La dicotomía civilización-barbarie como institución imaginaria y discursiva del Otro en Latinoamérica y la Argentina - Feinmann y la reivindicación de la barbarie
Con el derrocamiento de Perón en 1955 por el golpe militar que encarama a la Presidencia primero al general Eduardo Lonardi y enseguida al general Pedro Eugenio Aramburu, quien se constituirá en la figura emblemática de la autodenominada “Revolución Libertadora”, comienza en la Argentina un proceso de exclusión del Otro de signo radicalmente opuesto al ocurrido durante el régimen peronista. Si durante éste, el Otro, el “cabecita negra” que amenazaba la estabilidad liberal impuesta en 1880, tanto como el “segundo Rosas” venían a representar el triunfo de la barbarie en el marco del populismo que tanto aborrecían Sarmiento y Martínez Estrada, ahora se pretende -en el sentido que el término tiene de simulación- una restauración civilizadora. Pronto se verá que no es tal, y un episodio clave serán los fusilamientos de un grupo de revolucionarios peronistas en los basurales de José León Suárez en 1956, cuya importancia para nuestra argumentación veremos más adelante.15
Perón, en su exilio, pasa a ser la figura del Otro excluido no sólo del territorio de la Nación sino también negado en su nombre propio, lo mismo que su mujer, Eva Duarte, fallecida en 1952. En efecto, por ley se prohibe nombrar al líder, que pasa a ser designado con eufemismos como “tirano prófugo” o “dictador depuesto”, que recuerdan en sus sustantivos (“tirano”, “dictador”) la nominación de Rosas que hacían los unitarios y liberales. Incluso, la dictadura editó un volumen documental titulado Libro Negro de la Segunda Tiranía, que da por sentada la continuidad entre el rosismo y el peronismo. Simultáneamente, se le prohibe al pueblo no sólo nombrar a Perón sino también utilizar cualquier símbolo que lo evoque, en un claro acto de violencia semiótica. En términos de Castoriadis, se trataría de una vana operación de desinstituir un imaginario ya sancionado socialmente.
Dos fenómenos ocurren en los años siguientes, especialmente en la década del 60, y ambos tienen que ver con las formas de “Resistencia” -de hecho, así ha pasado a denominarse históricamente el período 1955-1973- a la exclusión de la otredad. Uno, la circulación de discursos subterráneos vinculados con la reorganización del peronismo, incluidas cartas y líneas de acción enviadas a través de distintos albaceas por el propio Perón desde el exilio; la palabra soterrada construye un espacio clandestino donde el Otro reafirma y reagrupa su existencia.
El otro fenómeno es la reagrupación, a su vez, de las fuerzas de izquierda argentinas en torno al eje peronista. Si durante los 40 y los 50 se veía en Perón la encarnación de un populismo opuesto a las ideologías marxistas (que, de hecho, el régimen combatió), en los 60 se cae en la cuenta de que se trató, precisamente junto con el de Rosas, del único gobierno que se manifestó abiertamente antiimperialista. Esta última línea del pensamiento latinoamericano, estimulada por la Revolución cubana de 1959, redescubre en el peronismo un ideal nacional y popular y es así como los intelectuales de izquierda vuelcan sus simpatías hacia el movimiento, dando lugar a la paradójica, pero suficientemente explicada y justificada, aparición de una izquierda nacionalista, que será uno de los actores principales de los convulsionados fines de los 60 y principios de los 70.
Es en este marco donde debemos situar el pensamiento de José Pablo Feinmann. Para analizar sus bases, nos remitiremos al documento “Política y verdad. La constructividad del poder”, editado en 1988 pero leído inicialmente en 1984 en el denominado Coloquio de Maryland, cuando en esta Universidad estadounidense se reunieron un grupo de intelectuales argentinos para debatir sobre la represión de la última dictadura militar y las posibilidades de reconstrucción del campo cultural.
En la argumentación de Feinmann, la institución de una verdad estaba indisolublemente ligada a la toma del poder, para la Juventud Peronista de los años 70. Un presente absoluto, centrado en la posición tercermundista y en la praxis, excluía a este grupo de cualquier ruptura histórica, en lo que el Feinmann del 84 considera una lectura simplista de la temporalidad hegeliana. “La verdad del pasado se conquistaba en la militancia del presente. Se trataba de sumar poder, y desde aquí, desde nuestro poder, desplazar la verdad del enemigo del centro del saber e instalar allí la nuestra” (Feinmann, 1988: 80).
La primera “verdad” de la historia argentina, impuesta en el poder hacia fines del siglo XIX y organizada institucionalmente, es la “liberal”, y para Feinmann “fue expresada por un gran texto literario: el Facundo de Domingo Faustino Sarmiento” (81). Esta constructividad liberal, pues, se basa en la dicotomía civilización-barbarie, bajo la premisa de que “El discurso ideológico (el que expresa la verdad) se construye como un texto literario” (id.), y por lo tanto Sarmiento construye “Una verdad desde la política y para la política” (82). “Sarmiento lo inventó a Quiroga” (id.), sentencia Feinmann, y es esta constructividad lo que importa en la militancia política. Así, sostiene que Facundo aceleró la caída de Rosas “porque Rosas no alcanzó a formular una verdad semejante. No alcanzó a unificar la diferenciación de sus funciones en un discurso progresivo, superador, que pudiera enfrentar al del enemigo” (83).
Feinmann destaca la catalogación del Otro como “enemigo” y no como “adversario” porque la política es concebida como guerra, como pólemos. No es casual, apuntamos nosotros, que en esta época es cuando surge la agrupación guerrillera Montoneros, cuyo nombre está tomado directamente de las montoneras de los caudillos, y que inicialmente se llamaba “Comando Juan José Valle” en tributo a uno de los militantes (y militar, en este caso) mandados a asesinar por Aramburu en el 56. Y la figura de Aramburu como paradigma del enemigo hará que, para tomar carta de ciudadanía, los Montoneros elijan al ex presidente de facto para secuestrarlo y ejecutarlo en mayo-junio de 1970. Inclusive, la consigna “Perón o muerte” de la agrupación evoca inevitablemente el “Federación o muerte” rosista16. Feinmann da cuenta de la efervescencia del período al recordar frases de la militancia como “el que no mata es un maricón”, pero lúcidamente reconoce que “Esta obstinada aniquilación del adversario, esta transformación de la política en guerra, fue expresada en el Facundo sarmientino” (84).
Y es el propio Feinmann, aunque sin nombrarla, el que da cuenta de este regreso de la “barbarie” -claro que con una valoración positiva- al centro del escenario político argentino. Una condición previa a su reaparición es el revisionismo histórico de la década del 30, que reivindica, precisamente, a Juan Manuel de Rosas. De allí, estimamos, que Montoneros, que hacia fines del 72 hegemoniza la llamada “tendencia (revolucionaria)” de la Juventud Peronista de izquierda, instituya la violencia en el campo ideológico peronista. Con la venia inicial de Perón, los grupos armados (llamados “comandos especiales”) adquieren cada vez mayor relevancia. Feinmann acota que el libro de cabecera de la JP era, precisamente, De la guerra, de Von Clausewitz. “La verdad” -afirma Feinmann- “era lucha, conquista y dominación. La verdad era enfrentamiento” (90), y “Esta concepción de la verdad acercaba a los militantes de la JP más a Nietzsche que a cualquier otro filósofo” (id.). A partir de esta perspectiva, Feinmann leerá, en un texto editado en 1986 pero meditado desde los 70, el Facundo.
“Racionalidad e irracionalidad en Facundo” titula Feinmann al quinto estudio de su Filosofía y Nación, en el cual se propone tratar los aspectos teóricos, estéticos y político-ideológicos del libro de Sarmiento. El filósofo propone renombrar la dicotomía civilización-barbarie con la antinomia racionalidad-irracionalidad, manteniendo de este modo el esquema original pero dotándolo de un nuevo punto de vista.
En líneas generales, Feinmann realiza una exégesis del Facundo, con la clásica oposición entre campo y ciudad, que para él representa la oposición entre Naturaleza e Historia, algo tampoco ajeno al pensamiento sarmientino. Feinmann destaca que el gaucho, para Sarmiento, es naturaleza y no espíritu, y por lo tanto, además de ser incapaz de fundar una sociedad que no sea desasociada, carece de moral y se encuentra fuera del curso de la Historia. El gaucho vive en un mundo inmediato, al que se opone el universo mediato de la ciudad, la sociedad asociada, donde la naturaleza puede ser transformada y metamorfoseada en cultura, mientras que el gaucho sufre la imposibilidad de esa transformación. En tal sentido, concluye Feinmann:
Civilización y Barbarie es también otra forma de expresar el enfrentamiento entre teleología (fin) y causalidad (ley). En resumen: si la naturaleza existe abandonada al acaso, si es el mundo de lo inerte, la tarea del hombre (que es civilizarse) radicará en alejarse cada vez más de lo natural, desnaturalizándolo. La civilización, pues, es lo racional porque responde a las ideas de orden y valor. Y ese orden debe ser universal, pues lo que se realiza en él es, precisamente, un universal: el Hombre. (1986: 138-139)
Facundo Quiroga viene a encarnar, pues, la “naturaleza natural” en toda su desmesura, que llega hasta el orden de lo mítico. Como muy bien advierte Feinmann, Sarmiento “estuvo cerca de equivocarse, [...] su afán por mostrar la irracionalidad de Quiroga casi lo conduce a colocarlo por sobre la naturaleza, a convertirlo en un ser sobrenatural” (141). Ésta es la desmesura, sostenemos, en la que Sarmiento termina (con)fundiéndose con Facundo, cediendo a su fascinación por las fuerzas naturales americanas.
Esto es lo que también descubre Feinmann en el libro canónico del liberalismo, y tal vez el principal objetivo de “Racionalidad e irracionalidad...” sea poner de manifiesto el triunfo del segundo término de la antinomia por sobre el primero, tal como ocurriera históricamente con el movimiento peronista. Dijimos que las lecturas/escrituras, sobre todo ensayísticas, posteriores a 1940 están determinadas en la Argentina por el referente ideológico de Perón, y esto no puede ser en modo alguno ajeno a un filósofo peronista. Feinmann se erige, de este modo, en la contracara de Martínez Estrada: igualmente estimulado por el rosismo y el peronismo, hace sin embargo una valoración positiva de estos movimientos aun con -o, mejor, merced a- la “barbarie” que conllevan. Y lo hace, como lo anticipara en “Política y verdad”, a partir de ese “gran texto” que es el Facundo, y, en una operación brillante, desde los mismos deseos irracionales de Sarmiento, de los que ya hemos dado cuenta.
La concepción guerrera de la política que fue el sostén de los Montoneros se conserva en “Racionalidad e irracionalidad...”, donde el subtítulo “La historia como conflicto” va más allá de sus implicancias exclusivamente filosóficas para presentizarse, como ya lo dijo Feinmann, a partir del mismo pensamiento sarmientino de la política como guerra:
Sarmiento desarrolla una concepción de la historia como conflicto. Había tomado de los franceses la técnica romántica del contraste y, a través de Cousin, conoció el papel dialéctico que Hegel asignaba a las guerras. Elabora entonces su método antitético: dos entidades (Civilización europea - Barbarie indígena) que se niegan e implican mutuamente. La Barbarie se define a partir de la Civilización y la Civilización a partir de la Barbarie: cada una de ellas es aquello que no es la otra. No existe la síntesis que pueda superar ese antagonismo. O triunfa la Civilización o triunfa la Barbarie: ambos conceptos son excluyentes. Nada más lejos de Sarmiento que el Aufheben hegeliano. (146)
Y agrega: “Facundo elabora así una filosofía de la cultura europea. Porque la disyuntiva de ser o no ser salvaje se reduce a la de ser o no ser europeo” (id.). Por lo tanto, “La realización de la cultura europea es la realización de la Humanidad” (147) -en menor medida, lo mismo ocurre con Estados Unidos- y “El Facundo se presenta así como una profunda justificación del expansionismo colonialista” (id.). La condición imprescindible para ello es el exterminio de la barbarie que no se puede asimilar porque es naturaleza pura; de allí que “toda política de exterminio debe comenzar por excluir de los terrenos de la condición humana a aquellos que se propone exterminar” (148).
A lo largo de su estudio, Feinmann, sin embargo, al explicarlo, va deconstruyendo sutilmente el ideario sarmientino e instaurando su visión político-ideológica presente. Si el desarrollo de la racionalidad europea se concretará, para Sarmiento, a través del comercio, “Existe, sin embargo, una poderosa fuerza que se opone a este movimiento de europeificación universal. Es la barbarie nativa” (147).
¿Qué lleva a esta barbarie, que por ello para Sarmiento es el universo de la irracionalidad, a oponerse a la razón histórica de la civilización? Feinmann lo ha deslizado sobre el principio de su texto: al ser Naturaleza pura, el gaucho necesita encontrar cauce para su irrefrenable poder natural, y esto ocurre en principio con su incorporación a los ejércitos de la Revolución de Mayo. Pero las consecuencias fueron más lejos, según señala el filósofo:
Si enumeramos las posibilidades que la revolución otorgaba a los gauchos (ejercitar sus fuerzas, sus disposiciones guerreras, su odio a la autoridad) comprenderemos que no podían sino entregarse a ella con ardor. Así nació la montonera, que no sólo enfrentó a los realistas sino también a los patriotas: al viejo y al nuevo orden. Pues enfrentarse al orden era su destino. Y fue un caudillo, Artigas, el primero en convertirla en su instrumento [...]. Instinto, vida, movimiento ciego, la montonera es, sin duda, el elemento más violento y destructivo que produce la naturaleza. (137; el subrayado es nuestro)
Basta relacionar los términos “montonera” y “Montoneros” para inferir que Feinmann está hablando tanto de las primeras décadas del siglo XIX como del proyecto revolucionario de la Juventud Peronista de la “tendencia”. Sostiene más adelante que, en la óptica de Sarmiento, “si [Facundo] aparece como un ser sobrenatural, es porque es el más natural de los seres. Es decir: el más bárbaro” (142), lo que da nacimiento a “una exitosa teoría sobre la conducta de las masas y sus caudillos” (id.) que el liberalismo, de izquierda a derecha, repetirá “una y otra vez, con apabullante monotonía y poco amor por la originalidad, pero con un claro y unívoco sentido político” (id.), ironiza Feinmann para referise, sin nombrarlos (no le hace falta), al rosismo y, especialmente, al peronismo, y a sus detractores:
Las muchedumbres, de este modo, habrán de encontrar dos categorías que explicarán para siempre el sentido de sus actos: espontaneidad e irracionalismo. Si protestan, si se agitan, lo harán por mero instinto, ciegamente, apenas por satisfacer sus apetitos. Los caudillos, por su parte, vivirán ebrios por la omnipotencia del poder, atentos a explotar en su beneficio los resentimientos de las masas, decididos a captar sus oscuras voluntades. Todo será válido para esto: desde la destreza en el manejo del cuchillo o la posesión del caballo más codiciado, hasta la oratoria, las concesiones oportunistas y el vértigo de la propaganda. (id.)
Sorprendentemente para una lectura ingenua, Feinmann concluye su estudio con una apología del Facundo. Para ello da tres razones. La primera: «Sarmiento fue un gran escritor. Y no porque haya “escrito bien” (pues no creemos que los valores literarios de una obra justifiquen sus iniquidades políticas), sino porque fue un escritor profundamente argentino y americano» (149).
La segunda:
aunque despreció al gaucho, aunque lo hundió en la naturaleza para justificar su exterminio, al hacerlo lo reintegró a su paisaje, a sus costumbres, y a su secreto conocimiento del universo telúrico; porque aunque afirmó avergonzarse de lo americano, de toda la barbarie y el salvajismo que creyó ver en su tierra, es la biografía de Facundo y no la de Rivadavia la que escribe, y no solamente por motivos políticos, sino también porque comprendió y dijo que Quiroga fue la figura más americana de la revolución (id.)
Y la tercera, la que más nos interesa:
es bien cierto que Facundo es el poema épico de la montonera, que expresa como ningún otro libro de nuestra literatura (más que Martín Fierro, incluso, donde no hay montoneras ni caudillos ni nada que se les parezca), el momento más pleno, más heroico y nacional del gaucho: el de su resistencia contra la política de Buenos Aires. (id.)
Entonces, ¿qué debemos entender como subtexto en el título “Racionalidad e irracionalidad en Facundo”? No sólo la exposición de la dicotomía sarmientina, sino también, y fundamentalmente, cómo la imagen del Otro, del bárbaro, es la que se alza triunfante como (o desde) la “Sombra terrible” que abre el libro. Feinmann ha encontrado en el Facundo las bases no sólo literarias sino también políticas para una relectura de Sarmiento nada menos que desde la alteridad radical que el escritor sanjuanino denostaba, puesta ahora al servicio de la Juventud Peronista y los Montoneros.
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