La traición de Ariadna a la dinastía cretense -de acuerdo al mito- puede ser interpretada desde numerosas perspectivas: como un rechazo del adulterio y del bestialismo de Pasífae, como producto del terror que le inspiraba su medio hermano, como consecuencia única del amor que despierta en ella Teseo, como una ruptura con su grupo de filiación materno -o con Poseidón, que había enviado a Creta el toro del que se prendó la esposa de Minos-, o como un episodio más de las creencias y los rituales centrados en el toro.
Interesa destacar especialmente el papel de ‘personaje mediador’ de Ariadna, entre Dédalo y Teseo, y que ella sea precisamente la hija del rey. Asimismo es necesario señalar el cambio histórico propiciado en Creta por el sacrificio y la muerte del Minotauro, es decir, cuando retiran los dioses su favor (su legitimidad) a Minos y a la dinastía por él representada, y que todo ello suceda de la mano del opositor dúo femenino Pasífae-Ariadna.
Nietzsche retoma el mito proporcionándole a Ariadna un rol fundamental, al ser abandonada por Teseo ella comienza a relacionarse con Dionisos en Naxos. Dionisos es un dios de fuerte carácter ctónico, que a menudo alcanza el aspecto de un toro. Hay versiones que afirman que este dios fue sustituido por Apolo en Delfos, quedando clara la repetida historia de la primacía de los soles entendida como sucesión política y dinástica.
Ariadna abandonada por Teseo (al que había guiado en el laberinto) es raptada por Dionisos, es a partir de aquí que se establece la profunda distancia: Teseo-Dionisos.
Teseo en primera instancia es el héroe, competente para descifrar los enigmas, frecuentar el laberinto y vencer al toro. Pretende llevar a la humanidad hasta la perfección, hasta el cumplimiento y recuperar todas las propiedades del hombre, superar las alienaciones, realizar el hombre total, pero -según lo reitera Nietzsche- confunde, cree que afirmar es llevar, asumir, soportar, cargar con un peso.
El toro es vencido por Teseo, pero Teseo es inferior al toro. Teseo vence al monstruo, plantea el enigma, pero ignora el enigma y el monstruo que él mismo es. Desconoce que afirmar no es llevar, asumir lo que es, sino por el contrario, liberar, descargar lo que vive. Teseo se empeña en cargar la vida bajo el peso de valores superiores y nuevos que son los valores vitales. La existencia afirmativa del minotauro está en su capacidad de transmutación en Dionisos.
El hombre superior pretende explorar el laberinto o el bosque del conocimiento. Pero el entendimiento no es más que el disfraz de la moralidad: el hilo en el laberinto es el hilo moral que cumple la empresa de querer matar al toro, es decir negar la vida, aplastarla bajo un peso, reducirla a sus fuerzas reactivas.
Establece que Ariadna mientras está junto a Teseo participa en esa empresa de negar la vida. Bajo sus falsas apariencias de afirmación, Teseo -el modelo- es el poder de negar el Espíritu de negación. Ella es el Alma reactiva o la fuerza del resentimiento. Ariadna es la hermana que experimenta el resentimiento contra su hermano el toro. Ariadna es la que sujeta el hilo en el laberinto, el hilo de la moralidad.
En 1949, Julio Cortázar publica un drama titulado Los reyes. Allí contruye un significativo monólogo del personaje Ariadna que puede tener correlación con el pensamiento de Nietzsche:
Los ojos de Teseo me miraron con ternura. "Cosa de mujer, tu ovillo; jamás hubiera hallado el retorno sin tu astucia". Porque todo él es camino de ida. Nada sabe de nocturna espera, del combate saladísimo entre el amor a la libertad, ¡oh habitante de estos muros!, y el horror a lo distinto, a lo que no es inmediato y posible y sancionado.
Me dijo del triunfo, de su nave y del tálamo. Todo tan claro y manifiesto. A su lado era yo algo maligno e impuro, lácteo punto turbio en la claridad de la esmeralda. Entonces ordené las palabras de la sombra: "Si hablas con él dile que este hilo te lo ha dado Ariadna". Marchó sin más preguntas, seguro de mi soberbia, pronto a satisfacerla. "Si hablas con él dile que este hilo te lo ha dado Ariadna ..." ¡Minotauro, cabeza de purpúreos relámpagos, ve cómo te lleva la liberación, cómo pone la llave entre las manos que lo harán pedazos!
Dionisos es la afirmación pura y múltiple, la verdadera afirmación, la voluntad afirmativa; no lleva nada, no se encarga de nada, pero aligera todo lo que vive. Sabe ser libre igual que el Minotauro. En contacto con Dionisos surge la actividad, aprende que lo que antes creía una actividad no era más que empeño de venganza, desconfianza y vigilancia (el hilo), reacción de la mala conciencia y del resentimiento; y, más profundamente, lo que creía ser una afirmación no era más que un disfraz, una manifestación de la pesantez, un modo de creerse fuerte porque se acarrea y se asume.
Dionisos es el dios de la afirmación, Nietzsche distingue las dos afirmaciones cuando dice:
Eterna afirmación del Ser, eternamente soy tu afirmación
Pero Ariadna es la afirmación de la afirmación, la segunda afirmación o el devenir activo. Desde esta perspectiva, todos los símbolos de Ariadna cambian de sentido cuando se refieren a Dionisos, en vez de estar deformados por Teseo.
El laberinto ya no es el sendero por el cual se introduce, sujetando un hilo, aquel que va a matar al toro. El laberinto se convierte en el propio toro blanco, en Dionisos.
Nietzsche escribe:
Los hombres superiores no son más que los grados inferiores de la voluntad de poder. Con ellos la voluntad de poder representa sólo un querer-engañar, querer-dominar, una vida enferma agotada que esgrime prótesis. Sus mismos papeles son prótesis para sostenerse de pie. Sólo Dionisos, el artista creador, alcanza la potencia de la metamorfosis gracias a la cual deviene, dando fe así de una vida pletórica; lleva la potencia de lo falso a un grado que se efectúa no ya en la forma, sino en la transformación; "virtud que da", o creación de posibilidades de vida: transmutación. La voluntad de poder es como la energía, llamamos noble a la que es apta para transformase. Son viles, o bajos, aquellos que no saben disfrazarse, travestirse, es decir adoptar una forma, y atenerse a una forma siempre la misma.
El Eterno retorno entonces, es el producto de la unión de Dionisos y Ariadna, porque cuando la afirmación dionisíaca encuentra su pleno desarrollo es con Ariadna. Este pensamiento no funciona sin transmutación. Ser del devenir, el Eterno retorno es el producto de una doble afirmación, que hace volver lo que se afirma, y sólo se hace devenir lo que es activo. Ni las fuerzas reactivas ni la voluntad de negar volverán: quedan eliminadas por la transmutación, por el Eterno retorno que selecciona. Este pensamiento es activo y afirmativo: es la unión de Dionisos y Ariadna. El laberinto es el propio Eterno retorno que habla de lo que es activo o afirmativo. El laberinto ya no es el camino en el que uno se pierde, sino el camino que vuelve.
El estudio de Niezsche sobre el mito es atractivo en este contexto porque tiene la peculiaridad de realizar asociaciones simbólicas pertinentes de ser leídas en contacto con el texto de Borges La casa de Asterión. El toro o el minotauro tienen en el caso de Nietzsche -y como vimos también en el caso de Borges- un desempeño radicalmente activo. Así como Asterión encuentra su muerte, el minotauro transmuta en Dionisos. Lo que implica que en ambos casos la importancia participativa de Teseo se reduce notoriamente: su personaje de héroe se transfigura en secundario
Estas dos significaciones son corroboradas en el texto La casa de Asterión, el desplazamiento que existe entre el Minotauro mítico y el habitante del laberinto borgiano es relevante.
En Los Reyes de Julio Cortázar, pese a pequeñas variantes, la distribución de los roles del Minotauro, Teseo y Ariadna guarda estrecha relación con la distribución de los personajes borgianos. Por ejemplo, la alianza Ariadna-Minotauro es explícita, así como la de Teseo y Minos. Dos diálogos entre estos últimos lo confirmarían.
Minos a Teseo:
-¿Tú crees que los devora? A veces pienso sino ejercita su vigilia en hacer de esos mancebos aliados, de esas vírgenes esposas, si no urde la tela de la raza terrible para Creta.
Teseo: -Ya ningún monstruo vivo-
Minos: -Sólidos nuestros tronos-
Teseo: -Ningún monstruo vivo solamente los hombres-
Minos: -Los hombres, sostén de los tronos-
Teseo: -Y tu me darías a Ariadna.
Minos: -Mira si nos parecemos.
Teseo es subordinado ante el Minotauro, vence al monstruoso habitante del laberinto, pero desconoce no solo su lugar en la trama, sino el monstruo que él mismo es. Teseo se empeña en realizar su labor siguiendo el signo de valores heroicos, no crea valores nuevos, ni comprende que el Minotauro no tiene interés en resistirse ante la muerte, porque es su modo de reafirmar la vida. Comparemos el último fragmento del texto de Borges con las palabras que el Minotauro le dirige a Teseo en el drama de Cortázar:
Minotauro: - (...) Qué sabes tu de muerte, dador de la vida profunda. Mira, sólo hay un medio para matar los monstruos: aceptarlos.
Minotauro: -¿No comprendes que te estoy pidiendo que me mates, que te estoy pidiendo la vida?
Minotauro: -Muerto seré más yo -¡Oh decisión, necesidad última! Pero tú te disminuirás, al conocerme serás menos, te irás cayendo en ti mismo como se van desmoronando los acantilados y los muertos.
Minotauro: -Llegaré a Ariadna antes que tú. Estaré entre ella y mi deseo. Alzado como una luna roja iré en la proa de tu nave. Te aclamarán los hombres del puerto. Yo bajaré a habitar los sueños de sus noches, de sus hijos, del tiempo inevitable de la estirpe. Desde allí cornearé tu trono, el cetro inseguro de tu raza ... Desde mi libertad final y ubicua, mi laberinto diminuto y terrible en cada corazón de hombre.