). Es decir: saber tiene un coste; pero también saber resulta imprescindible para ser lo que queremos ser.
Así se cierra el libro: hay un infierno antes del final, y hay que detectarlo, conocerlo, y también hay lo que no es infierno, y hay que detectarlo, conocerlo y hacerle hueco para dejarlo ser. En el saber va la cara y la cruz; y se requiere de ambos y con ambos hay que vivir.
Han pasado cosas entre ellos dos cuando empieza la parte IV. Y además ocurre algo nuevo: en la descripción de la ciudad primera de esa parte, Olivia, entra en primera persona Marco hablando: "Nadie sabe mejor que tú, sabio Kublai, que no se debe confundir nunca la ciudad con las palabras que la describen. Y sin embargo, entre la una y la otra hay una relación. " (Pág. 75)
Al margen de lo que dice Marco -que es bastante ilustrativo y condensador de la atmósfera lógica sembrada por los relatos hasta aquí- al margen de ello, lo que acabamos de presenciar con esta entrada en primera persona de Marco dentro de la descripción de una ciudad es lo siguiente:
Ahora ya ha hablado Kublai, ocupando el puesto del contador de ciudades invisibles. Por tanto, ha desplazado de esa función a Marco.
Y Marco, a su vez, se ha desplazado también, porque ha hablado dentro de las descripciones de ciudades, ha salido de las secuencias en las que él dialoga con Kublai (en cursiva y de contenido reflexivo, recordémoslo) y se ha colado en las secuencias descriptivas de las ciudades. Marco se ha metido dentro de lo contado (por Marco o por Calvino) y además se ha metido dentro de lo contado justo para decir que no hay que confundir las palabras que cuentan con las cosas de las que se habla. Marco se ha desplazado. Y para colmo este desplazamiento de marco ha desplazado a su vez al narrador que habitaba en los espacios de descripción de las ciudades, un narrador anónimo omnisciente y desconocido, que hasta este momento era quien nos conducía de un enclave a otro.
En definitiva, aquí, casi a mitad del libro, se han cruzado algunas fronteras. Los fuera y los dentro empiezan a dar muestras de tener fisuras.
A partir de aquí se van a ir confundiendo continuamente. A la vez que empiezan a llegar descripciones de ciudades que se duplican en otras iguales a ellas que quedan fuera de ellas, o se expanden sin límite y sin posibilidad de determinar cuándo terminan, o ciudades que engendran otras ciudades dentro de ellas mismas, o ciudades que tienen la periferia en el centro, o que carecen de centro y de límites.
Al mismo tiempo, la reflexión ha entrado en el espacio de la descripción y la descripción en el espacio de la reflexión.
Por último, como tirabuzón rococó de estas interferencias, podemos considerar que el contenido mismo de las reflexiones ha empezado a hablar de que las palabras y las cosas tienen sus límites pero no los tienen. Veamos.
En esa primera intervención en primera persona de Marco dentro de una descripción de ciudad, Marco ha dicho: una cosa son las palabras y otra las ciudades.
Vale. Aceptamos.
Es el comienzo de la ciudad de Olivia, una descripción que termina así: "La mentira no está en las palabras, está en las cosas" (Pág. 76)
O sea: una cosa son las palabras (vehículos convencionales del mentir) y otra las cosas, es decir, hay fronteras, pero resulta que son las cosas las que mienten. ¿Sí? ¡Entonces, también la mentira se ha desplazado: de las palabras a las cosas¡
Ése es el gran escurrimiento que producen todos esos sentidos flotantes del libro. A mitad del relato, todo se empieza a mover (las funciones de los personajes, los personajes, las conjugaciones de los verbos, los géneros -descriptivo, reflexivo- , el domicilio de la mentira…) El resultado final de este terremoto es que todo termina pudiendo estar en cualquier sitio, en todos los sitios.
Por eso, rápidamente aparece en el libro Sofronia, ciudad compuesta de dos mitades, que se van desmontando y montando continuamente en otro sitio. Porque en toda verdad hay una parte de mentira. No será sólo en Sofronia.
Eutropia no es una ciudad, sino muchas, "no es una sino todas las ciudades al mismo tiempo" y los habitantes las van poblando, los mismos habitantes, sucesivamente, cuando están cansados se van a otra Eutropia y allí cada uno desempeña ahora otro papel, otra ocupación: las ocupaciones permanecen pero los ocupantes cambian. Son los mismos pero no son ya los mismos. La ciudad es así siempre igual, con las mismas escenas, pero en otro sitio. Se ha desplazado.
Las ciudades invisibles, de Calvino, es una propuesta de secreto que nunca se descubre. Es un laberinto. El lector lo recorre buscando la salida, el sentido, pero qué quiere decir es un enigma, un secreto nombrado, una obviedad oculta, invisible.
Zemrude: es según se mire, según lo que quieras ver en ella. Según tu humor. Por tanto, no es ella sino el reflejo del que mira. Es la obra de quien la contempla.
Aglaura: son dos ciudades y es una; son la ciudad que es nombrada, la que se habla y la otra, la que existe o es vivida.
Kublai se desasosiega con estas intuiciones. Por eso demanda ser él quien nombre las ciudades y que Marco verifique.
Kublai sufre esa ubicuidad del sentido. Y la quiere amarrar.
Lo que es y lo que no es.
Acaso todas son lo mismo y ninguna igual a sí misma.
Kublai siente el peso de la ciudad, del objeto ciudad, y empieza a anhelar la ligereza, anhelar librarse de ese peso. Por eso crece su deseo de ligereza, de aligerar el asunto, su asunto, su sentido de sí mismo y de su imperio.
Y por eso la quinta parte se abre con Octavia, la ciudad telaraña suspendida en el aire, una red ligera, que hace que los habitantes sean conscientes de que su propia resistencia es escasa. Y -paradoja- quien sabe que es poco consistente resulta más consistente que quien es inconsistente y lo ignora.
Y se suceden ahora varias ciudades ligeras: una es tan sólo la maraña de hilos de parentesco (Ersilia); otra está sostenida sobre zancos, separada de la tierra (Bancis); otra, medio volátil, porque la componen los dioses que se van trasladando siempre y los que siempre se quedan (Leandra); otra, que siempre permanece igual a sí misma, pero en la que hay también cambios, aunque la vida de un habitante no permite verlos por ser demasiado breve (Melania).
Todas ellas encierran una tensión entre lo contingente y lo esencial, lo que permanece y lo que cambia, lo profundo y lo superficial, lo eterno y lo efímero.
Esmeraldina: ciudad acuática, los infinitos recorridos posibles no hay mapa que pueda reflejarlos.
Fílides: ciudad que se sustrae a la mirada, y en la que ves según lo que quieres ver. Lo mirado depende de quien lo mire. Por tanto, al mirar la ciudad es uno quien se mira. Ubicuidad.
Pirra: ciudad no vista sino imaginada a través de su nombre. Y, una vez vista, su nombre ya no puede ser suyo, porque a su nombre asociamos lo que era y lo que es no es su nombre. Mirar, nombrar, ser: cada vez que hacemos algo de eso desplazamos su significado.
Adelma: otra vez ver significa verse, porque en Adelma uno ve lo que ya conoce y lo que no conoce aunque esté delante no lo ve. Por eso, en Adelma se ve a los muertos conocidos en el rostro de los vivos desconocidos. Por eso, lo vivo, lo que es, resulta invisible. Así es que, conclusión: nada está donde parece estar, nada está en su sitio, todo se ha desplazado.
Eudoxia (una de “Las ciudades y el cielo”): es ella y un tapiz que la dibuja, a imagen dictada por el cielo, que, luego, cambia según le va dictando el tapiz. Es decir: de nuevo la confusión entre el reflejo, lo que causa el reflejo y lo reflejado. Los cambios se dictan en ambos sentidos: somos lo que creemos ser y lo que creemos ser nos hace.
La distancia, el punto de vista, el efecto del que mira sobre lo mirado, el influjo reflejo, el sentido huidizo y duplicado, han agitado interrogantes en Kublai, y una nostalgia: Kublai ve que Marco cuenta lo que cree haber visto por tanto lo que lleva en la memoria, y que ha ido tan lejos para viajar en realidad muy cerca de sí mismo.
Lejos, cerca, dentro, fuera. Al final de la sexta parte sabemos que mirar necesita una distancia, una distinción, por tanto, entre lo que es fuera y dentro, una separación, y que no se recorre viajando por las ciudades (que además son todas la misma ciudad), sino por dentro de uno mismo.
Kublai necesita a Marco para atrapar el sentido. En estas dos últimas partes que restan ya parece claro. Kublai se ha movido en lo real y Marco en la palabra, en los signos.
Kublai se ha dado cuenta, por eso dice ahora "Tampoco yo estoy seguro de estar aquí" (Pág. 115). Kublai no sabe dónde está, lejos o cerca, fuera o dentro: los límites de su conciencia se han rasgado.
Esa conciencia de su propio perdimiento se hace cada vez más palpable.
Por eso aparecen ciudades como Clarisa, que decae y se vuelve a hacer pero no se sabe nada de la primera Clarisa ni si la hubo. O Eusapia, una copia idéntica de su ciudad bajo tierra, pero no se sabe si es la copia la que copia al original o el original copia a la copia; por tanto no se sabe quién dicta, quién es copia. Igual que ocurre en Bersabea, que tiene dos dobles. O Leonia, que se hace todos los días y tiene un sentido siempre mutante.
Kublai se va desprendiendo de su postura inicial: el que escucha, el que se mueve en lo real, el que existía, guerreaba y conquistaba. Y él mismo va siendo consciente de este deslizamiento. Dice al final de la parte séptima: "Tal vez este jardín sólo asoma sus terrazas al lago de nuestra mente" (Pág. 127).
Todo parece sólo puro juego, reflejo, ilusión, del pensamiento.
La conclusión en este punto es: nada existe más que en la medida en que es pensado por nosotros. Incluidas las ciudades conquistadas, los guerreros que las conquistan, los campamentos, la fatiga, la lucha... Sólo existen porque ellos dos lo piensan. Si no lo piensan es que no existen.
Pero eso no les conviene a ellos mismos porque si no piensan a otros ¿cómo saber que ellos mismos existen, pues no son otra cosa que lo que piensan?
Así es que el final de esta parte es totalmente paradigmático: "Kublai: Hemos demostrado que si existiéramos, no estaríamos aquí. Polo: - Y aquí estamos" (Pág. 127).
En este punto del libro se inscribe por tanto la máxima tensión del interrogante que lo recorre en todo momento y lo estructura: ¿qué sentido tenemos, qué sentido tiene todo, la vida, existir, las ciudades?
La parte octava dilata esa tensión con un recorrido por el doble sentido, lo cerca y lo lejos, desde dentro desde fuera… siempre por tanto sobre el eje de la perspectiva y redundando sobre asuntos ya trazados en páginas anteriores.
Y finalmente se da paso a la última parte.
Todas los apuntes se repiten y lo hacen para trazar una idea: la respuesta está dentro del que se hace la pregunta. Igual que la ciudad que lleva dentro de sí a su otra ciudad o igual que el que mira determina lo visto, o "Lo que comanda el relato no es la voz: es el oído" (Pág. 145) o "el que escucha sólo retiene las palabras que espera".
La lección para Kublai es: está en ti, Kublai, la respuesta a tu pregunta está en ti. No tenemos certeza de que exista el objeto, el fuera, la ciudad, la realidad, lo otro, lo visto, lo nombrado… "Hace horas que avanzas y no ves claro si estás en medio de la ciudad o todavía fuera" (Pentesilea, pág. 164). "Pentesilea es sólo periferia de sí misma… fuera de Pentesilea, ¿existe un fuera?" (Pág. 165). No tenemos certeza de que exista nada fuera de nosotros. Al mirar, creamos lo visto; al nombrar, creamos lo nombrado.
Entonces…
"Dice (Kublai): - Todo es inútil si el último fondeadero no puede ser sino la ciudad infernal" (Pág. 171).
Pero Marco le consuela con una encomienda: no todo es infierno, y la solución es saber, es decir, procurar el conocimiento, "buscar y saber quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio".
Y el libro se termina.
Nosotros, sin embargo, seguimos ahora con la comunicación política de la ciudad. Pero antes de pasar al último epígrafe de nuestro ensayo poético, retengamos por un memento una enseñanza de cierre que nos ha dejado Marco-Calvino.
Sólo hay una pregunta, como sólo hay una ciudad invisible. Y la respuesta es una que incluye a todas: entregarse a la búsqueda del conocimiento, como se entrega uno al viaje por las ciudades. Y así distinguiremos el infierno.
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