



Frédéric Moreau es un bachiller recién graduado en quien la madre tiene puestas todas sus ilusiones. Será un doctor, se casará con una mujer de buena dote y ascenderán socialmente. Tiene 18 años, cabellos negros y es guapo. Sale de su ciudad en 1840. En el barco que realiza la travesía, conoce al señor Arnoux, comerciante de arte y a su esposa, la señora Marie Arnoux, “mientras el arpista tocaba una romanza oriental que hablaba de puñales, de flores y de estrellas”. Frédéric se enamoraría profundamente de esta señora, va a ser su amor imposible: La primera visión que tuvo de ella “fue como una aparición, talle seductor, piel morena, dedos finos”. Con ella sentía que “el deseo de la posesión física desaparecía incluso bajo un ansía más profunda, en una dolorosa curiosidad sin limites” (42).
La relación que mantendrá Frédéric será platónica y para toda su vida. He aquí una visión verdaderamente romántica del amor: puro, imposible, apasionado: “Él le envió una mirada en la que había tratado de volcar toda su alma” (46). Esta señora va a ser el personaje principal en La educación sentimental del provinciano y que además coincide con una época importante para la historia de Francia: la revolución de 1848.
Una vez instalado en una pensión para estudiantes en París, empieza a cavilar que para conquistar a la señora Arnoux, él debe hacer una fortuna, tanto o más que la ofrecida por el esposo. En eso pasa gran parte de su tiempo, cavilando, pero sin trabajar y viviendo de la renta que su madre le envía para la manutención. En lugar de convertirse en un personaje importante, abandona los estudios de derecho, tal como lo hiciera el propio autor de la novela; tiene pretensiones literarias, pero sin decidirse a trabajar en este campo. Frédéric pasa sus días pensando en su gran pasión, aparentando una posición social, y haciendo visitas inoficiosas y por sobre todo, intentando entrar en el mundo de la alta sociedad.
Cuando por fin se hace amigo de la casa Arnoux, donde es tratado con toda confianza, en un diálogo declara su amor, pero en la propia espontaneidad de la charla la señora Arnoux rechaza las pretensiones del muchacho -dada la posición de mujer casada:- . Para ella, una relación basada en la infidelidad es inconcebible ya que “a la mujer casada se la evita y aunque no sean insensibles al amor son sordas cuando es necesario” (269). Pero finalmente, ella se da cuenta de la pasión de Frédéric e intenta corresponderle, se ponen una cita a la que no asiste porque su hijo ha caído enfermo. Esta circunstancia es interpretada por ella como un castigo divino y se retracta. El tormento de Frédéric continúa y al verse plantado en su primera cita siente que el mundo es su enemigo, ve en las calles testigos ofensivos de su desaire “hasta los objetos se transformaban en irónicos espectadores” (370). Ese tono afectado de Frédéric permanecerá a lo largo de la obra, tanto que se ve envuelto en un duelo con unos nobles porque ofendieron, supuestamente, el honor de la señora Arnoux.
En el tercer capítulo comenzamos a entender por qué los críticos de la época no valoraron la novela: no pasa nada, aparentemente. Es una descripción de la vida cotidiana que irrita a los lectores, por su falta de acción. Se hace evidente el desánimo de Frédéric, ni siquiera tiene claridad sobre su vocación profesional, pretende convertirse en escritor, tanto que comienza a escribir una novela, pero no se vuelve a hablar de ella en ningún otro momento. Más adelante declarará ser pintor. Por amor a la señora Arnoux definió su vocación de pintor, para estar cerca de ella, pero tampoco trabaja en este campo.
En el quinto capítulo Flaubert une el alto valor artístico con el histórico, de esta manera la estética sirve de cauce al flujo de una época
Ya a la altura del capítulo sexto, en su corta carrera de derecho, Moreau se mezcla con las primeras revueltas estudiantiles a las que asiste, estamos hablando de 1840: la izquierda trata de democratizar el sistema electoral: el derecho al voto sólo lo ejercía el que pudiese cancelar 200 francos de impuestos, nos informa el narrador. En este momento, se da un capítulo muy apasionante dada su información histórica: la revolución de 1848, Frédéric, que es amigo de varios de los protagonistas de la revuelta y que tiene la dicha de estar cerca a ellos, pero como hombre desazonado, es un protagonista invisible, observa, memoriza, rescata y sirve de copista de los acontecimientos. Los deseos más íntimos de los jóvenes, sus vidas, se desarrollan en una época clave, lo que permite comprender que detrás del fondo de una historia de amor imposible hay un gran trabajo de investigación histórica por parte del autor y por sobre todo, se plasma el pensamiento de una generación que ha tenido la posibilidad de vivir momentos históricos, y también, desilusionarse de ellos. Para Albert Thibaudet:
La educación sentimental es un magnífico cuadro novelístico que permite conocer el estado del espíritu de toda una generación, la que vivió la revolución de 1848.
(A.T en, Gustave Flaubert. Gillimard, París. 1935, 139).
Hay sarcasmos de todo tipo, desde político hasta de gustos artísticos. Sobre la escuela romántica, por ejemplo dice “esos poetas no tenían sentido común ni de corrección y sobre todo, no escribían francés, Frédéric se sintió mortificado en sus gustos” (75). La pintura también es una de las pasajeras en el viaje de La Educación sentimental, y el señor Arnoux, que congrega los pintores de más éxito de la época (a los que no, también, pues aprovecha para comprarles obras baratas y venderlas a buen precio). Habla del retratista de los reyes (Antenor Braive), el retratista de la colonia francesa de Argelia (Jules Birrieu) de la caricatura (Sombaz), y del paisaje oriental (Ditmer, su inventor) De igual forma, habla Flaubert de sus gustos particulares: Goya, Rembrandt, Callot, Miguel Angel, Shakespeare. También sienta su postura ante la prensa: para un político era indispensable fundar o por lo menos apoyar un periódico, como lo hizo Pellerin con Le National, diario de oposición burguesa. Desde allí, “buscaba la emancipación de las artes, lo sublime a buen precio” (79). Pero Flaubert era rígido en sus opiniones y pensaba que el novelista debía vivir como un burgués y pensar como un semidios ya que “un novelista con hambre, caería irremediablemente en la política y el periodismo”.
En la segunda parte de la obra, Frédéric vuelve a París después de haberse ausentado por tres años. Su madre le confiesa que están en la ruina En el transcurso de ese tiempo hereda una dote de un familiar. Aquí se trasluce un Frédéric interesado y calculador, que se alegra con la muerte de su familiar. Pero este hecho le hace tomar impulso nuevo para pretender lanzarse a la conquista de la señora Arnoux. Con su riqueza espontánea, hizo su entrada triunfal en la “dulce vita”, acompañando al señor Arnoux a una fiesta de clase alta. A partir de entonces, empieza a “codearse” con personajes de la política y del arte, lo que finalmente resultará un fiasco para él pues cada uno ve la posibilidad de beneficiarse del dinero de su nueva herencia.
Frédéric entra a gastar más de lo que tiene y comienza a vender parte de la herencia: “con el lujo que les rodeaba realzaba cada vez más la miseria de la conversación”, pero se refugiaba de la vulgaridad en los libros “volvía a su buhardilla y buscaba en los libros el alimento de sus sueños” (197). Su vida transcurría entre sus charlas con Senecal (socialista) y la asistencia a los actos culturales como por ejemplo, a la obra de teatro La Reina Margoth, basado en la novela de Alejandro Dumas, estrenada en París en 1847.
El héroe novelesco (Lukács) es un ser en continuo conflicto existencial, “Frédéric afirmaba que también su existencia se hallaba frustrada... Él respondía con amargas sonrisas; pues, en vez de expresar el verdadero motivo de su pesadumbre, fingía tener otro, sublime, que hacía de él una especie de Antony, el maldito; lenguaje que no desnaturalizaba por completo su pensamiento” (236).
El sufrimiento interno de Frédéric se alivia cuando se convierte en amigo íntimo de la casa de los Arnoux. Se ganó la confianza de la señora Arnoux, de sus dos hijos y, por supuesto, la del señor Arnoux, quien a su vez le invitaba a la casa de su amante. Se convirtió en el confidente de Rosanette y así pasaba sus días y sus noches viviendo la vida de Arnoux. En este momento Flaubert describe a su personaje como un romántico con tinte nihilista,
Hay hombres para quienes la acción es tanto más impracticable cuanto más fuerte es en ellos el deseo. La desconfianza en ellos mismos les embaraza, el temor a disgustar les espanta; además, los afectos profundos se parecen a las mujeres virtuosas, que temen ser descubiertas y pasan por la vida con los ojos bajos (237).
Su romanticismo le lleva a no tener ninguna mujer durante todo el tiempo transcurrido en París. En el capítulo III es arrastrado por la corriente reformista
Empiezan los cambios políticos en la ciudad. Él es un observador que no toma partido, su posición de amigo de los distintos bandos le hace tomar distancia y si en algún momento se emocionó por la democracia, gracias a sus amigos revolucionarios; el desencanto que le produce la nueva situación política se refleja en su interioridad, elige una mujer como compañera, pero sin pasión, tiene un hijo al que no quiere ni muestra afecto; se deja arrastrar por la ambición: le propone matrimonio a una chica provinciana, amiga de la infancia, pero se enfrasca en una relación con la esposa del aristócrata Deambreuse. La posibilidad de consumar su amor con la señora Arnoux se aleja cada días más. El señor Arnoux le pide prestado una gruesa suma de dinero que termina perdiendo porque no se atreve a dejar en mala situación económica a su amor platónico.
Más adelante, Frédéric empieza a dibujarse como un personaje ridículo. Pretende acostarse con Rosanette. pero ésta en cambio le hace pagar toda la cuenta del restaurante para ella y sus amigos para finalmente, decidirse por Cisy, el aristócrata ignorante, pero con dinero y título de nobleza. Además de esto, Frédéric se enfrasca en un duelo con un noble porque ofendieron el honor de su heroína; su ridículo se consolida cuando aparece en un diario como “un pobre diablo provinciano, un oscuro mentecato que trata de abrirse paso entre los grandes señores…” (317).
Otros hechos comprometen a Frédéric, como el encarcelamiento por delitos de terrorismo político de su amigo Senecal. Frédéric, “un hombre de todas las debilidades, se contagio de la demencia universal”(398), señala irónicamente Flaubert, como burlándose de sí mismo.
Este hombre siente que su cambio no obedece a su voluntad sino a las circunstancias: después de preparar ceremoniosamente el hotel a donde llevaría a su doncella, termina allí con Rosenette y ella pensando que Frédéric la ama intensamente; hasta las palabras que tenía preparadas para la una se las dice a la otra: “es el exceso de felicidad”, le dice maquinalmente. Y empieza un juego de cinismos de ires y venires que lo llevan a prometer a tres mujeres amor y matrimonio.
Las revueltas políticas marchan paralelas a sus sentimientos internos, hay un distanciamiento de personajes, como diciendo afuera llueve, pero no me importa. Se narra una masacre luego de la caída de Guizot a raíz de las protestas: 33 muertos y 47 heridos, dato sacado por Flaubert de los diarios de la época, pero esto es apenas un ruido de la descarga que despierta a los amantes en su primera noche. Como un observador invisible, se une a los protagonistas de la reyerta. Marcha a París y llega hasta el Palais Royal: “el pueblo se adueñó de cinco cuarteles. La monarquía se disolvía rápidamente” (382).
Frédéric continúa deambulando como un fantasma. Habla con quienes disparan pero sin sentir su cuerpo, es una figura demasiado gaseosa como para que sea percibido. No está allí, pero es protagonista “se redoblan los tambores para la carga, se levantan gritos agudos y hurras triunfales, un continuo remolino hacia oscilar la multitud (383). “Caían los heridos, caían los muertos, tenía la impresión de asistir a un espectáculo”. Después de esto, se narra otro de los hechos confrontados por Flaubert en los periódicos de aquel entonces: entran los soldados a la corte y él, por azar, entra a formar parte de los reformistas: “lanzan el sillón del trono por la ventana e inmediatamente lo recoge la muchedumbre rumbo a La Bastilla para quemarlo”. Tiene el protagonista momentos de excitación, la que le falta en su relación con su pareja: “a mí el pueblo me parece sublime”, dice a Dussardier, “el magnetismo de las masas entusiastas había hecho presa de él” (389), su emoción se equiparaba a un orgasmo (relatado en la página 390).
Después de la tempestad vendría la calma y un poder sería suplantado por otro “pues sin orden no se puede vivir”. Toussenel, llamado El Balzac de los animales propuso que el Estado monopolizara la banca y los seguros. Frédéric ve rechazadas sus ideas propensas al nuevo orden ante Rosenette, quien como afectada, no le gusta el cambio, ella funcionaba mejor dentro del otro sistema político, dice de Lamartine “cómo quieres que un poeta entienda de política”. Frédéric ve que mientras su amante asume la posición de burguesa, su amiga Vatnaz, asume la de filosofa. El cambio también afecta a Arnoux, ahora es soldado de la guardia y pasa a ser el segundo amante de la Rossenette, pues Frédéric es el principal. Lo acepta así tanto la amante como Arnoux ya que Frédéric posee más dinero que el primero.
Al tiempo que avanza el desarrollo político, la desilusión del gran mundo social a que aspiraba Frédéric es patética: ya no se siente a gusto en el lugar de sus sueños, le irritan las reuniones con los aristócratas, pelea verbalmente con los Dambreuse por sus convicciones políticas: “todos consideraron inexcusables los crímenes políticos, pero Frédéric invoca el derecho a la resistencia consagrado en la Constitución“(323). Flaubert refleja una gran variedad de posturas políticas e intelectuales en torno a las revueltas: La Vatnaz se decide por el feminismo y dice que la emancipación del proletariado no es posible sino a través de la mujer. En medio de la turbulencia y del cambio, Frédéric se deja tentar por la política y se lanza de candidato en provincias, pero es apabullado y sacado a empujones, le gritan que no ayudó a fundar un periódico y que es amigo de aristócratas.
Casi todo se ha transformado: los ricos se convirtieron en obreros, en progresistas como intentando acomodarse a la nueva situación: “se veía a veces a un aristócrata de modales humildes que decía expresiones plebeyas y que no se había lavado las manos para hacerlas parece callosas” (401). Sain Just, Danton, Marat, Blanqui, Roberspierre, eran ídolos a los cuales se imitaba, la canción que se cantaba:”Ante mi gorra, quítate el sombrero/abajo la rodilla ante el obrero “(405).
Pero los obreros también tienden a aburrirse después de su revolución debido a la falta de empleo. Fundan los “clubes de la desesperación”, que son reuniones de obreros en los bulevares en las que se hablaba largamente (421). Luego vendría una contrarrevolución, donde es herido Dussadier, Frédéric siente que tiene que regresar, pero su amante, también llamada La Maríscala, se lo impide.
Flaubert critica las diversas posturas de la gente, por ejemplo, de la Vatnaz; dice que:
“Era una de esas solteronas parisienses que cada tarde, cuando han dado ya sus lecciones o tratado de vender dibujos o unos manuscritos, regresan a sus casas con la falda sucia de barro, cenan solas, y luego, con los píes sobre un maridillo, a la luz mortecina de una lámpara, sueñan con un amor, una familia, un hogar, la fortuna, con todo lo que les falta. Por ello, como otras muchas, La Vatnaz había saludado en la revolución el advenimiento de la venganza; y se entregaba a una propaganda solicita desenfrenada (397).
Unido al desencanto político va el conflicto existencial: La Maríscala queda embarazada de Frédéric, pero éste es padre sin querer. Con la llegada de la criatura él siente que pierde a la señora Arnoux, no se siente capaz de comprometerse con alguien, pero sí acepta las ataduras de su amada señora Arnoux. El chico, llamado Eugene, está al cuidado de otra persona, no resiste la vida y muere más o menos a los dos años de edad. Frédéric no se conmueve. Se compromete en matrimonio con una amiga de la infancia, Louise, cuando siente que está perdiendo su patrimonio, y ella es una forma de asegurar algo, pero no cumple. Siempre escurridizo, soltero empedernido. Empieza a cortejar a la señora Delambreuse, pero cuando el esposo de ésta fallece ya no le interesa la mujer por dos razones, la primera, porque no posee la fortuna que él creía, y finalmente, porque sigue pensando en su amada de ensueños.
La suerte de Deslauriers resume el cambio de pensamiento (479). Ni con los conservadores ni con los republicanos. Había sido víctima de los dos bandos”. Había llamado a las puertas de la democracia, ofreciéndose a servirla con su pluma, su oratoria y sus actos, “en todas partes le habían rechazado; desconfiaban de él que había tenido que vender su reloj; su biblioteca y hasta su ropa interior (480). Y más adelante se desahoga diciendo:
“Ah!, estoy harto de toda esa gente que alternativamente se inclina ante el cadalso de Roberspierre, las botas del Emperador, el paraguas de Luis Felipe, ante quien le eche un pedazo de pan en la boca” (481).
Una vez comprobado el fracaso de la revolución, Dambreuse, después de adular la teoría de Lamartine y Proudhon, se siente seguro de la acción de los militares al mando de Cavaignac, respira porque siente el regreso al «orden», Hussonet busca apoyo financiero para publicar una revista dedicada al mundo financiero. Luego será nombrado censor de prensa durante el imperio, Martinon, es elegido senador, Frédéric es amante de la señora Dambreuse. En medio de los disturbios, Senecal asesina al idealista Dussardier.
Frédéric observa el ascenso de Napoleón y el golpe de Estado de 1851. Abandona a sus amantes y a sus ideales. Su amor imposible se pierde en la niebla de los años, hasta que mucho tiempo después, en una escena única en la literatura francesa, ella lo visita, se confesaran mutuamente un amor que ya está muerto. Las ataduras de toda la vida han desaparecido, pues ella ha enviudado, pero él no la desea con la misma intensidad y muy cortésmente la rechaza. Ella es diez años mayor que él, como un enamoramiento que tuvo el propio Flaubert durante toda su vida con la poeta Elisa Schélésinger y quien según los críticos, fue la musa inspiradora de su personaje Madame Arnoux.
Deslauries se casa con Louise Roque, la antigua prometida de Frédéric, quien lo abandona y se fuga con un cantante. La señora Dambreuse se casará con un banquero inglés, Rossennete también se casará y tendrás un hijo, Frédéric busca la paz provinciana, entre la «gente ingenua y sencilla».
Se encuentra en Nogent con su amigo de la infancia Deslauries, la ciudad de donde había salido en 1840. Se sientan a hablar de la educación sentimental que han hecho los dos a lo largo de su existencia : “yo tenía demasiada lógica y tú, demasiado sentimiento”, (545) dice su amigo. El último tono de la atmósfera es de realismo, de ensoñación y de nostalgia. Los dos se dedican a recordar lo que han hecho, a quiénes han conocido. Recuerdan la visita a un prostíbulo como una hazaña.
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