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La digitalización y sus efectos en la producción editorial - De terrores digitales (I)

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CopyLeft Monografía de Joaquín Mª Aguirre Romero - 30 de Agosto de 2006
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1. De terrores digitales (I)
El día 17 de marzo de este año 2000 el mundo se levantaba con una noticia inquietante. Su titular era: "Stephen King causa el terror en la literatura convencional". La noticia era la continuación de las aparecidas en días anteriores en la que se nos avisaba que el rey de las ventas en el género de terror —y probablemente también de las ventas en casi todos los demás géneros—, el novelista norteamericano Stephen King, tenía previsto publicar su última novela en Internet.

Desde luego, Stephen King no puede presumir de ser el primero que hace esto. El gran novelista Robert Coover experimentó hace ya bastantes años con el formato hipertextual en sus obras de creación y se dedicó a investigar nuevas formas expresivas con sus alumnos de la Universidad de Brown. Más recientemente, John Updike, ganador del Premio Pulitzer, y ya un clásico de la literatura norteamericana, escribió el primer párrafo de una novela que fue continuada a través de Internet por los lectores-escritores navegantes dispuestos a ensayar en esta forma de escritura colectiva. Experiencias ha habido muchas.

Lo que Stephen King puede apuntarse en su haber es ser la primera cuña de la gran industria editorial para tratar de potenciar un sector —el editorial— que apuesta por unos nuevos formatos, aunque no sabe muy bien por dónde pueden ir los tiros futuros.

Esta situación de tanteo es una constante en estos principios de la denominada Sociedad de la Información, algo que alguien tendría que sentarse a definir con calma para que así supiéramos todos a qué atenernos. Son muchos los sectores en los que ya se están experimentando cambios profundos, pero —por primera vez en la historia— los cambios son tan rápidos, radicales y en tantos frentes que muchas veces despiertan sentimientos de angustia generalizados. Se sabe que cualquier paso en falso que se dé puede llevar al fracaso y las grandes expectativas que se disparan un día pueden desvanecerse al día siguiente. La Sociedad de la Información es una sociedad faústica, vertiginosa en sus transformaciones, una mezcla de la fiebre del oro, de la carrera de Oklahoma y del juego de la ruleta rusa.

La radical novedad de la situación en que nos encontramos —esta velocidad que abre brechas generacionales, no ya entre padre e hijos, sino entre hermanos mayores y hermanos menores— es que hace que se tantee un mayor número de posibilidades en unos casos y en otros que se apueste fuerte de cara a un futuro del que solo se tienen claros algunos escenarios.

Uno de estos escenarios difusos es el del mundo editorial, simbolizado en el "libro" como objeto fetiche de la cultura occidental. La misma noticia con la que comenzábamos no puede sustraerse a un cierto tono apocalíptico cuando, inmediatamente, afirma: "La publicación del último libro de Stephen King, "Riding the Bullet", ha hecho temblar de terror a la literatura convencional que ve en la edición a través de Internet el fin de los libros como soporte literario". Como dice el mismo periodista, "solo los árboles respiran tranquilos" ante el éxito de King.

Me gustaría utilizar esta noticia para revisar inicialmente una serie de circunstancias que tienen que ver con nuestro tema: el cambio que se genera con la introducción de la digitalización en el conjunto del sistema editorial, aunque posteriormente establezcamos algunas distinciones. Iré analizando, pues, en el mismo orden en que se introducen en el texto periodístico algunos de los datos.

La primera información que se nos ofrece es la extensión de la obra, es decir, el número de palabras que la componen: 16.000. Para que se hagan un cálculo, en este momento llevo escritas aproximadamente 600 palabras, que componen aproximadamente dos páginas tamaño DIN-A4 impresas. Por un sencillo cálculo comprobamos que la novela de Stephen King, la novela por la que los árboles están tranquilos, tiene aproximadamente 55 páginas en su original. Cualquiera que haya leído o simplemente visto el tamaño habitual de las novelas de King, auténticos mamotretos, percibirá la diferencia de tamaño.

Esta primera circunstancia nos permite deducir algunas cosas interesantes. La primera de ellas es que el experimento se ha hecho con gaseosa, como debe ser, según el dicho. Ni King ni sus editores —apuntemos de paso que el autor se lleva un margen muy elevado del precio de la obra— se han arriesgado a lanzar una novela en la red; lo ha hecho con lo que en la imprecisa terminología con la que nos manejamos en los géneros narrativos denominamos "cuento largo" o "novela corta", según la veamos, como un más o como un menos. Arriesgar con una novela, en el caso de King, supone hablar de millones de dólares.

El éxito de este experimento mediático-literario tiene, además, cierto truco. Stephen King es uno de los autores con más público consolidado en la Red. Hay cientos de páginas creadas por sus clubes de fans repartidas por todo el mundo, páginas dedicadas a sus novelas y a las películas y series de televisión que se han realizado sobre esas mismas novelas.

De lo que no cabe duda es de que se ha elegido bien para el experimento: un autor de éxito, con un grupo generacional más o menos definido de lectores repartidos por todo el mundo, con notoriedad gracias a su múltiple presencia audiovisual. Además, tenía que ser así, ya que en este caso lo que menos importa es el texto en sí mismo. Lo que se buscaba era una espectacular promoción de un sistema lector: el Rocket E-Book.

El lanzamiento de "Riding the Bullet" se ha realizado a través de Internet y solo puede ser adquirido para su lectura en este tipo de dispositivo lector. Ni siquiera en otros formatos electrónicos; solo con el Rocket E-Book, fabricado por la empresa norteamericana Gemstar. Este es uno de los puntos clave para entender el movimiento que se está registrando alrededor del libro digital: el problema de los dispositivos lectores.

Existen varios modelos de dispositivo lector o libro electrónico, es decir, aparatos cuya función es el almacenamiento y lectura de textos. Además del elaborado por Gemstar, están el también norteamericano SoftBook y el Cybook, del grupo francés Cytale. Esta situación es nueva en el campo de la industria editorial, pero no es nueva en otros sectores y se pueden establecer ciertas analogías. ¿Recuerdan lo que sucedió con la industria del vídeo en sus principios, la lucha entre los tres sistemas de grabación-reproducción? De los tres sistemas en el mercado, el 2.000, el Beta y el VHS, el primero —por cierto, el de más calidad, según los entendidos— desapareció al poco tiempo; a esta desaparición siguió una lucha empresarial con irregular reparto geográfico entre los otros dos sistemas —España era uno de los pocos países en los que había cierto equilibrio entre los dos— , luego un pacto a medio plazo entre las dos grandes empresas que los apoyaban, su posterior incumplimiento y, finalmente, la reducción testimonial de uno de ellos. De esta situación podemos aprender algo cierto: todo era una lucha comercial entre empresas por imponer sus sistemas, una lucha a muerte por consolidar una tecnología y sobre todo unas patentes.

El caso del libro electrónico tiene paralelismos, pero también una gran diferencia. El vídeo comenzaba su andadura comercial y cultural en aquellos momentos; no había precedentes. El formato "libro" lleva aproximadamente dos mil años —si nos atenemos al codex— y quinientos años —si contamos la producción impresa—. El formato "libro", pues, es, por así decirlo, patrimonio de la humanidad. Hay millones y millones de libros impresos producidos en los últimos cinco siglos y cada año se producen más. El libro forma parte de nuestras vidas, de nuestras instituciones (de la enseñanza a las leyes, por poner solo dos ejemplos de la importancia cultural de la fijación escrita). ¿Se imaginan lo que sucedería si los libros fueran incompatibles como pueden serlos muchos productos digitales, los ordenadores o los sistemas de vídeo? El libro impreso tiene, pues, dos grandes ventajas: es universal y está sin registrar, cosa extraña en una época en la que se están registrando hasta los genes.

Creo que es el momento de señalar que estamos viviendo la tensión entre dos tendencias. Sobre esta tensión se está construyendo la denominada Sociedad de la Información. Estas tendencias son, por un lado, las que surgen de la base constitutiva de la Red, de lo que podríamos denominar su cuerpo social, y, por otro, la fuerza que se genera desde el lado comercial, que ve la red como un mercado con leyes similares a las de mercado tradicional. La primera tendencia, que llamaremos universalista, tiende a utilizar la red como un sistema abierto, colaborativo, en el que las energías se destinan a buscar instrumentos que puedan ser compartidos por la totalidad de la Red. Es el reino de la gratuidad y de la colaboración, de la búsqueda de sistemas sin restricciones que permitan la máxima apertura.

Por el contrario, la segunda tendencia lucha por una constitución de la Red similar en su estructura a la de los mercados tradicionales. Es decir, una red dividida entre productores y consumidores o usuarios, dividida en segmentos de mercado y con las grandes compañías dirigiendo su desarrollo conforme a los criterios de competencia.

Estas dos tendencias están intentando dirigir la Red hacia posiciones diferentes y de quién consiga llevarse el gato al agua dependerá el tipo de futuro que nos espera a la vuelta de la esquina. Por concretar estas dos tendencias en el terreno que nos ocupa —el editorial—, podemos señalar que el Proyecto Gutenberg sería representativo de la primera, mientras que el Rocket E-Book y "Riding the Bullet" representarían a la segunda. El Proyecto Gutenberg trata de hacer llegar al máximo número de miembros de la Red todo tipo de textos, desde los clásicos greco-latinos a textos filosóficos pasando por todo tipo de novelas de dominio público o cedidas por sus autores, mientras que el Rocket E-Book utiliza a Stephen King para que le sirva de anzuelo en las ventas no de la obra, que es accesorio, sino del aparato lector sin el cual no puede accederse al texto.

Demos un pequeño salto en el tiempo a otro titular de prensa, al aparecido el primero de abril en el Diario del Navegante: "Terror gratuito". En esta noticia se nos informa esta vez que las defensas anti-copiado incorporadas a la novela de Stephen King, un cifrado de cuarenta bits, habían sido insuficientes y los internautas dedicados a estos menesteres estaban ofreciendo la novela de forma gratuita por la Red. El periodista, citando a Interactive Week señala: "los editores no están preocupados por el impacto económico de este fraude, pues la novela se estaba regalando en muchas librerías electrónicas, sino por el riesgo de que esta noticia pueda disuadir a otras empresas de utilizar la Red como canal de distribución, o a los lectores de usarla como medio para comprar literatura." En menos de quince días, la novela ha pasado a tener un valor emblemático diferente. Ha pasado de ser el prototipo del nuevo negocio editorial a ser, esta vez en un sentido diferente al género novelesco, un elemento terrorífico. El terror esta vez es el del sector editorial.

Con todo, el caso sigue siendo ejemplificador. Nos muestra cómo la Red tiene otra forma diferente de comportamiento, otra psicología y, sobre todo, otra potencia que actúa en los dos sentidos: como elemento creador y como elemento destructor. La misma fuerza que había hecho que se vendieran cuatrocientas mil copias de la novela de King en solo veinticuatro horas actúa en sentido contrario. Las cifras de lo que fue ese primer día son realmente apabullantes: "Durante las primeras 24 horas" —nos informan de nuevo desde el Diario del Navegante— "Amazon despachó 1,5 peticiones por segundo, frente a las 2,5 peticiones por segundo de su competidor [Barnes & Noble]. La demanda desbordó con creces las previsiones, y miles de lectores se dieron de baja después de dos, tres y hasta cuatro horas de conexión intentando bajar inútilmente el libro (que, por cierto, está protegido para evitar que se pueda copiar en papel o enviar por correo electrónico)."

 

En el fondo de todo esto hay dos debates muy distintos. El primero se refiere a la relación entre la publicación impresa y la publicación electrónica, que sería el debate cultural, y por otro lado el debate, —resolviendo el primero de una forma o de otra— sobre las formas de la publicación electrónica, es decir, sobre tipos, formatos, distribución, acceso, etc.

La publicación electrónica es una realidad necesaria. Sus ventajas superan con mucho sus inconvenientes, si se aplican en los campos favorables. En otros momentos hemos abogado por una distribución más natural o funcional de los campos de aplicación de la publicación electrónica. ¿Qué queremos decir con esto? Que, en primer lugar, hay que superar los debates apocalípticos o maximalistas sobre el futuro del libro como futuro de la Cultura. El libro es un soporte-formato de almacenamiento y distribución de la Cultura como información, no la Cultura misma. Otra cosa es que podamos hablar de una Cultura del libro. Cualquier soporte de almacenamiento tiene unas características específicas que condicionan la distribución y el acceso a lo auténticamente importante: lo que contienen. Es cierto, sin embargo, que los soportes también dan forma, de alguna manera, a ciertos aspectos de la Cultura misma; que son agentes del Sistema Cultural y no simples elementos pasivos. La Sociedad que utiliza el libro como vehículo acaba adaptándose y estructurándose al libro mismo, de la misma manera que el libro se ve sujeto a una evolución en sus formatos, tecnologías productivas y materiales utilizados conforme a las necesidades de consumo informativo de sus usuarios.

El siglo XX ha sido un siglo de revolución tecnológica en lo que respecta a las formas de construcción cultural. El monopolio comunicativo del formato "libro" se ve alterado con la aparición de otras formas de distribución y almacenamiento de la información. En primer lugar, la extensión mediática de la voz humana, es decir, la radio; y la extensión mediática de la voz y la re-presentación visual, es decir, el cine y la televisión. Pensemos que la escritura es en primer lugar una forma de almacenamiento de la voz que, a su vez, es la expresión acústica del pensamiento. Así se entendió desde la Antigüedad: la escritura era la representación-captación directa de la voz en los sistemas fonográficos, del pensamiento-voz en las escrituras de tipo ideográfico, y de las cosas-conceptualizadas en los sistemas iconográficos de escritura. La función de las escrituras ha sido básicamente fijar para comunicar más allá de la presencia. La escritura es testimonio y comunicación diferida, registro y transmisión. Tiene un alcance y una duración, puesto que se liga a la materia en la que se inscribe. Por tanto, nada que favorezca estas dos funciones, la conservadora y la comunicativa, puede entenderse como un atentado contra la Cultura. Una Cultura, por más que muchos se empeñen, no es un museo, un almacén sagrado, templo en el que hay que descalzarse o descubrirse, sino un sistema dinámico de comunicación, en el que se producen ampliaciones del alcance de las informaciones de unos grupos a otros gracias a dispositivos técnicos (y el libro lo es). La Cultura es lo compartido que pervive circulando y no lo reservado.

Idealizar épocas en las que los objetos de la Cultura —las artes, las ciencias, la educación, etc.— eran privilegio de unas pocas capas de la sociedad no tiene sentido. No es cuestión de entrar ahora en un debate enfrentando "cultura de masas" y "cultura de elites". Digamos, simplemente, que al menos para mí, el debate es innecesario en parte si se lucha por transmitir los objetos culturales a través de los medios hoy posibles en una sociedad de masas. Es decir, si el debate se desplaza de los contenidos a las formas de distribución de los contenidos. Es absurdo discutir, como muchos hacen, si es mejor un reality-show que una obra de Shakespeare; lo que hay que plantearse es cómo difundir a Shakespeare con los medios existentes actualmente.

 

Retomemos la cuestión. ¿Es el libro electrónico la única opción por la que se está batallando en el mundo digital? Evidentemente no. El libro electrónico es un intento, como hemos señalado, de reconducir una situación, una huida hacia adelante, de un sector, el editorial, que se ve afectado directamente por las modificaciones que se producen en el interior del sistema.

Desde nuestro punto de vista, el sector editorial se equivoca al dirigir sus esfuerzos hacia territorios en los que es poco probable que pueda obtener victorias a corto o medio plazo. Una de las cosas más inteligentes que he leído en los últimos años sobre la cuestión del libro electrónico es la pregunta que se hacía un comentarista de la vida digital: ¿lo ha pedido alguien? En efecto, el libro digital, tal como se nos presenta, más parece un empeño de algunos interesados en evitar perder una situación de privilegio productivo. Lo que no resta valor tampoco a algunas de las experiencias que se están realizando. ¿Qué entendemos por privilegio productivo? La posesión institucional-empresarial de la producción material de la cultura. Las editoriales —es extensivo a otro tipo de instituciones— no producen la cultura; solamente la empaquetan y la distribuyen. También actúan como filtro y como instituciones directoras al ser determinantes los mecanismos de selección-aceptación de aquello que distribuirán. El gran temor empresarial es que las Nuevas Tecnologías permiten la ampliación de la producción cultural ya que la ponen en manos de muchos más agentes sociales. De un mundo perfectamente definido y controlado por agentes institucionales especializados y profesionalizados se pasa a un mundo más abierto en el que cualquiera puede convertirse en agente cultural al tener a su disposición unos instrumentos que posibilitan la producción y la distribución cultural. En esto consiste la famosa horizontalidad de la Red.

Autor y licencia de 'La digitalización y sus efectos en la producción editorial - De terrores digitales (I)'
Joaquín Mª Aguirre Romero Extraído de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero15/libr_dig.html CopyLeft
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