



Todos los textos dedicados a investigar la vida y la obra de Gustave Flaubert coinciden en su referencia histórica y biográfica. Este autor, nació el 12 de diciembre de 1821, en la época de la Restauración de Luis XVIII, tenía, por tradición familiar, ideas volterarianas, recibió una educación burguesa, en medio de comodidades económicas y de viajes (lo que le significaría volverse un agudo observador de las costumbres). Además, era un hombre apasionado por la historia, sus biógrafos cuentan que en sus viajes llevaba consigo unos 1.200 volúmenes de libros. Sin embargo, mantuvo su independencia tanto de la clase dominante como con los socialistas y republicanos. Era un librepensador. “soy un detractor de cualquier gobierno. Me gustaría destruirlos a todos” decía el propio Flaubert en casa de Mathilde, prima de Napoleón III. Su posición política era bien interesante pues pertenecía a una clase social a la que él mismo criticaba.
Los instrumentos investigativos que Flaubert utilizó en la elaboración de esta novela son propios de los investigadores sociales, tales como las agobiantes consultas en bibliotecas, viajes a los sitios donde sucedieron los hechos, entrevistas con los protagonistas, etc. Sin embargo, pese a que Flaubert fue totalmente escrupuloso en todos los datos históricos, al escribir La educación sentimental (entre 1864 y 1869), él deseaba contar una historia de amor con un fondo histórico tenue: «Quiero hacer una historia moral de los hombres de mi generación, «sentimental» será más correcto». Pero también su obra resulto siendo un documento biográfico del autor que comenzaría en 1843, primera versión, fecha que entre otras cosas, coincide con la reprobación del examen de segundo año de derecho Flaubert. En este año, también logra entablar relaciones con el matrimonio Schlésinger, los había conocido en 1836, cuando era apenas un adolescente (Jacques Suffel, Gustave Flaubert, México, Fondo de Cultura Económica, 1896, 167).
En este sentido, podría pensarse, con Barthes, que en Flaubert “las imágenes, léxico y alocución, nacen del cuerpo y del pasado del escritor y poco a poco se transforma en el automatismo de su arte”, Flaubert, al igual que otros escritores, no separa vida de escritura, carne de letra, por el contrario, hay una transubstanciación entre lo que vive y lo que esribe.
Julio Ramón Ribeyro insiste en que hay un paralelismo entre el autor y Frédéric. Hay una etapa interesante y es la que se refiere a la preparación intelectual, en el cultivo de la sensibilidad, elementos que se dan tanto en la juventud de Flaubert como en la de Frédéric. El autor escribió Noviembre a la edad de veinte años. En ella se ve a un adolescente en pleno vigor de lecturas, de aspiraciones, de voluntad de amar, tal como el bachiller que parte de su provincia natal hacia París.
Una segunda fase tiene que ver con la decepción y la renuncia, especialmente a partir de 1845 (en plena etapa de creación de La educación sentimental). En este momento, Gustave Flaubert tiene una enfermedad que lo obliga a aislarse y renunciar a las pasiones de la vida para consagrarse al arte. Algunos de sus biógrafos consideran que esta decisión tiene que ver con la imposibilidad de concretar su amor con la señora Schlésinger. A su vez, Frédéric también se aleja de sus pretensiones de pertenecer a la alta sociedad, entre otras cosas porque ya lo ha conseguido, ha interrelacionado con quienes él consideraba prestigiosos y se ha decepcionado. Finalmente, Frédéric regresaría a su pueblo natal, con la fortuna diezmada y sin la mujer que ama ni con ninguna de las que lo han amado. Flaubert vivirá encerrado en la Quinta de Croisser. Es un escritor que muestra una gran indiferencia por la vida esplendorosa y los honores, por la política, por las finanzas, por las transformaciones sociales. Su renuncia a este tipo de vida no significó sin embargo, claudicar a su gran talento que es la observación aguda de la vida. En La educación sentimental, logró ridiculizar gran parte de las decisiones y las actividades del hombre, en especial las que hacen referencia a las grandes decisiones políticas, lugares comunes en la mayoría de sus personajes.
Ribeyro lo define de la siguiente manera:
Amando los viajes y detestando el movimiento; no creyendo en el amor y guardando hasta el fin de sus días una pasión de la infancia; denunciando la mediocridad y dejándose seducir por ella, este enemigo del romanticismo que se enternecía leyendo versos de Víctor Hugo, este antipatriota que lanzaba anatemas contra los alemanes, este descreído que invocaba a Dios en su correspondencia, fue, en realidad, un cúmulo de contradicciones. La última de todas es que su obra, que podría definirse como una teoría del desengaño, pueda deducirse una filosofía de la ilusión (Ribeyro, 1986).
Lo cierto es que la temática histórica, que se presentaba como tenue adquirió una importancia posterior que el novelista no pudo desconocer. He aquí, un resumen histórico que para el caso nos sirve como herramienta para comprobar que lo que Flaubert hace es prácticamente la reconstrucción de un rompecabezas de la historia de Francia.
En 1846 Francia se vio abocada a una crisis: escaseaban los alimentos y el hambre comenzó a hacer estragos en París. Los saqueos comenzaron y el descontento popular se unió al descontento de burgueses y republicanos que quería ingresar a la Cámara y mayor participación política. La única forma de hacerlo era tener mucho dinero, ya que había que pagar 200 francos por derecho a voto y por lo tanto, la democracia era sólo para aristócratas y alta burguesía. El gobierno respondió con mano dura: encarcelamientos y censura de prensa y corrupción en la clase dirigente, todo esto hizo que el 22 de febrero de 1848 estallara la chispa que provocaría una revolución. Los precedentes de esta revolución y lo que sigue a ella lo narra Flaubert en su Educación Sentimental: Como por ejemplo, la célebre escena de los soldados revolcándose en las camas de la monarquía en el Palacio Royal se relata en la página 387:
«Los obreros y los burgueses se abrazan... ¡Que hermoso es esto!.. ¡Se ha proclamado la República!
¡Ahora seremos felices!...!Se acabaron los reyes! ¡Toda la tierra libre, libre! (¡Se acabaron los reyes! ¡Toda la tierra libre, libre!) (389)
Relato que concuerda con las descripciones históricas de este hechizamiento colectivo:
“…Toda la gente unida (burgueses, estudiantes, obreros, mujeres emancipadas, desempleados) formaron barricadas en el barrio latino y en el Boulevard de Capuchines. La tropa temerosa, bajó las bayonetas y comenzó a abrazarse con la tumulta enardecida. Luis Felipe, el “rey burgués” escapó de la Tullerias por un túnel secreto rumbo a Inglaterra (2).
El 24 de febrero de 1848 se iniciaba la Segunda República, experimento que no tendría éxito. Se trataba de un gobierno provisional formado por republicanos de centro y de izquierda integrado por los socialistas Ledrú-Rollin y Louis Blanc y por el atemorizado obrero Albert. Durante este periodo se suspendió la censura de prensa (surgieron 300 periódicos en seis meses), se amplió el cuerpo de electores al declarar universal el sufragio - de doscientos cincuenta mil votantes se pasó a diez millones -, se liberó a los esclavos de las colonias (Argelia); se abolieron los castigos corporales y la cárcel por deudas. Además, se instauró la idea de Blanc de formar talleres para crear un millón de empleos para obreros y campesinado sin capacitación. Aprovechando los momentos de confusión e inexperiencia de la nueva clase política, Luis Napoleón Bonaparte, sobrino del gran emperador, se presentó de candidato apoyado por la burguesía. El experimento de Blanc fracasó, los burgueses no querían seguir apoyando las «fábricas de vagos», estaba desgastado el presupuesto para pagarles y se llegó a la decisión que esos nuevos «empleados» deberían enrolarse como soldados del ejercito para defender al Papa expulsado de Roma por Garibaldi y los republicanos, otro de los hechos históricos inmortalizado por Flaubert en La Educación sentimental:
“En junio el gobierno dice que todos deben enrolarse en el ejército, Los obreros se enfrentan y el resultado es más de 3000 de ellos muertos. Frédéric está desesperado con las traiciones del poder: «La razón pública quedó profundamente perturbada. Personas inteligentes se quedaron idiotas para toda la vida” (444).
Como los obreros no aceptaron, bajo la consigna de «pan o plomo», la Asamblea encargó al general Cavaignac del atroz aplastamiento: Durante cuatro días el ejército arremetió contra el pueblo de París, dejando 15.000 muertos, otros tantos arrestados y sometidos a consejos de guerra ilegales y otros 5000 deportados a Argelia o Guyana. Este hecho, según el historiador francés Bertler de Savigny significo «el origen del odio del obrero hacia burgués y el terror del burgués, tanto liberal como conservador, ante el socialismo. El impulso fraternal de 1848 iba a dar lugar a la lucha de clases.
Posteriormente, la burguesía convocó a una nueva Constituyente y en 1848, en cinco meses elaboró una nueva Carta en donde se elegía presidente por voto popular para un periodo de cuatro años. Como los candidatos eran el sangriento general Cavaignac y Luis Napoleón, ganó este último por abrumadora mayoría: seis millones de personas votaron por él.
Luis Napoleón, que quería ser emperador, militarizó Paris, militarizó sus enemigos y dio un golpe de Estado el 2 de diciembre de 1851 que le concedió amplios poderes ejecutivos. Nuevamente los obreros salieron a protestar y nuevamente fueron aplastados brutalmente, los diputados socialistas fueron expulsados, más de diez mil personas fueron deportadas a Argelia. El autoproclamado Napoleón III gobernaba soberanamente, omitiendo a todos los que había luchado por la nueva República (republicanos, socialistas, orleanistas y legitimistas).
Esta odisea de la esperanza obrera aplastada se consagró con de Luis Napoleón como Napoleón III, de Francia, príncipe y presidente y la Asamblea, volvieron a establecer las censuras de prensa, a restringirse el voto y la enseñanza se entregó al clero.
Gustave Flaubert, utilizando la técnica del contrapunto, nos revela las ideas de los partidarios del régimen. Para los felipistas no pasa nada en verdad, salvo que la chusma «tiene ese deseo moderno de elevarse por encima de su clase y de vivir en el lujo» (224 Vol. 2). Tanto industriales como banqueros, diplomáticos, comerciantes y altos funcionarios del gobierno, y los jóvenes conservadores Martinon y Cisy creen que trabajando honestamente, todos pueden llegar a vivir dignamente. Pero no hay empleo, Dambreuse dice:
Lo peor son estos hombres que sueñan con la subversión de la sociedad.
Piden la organización del trabajo- dijo el otro- ¿puede concebirse tal cosa?...
¿Para traernos qué? ¡La República! ¡Como si esta fuera posible en Francia! (224 Vol.2)
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