La comunicación poética y política de la ciudad - Tercer dialogo invisible
(frases totalmente invisibles ya)
—Pero, si son invisibles, ¿quién puede hablar de ellas para contar cómo son?
—Marco Polo, que las ha visitado.
—No se pueden visitar los lugares invisibles.
—Quizá no se puedan visitar con el cuerpo, pero se pueden visitar. ¿O es que crees que Marco Polo miente?
—No. Quizá no mienta Marco Polo.
—Claro que no miente. Él, viajero incansable, le cuenta a Kublai Jam cómo son las ciudades.
—¿Y Kublai Jam le cree?
—Pues a veces sí y a veces no. Cuando Marco Polo le dice lo que quiere oír, sí le cree. Y cuando le cuenta lo que no quiere oír, no le cree. Incluso no quiere ni escucharle.
—Pero, si sólo escucha cuando le dicen lo que quería oír es que no quiere escuchar en realidad. No quiere saber, sino confirmar, lo que ya esperaba, lo que ya sabía. Y eso es porque él tampoco cree en las ciudades invisibles, él quiere que Marco le cuente lo visible.
—No, no lo creo. Kublai escucha a Marco. Le escucha, y en la imagen de las ciudades invisibles ve su imagen, la de su imperio.
—Pues eso, que no le escucha, que sólo atiende, o sólo entiende lo que ya sabía antes de que Marco le contara cómo son las ciudades invisibles. Kublai no ve las ciudades, ve lo que quiere ver, y en los retratos que Marco le hace de las ciudades Kublai se refleja, ve un reflejo de sí mismo y de su imperio, simplemente. Las palabras de Marco son para él un espejo no una lente. No le acercan nada, le acercan a sí mismo... ¿Eh?
(risas)
—¿Eh? ¡Dime! ¿Por qué te ríes? ¿Te ríes de lo que estoy diciendo?
—Sí, claro, ¡cómo no!
—¿Y de qué te ríes?
—De que acabas de ver las ciudades invisibles y al principio dijiste que no se podían ver. Has terminado viéndolas.
—No, he terminado viendo lo que tú me cuentas. La fantasía que tú me cuentas. Y la alegría con la que te crees todas esas mentiras.
—¿Qué mentiras? ¡Marco no le mentía a Kublai, te he dicho!
—Yo no sé si Marco le mentía a Kublai o no. Y creo que tú tampoco puedes saberlo, porque no eres Marco ni Kublai.
—Vaya, qué ocurrencia.
—Claro, ¿tú que me has contado?
—Yo te he contado lo que Marco le contaba a Kublai.
—No, tú me has contado lo que Italo Calvino te ha contado que Marco le contaba a Kublai. Y lo que no sabemos es si Italo Calvino te ha engañado. Porque Marco y Kublai son invisibles, tú nunca los has visto, son contadores invisibles. Crees que los has visto, pero no los has visto, Calvino te ha engañado.
—Depende. A lo mejor lo que ha pasado es que te he engañado yo a ti contándote lo que Calvino me ha contado a mí. —>
Tercer paradigma: apenas lo vemos. Tenemos que adivinarlo entre la bruma que dejan en el aire nuestros personajes-herramienta-de-análisis. Se están yendo. Se van. ¡Adiós, personajes herramienta! ¡Adi...
Vaya. Se fueron del todo.
Ahora tendremos que escribir el tercer paradigma, pero ya no será científico, porque nos lo vamos a inventar, ya no nos lo van a inducir nuestros herramientas. Pero, en fin, inventemos, todo sea por completar el ensayo poético. Aunque quien redacta estas líneas advierte a los lectores que ya no hace responsable de la calidad científica de este tercer paradigma, porque se ha deducido fuera de nuestro método de ensayo.
Tercer paradigma: a veces los contadores de cuentos se inventan a sí mismos y entonces al lector le resulta muy difícil seguir siendo real él mismo porque el propio cuento casi le absorbe a él también para incorporarlo al relato y convertirlo en lector-personaje-inventado.
Es decir: que si escuchamos a los cuentistas en cierto modo renunciamos a nosotros mismos, corremos el riesgo de dejarnos desrealizar.
Y ahora ya, pasemos al último apartado: la ciudad enunciada por el hambre electoral.
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