Consciente de interpretar en primer lugar lo venezolano, José Rafael Pocaterra hizo acopio en “Cuentos Grotescos” de un enfoque donde el trasfondo social y lo histórico estuvo enmarcado, en cuanto a los valores formales, en un estilo que sería una de las manifestaciones de la tendencia realista en la literatura venezolana. Reaccionando de esta forma contra el preciosismo modernista.
Su estilo logra independencia y autonomía, imprimiéndole un acento inconfundible. Con esa capacidad de eliminar el recargo metafórico, en busca de un lenguaje directo, pero no por eso menos poético.
Como observador acucioso de la realidad cotidiana, la coloca en su sitio, logrando así una técnica espontánea y original. Utiliza los recursos propios de la escuela realista como el detallismo, que se puede observar en el ejemplo siguiente, donde la descripción de un ambiente muestra una atmósfera especial, en el cuento “La I Latina”:
“Al otro extremo del corredor, cerca de donde me pusieron la silla enviada de casa desde el día antes, estaba el tinajero pintado de verde con una vasija rajada; allí un agua cristalina en gotas musicales largas y pausadas, iba cantando la marcha de las horas”. [1]
Pocaterra describe el momento, y al recrearlo, detalla de una manera estética cada elemento del ambiente “la silla”, el sitio donde estaba colocada, “el tinajero” y hasta la rajadura de la vasija. Pero, va más allá y convierte la descripción de ese ambiente en algo poético cuando presenta en tono melancólico el correr del tiempo, simbolizado por las gotas de agua tinajero. Es así como su estilo se caracteriza por una descripción con calidad estética, donde predomina la brevedad, la exactitud y la precisión.
También utiliza recursos como la acumulación de frases, en muchos casos sin verbos; que le permiten darle agilidad a la expresión:
“Abrazos, besos, pañolitos sacudidos, dos agudos silbatos y la noche de un túnel. Otra vez el sol, el aire y la noción de partir. Bajo las brumas, a la falda de un cerro que apenas se ve, va quedando,... la Caracas de ensueño...” [2]
Este ejemplo tomado del cuento “El Ideal de Flor” muestra un lenguaje basado en superposición de frases, acercándose con este recurso al impresionismo. En este fragmento se encuentra nuevamente la presencia del tiempo, aunque no como potencia máxima, sino como una manifestación de la realidad para interpretar el desencanto del personaje al regresar a su pueblo: “otra vez el sol,... la noción de partir...va quedando”.
Otro de los rasgos realistas de Pocaterra es el uso del adjetivo:
“¡Qué triste me pareció la orilla del río, ya oscuro corriendo hacia barrancos lejanos cubiertos de una vegetación profusa!; ¡qué desolada la calle de la entrada, la calle real, limitada por casuchas,... más triste todavía la plaza, el hemiciclo cuyos grandes árboles sombreaban la yerba alta, pelada a trechos...” [3]
En este ejemplo tomado del cuento “Soledad”, Pocaterra presenta con un lenguaje cargado de adjetivos el fluir de la conciencia del personaje, logrando la total desaparición del narrador y sólo queda el personaje conversando consigo mismo. Plasmando así, a través del uso del adjetivo una descripción subjetiva.
Entre otros rasgos realistas en la obra de José Rafael Pocaterra, se encuentra uno de singular importancia en su propuesta estética, se trata de su concepto de la imagen; que elabora en su mayoría basado en la crudeza, presentada de una manera concreta e hiriente. Esto se puede apreciar en el siguiente ejemplo tomado del cuento “Matasantos”:
“... era su hija, sí, su Carmita, aquel fragmento de telas blancas, salpicado de sangre, aquellas grandes manchas oscuras sobre los guarataros, aquel mechón de cabellos rubios pegado con un jirón de piel al hierro de los rieles; toda aquella horrura que iban los vecinos examinando piadosamente y metiendo en un saco”. [4]
En este ejemplo Pocaterra presenta de una manera áspera y descarnada una visión diferente dentro de la narrativa para darle vigencia a las particularidades del realismo. Se vale de la crudeza para mostrar un cuadro de dolor y muerte, destacando la impresión del padre ante la certeza de que su hijita era sólo un puñado de restos y jirones. Con la finalidad de conmover al lector describe con detalle el horror de la muerte violenta de una pobre niña ciega: “...aquel fragmento de telas blancas, salpicado de sangre,...”
Todas estas características le permiten a Pocaterra llevar a cabo su proyecto narrativo. A ellas se agregan la ironía y la burla, recurso del cual se vale el autor para degradar el lenguaje recargado de los modernistas. Pocaterra expresa su rechazo al modernismo con una propuesta estética diferente, y con un realismo de una calidad excepcional expresa su crítica deformando en sátira y caricatura los rasgos estilísticos principales.
En el cuento “Las Linares” caricaturiza la apariencia externa de los personajes, sin dejar a un lado sus rasgos espirituales que resalta y enaltece al tratar de conmover al lector, esto se puede observar en el siguiente fragmento:
“¡Pero las cejas...! las cejas de todas ellas que son dos bigotes invertidos, dos montones de pelos negros y ríspidos, en arco de treinta y seis grados hacia las sienes.” [5]
Y más adelante:
“-Sí, bajo aquellas cejas siniestras, en el fondo de los ojos, vio el alma... el alma de las mujeres feas, el alma supremamente virgen que nadie ha turbado... [6]
Con estos ejemplos citados se observa un contraste a través del cual el autor deja colar un mensaje al lector, al hacer referencia a esas personas que “ven pero no miran”; resaltando así la espiritualidad de aquellas mujeres, como antítesis de lo físico.
La propuesta estética de José Rafael Pocaterra buscaba la innovación en la expresión con un estilo rudo que iba a la par con su actitud de denuncia social, por eso en cada uno de sus cuentos planteaba un aspecto de la realidad del país, especialmente a través de su obra “Cuentos Grotescos”, muestra su inconformidad cincelando un vigoroso realismo ante la realidad nacional; a su vez es importante destacar que el autor no descuida su marcada intención de apartarse de la temática y el estilo de la corriente modernista, para esa época ya en franca decadencia.
En el cuento “Las Frutas muy Altas”, resalta las injusticias sociales, con la evidente separación de los niveles sociales por la educación y las circunstancias, donde el personaje “José la O” es víctima y juguete de la sociedad, simbolizada por la señorita “Cecé”:
“La señorita Cecé, sin duda, leía las novelas de Jorge Sand y quizo vivir su idilio campesino, sólo que el pobre José la O no sabía leer y jugó un papel en el pasatiempo de la señorita Cecé con toda la fuerza que despiertan en la precocidad tropical esas agrias pasiones de la adolescencia.
Tardes doradas en el ribazo del río, bajo los jabillos, con el libro caído en el regazo, y él echado a sus pies, sin hablar, mirándola a los ojos... a ratos le hacía ella una caricia rápida, y él basaba la mano linda, cuidada...” [7]
En el cuento “Los Come-muertos”, Pocaterra fusiona el ambiente, los personajes y los sentimientos en un sólo elemento: lo feo.
“...fealdad del paisaje, de los habitadores, del concepto mismo que tenía la ciudad hacia aquel torpe rincón del cementerio donde vivían unos italianos que comían muertos.” [8]
Con una intención evidentemente crítica, el autor muestra en este cuento la hostilidad hacia el extranjero por parte de una sociedad agresiva y cruel, en donde hasta los niños son capaces de albergar instintos de maldad, como se recoge en el siguiente fragmento del mismo cuento:
“Y todos los chiquillos, cuando pillábamos de paso a la pelirroja y a sus hermanos los acosábamos a motes, a injurias, a pedradas...” [9]
Pocaterra tiene claro su objetivo de resaltar valores como la humildad y el sacrificio, y despertar el amor hacia los niños desvalidos en una sociedad donde cierto grupo de personas goza de privilegios y se da el lujo de cometer toda clase de atrocidades. Por eso a través de sus obras fue mostrando un abanico de injusticias. En el cuento “De Cómo Panchito Mandefuá Cenó con el Niño Jesús”, el autor presenta su verdad sin esgrimir la sátira o la burla, por eso tal vez tiene un acento diferente a sus demás cuentos, aquí destaca el drama conmovedor del muchaco marginado, pero que en medio de su miseria disfrutaba de la libertad a su manera y hasta prodigaba una ayuda.
“¡Era un botarate!... Quien le mandaba a estar protegiendo a nadie... Y sentía en su desconsuelo de chiquillo una especie de loca alegría interior... ¡Qué diablos! El día de gastar se gasta archipetaquiremandefuá...!” [10]
La generosidad y el sacrificio se pueden palpar en ese fragmento donde resalta la satisfacción del muchacho al dar con alegría, con sinceridad.
Estos aspectos mencionados en la obra de José Rafael Pocaterra permiten afirmar que en su concepción grotesca el hombre se encuentra atrapado y solo, prisionero del ambiente donde se desenvuelve y víctima de la sociedad a la que pertenece.
Para llevar a cabo su proyecto narrativo en medio de su empeño de crítica social, se apegó a las técnicas de la escuela realista dentro de la corriente del naturalismo satírico; fundamentándose en el ambiente humano de su época, coordinó con destreza los elementos del lenguaje literario para presentar una obra narrativa con validez.
Como se ha afirmado la propuesta narrativa de Pocaterra, iba en busca de un lenguaje directo, pero a la vez con calidad estética; para lograrlo, entre los recursos literarios, trabajó mucho con el uso de las imágenes sensoriales. Esto indica su preocupación por establecer una comunicación con sus lectores, ya que ha través de los sentidos se puede alcanzar ese contacto del ser humano con el otro; encontrándose un frecuente uso de imágenes sensoriales en su creación literaria. Como se percibe en el siguiente fragmento tomado del cuento “El Retrato”:
“...Y el insoportable olor a guayaba, el agudo y áspero aroma que exhalaba la casa hacia la vieja calle del barrio.” [11]
Aquí se vale de esta imagen olfativa para hacerle sentir al lector el desagradable aspecto de la casa venida a menos moralmente, junto a la familia que la habitaba. Y en el cuento “El Ideal de Flor” se encuentra otro fragmento donde el autor usa nuevamente este recurso:
“Y el estrépito de las sonajas de hierro y el jadeo de la locomotora... parecía decirle a su corazoncito: sotolongo, sotolongo, sotolongo...” [12]
En este ejemplo la imagen auditiva se asocia con los sentimientos de la protagonista, con una clara intención de burla hacia los poetas modernistas, representados en el cuento por el personaje J.P. Soto-Longo.
Además de estas imágenes sensoriales que conectan al individuo con el medio exterior; también utilizó, aunque con menos frecuencia las imágenes oníricas con la intención de acercarse a la psicología de los personajes; este recurso se aprecia en el siguiente ejemplo tomado del cuento “Una Mujer de mucho Mérito”:
“Tuve pesadillas horribles: soñaba que... Pancho Villa, montando un revolver sobre mi nariz, asesorado por ella, me obligaba a devorar hasta el apéndice un Tratado de las Sociedades Civiles y Mercantiles.” [13]
Sin embargo, esta incursión de José Rafael Pocaterra en los procesos del inconsciente no resulta atractiva, ya que ese mundo que presenta pertenece a la concepción del autor, y esto le impide al lector ver el mundo desde dentro del personaje. En ese ejemplo presentado se puede observar que el sueño está reproducido minuciosamente, pero más bien con la intención de entretejer la imagen con la posición crítica de Pocaterra, ante la actitud ridícula de algunas mujeres que alardeaban de sus conocimientos.
Su narrativa se enriquece más cuando hace descripciones para presentar un ambiente, con el uso de elementos como el símil, utilizado para complementar el sentido de la obra:
“Como un llanto veía correr el agua por los vidrios de la ventana.” [14]
O cuando el autor recurre a la comparación para resaltar las emociones o los sentimientos de los personajes, como en el siguiente fragmento de “Patria, la Mestiza”, donde se hace evidente la turbación de la protagonista:
“Se llevó la mano a la frente... roja como las flores del apamate.” [15]
De todo lo expuesto hasta ahora se desprende que en la narrativa de Pocaterra se puede apreciar una dualidad en el estilo: el lenguaje del narrador que presenta los hechos como observador, pero que a veces se permite intervenir para hacer comentarios o dar su opinión, y los diálogos que se aproximan considerablemente a la lengua cotidiana; dejándose oír los personajes tal como son y dándole fuerza expresiva al texto, como en “La I Latina”, donde está velada la intención del autor y el cuento alcanza una calidad literaria superior.
El autor en este cuento logra un estilo de tal fuerza expresiva que llega a atrapar en una sola frase la estructura conmovedora de un episodio:
“La señorita murió esta mañana a la seis...” [16]