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La construcción de la identidad y la alteridad en Jorge Luis Borges y Nathaniel Hawthorne - Obras objeto de estudio (II)

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CopyLeft Monografía de Víctor Silva - 31 de Agosto de 2006
Temas Relacionados: Historia de la literatura
6. Obras objeto de estudio (II)
Nathaniel Hawthorne: Wakefield.

El relato Wakefield fue publicado en 1837, dentro del volumen Twice-Told Tales (Cuentos Contados Dos Veces). Este libro contiene muchas de las ideas para argumentos que Borges apreció en este autor.

Los relatos de la primera edición de Twice-Told Tales fueron realizados antes de su experiencia en la comuna de la Granja Brook y de su participación activa en el Partido Demócrata.

Wakefield

es la transcripción de las conjeturas de Hawthorne en torno a la lectura de una supuesta noticia, donde se cuenta como un marido se ausenta de su casa durante 20 años cuando se suponía que iba a hacerlo por sólo una semana y vuelve a su vida matrimonial como si nada hubiera pasado. A partir de este hecho, el escritor decide llamar al protagonista de la historia Wakefield y realiza un proceso de introspección en la mente del mismo:

"Todos sabemos, cada uno por sí mismo, que no somos capaces de cometer una locura semejante, pero sentimos que algún otro podría hacerlo. Diré, por mi parte, que la historia ha vuelto una y otra vez a mis propias meditaciones y ha sido siempre para mí causa de asombro, aunque estoy convencido de que es verdadera y tengo una idea del carácter de su protagonista"18 (Mark Van Doren ed.; 1949: 131).

En primer lugar Hawthorne realiza un análisis psicológico del protagonista, un burgués de clase media, de vida rutinaria y aburrida, que quiso romper esa monotonía con una broma que, en principio, duraría una semana: "Él tenía aptitudes intelectuales, pero no las ejercía de forma muy activa; su mente se ocupaba a sí misma en largas y vagas meditaciones, que no tenían propósito alguno (...) y de ahí se sigue que el maduro Señor Wakefield, que decidió, de esta forma, dejar perpleja a su buena esposa durante toda una semana"19 (Ibídem:131-132).

Hawthorne se imagina, a continuación, los pensamientos de la esposa, que con el paso del tiempo se imagina a su marido muerto, con el mismo gesto que tuvo en el momento de partir de la casa:

"Una vez la puerta cerrada la puerta, ésta vuelve a entreabrirse y, a través de la abertura, la mujer ve la cara de su esposo que le sonríe (...) en sus ensueños ella rememora la sonrisa con multitud de fantasías distintas, que la hacen extraña y horrible; por ejemplo, si ella lo imagina en un féretro, la mirada de despedida se congela en pálidas facciones; si lo sueña en el cielo, su alma bendita tiene esa sonrisa tranquila y astuta"20 (Ibídem: 132-133).

La esposa tiene presente a un Wakefield muerto, probablemente más real que el vivo ya que éste decidió auto-desterrarse y perder el contacto con el resto de la sociedad.

Acto seguido, el autor se centra en Wakefield y el desarrollo de su vida y pensamiento a lo largo de sus 20 años de ausencia, que transcurrieron sin que él lo planificara realmente y perdido en medio de Londres, un gran ‘laberinto’ tanto para Borges21 como para Hawthorne:

"(...) fundido en la gran masa de la vida de Londres. Sería inútil buscarle allí (...) Sin duda, una docena de individuos habían estado ocupados en observarle, y le contaron a su esposa todo el asunto. ¡Pobre Wakefield! ¡Qué poco sabes sobre tu propia insignificancia en este mundo desproporcionado! Ningún ojo de un vivo, a excepción del mío, ha divisado el tuyo (...)"22 (Ibídem: 133).

Wakefield vive su encierro en una habitación justo al lado de la casa familiar. Reflexiona continuamente de cómo su vida transcurre allí sin su presencia:

"Wakefield concreta sus objetivos tan minuciosamente como puede, y se encuentra con curiosidad por saber cómo marchan las cosas en su casa -cómo su ejemplar esposa sobrellevará su viudedad de una semana y, durante un instante, cómo la pequeña esfera de criaturas y hechos donde él era el núcleo central, estará afectada por su desaparición" (Ibídem; 134).23

Cuando Wakefield se da cuenta de que esta huida dura más de una semana, decide cambiar sus ropajes habituales dando paso a ‘otro’, a una alteridad que opaca su identidad .

Pero hay un acontecimiento que provoca de forma decisiva el alargamiento en el tiempo de este exilio con respecto a la sociedad:

"(...) Hacia la medianoche viene el carruaje de un físico y deja ante la puerta de Wakefield a un solemne pasajero de gran peluca, que vuelve a salir tras un cuarto de hora, quizás convertido en el heraldo de un funeral. ¡Querida mujer! ¿Morirá? (...) sería imprudente agitarla en este trance. La mujer va recobrándose tras unas semanas (...) Los muertos tienen casi la misma posibilidad de visitar sus casas en la tierra que Wakefield, el hombre que se exilió a sí mismo"24 (Ibídem: 136).

Así, los años van pasando y en el protagonista se van dejando sentir las huellas del tiempo, de tal manera que se encontrará en una calle de Londres con su esposa y no será reconocido por ésta:

"¡Ahora, una escena! En medio del gentío de una calle londinense, distinguimos a un hombre, ya envejecido, con pocos rasgos que atraigan la atención de los viandantes descuidados (...) devocionario en mano, una señora madura y robusta, camino de la iglesia que se puede ver un poco más lejos. Tiene el aspecto plácido de la viudez estable. (...) de pronto están cara a cara, mirándose a los ojos. ¡Tras diez años de separación, Wakefield encuentra a su mujer! (...) la viuda tranquila vuelve a caminar y llega a la iglesia (...)"25 (Ibídem; 136-137).

Una tarde, tras 20 años de ausencia, Wakefield decide volver a su hogar con la Señora Wakefield:

"Sube los peldaños con dificultad (...) Cuando Wakefield entra reconocemos en su rostro, en una última mirada, la sonrisa astuta, prólogo de la pequeña broma que desde hace tiempo le ha estado gastando a su esposa. (...) ¡Bueno, que Wakefield descanse bien esta noche!" 26 (Ibídem: 139-140).

Finalmente, Hawthorne culmina el relato donde nos pone de manifiesto su fascinación por el hecho de que la identidad de un individuo se define por su relación con un conjunto insertado en la sociedad y como la desvinculación de este conjunto puede suponer la asunción de la alteridad:

"Entre el desorden misterioso de nuestro mundo, los individuos están tan fuertemente unidos a un sistema y éstos entre sí y todos a una totalidad, que si se camina fuera por un momento, un hombre se expone al terrorífico riesgo de perder su lugar para siempre. Se puede llegar a ser, como Wakefield, el Marginado del Universo"27 (Ibídem: 140).

De este modo nos encontramos en este cuento temas y lugares que serían comunes para autores futuros como Poe, Melville, Kafka o Borges.

El tema de la identidad y la alteridad tienen un peso específico en el relato. Wakefield como personaje es un juego continuo entre estas dos entidades. El personaje intenta aislarse en el laberinto de Londres para dar salida a su vida tranquila y carente de profundidad. Pero Wakefield sin el entorno que lo ha definido como persona está solo, en peligro de ser "el Paria del Universo", como lo define el propio Hawthorne según la traducción de Jorge Luis Borges.

Los veinte años de aislamiento son un vivir para el recuerdo de su identidad perdida y el deseo de retomar esos elementos que la definían, como si el tiempo no hubiera pasado. Para Wakefield el ‘otro’ es el resto de la población de Londres, un laberinto, donde a cada paso que da puede encontrarse con individuos que pueden reconocerle. Sin embargo, está perdido en la gran masa, convertido en su alteridad.

Paradójicamente Wakefield se coloca distintos disfraces para remarcar su ‘otredad’, pero no cambia su nombre. El nombre (¿propio?) sustancializa la identidad, define al individuo, lo diferencia de los ‘otros’. "El nombre propio me señala a mi mismo mi identidad, que se basa en última instancia en esos momentos de certeza irrefutable", escribe Geoffrey Bennigton. En su libro Jacques Derrida complica un poco más la situación: "el nombre propio debería garantizar una cierta conexión entre lenguaje y mundo, en la medida en que debería designar a un individuo concreto, sin ambigüedad, sin necesidad de pasar por los circuitos de la significación". No obstante sostiene que el nombre propio plantea un desafío importante, porque "lo que designamos con el nombre común genérico ‘nombre propio’ tiene que funcionar también en un sistema de diferencias", es que este o aquel nombre propio, y no otro, designa a este o aquel individuo, y no otro, y se encuentra, por tanto marcado por la huella de los demás.

"Para que exista un nombre verdaderamente propio, sería necesario que no hubiera más que un solo nombre propio, que entonces no sería ni siquiera un nombre, sino la pura llamada al otro puro, al vocativo absoluto, que ni siquiera llamaría, porque la llamada implica distancia y diferencia" (différance derridiana), "sino que se pronunciaría en presencia del otro, que, entonces, no sería ni siquiera otro".

Por tanto, para Bennington, "lo que denominamos ‘nombre propio’ es, pues, siempre impropio, y el acto del nombramiento que se desearía como origen y propio del lenguaje supone la escritura" en el sentido derridiano. Es decir una ‘escritura’ que supone siempre la posibilidad de la muerte del escritor. (Concordancia entre el pensamiento derridiano y el foucaultiano). Por tanto para Hawthorne, en concordancia con el pensamiento que predominaba a principios del siglo XIX, el nombre (propio y sustancial) implicaba la última morada donde se alojaba la identidad, último paso para recuperarla antes de transformarse en el "Paria del Universo". No obstante Borges debilitaba al sujeto, resaltaba la ‘muerte’ del creador.

Además, podemos ver en ese largo encierro de Wakefield como un reflejo de un período de tiempo durante el cual estuvo encerrado en una habitación de la casa familiar para dedicarse exclusivamente al ejercicio de la Literatura: "Me he aislado de la sociedad, sin saber todavía qué quiere decir eso, y sin la menor sospecha de que eso iba a ocurrirme. Me he convertido en un prisionero, me he encerrado en un calabozo, y ahora ya no doy con la llave, y aunque estuviera abierta la puerta, casi me daría miedo salir"28 (Malcom Cowley: 1967; 608) , como él confiesa en una carta escrita a Longfellows en 1837 desde Salem.

Autor y licencia de 'La construcción de la identidad y la alteridad en Jorge Luis Borges y Nathaniel Hawthorne - Obras objeto de estudio (II)'
Víctor Silva Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero17/borg_haw.html CopyLeft
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