Formado en un intelectualismo religioso y universitario, y literariamente en la escuela dramática de Lope, sus primeras obras conocidas (2) responden a estas dos directrices. En el aspecto formal, la técnica, la manera teatral del Fénix; en su temática y motivos de inspiración, aquellos asuntos más propicios a su vocación de religioso y de erudito: lo histórico-hagiográfico, representado en sus obras La joya de las montañas, Santa Orosia, sin fecha precisa pero indudablemente de sus comienzos literarios, y Los lagos de San Vicente, de 1607 (?). En la primera, apenas si se descubre al futuro Tirso -hasta el punto de pensar en un error de atribución- con un gracioso sin gracia y un deslavazado desarrollo de la leyenda piadosa, en la que se mezcla lo heroico y lo seudo- histórico. En la segunda, basada en la toledana leyenda de Santa Casilda -ambas obras pertenecen al período de estanc¡a de Tirso en Toledo-, muestra ya una arquitectura más cuidada, Sin embargo, tras este comienzo poco brillante, ha de fijarse poco tiempo después la fecha de una de las comedias más conseguidas de Tirso de Molina: La gallega Mari-Hernández. En ella, apartándose de lo hagiográfico, se deja arrastrar por su poder de observación, por su visión subjetiva del paisaje, por el encanto de unas costumbres populares, contempladas y admiradas personalmente, y redacta su obra en 1610 ó 1611, corno producto o consecuencia de sus viajes por tierras de Galicia, en esos años. Y de la mano de esta comedia, junto con lo hagiográfico anterior, van a aparecer dos nuevos y primordiales elementos en el teatro de Tirso: lo villanesco y lo histórico o seudohistórico profano. De la conjunción de los tres surgirá hacia 1612 La Peña de Francia, que sigue, en el terreno hagiográfico, los pasos de La gallega Mari-Hernández, como luego lo hará muchos años después, Antona García, en el puramente histórico. Estos nuevos elementos contenidos en La gallegaMar¡-Hernández, el villanesco y el histórico, van a dejar una profundísima huella en el teatro de Tirso. De una parte el villanesco, que además de informar y matizar gran número de obras, inspirará comedias enteras, como La villana de la Sagra, de 1612, en que las escenas populares de los campos toledanos han sido la fuente de inspiración -como en Mari-Hernández lo fueron las gallegas-, produciendo una obra de radiante y juvenil poesía en su mezcla de idealización cortesana y de villanesca realidad. Y, utilizando como un puente esta comedia, lo pastoril villanesco pasará al teatro religioso simbólico de Tirso, quien escribe y estrena en 1613 El Colmenero Divino, en donde un motivo de poesía popular, que ha animado las escenas mejores y más poéticamente teatrales de La villana de la Sagra, sufre el proceso de divinización, tan frecuente en la literatura española anterior y coetánea, y motiva toda la obra, además de insertarse casi literalmente en ella. En El Colmenero Divino, lo bucólico-pastoril, renacentista, infunde las figuras nobles del auto, como son la Abeja -el alma- y el Colmenero-Cristo-, y degenera realísticamente a lo pastoril-villanesco en otros personajes, como el Placer, auténtica figura del donaire, que incluso habla el convencional dialecto sayagués. Por otra parte, el elemento histórico o seudo-histórico, utilizado como refuerzo del interés de la acción, junto a la noción de comedia de enredo con una trama amorosa como base esencial, que desarrollaba también en La gallega Mari-Hernández, va a determinar la aparición, hacia la misma época, de un nuevo tipo de comedia, la palatina -con personajes de apariencia histórica, verdaderos o no, que actúan sobre una base de acontecimientos verosímiles-, que triunfa en El melancólico (1611), con fuertes entronques con lo villanesco, y en Cómo han de ser los amigos, de 1612. Pero si lo histórico profano se utiliza también como fundamento principal de la obra, es explicable el auge que dicho elemento va a tener desde esta época en la obra dramática de Tirso. Ya la siguiente comedia hagiográfica, La elección por la virtud (1612), no se asienta sobre una leyenda o tradición piadosa, sino sobre la escenificación de la biografía de un personaje auténtico, el Papa Sixto V. Y en los mismos años aparece ya, efectivamente, el primer drama histórico de Tirso: La república al revés (1611?), si bien en dicha obra lo histórico-profano todavía no se inspira en un tema nacional. Al mismo tiempo, su progresiva vinculación a lo puramente historial determinará en 1612 el tratamiento histórico de un tema mitológico: El Aquiles.
Hacia 1615, las directrices generales o clasificadoras del teatro tirsista están ya delimitadas. Dentro de su teatro religioso se vislumbran ya claramente diferenciadas varias corrientes o apartados: lo hagiográfico puro, lo hagiográfico histórico, lo religioso simbólico, la corriente bíblica y lo puramente teológico. Al primer apartado pertenecen La Ninfa del Cielo (1613) y La Dama del olivar (1614?), anodinas comedias tirsistas. Pero en el segundo aparece durante estos años la trilogía de La Santa Juana (1613-1614), posiblemente la obra más importante de este período, que contiene en germen gran parte del teatro de Téllez, con su grandiosa visión de España en su historia, con el aliento popular de sus escenas villanescas, con sus conatos de drama de honor y con todo el mundo dramático que encierra en sus vigorosos y múltiples caracteres, En lo religioso simbólico, prosigue Tirso sus variaciones del auto sacramental con La madrina del cielo y No le arriendo la ganancia (1612-1613), que culminan en Los hermanos parecidos (1615). En estos años, todavía bajo la influencia de las aulas universitarias, comienza su teatro de origen bíblico, con La mujer que manda en casa (1611 ó 1612), Tanto es lo de más como lo de menos (1614) y La vida y muerte de Herodes (1612-1615?). Y siguiendo una presunta y muy dudosa cronología, lo teológico, representado por El condenado por desconfiado, situada, hipotéticamente, entre 1614-1615 (3).
En su teatro profano aparece ya plenamente lo histórico en la primera comedia basada en la historia nacional, aunque con amplias reminiscencias del romancero —El cobarde más valiente (1610-1612)—, al tiempo que prosiguen las comedias palatinas, en su mayoría con elementos villanescos: El pretendiente al revés (1608-1612), El vergonzoso en palacio (1611) (4), La mujer por fuerza —dudosa— (1612 ó 1613), Quien da luego, da dos veces (1612 ó 1614), El castigo del penséque (1613 ó 1614), Quien calla, otorga (1614) El celoso prudente (1615), Palabras y plumas (1614-1615?), Quien habló, pagó —dudosa— (1615), enlazada en su técnica con el drama histórico; Amor y celos hacen discretos (1615), Amar por señas (1615) y Ventura te dé Dios, hijo (1615), que marca el enlace, en las primeras escenas y en la índole de algunos personajes, con un tipo nuevo de comedia en la obra de Tirso, la cortesana que, aun con menos representación numérica, dará lugar a sus comedias de enredo más características. Efectivamente, en 1614 compone Tirso Marta la piadosa, y en el año siguiente se estrena Don Gil de las calzas verdes (6).
A partir de esta fecha, habrá de añadirse este nuevo elemento a la inspiración dramática de Tirso: lo cortesano, en su valoración de la clase media y en un ambiente geográfico directamente observado. Las comedias cortesanas se sucederán simultaneadas con las palatinas, en su común característica de comedias de enredo. E igualmente, el camino marcado por El cobarde más valiente fructificará en comedias históricas, ya con el sello personal de Tirso: en el año 1615 se escriben Los amantes de Teruel, muy enlazada con lo novelesco y enormemente estragada en el texto que conocemos y de muy poco clara atribución tirsista.
Desde este momento —marcado en su biografía por su marcha a Sevilla, en donde se encuentra en 1616, de paso para La Española, y su consiguiente viaje y estancia en América durante los años de 1616 a 1618— se suceden simultáneamente en su obra todos estos diversos elementos, eruditos unos, populares otros, que van delimitando su producción. El cuerpo general de la temática y la inspiración de Tirso, ya está construido. De él saldrán en lo sucesivo todas sus obras, predominando en ellas uno u otro elemento, sin seguir un orden preestablecido. Así tenemos Esto sí que es negociar (1618), refundición de El melancólico; El caballero de Gracia (1619), comedia histórico-hagiográfica, de «circunstancias», con características singulares (7); un drama histórico, Escarmientos para el cuerdo (1619), casi tragedia, en que los acontecimientos se producen motivados por el destino que marca una maldición; Cautela contra cautela (1618-1620?), nueva comedia palatina; La ninfa del cielo (1619), auto sacramental; Doña Beatriz de Silva (1619 ó 1620), aprovechando el momento de entusiasmo producido por la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción; El burlador de Sevilla (1619 ó 1620)8, y La villana de Vallecas (1618 ó 1620), una de sus más típicas comedias cortesanas (9).
Los años de 1621 a 1625 están marcados en la producción tirsista por una singular exuberancia. Aparte de la publicación de Los cigarrales, se redactan en este año de 1621 tres comedias religiosas: El mayor desengaño, El árbol de mejor fruto y, en su enlace con lo puramente histórico, el drama bíblico La venganza de Tamar. En esta misma fecha se sitúa con exactitud una de las más curiosas producciones de Tirso de Molina, La fingida Arcadia, comedia compuesta en homenaje a Lope de Vega, que sigue las normas de las palatinas, pero impregnada de un bucolismo artificial puramente renacentista. Una nueva comedia hagiográfica, Quien no cae no se levanta, se puede fechar, siguiendo la opinión de Ruth Lee Kennedy, entre 1623 y 1624. Y en 1622 se pueden situar dos comedias históricas: La romera de Santiago, histórico-legendaria, y Antona García, una de las obras históricas de mayor vigor que concibiera Tirso de Molina, desarrollada en torno a un personaje de grandeza épica, aunque de líneas psicológicas poco matizadas, como respondiendo a su misión de ser la humanización escénica de la idea política e histórica que determinó la creación de la obra. Por estos años se suceden alternadas las comedias de enredo, tanto palatinas como cortesanas: El honroso atrevimiento (1620-1622), de rasgos propios, atribuibles a su origen novelesco; El amor médico (16181620), La celosa de sí misma (1619-1620) (10), Averígüelo Vargas, Del enemigo, el primer consejo, Celos con celos se curan, en 1621 (?). En 1623, Por el sótano y el torno (11); probablemente El amor y la amistad y Siempre ayuda la verdad, con un visible entronque con el drama histórico y de honor. Al año siguiente, Los balcones de Madrid, y entre 1924 y 1925, Amar por razón de estado (12).
Es, pues, en estos años (1619-1625) en los que Tirso compone sus comedias de enredo más típicas y características. En ellos, además, la comedia histórica ha alcanzado su total madurez, dentro de su producción, con la composición, en 1622, de La prudencia en la mujer (13). De tal manera que, hasta el final de su obra, serán estos dos géneros los que predominarán fundamentalmente, al tiempo que lo hagiográfico, tanto histórico como legendario, sólo anima una obra, bastante mediocre por añadidura, Santo y sastre, en 1627, y solamente también un auto sacramental saldrá de su pluma, y no de los mejores: El laberinto de Creta, en 1638.
Por el contrario, la comedia histórica persistirá sin vacilaciones. El rey Don Pedro en Madrid —en la hipótesis de que le pertenezcan— se estrenó en 1626; La trilogía de los Pizarros (1626-1632), de desiguales valores literarios, pero de inigualable empuje y vigor dramático casi siempre; y Las Quinas de Portugal, de 1638, en la que se aúnan el fervor religioso del fraile, su sentido españolísimo de la historia hispanolusitana y su acendrado amor a la nación portuguesa.
Y por último, la comedia de enredo, siempre representada en su obra, pero ahora con absoluta prioridad y ya con una clara preponderancia de la cortesana sobre la palatina: Habladme en entrando, (1625), No hay peor sordo (1626), Desde Toledo a Madrid (1626), La huerta de Juan Fernández (1626) (15), Amar por arte mayor (1630), Privar contra su gusto (1632), En Madrid y en una casa (1636?), Bellaco sois, Gómez (1641?) y La firmeza en la hermosura (1644), su última obra conocida. -