La construcción de la identidad y la alteridad en Jorge Luis Borges y Nathaniel Hawthorne - Obras objeto de estudio (I)
5 - Obras objeto de estudio (I)
Jorge Luis Borges: Borges y yo; El otro.
Los relatos elegidos son paradigmáticos de la preocupación que guía a estos autores por la identidad y la construcción intelectual de ésta. En el caso de Borges, El otro puede leerse como un palimpsesto de Borges y yo. Jaime Alazraki escribe contextualizando esa figura: "el lector familiarizado con viejos textos desde los cuales emerge como un palimpsesto el texto nuevo". El otro integra el segundo libro de cuentos que publica Borges desde que se oficializó su ceguera, se llamó Libro de arena. El relato es uno de los que trata explícitamente el tema del doble y que se refiere paradigmáticamente al espejo. Pero también se encuentra en este caso un laberinto onírico.
La narración se refiere a un encuentro entre Borges y su joven alter ego : "El hecho ocurrió en el mes de febrero de 1969 (...)
-"Usted se llama Jorge Luis Borges. Yo también soy Jorge Luis Borges. Estamos en 1969, en la ciudad de Cambridge.
-"No" -me respondió con mi propia voz un poco lejana.
Al cabo de un tiempo insistió:
-"Yo estoy aquí en Ginebra" (Borges en Emir Rodríguez Monegal ed., ibídem: 403).
El diálogo quiebra el tiempo (o los tiempos) y el espacio (o los espacios), el aquí y el ahora como instancias que localizan la identidad se liberan y en el no lugar del lenguaje ‘el mismo’dialoga con su ‘otro’ interior. Se produce un ingreso del mundo ficticio en el real (o que simulamos que es real) que lo contamina. Los tiempos (y las imágenes temporales teniendo en cuenta como escribe Bajtin que "las imágenes literarias son imágenes temporales") se relacionan, pero el pasado y el presente se convierten en marcas ficticias. En el relato El otro nos encontramos con el cronotopo del encuentro, el joven Borges y el anciano Borges están "emplazados" (nuevo retorno al ‘emplazamiento’) en el camino. "Generalmente (en los relatos) los encuentros tienen lugar en el ‘camino’. El ‘camino’ es el lugar de preferencia de los encuentros casuales. En el camino (en el gran ‘camino’), en el mismo punto temporal y espacial, se interceptan los caminos de gente de todo tipo: de representantes de todos los niveles y estratos sociales, de todas las religiones, de todas las edades" (Bajtin; 1989: pág. 394). En el camino se encuentran (y ‘emplazan’) dos generaciones de la misma persona, se combinan las series espaciales y temporales. "El tiempo parece aquí verterse en el espacio y correr por él (formando caminos); de ahí viene la rica metamorfosis del camino" (Bajtin; 1989: pág. 394). Los dos Borges están emplazados en un banco (bancos) de una plaza (plazas) de Cambridge y Ginebra.
"Yo le contesté:
-"Puedo probarte que no miento. Voy a decirte cosas que no puede saber un desconocido. En casa hay un mate de plata con un pie de serpientes, que trajo del Perú nuestro bisabuelo. También hay una palangana de plata, que pendía del arzón. En el armario de tu cuarto hay dos filas de libros. Los tres volúmenes de Las mil y una noches de Lane, con grabados de acero y notas en cuerpo menor entre capítulo y capítulo, el diccionario latino de Quicherat, la Germania de Tácito en latín y en la versión de Gordon, un Don Quijote de la casa Garnier, Las Tablas de Sangre de Rivera Indarte, con la dedicatoria del autor, el Sartos Resortus de Carlyle, una biografía de Amiel y escondido detrás de los demás un libro en rústica sobre las costumbre sexuales de los pueblos balcánicos. No he olvidado tampoco un atardecer en un primer piso de la plaza Dubourg".
-"Dufour"16 -corrigió.
-"Está bien. Dufour. ¿Te basta con todo eso?".
-"No -respondió- Esas pruebas no prueban nada. Si yo lo estoy soñando, es natural que sepa lo que yo sé. Su catalogo prolijo es del todo vano".
No es la primera vez que en Borges se libera la alteridad y se producen en sus relatos cambios sobre los hechos que protagonizó en su propia vida. En este caso el joven corrige al propio Borges, en otros fue su madre y en momentos hasta la propia ficción se acerca más a algunos hechos de su vida.
El laberinto onírico encuentra a los dos Borges preguntándose quién sueña a quién, en un nuevo ‘emplazamiento’ esta vez onírico:
" (...) Si esta mañana este encuentro son sueños, cada uno de los dos tiene que pensar que el soñador es él. Tal vez dejemos de soñar , tal vez no. Nuestra evidente obligación, mientras tanto, es aceptar el sueño, como hemos aceptado el universo y haber sido engendrados y mirar con los ojos y respirar" (Ibidem: 403).
El alter ego pregunta si el sueño durará y el anciano Borges le contesta: "mi sueño ha durado ya 70 años". En el no lugar del lenguaje el universo se convierte en otro no lugar como es el sueño. En palabras de Iván Almeida: "lo supuestamente ‘real’ es sólo un ‘sueño’ (una ficción, una representación) que contiene a otro sueño. Lo único que existe son sueños, y la noción de realidad es sólo una cuestión de ‘posición relativa’: cada sueño es realidad para el sueño que contiene y sueño para el sueño que lo contiene" (Iván Almeida, 1999: 98-99). Como la imagen invertida que se refleja en el espejo la representación invierte la dualidad que es su naturaleza, es decir, la relación entre representante y representado. El objeto se confunde con lo que representa... En el mapa de un país se encontraría contenido el mismo país o citando a Pierce:
"Imaginemos que sobre el suelo de Inglaterra se extiende un mapa de Inglaterra, que muestra cada detalle, por ínfimo que sea. En ese mapa deberá aparecer el verdadero lugar donde está el mapa, con el mapa mismo en todo sus ínfimos detalles. Deberá haber una parte que representa enteramente a su todo, exactamente como la idea representa supuestamente a toda la vida. En dicho mapa debe aparecer el mapa mismo, y en el mapa del mapa debe aparecer, de nuevo, un mapa de sí mismo, y así hasta el infinito. Pero cada uno de esos mapas sucesivos debe estar dentro del mapa que lo representa inmediatamente. En consecuencia, a menos que haya un agujero en el mapa, en el cual ningún punto representa un punto no representado de otra forma, estas series de mapas deben todas convergir en un único punto, que se representa a sí mismo a través de todos los mapas de la serie".
La "arbitrariedad" es afectada y lo que representa al objeto se emancipa. No obstante no deja de ser paradójico que esa inversión de las figuras: representación-objeto, en un espejo (otro retorno a los espejos) se normalizaría, porque los espejos normalizan el fenómeno de la inversión....
Como en el poema:
"Si (como el griego afirma en el Cratilo)
El nombre es arquetipo de la cosa,
En las letras de ‘rosa’ está la rosa
Y todo el Nilo en la palabra ‘Nilo’"
(Poema El Golem de J.Luis Borges. Rodríguez Monegal ed., 1981: 345).
El mundo fantástico ingresa en el mundo real y se puebla de "fantasmagorías", en El otro, como ocurre también en La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares, se profundiza la bilocalización, se ubican otros universos, diversos, ‘multiversos’ o como escribe Almeida: "El universo de Borges es, como dice citando a William James, un ‘pluriverso’ ".
La intrusión del mundo fantástico en el mundo real no es aislada en la obra de Borges, sino que se encuentra presente en numerosos relatos. Llega al extremo en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius de inventar un planeta que se debe "a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia (...) Entonces desaparecerán del planeta el inglés, el francés y el mero español. El mundo será Tlön" (Borges en Emir Rodríguez Monegal ed., ibídem: 159).
En otro de sus relatos, Borges escribe : "¿Por qué nos inquieta que el mapa esté contenido en el mapa y el libro de Las Mil y Una Noches en el libro de Las Mil y Una Noches? ¿Por qué nos inquieta que Don Quijote sea lector de El Quijote y Hamlet espectador de Hamlet? Creo haber dado con la causa: tales inversiones sugieren que si los caracteres de una ficción pueden ser sus lectores, sus espectadores, podemos ser ficticios". El espejo como inversión de los objetos pero también de los sujetos. El joven es el reflejo invertido del anciano Borges. En el propio relato Borges, a través de su alter ego explicita que ese encuentro ya se había producido: "si usted ha sido yo, ¿cómo explica que haya olvidado su encuentro con un señor de edad que en 1918 le dijo que él también era Borges?" (Ibídem: 406).
Pero también se puede interpretar que el sueño del anciano se convierte en su propia muerte. "Comprendí que para un muchacho que no había cumplido veinte años, un hombre de más de setenta era casi un muerto" (Ibídem.: 406).
En el transcurso del relato el anciano Borges le detalla a su alter ego distintos aspectos de su vida, sus lecturas preferidas: "No sé la cifra de libros que escribirás, pero sí que son demasiados. Escribirás poesías que te darán un agrado no compartido y cuentos de índole fantástica. Darás clase como tu padre y como tantos otros de nuestra sangre" (Ibídem: 404).
Se despiden sin tocarse y al día siguiente ninguno va a encontrarse con el otro, según conjetura17 el narrador. La clave, sigue conjeturando, "sería que el encuentro había sido real, pero el otro conversó conmigo en un sueño y fue así que puede olvidarme" (Ibídem: 408). Como se visualiza, la propia escritura se convierte en laberíntica.
Las huellas de El otro pueden encontrarse en Borges y yo, otro texto paradigmático sobre el tema del doble y una reflexión sobre la construcción de la identidad en el escritor argentino. Es decir, la identidad se tematiza vía el doble. Como puntualizábamos al comienzo: la relación entre la identidad y la alteridad se asienta en los atributos de la singularidad y la diferencia. Para Adrián Huici, Borges y yo es uno "de los textos canónicos sobre el tema" de la identidad (Huici en Bargalló, 1994: 253). En esta narración Borges desaparece para dar lugar al otro:
"Al ‘otro’, a Borges, es a quien le ocurren las cosas (...) De Borges tengo noticias por el correo, y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario bibliográfico". El ‘otro’ nos atrae, nos desconcierta, pero a su vez nos inquieta y asusta. "Me gustan los relojes de arena, los mapas, las tipografías del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado decir que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir para que Borges pueda tramar su Literatura, y esa Literatura me justifica".
En El otro emergen las líneas de Borges y yo. Esta narración también es laberíntica y no es casualidad (o no deja de ser un juego borgeano) que haya sido publicado en Estados Unidos en el volumen llamado Laberintos. Para Paul de Mann en ese cuento "el escritor engendra otro ser que es el reverso de su imagen, como se reflejaría ésta en un espejo. En este anti-ego las virtudes y vicios del original quedan curiosamente deformadas e invertidas". Más adelante escribe: "aunque se da cuenta de su perversa costumbre de falsear y magnificar del otro Borges, cede más y más a su máscara poética, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributo de un actor. Este acto por el cual el hombre se pierde en la imagen que ha creado es para Borges inseparable de la grandeza poética". (Paul de Man; 1986: 146-147).
Borges se coloca la máscara y se disfraza, opacando su propia identidad pero paradójicamente justificándola en su propia alteridad: "yo he de quedar en Borges, no en mí, si es que alguien soy, pero me reconozco en sus libros menos que en muchos otros". Como señala Gianni Vattimo: el disfraz "es algo que no nos pertenece por naturaleza sino que se asume deliberadamente en consideración de algún fin, impelidos de alguna necesidad (Gianni Vattimo, 1989: 20).
La literatura de Borges está poblada de esta paradójica relación entre la identidad y la alteridad: "nadie es alguien, un solo hombre inmortal es todos los hombres. Como Cornelio Agippa soy Dios, soy héroe, soy filósofo, soy demonio, soy mundo, lo cual es una fatigosa manera de decir que no soy". Siguiendo a Baudrillard se puede afirmar que "existe una intimidad del sujeto hacia el mismo que descansa en la inmaterialidad de su doble, en el hecho de que es y sigue siendo un fantasma. Cada uno puede soñar, y ha debido soñar toda su vida con una duplicación o multiplicación perfecta de su ser pero a fuerza de sueño, y se destruye al querer forzar el sueño en lo real" (Baudrillard; 1989: 158). Podría aplicarse a Borges la negación que propone Marc Augé sobre la identidad como objeto absoluto y sustancial. La realidad es negada por el autor que prefiere ficcionarla.
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