



El absurdo. El Teatro del Absurdo, que durante algún tiempo monopolizó el apelativo de vanguardia teatral, dejó su secuela en casi todos los teatros cultos de un mayor o menor desarrollo.
Martin Esslin (1966), que dio nombre a la corriente con el título de su conocido ensayo, incluye entre los autores afines a esta estética e ideología a dos españoles: Fernando Arrabal y Manuel Pedrolo. En cierto modo, tiene razón, pese a la rotulación de pánico que Arrabal da su teatro posterior. Hay en sus piezas primeras unos ciertos rasgos existencialistas que son, en realidad, los que le dan al Teatro del Absurdo una cierta dimensión más allá de la simple literatura non sense.
Su influencia es rastreable en numerosos autores españoles de esta generación y se prolongó claramente durante toda la década de los sesenta, cuando ya algunos genuinos del absurdo, como Adamov, lo consideraban periclitado (Jorda:1962,14; Adamov:1962).
El underground. Con todas las limitaciones señaladas por Alberto Miralles (1978a), George Wellwarth, en su estudio Spanish Drama Underground, se hace eco de una realidad circunstancial española que ha afectado esencialmente al teatro, y que provoca la aparición de este teatro underground reprimido por la censura en su triple dimensión política, moral y económica, a lo que habría que añadir la autocensura.
Estas dificultades, que repercuten en la edición de las obras y sobre todo en su montaje, no han impedido la proliferación de autores con una producción apreciable en cantidad y calidad. Es un teatro que, como el off off Broadway, se mueve difícil y casi exclusivamente en circuitos paralelos de teatro independiente, los cuales con penuria de medios, pero con imaginación, han conseguido buenos resultados. Este teatro pobre ha cargado sobre la creatividad del actor y director el peso de la plástic escénica. Así, han tenido que ampliar su formación en el terreno de la expresión corporal.
La censura no ha sido un determinante absoluto en las posibilidades de montaje de una obra o conjunto de obras. En ocasiones ha sido una publicidad gratuita que ha servido para animar a las empresas, una vez conseguido el nihil obstat. Y hasta ha sido un incentivo para la imaginación creadora. Esto, claro está, en los momentos de una determinada apertura, otorgada por contar la Administración con el alcance limitado de estos circuitos de teatro independiente.
El principio defendido por Mallarmé de sugerir como forma de arte es aceptado por estos escritores, que han aprovechado los movimientos de ruptura y las formas complejas de simbolización que permiten diversos niveles de lectura en sus obras.
La intensificación de las relaciones internacionales, la celebración de festivales, la publicación de libros fundamentales y la celebración de seminarios dirigidos por hombres clave de la renovación teatral (Grotowsky, Roy Hart, Joe Chaikin, Julian Beck...) ha hecho que nuestros autores no sean ajenos a las nuevas técnicas y a la renovación estética de las artes plásticas que ha tenido su repercusión en la escena. Los temas, aunque con posibles referencias concretas a nuestro entorno, tienen un alcance superior a lo puramente local. Adquiere una universalidad crítica, lo que permite que las obras despierten interés más allá de nuestras fronteras.
Aunque Wellwarth y otros críticos han querido señalar liderazgos, como el de Bellido, el de Ruibal, o el de Martínez Ballesteros, el resto de la nómina no encajó bien, como era de esperar, el apelativo de seguidores. Sin embargo, algunas reuniones organizadas, especialmente por Ruibal, pretendían aglutinar y homogeneizar objetivos y criterios, contrastando las propias iniciativas, pero no siempre salió bien el intento.
Hay, sin embrago, un hecho irrefutable que no podía ser ignorado: La existencia del régimen bajo el cual se desarrollaba su reprimida creación. La dificultad para la publicación o el estreno de una serie de obras provocó la reiteración temática.
La dictadura, el tirano, los pilares en los que esa dictadura descansa, o la sociedad de consumo, la alienación, el imperialismo económico..., ha hecho fructificar la crítica. La multiplicación de personajes trasunto de Franco se ha producido hasta la saciedad, con una serie de coincidencias que se habrían evitado si las obras se hubiesen publicado y representado con normalidad en su momento. Alberto Miralles (1978b,157) señala una neurosis obsesiva por la sucesión del poder, temiendo que se heredase a sí mismo. Aunque podrían añadirse más títulos, Miralles da El testamento de López Mozo, La curiosa invención de la Escuela de las Plañideras de Casaux, El Hombre y la Mosca de José Ruibal, Las hermanas de Búffalo Bill de Martínez Mediero, El adiós del Mariscal de Luis Matilla, Golpe de estado en el año 2000 de Alonso Alcalde y Guadaña para el resucitadode Gil Novales.
La temática estaba, por tanto, dentro del campo de acción de la censura. La adopción de un tratamiento parabólico dejaba, generalmente, claves al descubierto suficientes para identificar el objeto de crítica. Sin embargo, por esa limitación y alcance de los teatros de Cámara, Independientes y Estables, muchas obras pudieron pasar los controles y fueron autorizadas.
Uno de los defectos (quizás producto de los procesos de abstracción) más frecuentes sea una excesiva esquematización en la concepción de personajes y situaciones que los convierte en arquetipos y concepciones unívocas. La dictadura está personalizada, el tirano sigue siendo la personificación de la opresión, cuando, modernamente, ese poder omnímodo reside en todo un sistema, un régimen, una administración, cuya dureza fluctúa con las condiciones exteriores.
Es importante recordar ese extremo, porque tendrá una significación específica en el conjunto de la crisis del lenguaje. Unas veces, resistiéndose a esa desintegración del signo que la débil codificación artística favorece, para que no se oculte el origen de la denuncia; y otras, arrastrando formas esotéricas que nos introducen en elucubraciones metafísicas sobre la esencia y existencia del comportamiento humano.
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