Acabamos de ver la atomización del libro con la demanda personalizada, pero en un mundo tan abiertamente competitivo como el que estamos elaborando entre todos, las posibilidades no acaban aquí. El caso anterior contemplaba el libro como un objeto unitario y no como integrante de esa categoría productiva que es el concepto de tirada. Pero la integridad de la obra no tiene necesariamente que mantenerse en todos los casos.
Hasta el momento los libros son unidades cerradas, independientemente de que se produzcan en serie o de forma unitaria bajo demanda. Hoy es el autor el que fija los límites de la obra como texto y el editor el que fija los límites del libro como objeto material de almacenamiento informativo. Sin embargo, en muchos casos existen otros tipos de unidades, tanto inferiores como superiores. Son básicamente unidades de información en las que el libro puede fraccionarse.
Un libro puede ser un todo desde su origen o el resultado de selecciones o compilaciones realizadas por diversas manos. La función de este tipo de operaciones, en su origen, viene determinada por dos factores. El primero es dotar de cuerpo a unos textos que, por su extensión, no llegan a alcanzar la que convencionalmente fijamos para un libro. Artículos, conferencias, ponencias, etc. —formatos menores, en suma— son agrupados según diversos criterios (temáticos, autoriales, antológicos) para obtener un cierto equilibrio entre interés de la demanda y costes de producción. Como por debajo de ciertas extensiones no resulta rentable la edición de una obra, los editores buscan realizar unidades físicas con ese material disperso y lo fijan en un libro que pueda competir en el mercado.
Pero esta unión artificial, por muy justificada y útil que pueda ser, no tiene por qué coincidir con las necesidades de los posibles compradores. Gran parte de las pérdidas que se producen en el sector editorial debido a la reprografía ilegal obedecen a este motivo: la gente no está dispuesta a adquirir la totalidad de una obra, interesándose solo por una parte de ella. Esta práctica, que todos conocemos bien en el ámbito académico, puede resolverse en gran medida si se somete a las reglas de mercado no la obra como algo unitario, sino como un conjunto de informaciones susceptibles de ser adquiridas por separado.
En suma, la decisión del comprador no se realiza sobre el conjunto sino sobre las partes. Si tenemos una obra que reúne diez trabajos del mismo o de diferentes autores, puede que solo nos interese adquirir tres o cuatro de ellos. La fórmula del libro personalizado permite que éste se realice de forma individual ajustándose a las demandas de aquel que deberá pagar por ello. Es, si queremos, llevar al extremo el principio de pagar únicamente por aquello que realmente queremos.
Hace poco más de un año tuve ocasión de coincidir en unas jornadas con unos profesores de la Universidad de Chicago que habían sido encargados y financiados por una importante empresa internacional de edición y distribución de publicaciones científicas para realizar una investigación sobre las formas de cobrar este tipo de prácticas, es decir, cuánto se estaría dispuesto a pagar por las diferentes formas de empaquetar la información. Una vez rota la unidad física del libro, se plantea como problemática la forma de establecer criterios de cobro por las unidades posibles, ya que las combinaciones pueden ser muchas. En última instancia, se establece un cierto conflicto entre la posibilidad de libertad total de elección por parte del comprador o el establecimiento de ciertas unidades o mínimos prefijados por parte del editor para su adquisición.
Estos nos son los únicos problemas, como seguro que ya han intuido. El conflicto mayor se planteará en la forma de retribución de los autores. No es solo que se puedan establecer unidades complejas, sino que cada libro pasa a ser único, personalizado. Por parafrasear a Roger Chartier, pasa a quedar claro que los autores escriben los textos y no los libros. Es decir, el autor escribe y ahora es el lector el que, con sus necesidades, configura la composición material. El editor hace cesión de una de sus potestades tradicionales: determinar la composición de la obra para dejarla en manos del comprador final.
El panorama que se abre ante nosotros, resumiendo, es el siguiente: 1) el autor ya no puede fijar con el editor una tirada, porque ésta se va produciendo como un goteo sin límite ni físico ni, en principio, temporal, aunque este factor tendería a cobrar más importancia que la que ahora tiene; 2) la obra puede verse fragmentada, lo que daría lugar a facturaciones diferentes y atomizadas dependiendo de los requerimientos de los compradores; 3) desde el punto de vista autorial, el concepto de "obra" como integridad se relativiza en beneficio de otro tipo de unidades menores. Esto puede llevar el riesgo de que los hoy existentes catálogos de publicaciones se conviertan en meras bases de datos en las que los compradores rebusquen y seleccionen el material que adquieren. El editor, en este sentido, pasaría a dejar de merecer tal nombre y sería, más bien, un gestor de la información con función empaquetadora, es decir, solidificar lo que el comprador ha seleccionado.
Esto no debemos verlo como algo negativo necesariamente. En cierto sentido, el resultado —positivo o negativo— depende del tipo de material que se someta a estos procesos. Como hemos señalado anteriormente, muchos libros son productos artificiales —selecciones, compendios, recopilaciones—, no obras compuestos por unidades que tienen cierta independencia. En muchos casos podría desandarse este proceso. Al fin y al cabo, el mismo proceso selectivo que ha realizado el compilador, lo hace ahora el comprador, que es quien ha de usar y pagar finalmente la información. Pero pudiera darse el caso, y esto podría ser la parte más positiva, que se dé salida a unidades textuales inferiores dentro del sistema editorial, es decir, que sean ofrecidos esos textos directamente al comprador. Pongamos el caso de un autor de un artículo que lo ofrece individualmente, no como parte de un conjunto, para formar parte del fondo de la editorial.
Como puede verse, el editor de libros, en este caso, se desliza hacia otras figuras, como la del editor de revistas o como la de ciertas agencias que gestionan artículos, que se manejan con unidades menores. Esta es una situación característica de todo proceso de reconversión. Se dan intersecciones, deslizamientos y mezclas de funciones anteriormente nítidas, o bien surgen nuevas figuras institucionales que se enfrentan a las nuevas situaciones que producen.
La impresión personalizada bajo demanda es un sistema del que se prevé un gran desarrollo. Sin embargo, tiene el riesgo de un exceso de mercantilización. No se trata aquí de defender un concepto idealizado del libro. El libro ha sido siempre una mercancía; esto no es un demérito ni una ofensa, sino el reconocimiento de algo históricamente simple. Su papel capital en el desarrollo y extensión de la cultura no debe ser óbice para que no se adapte a las nuevas situaciones tecnológicas y de mercado. Dentro del término libro metemos demasiadas cosas, quizá, porque también alberga muchas cosas diferentes entre sus páginas. Los libros contienen textos y estos textos tienen múltiples finalidades y valores. La gama de posibilidades de las obras impresas es rica en contenidos y lo importante es que esos contenidos cumplan su función —cultural, profesional, escolar— llegando a sus destinatarios.
Hemos tratado en esta ocasión tan solo tres formas de la transformación que está teniendo lugar en el mundo de la cultura, la edición y la comunicación. En ocasiones, se trata de presentar estos procesos desde una perspectiva negativa, anticultural, deshumanizada y deshumanizadora, como una suerte de advenimiento del apocalipsis cultural. Esto no tiene demasiado sentido. El libro electrónico, la edición bajo demanda y la edición personalizada son manifestaciones de cómo la evolución tecnológica sirve de soporte a los procesos de transmisión cultural.
El libro, repetimos, es también alta tecnología y en su momento fue también una "nueva tecnología" que se impuso sobre otros formatos y materiales. Ninguna transformación se produce de la noche a la mañana. Hoy por hoy, el libro goza de buena salud, pero también es cierto que tiene sus propios problemas. La aparición de la edición electrónica —del mundo digital, en suma— puede ser una ayuda, como ya lo fue en los procesos que se han venido produciendo en el interior de la propia industria con la aparición de la informática aplicada los pasos previos a la impresión. La escritura, la composición, diseño, etc. de los libros son desde hace mucho procesos digitales. Pero todos ellos se frenaban en la materialización del libro como objeto impreso. Hoy las editoriales, las bibliotecas, las librerías, los mismos lectores están inmersos de lleno en el mundo digital. Es decir, todo el marco se está digitalizando a marchas forzadas en sus diferentes estadios de reconversión.
Los tres casos comentados aquí son formas de hacer avanzar el proceso en la misma dirección: la revolución digital. El libro convencional, el impreso, ve repartido su papel central en la difusión y almacenamiento de la información en su competencia primero con los medios audiovisuales y ahora con los productos multimedia. Las redes de comunicación transmiten bits y nada más que bits, pero esos bits siguen permitiéndonos intercambiar opiniones, expresar ideas o dar rienda suelta a nuestra creatividad como seres humanos. Nada hay de inhumano en aquello que nos permite expresarnos como seres humanos y hacer más próximo lo lejano; nada hay de inhumano en aquello que favorezca el poner en más manos aquello que antes pertenecía a las elites; nada hay de inhumano en que los que antes estaban fuera de las redes del conocimiento ahora puedan incorporarse a ellas.
Está claro que los libros tendrán que compartir su poder con otras formas de almacenamiento. Pero también es cierta una cosa: ellos llegaron primero y es a los otros a los que les toca demostrar que son mejores cumpliendo sus funciones. Si es así, bienvenidos sean. Mientras tanto, cuidado. Ahora mismo, son las empresas editoriales las que están asumiendo demasiados riesgos; algunos, claramente, innecesarios.