16 - Notas (III)

Monografía creado por María del Pilar Palomo Vázquez. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero7/palomo1.htm
22 de Agosto de 2006
  1. Precisamente, por este valor representativo dentro del teatro tirsista de la comedia de enredo, la selección del presente volumen agrupa hasta siete comedias de enredo, frente a las tres seleccionadas de otros apartados. Por ello, y como consecuencia, el análisis dedicado a este sector de su teatro es sensiblemente más amplio y detenido queue el dedicado al resto.de su producción.
  2. Véase: MUÑOZ PEÑA, Pedro: El teatro de Tirso de Molina. Valladolid, 1889.
  3. No ha de entenderse esta distinción como una clasificación o división de las comedias cortesanas, sino como dos maneras literarias de realizar la obra que, si bien en algunas de ellas están perfectamente delimitadas, como en las comedias que me sirvieron de ejemplo, en otras se confunde casi totalmente, hasta formar parte tanto de un planteamiento novelesco como caracteriológico, como ocurre con No hay peor sordo o Desde Toledo a Madrid. Solamente en el caso de que en unas comedias no se acumulara sobre el personaje ninguna nota caracteriológica, o su psicología variara a tono del desarrollo de la acción, como ocurre a veces en los personajes accesorios de las comedias tirsistas, pero no en los principales, podría hablarse de una supremacía de la acción sobre el personaje, dando lugar a una clasificación estructural de las comedias.

  4. Esta distinta matización ha sido veladamente adivinada en varias ocasiones. Muñoz Peña, en su aludido estudio, examinando a los protagonistas de La villana de Vallecas y de Don Gil de las calzas verdes, dice: «... ni doña Violante ni doña Juana se encuentran nunca en la acción con sus amantes, pero es tanta la eficacia y energía de su pasión, de su travesura y de su ingenio, que dondequiera que van los tornadizos enamorados, allí se encuentran con el recuerdo, con la oposición de sus ofendidas burladas, y es tal el relieve, el movimiento y el calor con que estas mujeres están expuestas, que en todas partes se ven, a todas partes llegan con su influjo y toda la acción llenan con su presencia» (pág. 245). En esta última frase, que subrayo, se encuentran en potencia mis deducciones anteriores.
    En cuanto a la motivación caracteriológica, como mucho más acusada, ha sido señalada, más o menos, innumerables veces. Coinciden los críticos, sobre todo, en el caso de Marta la piadosa, tal vez por ser una de las comedias más estudiadas de Tirso de Molina. A mi entender, la hipocresía de Marta no es privativa de su carácter, sino un fingimiento que le dicta su ingenio, pero desde luego es un caso bastante patente. Así, por ejemplo, señalaba ya Cayuela, en sus Estudios y artículos literarios (Buenos Aires, 1889), este influjo de los caracteres en el desarrollo de la intriga, en dicha comedia: «No se crea, por lo dicho, que en esta pieza haya un prolijo y paciente estudio de los caracteres. Nada de eso. Los que merecen tal nombre, aun el de Marta misma, que es el mejor de todos y excelente en sí mismo, parece como que brotan instintivamente, por más que la intriga que forma la acción de la comedia sea una consecuencia de ellos» (pág. 221).
    En realidad, en Marta la piadosa el fingimiento caracteriológico, con lo que puede tener de hipocresía, no es sino un ardid del personaje para cumplir unos propósitos que vienen ya determinados por el argumento. Pero lo que confiere al personaje su validez caracteriológica —lo mismo que al Rogerio de El melancólico— es la habilidad del autor para mostrar en las primeras escenas una faceta psicológica del personaje, cuya voluntaria y consciente aplicación posterior convierte a la protagonista en un falso arquetipo de esa psicología. Ahora bien, no ha de olvidarse al valorar el personaje que la falsa virtud de Marta es un recurso obligado por una acción o circunstancias momentáneas, no por una imperiosa propensión al fingimiento.
    De ahí que la presentación del tipo de hipócrita beata no creo que suponga en Tirso de Molina una intencionalidad de sátira social, como opina Juliá, ni una intencionalidad moral como afirmó Hartzenbusch. Esa sátira social habría de verse reforzada por una presentación antipática del personaje-como en sus herederas literarias y una ejemplarización final de tipo alarconiano. Y, ambas cosas faltan en la comedia de Tirso. Marta se convierte así en un tipo de hipócrita individualizado, personal, sin valor de símbolo o abstracción humana. El paso de este valor individual a lo genérico, y de la intencionalidad puramente cómica a la sátira social ejemplificadora, se marcará posteriormente en el Tartuffe de Moliére, y más tarde —en la trasmutación de la noción barroca del individuo por la neoclásica de sociedad— en su último descendiente, la doña Clara moratiniana.
    Puede consultarse, para más detalle, mi trabajo Presencia de Tirso en Moratín (en «Studi ispanici», Pisa, 1962).

  5. Estudios y discursos de crítica histórica y literaria. Tomo III. Edición Nacional. Santander, 1941 (pág. 295).

  6. Los Cigarrales de Toledo. Cigarral Primero. Edición transcrita y revisada por Víctor Said Armesto. Madrid, 1913 (pág. 123).
  7. Los ataques de los moralistas se suceden sin cesar. Las actrices, en general, son las que reciben los más duros impactos. Cotarelo, en su Bibliografía de las controversias sobre la licitud del teatro en España (Madrid, 1904), recoge gran parte de estos ataques, sobre los que fundó Romera un interesante artículo, Las disfrazadas de varón en las comedias («Hispanic Review», T. II [1934], págs. 269-286). De los estudios de ambos investigadores se desprende la importancia que llegó a tener el tema, no ya en su repercusión literaria, sino en sus consecuencias sociales. De tal manera que se alternan las prohibiciones terminantes con otras más atenuadas. Al parecer, la primera comedia en que aparece una dama disfrazada de hombre es la Comedia de los engañados, la adaptación italianizante de Lope de Rueda, fechada en 1556. El recurso, de origen italiano, y de procedencia netamente novelesca, debió tener tal éxito que ya en 1598, en el Memorial dirigido por la villa de Madrid a Felipe II, se lee: «En cuanto a que la mujer que representa no vista el traje del hombre ni al revés, puede haber moderación, más no se puede del todo prohibir, pues es muy cierto que a veces es paso forzoso en la comedia que la mujer huya en hábito de hombre, como en sagradas y auténticas historias de los reinos está escrito. Debe, pues, para esto permitirse, más con orden expresa de que ni el háblto sea lascivo ni tan corto que del todo degenere del natural honesto de mujeres, pues puede la invención y fácilmente hacer que el mismo sayo sea más largo y no tan costoso ni afectado de compostura lo que se hubiere de ver» (COTARELO, Ob. cit., pág. 424; ROMERA, Ob. cit., pág. 271). La misma disposición es la que refleja Cabrera en sus Relaciones, en 1600. Pero quince años más tarde —curiosamente, la fecha de estreno de Don Gil de las calzas verdes—, en la Reformación de comedias, ordenada por el Consejo para todo el reino, dada en 8 de abril de 1615, se dispone «que las mujeres representen en hábito decente de mujeres, y no salgan o representen en faldellín sólo, sino que por lo más lleven sobre él ropa, baquero o basquiña suelta o enfaldada y no represente en hábito de hombres, ni hagan personajes de talles, ni los hombres, aunque sean muchachos, de mujeres» (COTARELO, Ob. cit., pág. 262; ROMERA, Ob. cit., págs. 271-272).
    Huelga decir que la disposición no se cumplió, como lo prueba el número de decretos análogos posteriores. Pero, desde luego, demuestra la vitalidad del recurso en esta época de nuestra escena.

  8. GUSTAVINO GALLENT, Guillermo: La toma de la Mamara relatada por Tirso de Molina. (Larache, 1939.)

  9. Tirso de Molina en Sevilla («Estudios», nº 9 13, 14 y 15 [1949], págs. 22-122).

  10. Tanto es así, que Juan Antonio Tamayo, en su trabajo Madrid en el teatro de Tirso de Molina («Revista de la Biblioteca, Archivo y Museo del Ayuntamiento de Madrid», nº 59-60 [1950], págs. 291-363), destaca el hecho de que sólo las comedias que él denomina madrileñistas presentan, dentro del teatro de Tirso, esta manifiesta concreción de lugar.

  11. La Huerta del regidor Juan Fernández tenía un carácter más familiar que otros lugares de recreo de la Corte, así como el Buen Retiro, desde su creación, era el lugar de esparcimiento del Rey. En la Huerta de Juan Fernández los nobles y cortesanos celebraban sus fiestas alejándose de la etiqueta palaciega. Allí se celebró la doble boda de los Marqueses de Villena, y del Conde de Palma con doña María de Tabara, fiesta en que novios, padrinos, entre ellos el Conde Duque y su mujer, e invitados se sentaron bucólicamente en el césped durante la merienda campestre, según refiere Sepúlveda en su libro Antiguallas de Madrid.
    Pero a este carácter de lugar de esparcimiento, punto de reunión de galanes y damas cortesanos, se unía el practicismo de sus fuentes y lavadero público, al que hace referencia Tirso en una graciosa escena entre Tomasa y Mansilla.

  12. Juan Antonio Tamayo, Ob. cit.

5 opiniones

jum

eso tan lar5go y nada interesante gaste 10 minutos asiendo naa
NO M GUSTO

EM ZTA MUI INKMPLETO DEVERIAN EZPEZIFIKR MEJOR LO Q ZE PREGUNTA EN EL BUZKDOR I LO Q DIC EL TEMA LEZ FALTA MJOR
A Y AGRANDAR LA LETRA UN POKO
caca

no vale
Gracias

Me ha ayudado mucho tu investigación en los quehaceres universitarios. Muchas gracias por dedicarle tiempoy amor a tan grande obra literaria.
Agradecimiento.

María del pilar, quiero darte las gracias porque leer tu artículo me ha sido de mucho provecho. Y además me parece muy interesante y documentado. Gracias otra vez. Jc.

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