""
“Una determinada organización de la economía, tal sistema de derecho, un poder instituido, una religión existen como sistemas sociales simbólicamente sancionados”, afirma Castoriadis (1989: 38), y, por lo tanto, resulta peculiarmente significante instalarse en una etapa del desarrollo de una nación en que estos sistemas se hallan todavía en etapa de conformación, esto es, cuando los imaginarios aún no se han sancionado y se encuentran en pugna. Esto ocurre con la Argentina del siglo XIX, especialmente en el período previo al de la llamada “organización nacional”. ¿Qué nos dice este término en retrospectiva? En principio, que la nación argentina antes se encontraba desorganizada, desde ya, de acuerdo con los parámetros de quienes llevaron a cabo la citada “organización”.
Un punto de inflexión en la historia argentina del siglo XIX es el gobierno de Juan Manuel de Rosas, en cuyo contexto se produce, en 1845 en Santiago de Chile, durante el exilio de Sarmiento, el Facundo, primero como publicación periódica en El Tribuno y luego compilado en libro. La motivación de la escritura del Facundo responde asimismo al gobierno porteño del autodenominado Restaurador de las Leyes: en principio, es concebido como respuesta a la llegada de un enviado de Rosas que pide la extradición de Sarmiento a la vez que condena la acción política de los unitarios emigrados al país trasandino. Para justificarse ante todo frente a la ciudadanía chilena y esclarecerla sobre la situación de la Argentina a través de la vida del caudillo riojano Juan Facundo Quiroga, Sarmiento escribe. Lo hace, pues, condicionado por la institución social-gobierno argentino que se encarna, en este caso, en un poder unipersonal.
Adolfo Prieto ha señalado claramente la figura del Restaurador como referente ideológico ineludible de la literatura argentina del siglo XIX:
Desde que Rosas aparece en el panorama político, hacia 1820, su figura se incrusta en todas las corrientes de opinión, afecta en diversos planos la sensibilidad colectiva y se vuelve materia polémica inagotable. Su propio tiempo y la posteridad han dado a su silueta contornos casi fabulosos... (1982: 75)
Y agrega:
Por lo pronto, no es exagerado presumir que la irrupción del rosismo es, socialmente, un hecho tan importante como la revolución de Mayo. La misma fuerza perturbadora puede asignarse a uno y otro episodio, en la capacidad de producir hondas fracturas en el plano de la convivencia y de desatar agudos focos de ansiedad. El rosismo provoca un trauma en la conciencia colectiva, con repercusiones que se registran fácilmente hasta medio siglo después de extinguido el régimen político dominado por la figura de Rosas. (77-78)
El principal texto generado por el rosismo es, sin lugar a dudas, el Facundo. Texto sin género en el que se lo pueda clasificar, biografía de Quiroga, pero también autobiografía literaria del propio Sarmiento, ensayo, novela -incluso, fue considerado como novela histórica (cf. Katra, 1986)-, estudio sociológico y antropológico, panfleto (esta denominación es del propio Sarmiento), por debajo de todas estas taxonomías se cuela irreparablemente la figura de Rosas. En una de las tantas lecturas posibles, Facundo es la condena del gobierno rosista y, sobre todo en sus dos últimos capítulos, añadidos a posteriori (“Gobierno unitario” y “Presente y porvenir”), un escrito programático de Sarmiento tendiente a conducirlo a la futura Presidencia de la Nación.
El Facundo no es el primer texto que hace explícita en la Argentina la antinomia civilización-barbarie, pero es a todas luces el que la consolida de una vez y para siempre. Sin embargo, desde el mismo y célebre comienzo de su “Introducción”: “¡Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte...” (Sarmiento, 2002: 45), Sarmiento deja entrever su fascinación por la figura de Quiroga, así como en el Capítulo I, “Aspecto físico de la República Argentina y caracteres, hábitos e ideas que engendra”, deja caer su no menos conocida sentencia: “El mal que aqueja a la República Argentina es la extensión” (59), para enseguida extenderse sobre un tópico de la literatura nacional de la época: el desierto. A éste, en el Capítulo II, inclusive le atribuirá la a su juicio natural tendencia del pueblo argentino a la poesía:
Ahora yo pregunto: ¿Qué impresiones ha de dejar en el habitante de la República Argentina el simple acto de clavar los ojos en el horizonte, y ver... no ver nada? Porque cuanto más se hunde los ojos en aquel horizonte incierto, vaporoso, indefinido, más se le aleja, más lo fascina, lo confunde y lo sume en la contemplación y la duda. ¿Dónde termina aquel mundo que quiere en vano penetrar? ¡No lo sabe! ¿Qué hay más allá de lo que ve? La soledad, el peligro, el salvaje, la muerte. He aquí ya la poesía. El hombre que se mueve en estas escenas se siente asaltado de temores e incertidumbres fantásticos, de sueños que le preocupan despierto. (78)
Resulta imposible no apreciar el alto grado de poetización que ostenta este fragmento. ¿Quién sino el mismo Sarmiento es ese hombre fascinado en “la contemplación y la duda”, tan caras a su romanticismo pero tan ajenas a su afán científico positivista?
Sarmiento no duda en atribuir la barbarie tanto al desierto y la campaña como al poblador de ésta, el gaucho -en cuanto al habitante del primero, el indio, resulta significativa su casi completa omisión; para el autor, el aborigen casi no cuenta-, así como a la urbe que se ha quedado detenida en el tiempo, la ciudad de Córdoba, que aún representa los ideales colonialistas españoles, manifestados principalmente en su religiosidad. La civilización es la ciudad de Buenos Aires, el puerto que, cuando los ríos hasta el momento desaprovechados se avengan a la navegación comercial, cobrará todo su empuje. Buenos Aires es, a la vez, la única posibilidad de reflejarse en Europa, y tanto ésta como, en menor medida, Estados Unidos, son el modelo de civilización que debe imponerse por la razón o por la fuerza.8
Pero el Facundo comienza con una situación paradójica: la culta Buenos Aires está en poder de Rosas, el dictador. Y así como el discurso de Sarmiento alcanza picos de lirismo en sus descripciones geográficas y un apasionamiento sin par en el relato de la vida de Quiroga, cede a la diatriba en la misma “Introducción”, apenas líneas después de la poética evocación a la “Sombra terrible”. Dice Sarmiento:
¡Cierto! Facundo no ha muerto; está vivo en las tradiciones populares, en la política y revoluciones argentinas; en Rosas, su heredero, su complemento; su alma ha pasado a este otro molde más acabado, más perfecto; y lo que en él era sólo instinto, iniciación, tendencia, convirtióse en Rosas en sistema, efecto y fin. La naturaleza campestre, colonial y bárbara, cambióse en esta metamorfosis en arte, en sistema y en política regular, capaz de presentarse a la faz del mundo como el modo de ser de un pueblo encarnado en un hombre que ha aspirado a tomar todos los aires de un genio que domina los acontecimientos, los hombres y las cosas. Facundo, provinciano, valiente, bárbaro, audaz, fue reemplazado por Rosas, hijo de la culta Buenos Aires, sin serlo él; por Rosas, falso, corazón helado, espíritu calculador, que hace el mal sin pasión y organiza lentamente el despotismo con toda la inteligencia de un Maquiavelo. Tirano sin rival hoy en la tierra, ¿por qué sus enemigos quieren disputarle el título de grande que le prodigan sus cortesanos? Sí, grande y muy grande es, para gloria y vergüenza de su patria, porque si ha encontrado millares de seres degradados que se unzan a su carro para arrastrarlo por encima de cadáveres, también se hallan a millares las almas generosas que en quince años de lid sangrienta, no han desesperado de vencer al monstruo que nos propone el enigma de la organización política de la República. Un día vendrá, al fin, que lo resuelvan, y el Esfinge Argentino, mitad mujer por lo cobarde, mitad tigre por lo sanguinario, morirá a sus plantas, dando a la Tebas del Plata el rango elevado que le toca entre las naciones del Nuevo Mundo. (45-46)
Facundo, “provinciano, valiente, bárbaro, audaz”, despierta la admiración, a su pesar, de Sarmiento. Admiración que se funda en la institución imaginaria del gobierno de Rosas, que ha logrado la paradoja de ser “hijo de la culta Buenos Aires, sin serlo él” y trastrocar los espacios de la civilización y la barbarie. Ésta ya no está solamente en el desierto y en el campo, sino en el corazón mismo de la civilización -el espíritu de la campaña ha ocupado la ciudad-, y esta paradoja, que amenaza con disolver la célebre dicotomía, guía a Sarmiento a apoyarse en la figura de Quiroga hasta la exaltación, mientras como un río subterráneo fluye el odio contra Rosas.
Facundo es, para Sarmiento, encarnación de la barbarie en tanto fuerza natural no reprimida. En varios pasajes del libro, lo presenta como la esencia originaria de la tierra en su carácter salvaje, y se cuida muy bien de distinguirla de la deliberación con que Rosas hace el mal. Esta exaltación de lo natural es lo que retomará la filosofía de la izquierda peronista en las décadas del 60 y el 70 del siglo XX, en tanto reivindicadora de la condición “bárbara” y aun del rosismo a través de la continuidad de éste en el fenómeno del peronismo9. Como apunta Lojo, “la barbarie, la violencia, el brutal y despojado esplendor de lo originario, que seduce, invade, impregna, conquista, todo el territorio de su imaginación verbal [de Sarmiento] y lo convierte en deslumbrado invocador de aquellos mismos a quienes deseaba combatir” (1994: 74).
La misma Lojo, basándose en la teoría del “deseo según el otro” que desarrolla René Girard en Mentira romántica y verdad novelesca, va más allá y señala que, a partir de la figura de Facundo como mediador, “El movimiento del deseo deviene triangular, se refracta en el amado/odiado adversario. Más que la posesión del objeto en sí se anhela, secretamente, la identificación con el otro, infinitamente distante e infinitamente próximo” (75)10. Rosas, en sus palabras, es también una mediación y «ejerce sobre Sarmiento una atracción no siempre oculta. En definitiva, quizá ya no importe tanto el poder, sino “estar en el lugar de Rosas”, ser Rosas, de algún modo, como lo señaló, en sus Cartas..., el sagaz Alberdi» (75-76).
Sarmiento, sin embargo, triunfa en otro plano de la institución imaginaria de la sociedad: con el Facundo y su impronta europeísta sienta las bases del período hegemónico del liberalismo en la Argentina, que se consolidará con la Generación del 80 y se extenderá hasta el advenimiento del régimen peronista -y su declarada filiación con el rosismo- en 194511. Si para Castoriadis «lo imaginario tiene que utilizar lo simbólico, no sólo para “expresarse”, lo cual es evidente, sino para “existir”, para poder dejar de ser algo virtual y poder constituirse en algo más» (1989: 43), allí está el libro canónico del siglo XIX para guiar el imaginario que se instituirá en las instituciones argentinas durante casi un siglo.
Es en este sentido que William H. Katra destaca la que llama función “ontogenética” del Facundo. En su análisis del texto como novela histórica, el académico estadounidense destaca la deliberada ficcionalización -y consiguiente tergiversación- que Sarmiento realiza de los hechos históricos que trata en su libro y concluye que, si no es una fuente confiable para la historiografía del pasado, en cambio cumple con las expectativas del lector burgués de su época y sienta las bases de la Argentina futura:
Otra explicación podría poner de relieve el rol de la obra de predecir el camino de desarrollo que Argentina seguiría en vida de Sarmiento. Es decir, él predijo la inevitable desaparición del gaucho, el desplazamiento del liderazgo del caudillo en las provincias del interior y el eventual ascenso del liberalismo -en su variante “dependiente”- al estatus de doctrina oficial de los círculos gobernantes de su país. Desde este punto de vista, puede argumentarse que mientras que Facundo era deficiente en retratar objetivamente el pasado histórico, fue totalmente exitoso en capturar -en su lectura “profunda” de- la historia del futuro del país. De acuerdo con esta lectura ontogenética, el “realismo” de Sarmiento se vinculaba con el futuro que proféticamente él previó para su país, y no en relación con su interpretación de hechos pasados; estaba en relación con los ideales y expectativas de su lector “civilizado” o burgués, y no con los valores de sus campesinos “bárbaros” del interior. (1986: 37; Trad. cit.)
En palabras de Adriana Rodríguez-Pérsico, coincidentes con las recién citadas, “La utopía como género discursivo está presente ya en Facundo. El texto enfrenta tiempos que contienen modelos de país contrapuestos: junto con la historia pasada que es la historia de los caudillos y las montoneras pone otra historia pasada, la que proviene de la Revolución y que servirá de fundamento para la historia futura” (1991: 124).
Facundo es, pues, un caso peculiar de dos imaginarios discursivos. Uno, el que -no sin reservas- podríamos llamar “literario”, en el que las categorías de civilización y barbarie llegan a confundirse en la trama de la escritura, y, por ende, en el propio sujeto de la enunciación, que oscila entre el yo y el Otro. Otro, el de la institución imaginaria de la sociedad, que finalmente triunfa en base a la aplicación práctica de la misma antinomia, a través de la desaparición del gaucho y la política de exterminio del indio12. Se trata, sin duda, del libro fundacional de la mitad de la historia de la nación argentina, y así lo entiende José Pablo Feinmann en coincidencia con Castoriadis: “El discurso del poder implica una constructividad de la verdad que lo acerca a la creación literaria. [...] si la verdad liberal se expresa a través de un gran texto literario (Facundo), es porque la constructividad del poder es un acto de creación” (1988: 81).
No coincidimos con el filósofo argentino en su afirmación ulterior de que ese objeto que se produce, esa verdad, “no existe como elemento de la realidad antes de esta construcción” (id.). Ya hemos visto cómo desde 1492 están sentados los presupuestos de esta política de exclusión (física, inclusive) del Otro, y cómo Sarmiento oscila entre la fascinación por lo americano y su voluntad de asimilarse al Nosotros conquistador, europeo y racional. ¿Lo consigue? Sí en cuanto a la institución del poder. Pero en lo más íntimo de su ser, cuarenta años después de la escritura del Facundo y sólo tres antes de su muerte, tras visitar la tumba de Quiroga el Día de los Muertos, confiesa en El Debate del 4 de noviembre de 1885: “mi sangre corre ahora confundida en sus hijos con la de Facundo, y no se han repelido sus corpúsculos rojos porque eran afines” (cit. por Lojo, 1994: 75).
""