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La dicotomía civilización-barbarie como institución imaginaria y discursiva del Otro en Latinoamérica y la Argentina - Martínez Estrada y los invariantes históricos

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CopyLeft Monografía de Juan Pablo Neyret - 21 de Septiembre de 2006
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6. Martínez Estrada y los invariantes históricos

Así como en el siglo XIX el discurso argentino se conforma en torno a Rosas, lo mismo ocurre en el XX con Perón desde su irrupción a principios de la década del 40. Una mirada que se vincula con la teoría literaria de la estética de la recepción puede dar cuenta de ello. Al respecto, dice Elisa T. Calabrese, refiriéndose a La novela de Perón, de Tomás Eloy Martínez: “Si -como sostiene H. R. Jauss- todo texto implica una respuesta a una pregunta implícita en el horizonte de expectativas de su tiempo, el solo nombre de Perón concitará de inmediato las más fuertes adhesiones o rechazos” (Calabrese, 1991b: 357).

Sostenemos que la hegemonía como referente ideológico de Juan Manuel de Rosas se extiende por más tiempo que “medio siglo después de extinguido el régimen político” rosista, como señalaba Prieto. En rigor, el peronismo se autocalifica como una continuación del rosismo -basta con citar la famosa línea histórica establecida por sus militantes: San Martín - Rosas - Perón-, y en este sentido postulamos que la literatura argentina posterior a 1940 lee a Rosas desde Perón y a Perón en Rosas.

Esto es lo que hace, precisamente, Ezequiel Martínez Estrada en sus dos conferencias pronunciadas en 1947 -o sea, en plena vigencia del régimen peronista- y reunidas en el volumen del mismo año Los invariantes históricos en el “Facundo”13. Fervientemente antiperonista, Martínez Estrada reedita críticamente la dicotomía sarmientina y la aplica tácitamente (nunca nombra a Juan Domingo Perón) a la actualidad del país, en una reafirmación y continuidad del ideario de Sarmiento. Podemos decir que lo que Sarmiento es a Rosas, lo es Martínez Estrada a Perón. De allí que el concepto de “invariantes” sea el eje de su discurso, apoyado en filósofos y antropólogos contemporáneos (Boas, Lévy-Bruhl, Tönnies, Geddes, Spengler -éste, de notoria influencia sobre el pensamiento de Martínez Estrada-, Mumford, Cassirer, entre otros) cuyas teorías ya se encontrarían embrionariamente en el Facundo.

Martínez Estrada hace extensivos asimismo los invariantes de la barbarie a los regímenes fascista de Benito Mussolini y nazi de Adolf Hitler, en un obvio paralelismo con el régimen peronista, espejo a su vez del rosista. Aquí resuenan las preguntas de Castoriadis: “¿Hasta qué punto el principio de realidad manifiesta la naturaleza, y hasta dónde empieza a manifestar la sociedad? ¿Hasta dónde manifiesta la sociedad como tal, y a partir de dónde tal forma histórica de la sociedad?” (1989: 36). Y, más explícitamente: “¿De dónde una filosofía tendría el derecho de decirme: aquí, en este preciso milímetro de las instituciones existentes, voy a mostrarles la frontera entre el fenómeno y la esencia, entre las formas históricas transitorias y el ser eterno de lo social?” (id; el subrayado es nuestro). Martínez Estrada manifiesta un pensamiento abiertamente esencialista y metafísico.

Este autor es básicamente un ensayista y, aunque no entraremos aquí en una polémica, tradicionalmente se le ha restado rigor expositivo a este género, considerado -y con razón- como parte de la literatura y, en su estructura, como una exposición de ideas no comprobadas y sin mayor afán que el de presentar una opinión personal e inacabada del tema tratado. En este sentido, seguimos la salvedad que hace Calabrese, citando a Walter Mignolo, cuando afirma que “este tipo discursivo no se legitima en la enunciación de un sujeto universal, sino de un sujeto ideológico” (1991a, 64). Al entender nosotros que todo discurso está condicionado por la ideología -aun el que pueda parecer más alejado de un referente extratextual-, el sujeto Martínez Estrada cobra relevancia en nuestra cadena argumentativa, no sólo por su ideario particular sino por constituir una bisagra entre los discursos del siglo XIX y los de la segunda mitad del XX, con su inclusión del peronismo en el horizonte ensayístico argentino, tarea compartida, en principio, por el grupo de escritores asimismo nucleados en torno a la revista Sur, a la que Martínez Estrada se une en 1946.

Ya en el primer capítulo de Radiografía de la Pampa (1933), Martínez Estrada excede el determinismo mesológico sarmientino para instituir, como hemos señalado, una visión metafísica de estas tierras (“Trapalanda”, en su denominación), que constituyen esencialmente el vacío, y sobre las cuales es imposible fundar nada. Si sigue la dicotomía civilización-barbarie, ésta termina convirtiéndose en una e indivisible, como lo declara sobre el final de Los invariantes...: “La historia de la civilización era, con otra nomenclatura, la misma vieja historia de la barbarie. No son dos fuerzas sino una sola” (2001: 228). Estas fuerzas se anulan mutuamente en lo que llama lo “facúndico”, ya que, según Scheines,

Para Ezequiel Martínez Estrada la barbarie (que él nomina «lo facúndico» y que identifica con desorden y retroceso) no es una realidad en pugna con otras realidades como en la tesis sarmientina. Es lo único real, es el «reverso nocturno» y verdadero de aquello que llamamos civilización (actividades productivas y ordenadas), y que aparece como el «anverso diurno» e irreal de la vida nacional: mera apariencia. Lo oculto, aquello que vive una vida subterránea y profunda, que permanece siempre igual a sí mismo enquistado en las instituciones y en los centros vitales de la civilidad, entorpeciéndolos hasta inmovilizarlos, es la barbarie. (1991: 57)

Podemos relacionar esta idea con el concepto de significaciones imaginarias sociales de Castoriadis, ligadas, en nuestra opinión, a lo que su tradición helénica denominaba el arjé:

Las significaciones centrales no son significaciones “de” algo -ni siquiera son, salvo en un sentido segundo, significaciones “ligadas” o “referidas” a algo. Ellas son lo que hace que exista, a ojos de una sociedad determinada, una co-pertenencia entre objetos, actos, individuos en apariencia de lo más heteróclitos. No tienen “referente”; instituyen un modo de ser de las cosas y de los individuos que tiene en ellas su referencia. No son necesariamente explícitas como tales para la sociedad que las instituye. La totalidad de instituciones explícitas de la sociedad, y la organización del mundo en general y del mundo social que estas últimas instrumentan las presentifican-figuran. Condicionan y orientan el hacer y representar sociales, en y a través de las cuales ellas perviven y se alteran.

Las significaciones imaginarias sociales nos confrontan con un modo de ser primario, originario, irreductible, y sobre el que, una vez más, debemos reflexionar partiendo de éste mismo, sin someterlo por anticipado a unos esquemas lógico-ontológicos ya disponibles. (1989: 61-62)

Entre los dramatis personae del Facundo, Martínez Estrada, sin ignorar a Quiroga, privilegia a Rosas; podríamos decir que en su texto hace explícito lo que se manifestaba latente en la obra de Sarmiento, con excepción de pasajes como el citado de la ”Introducción”. Reconoce la oposición entre ciudad (Buenos Aires) y campaña, y en ésta, la presencia del gaucho y, en menor medida, del indio, como elementos que a primera vista podrían parecer pintorescos pero que, en su concepción, constituyen “los cromosomas de seres que evolucionarán, pero mucho más se repetirán, conservando sus caracteres específicos” (183). Luego y por encima de ellos se alzarán los “personajes diabólicos”, los caudillos. Y, siguiendo nuevamente la lectura de Sarmiento que hemos destacado en el punto anterior, denuncia que «El caudillo no ha desaparecido, sino que se ha reabsorbido en el funcionario y el magistrado; la institución se ha “acaudillado”» (184).

Inmediatamente, Martínez Estrada vincula las montoneras de los caudillos del siglo XIX con el fascismo, en “la necesidad biológica más que antropológica de unirse el hombre en comunidades que, al no basarse en fines de solidaridad, en afectos u objetos concretos y elevados, lo arrastra a formar gavillas, bandas y tropas” (2001: 185), y a la vez identifica al montonero con el mazorquero rosista, en «Una “weltanschauung” primitiva, de hace ocho mil años» (186) vinculada con el asesinato por mano propia, a degüello, equiparable al de las reses14. Una vez más, el ensayista presentiza sus teorías y afirma, sin dudar, que “el campesinado de hoy es más afín al de 1845 que el de hace treinta años” en su “declive hacia formas incalculablemente regresivas, de asociación para la violencia” (187), ya que “el problema del europeo y del indígena, del inmigrante y del indio, ha devenido a subproblema agropecuario y militar, como antaño” (188).

Aquí es donde, al referirse al presente, Martínez Estrada está personificando al Otro en el “aluvión zoológico” peronista -no es inocente la comparación que hará entre el inmigrante y el indio y el ganado vacuno y equino (cf. 201)- y a Rosas en Perón, al decir sobre el primero: “El Estado es él” (188), y luego explicar: “Mi opinión es que Rosas sigue siendo el dominador espectral de nuestra vida nacional, el organizador y el legislador oculto”, puesto que “Rosas no era una persona humana sino una función pública” (189). Esta “función pública” es, en principio, la de preservar los elementos conservadores y retrógrados de la Colonia española a través de tres instituciones llamativamente ligadas con el peronismo: el Ejército, la Iglesia y la burocracia pública.

Al respecto, dice Christian Ferrer que las viejas instituciones coloniales encuentran para Martínez Estrada su continuación en «el liberalismo y el populismo del siglo XX. Es este descubrimiento, la invariancia del “ámbito de destino”, lo que interesa a Estrada» (2001: 12), como “encarnaciones de un estado de cosas irresueltas”, órganos que “se metamorfosean a fin de sobrevivirse a sí mismos” (id.), fuerzas tectónicas del desierto que produjeron el caudillaje y ahora provocan “una creciente desertificación moral del país” (13).

La presencia del bárbaro Rosas en la civilizada Buenos Aires es una contradicción profunda que inquietaba, como dijimos, a Sarmiento, y esta consternación se transmite a Martínez Estrada, quien la ve, a diferencia del autor de Facundo, no como una etapa transitoria sino como la institución del futuro de la Argentina. Rosas “hace de la vieja barbarie una nueva civilización” y si el sistema rosista en principio “estaba montado ya, como el nacionalsocialismo, para funcionar sin él”, en ello se opone a Quiroga: “Facundo defiende los últimos baluartes de la Colonia arrebatada a la corona por la Revolución de Mayo; Rosas instaura la colonia republicana” (2001: 206).

Martínez Estrada, en lo que estimamos una nueva referencia lateral al peronismo, apela al rosismo al afirmar que

No es necesario que esa clase de delitos se cometan conscientemente para que obedezcan a su ley, pues llegan a constituir una clase sublegal que acciona en forma automática. Para ello era preciso que Rosas no fuera un hombre sino un sistema, no un transgresor sino un impostor, no un “monstruo” sino un Estado omnímodo y total, que es lo que significa con las facultades extraordinarias de ejercer la Suma del Poder Político que le confirió la Legislatura y luego el pueblo, por plebiscito, para que no le faltara el óleo de la legalidad al fraude. (209)

Scheines completa esta idea:

Dentro de este planteo la historia argentina no existe como tal. En vez de la sucesión de acontecimientos inéditos, de hechos importantes e irrepetibles, la «historia» nacional es una pantomima representada siempre por los mismos protagonistas luciendo disfraces diferentes, disimulando sus instintos elementales bajo la apariencia del cálculo y la previsión. No hay historia. Cuanto más un proceso circular que desemboca invariablemente en el punto de partida. (1991: 58)

La autocracia y la decadencia moral desvelan al Martínez Estrada de Los invariantes históricos en el “Facundo”. La primera es denunciada en un círculo vicioso: “la vida total argentina en función de la política, el hombre libre en función del Estado, y el Estado a su vez, cerrando el círculo, en función de la política” (2001: 211). Explícitamente, “Rosas origina ese desastre espiritual” (213). “Cualesquiera sean las modificaciones en la estructura política, legislativa, jurídica o administrativa, las líneas directrices de esos intereses forzarán a la instituciones a responder a la integridad y perpetuación de esos invariantes” (217). Por lo tanto, “la preocupación de los estadistas ha sido conseguir el perfeccionamiento técnico de los órganos institucionales, sin atender al perfeccionamiento de las funciones ni a la elevación del nivel moral ni a la capacitación ética del pueblo” (218).

A Martínez Estrada puede aplicársele sin temor al anacronismo el deseo de Castoriadis respecto del poder. Habiendo el ensayista profundizado su marxismo luego de la Revolución cubana, a la cual adhirió explícitamente, le sientan las palabras del filósofo: “lo que quiero es la abolición del poder en el sentido actual, es el poder de todos” (1989: 37). Preocupado el primero por la autocracia histórica de la política argentina, en procura de la revolución social el segundo, vale para ambos la sentencia de éste: “no quiero ser cosa para mí ni para los demás. No quiero que los demás sean cosas [...]. Si puedo existir para los demás, ser reconocido por ellos, no quiero serlo en la posesión de algo que me es exterior: el poder” (id.).

Y, con su voz profética, que, como señala Ferrer, puede extenderse a “si se quiere, más recientemente, Videla o Menem” (2001: 12), Martínez Estrada advierte en 1947 que

Los protagonistas de este segundo acto del drama nacional de la organización son otra vez militares y políticos a un tiempo. [...] La influencia de la milicia en la política y de los políticos en los cuarteles vuelve a fundir el haz de los intereses nacionales en el haz de los intereses particulares. [...] De esta “puesta en forma política y en forma militar del país”, antes y después de la era constitucional, resulta una ordenación de materiales que no corresponde al concepto de civilización aunque tampoco al de barbarie. Se ha entrado en la paz con las armas empuñadas y la batalla de Tejedor es ciertamente la de una causa perdida.
[...]
Pero ese estado latente de beligerancia da a la vida cívica, en la paz, un tono de violencia sin pasión, que para muchos hace justificable la organización del país como un cuartel y la necesidad de condicionar los valores de la cultura en una escala en que Ejército, Iglesia y Administración Pública ocupen, como antaño, el escalón más alto.
(2001: 226-228)

Autor y licencia de 'La dicotomía civilización-barbarie como institución imaginaria y discursiva del Otro en Latinoamérica y la Argentina - Martínez Estrada y los invariantes históricos'
Juan Pablo Neyret Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero24/sombras.html CopyLeft
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