



Siendo la civilización, la civitas romana, uno de los puntales de Occidente, no deja se ser significativo que, en un rastreo cronológico, el término “barbarie” se registre antes que el anterior. Una primera conclusión que podemos inferir de ello es que la cultura occidental se ha basado en y ha necesitado de la exclusión del Otro como operación privilegiada para instituir el “yo”. Queda claro, y damos por supuesto, que la subjetividad se constituye en tanto más opuesta a, que complementaria con, la otredad.
Esta segunda visión recién se privilegiará con la Modernidad, en especial a partir de la Revolución Francesa, y se consolidará, al menos en el marco legal, luego de la Segunda Guerra Mundial, con la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Sin embargo, el reconocimiento y la aceptación de la diversidad recién se enfatizarán bien entrada la segunda mitad del siglo XX, aunque paradójicamente en coincidencia con la institución de la Aldea Global y su afán totalizador (si no totalitario).2
Contra esta homogeneización compulsiva se alzan las voces de filósofos y otros intelectuales que propugnan la complementariedad. Así, Mijaíl Bajtín puede afirmar en 1970: “Un sentido descubre sus profundidades al encontrarse y al tocarse con otro sentido, un sentido ajeno: entre ellos se establece una suerte de diálogo que supera el carácter cerrado y unilateral de estos sentidos, de estas culturas” (1990: 352). Postulamos que en el campo intelectual es donde esta postura se hace fuerte; sin embargo, no creemos que en la praxis política ocurra tal diálogo, sino, más bien, un monólogo del poder establecido. El propio Bajtín creció a la sombra del totalitarismo de la URSS, desde donde bregó por una concepción dialógica y polifónica de los textos culturales (en especial, los literarios), con lo que conlleva desarrollar un pensamiento semejante en un contexto hostil.3
En cuanto a la aparición concreta de las palabras “barbarie” y “civilización”, hemos dicho que la habitualmente considerada como de cuño negativo es la primera en acuñarse4. En la antigua Grecia se dividía a Helenos de Bárbaros. Éstos eran llamados así por considerarse que no poseían el logos, entendido como principio ordenador, y el término con que eran designados (barbaroi) es de naturaleza onomatopéyica, ya que remedaba su balbuceo (“bar, bar”). Ello establece asimismo una relación de poder, como lo destaca el filósofo Leopoldo Zea en su Discurso desde la marginación y la barbarie refiriéndose al poseedor del logos: “El dueño exclusivo de la verdad-palabra, dueño a la vez del poder que ha de afirmarla contra quien pretenda subvertirla, es decir, alterarla” (cit. por Punte, 2002: 33). El término en cuestión, durante el Imperio Romano, se hace extensivo a quienes no poseen la civitas, entendida fundamentalmente como el derecho. El bárbaro es, entonces, el que no posee Ley, y a la vez el Otro y el invasor (en el sentido más amplio de la palabra).
“Bárbaro” -que, por lo tanto, antecede a “barbarie”- puede rastrearse, en la Modernidad, catalogado como adjetivo en diccionarios franceses del siglo XVII. Es en el siglo XVIII cuando los Enciclopedistas galos distinguen a los pueblos “salvajes”, el estrato inferior de la humanidad, de los “bárbaros”, ubicados en un punto apenas superior pero sin que exista una clara diferenciación de los anteriores. Son los Enciclopedistas quienes crean el neologismo “barbariser”, de gran aceptación.
El término penetra en España -como en toda Europa- asimismo en el XVIII, relacionado con la Edad Media, lo pagano, lo invasor, la expresividad y la ingenuidad. Inmediatamente pasa a América, donde el jesuita Pedro Lozano (1697-1752) es quien usa por primera vez la palabra “barbarie” en castellano como sustantivo, notablemente, para definir la geografía americana en su Descripción chorográfica del Gran Chaco (Scheines, 1991: 45). Otra versión indica que previo a la llegada de la palabra a España, ya los vocablos franceses “barbarie” así como “sauvagerie” se utilizaban en Europa como antónimos de “civilisation” (Lojo, 1994: 12).
Como apunta Scheines, lo bárbaro precede a la barbarie. Y agregamos: la barbarie, si aceptamos su postura, nace sudamericana, y más específicamente, en territorio que dos siglos más tarde será argentino. De allí que, como apunta la autora, tome “carta de ciudadanía” en 1845 con el Facundo de Domingo Faustino Sarmiento.
El término “civilización” es de origen muchísimo más tardío que “bárbaro”. Aparece en Francia también en el siglo XVIII, después de 1756, atribuido al Marqués de Mirabeau en su obra L’ami des hommes, como “civilisation”, y donde todavía lleva el sentido inicial de “politesse”, de “urbanidad”. El uso de la palabra se extiende entre 1765 y 1775 y es habitual en autores como el abate Baudeau, Raynal, Diderot y Demeunier. En España el vocablo también es de rápida penetración: en 1763 un sainete de Ramón de la Cruz se titula La civilización.
Diderot asocia la civilización a la instrucción, como lo hará Sarmiento. En 1771, en la traducción francesa de la Historia del reino del Emperador Carlos V, de Robertson, puede leerse la palabra “civilisation” como opuesta a “barbarie”, si bien el original inglés aún no utiliza “civilization” sino “refinement”. Esta oposición se reitera en 1772 en Inglaterra en una disputa entre James Boswell y Samuel Johnson, en la que el primero elige el vocablo “civilization” a “civility” por sostener que aquél se opone mejor a barbarie.
En 1798 aparece registrada en el Dictionaire de l’Académie como “acción de civilizar o estado del que es civilizado”. Un siglo más tarde, ya en 1890, el Dictionaire général de la langue française du commencement du XVIIIème siècle a nos jours, de Hatzfeld, Damstter y Thomas, caracteriza la civilización como el “avance de la humanidad en el orden intelectual, moral, social, etcétera”.
El historiador Ferdinand Braudel data en 1850 un hecho clave en el campo terminológico de las ciencias humanas: el paso de “civilización” al plural “civilizaciones”, lo que implica la pérdida del sentido inicial de civilización como ideal único con cualidades universales. Lojo añade en tal sentido: «El paso del singular al plural, tanto en lo que respecta a la civilización como en lo que hace a la cultura/las culturas, marca, para autores como Alan Finkielkraut y Juan José Sebreli,» -respectivamente, en sus obras La derrota del pensamiento y El asedio a la modernidad- «el comienzo de la idolatría de la “diferencia” y del relativismo a ultranza» (14).
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