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La reflexión en torno al abandono continúa. La pregunta con que inicia la estancia demuestra la máxima inseguridad del amante, quien nunca debe confiar plenamente; cuando menos lo espera sucede lo imprevisto y se descubre solo con sus pensamientos y su dolor.
Ha perdido la confianza, no sólo en una mujer, sino también en el amor mismo: todo amante se puede reservar el derecho de la duda después de entender la tragedia de Salicio; quien lo ha dado todo sin reservas, lo pierde todo en un instante.
La subordinada adverbial: "Cuando tú enajenada / de mí, cuitado, fuiste...", demuestra un hecho acontecido en el pasado y plantea la relación entre el amor y la locura; se ve a sí mismo como "cuitado" es decir, apenado, sufriente y subraya así el contraste entre el ayer y el hoy: antes, entregado a ella, era feliz; ahora, separado para siempre, sólo le resta auto compadecerse.
Nunca pensó en perder su "bien", jamás aceptó la más mínima posibilidad que le anunciara tal situación. Pero todo aconteció de tal manera que la única salida presente consiste en ese mar de lágrimas que invocan la tragedia y añoran lo perdido.
Paralelamente, la pasión de los celos hace que el poeta insulte a su rival; pero hasta sus insultos se apoyan en la más culta tradición literaria:
Materia diste al mundo de esperanza
de alcanzar lo imposible y no pensado
y de hacer juntar lo diferente,
dando a quien diste el corazón malvado,
quitándolo de mí con tal mudanza,
que siempre sonará de gente en gente.
La cordera paciente
con el lobo hambriento
hará su ayuntamiento
y con las simples aves sin rüido
harán las bravas sierpes ya su nido;
que mayor diferencia comprehendo
de ti al que has escogido.
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. (p. 39)
Así las parejas imposibles de esta estancia -la cordera con el lobo y las serpientes con las aves- se inspiran en las Bucs. II y VIII de Virgilio:
Sigue el lobo la torva leona, el lobo a la cabrilla y la cabrilla lasciva al florido cantueso (Buc. II).
Nise se entregó a Mopso: ¿qué no hemos de esperar los amantes? Los grifos se unirán con las yeguas y pronto las tímidas corzas acudirán a abrevarse con los perros (Buc. VIII).
Hay de todos modos, en el poeta español, un tratamiento particular del tema que le sirve para aludir claramente a la relación, para él inexplicable, entre la bella Isabel Freyre y Antonio de Fonseca, el adusto comerciante.
El mundo a que se refiere en esta estrofa es el microcosmos, su interior, su yo. Todo puede concebirse como posible si aceptamos válidamente la relación de su amada con alguien tan diferente a él mismo. Su necesidad de herir continúa presente: alude al "corazón malvado" y señala la violencia cometida por Galatea al arrebatarle su amor sin compasión. Permite la participación del resto del universo cuando dice que todos comentarán lo que ha sucedido: "que siempre sonará de gente en gente..."
Por lo tanto, lo no imaginado acontecerá. El mundo dejará de ser tal para dar paso a otro cosmos en donde la cordera y el lobo se unirán solícitamente y las simples aves no temerán ya a las bravas sierpes. En el terreno simbólico Galatea es la cordera paciente y las simples aves, mientras que los elementos restantes son reservados para el otro hombre.
En la estancia IX la comparación no se establece entre Galatea y el anónimo amante, sino entre éste y el propio pastor. Detrás de la máscara de Salicio, Garcilaso se refiere a sus riquezas, a su condición de poeta y a su belleza física, cualidades -estas dos últimas sobre todo- que Antonio de Fonseca estaba muy lejos de poseer:
Siempre de nueva leche en el verano
y en el invierno abundo. En mi majada
la manteca y el queso está sobrado.
De mi cantar, pues, yo te vi agradada,
tanto, que no pudiera el mantuano
Títiro ser de ti más alabado.
No soy, pues, bien mirado,
tan disforme ni feo;
que aun agora me veo
en esta agua que corre clara y pura,
y cierto no trocara mi figura
on ése que de mí se está riendo.
¡Trocara mi ventura!
Salid sin duelo, lágrimas, corriendo. (pp. 39-40)
Parece imprescindible un recuento de todo lo que se posee para encaminarse así al encuentro de la dolorosa realidad planteada por el abandono. Materialmente se enumeran los elementos básicos, pero sustanciales para la supervivencia: nueva leche, manteca, queso; esto es, el mundo bucólico, con lo que posee de soñado, de irreal, pero que el poeta hace suyo en medio de la ficción literaria.
Espiritual e intelectualmente se evoca el canto como algo preponderante, el canto que agradaba a la dulce Galatea. Como pago de tributo a la antigüedad romana, cabe mencionar la referencia al pastor virgiliano Títiro a quien identifica con su autor al llamarle "mantuano".
Pero algo que realmente mortifica al alma cortesana que encierra Salicio, es el sentido del trueque operado por la amada. No puede asumir la idea que relaciona elementos contrarios como lo son él y el amante usurpador. En un alarde que excluye por completo la modestia, se observa en el agua que corre y se descubre como siempre hermoso: "No soy, [...] tan disforme ni feo".
Precisamente, por esto último, no cambiaría su figura con "ése que de mí se está riendo" -forma perifrástica de aludir al traidor-, pero sí cambiaría su suerte. Está dispuesto a olvidar lo sucedido si ella regresa y abandona el camino que había elegido al dejarlo solo y angustiado. Sabe que esto no es posible pero quiere plantearse al menos la posibilidad para que el tormento de su existencia se vea distraído momentáneamente.
En la última estancia Salicio se muestra decidido a dejar el lugar ameno en donde había gozado del amor junto a Galatea:
Mas, ya que a socorrer aquí no vienes,
no dejes el lugar que tanto amaste,
que bien podrás venir de mí segura.
Yo dejaré el lugar do me dejaste;
ven, si por sólo esto te detienes.
Ves aquí un prado lleno de verdura,
ves aquí una espesura,
ves aquí una agua clara,
en otro tiempo cara
a quien de ti con lágrimas me quejo.
Quizá aquí hallarás, pues yo me alejo,
al que todo mi bien quitarme puede;
que, pues el bien le dejo,
no es mucho que el lugar también le quede. (p. 41)
Podemos relacionar esta estrofa con la cuarta de la lamentación. Una y otra están diciendo que la amenidad y la armonía de la naturaleza son inseparables del amor compartido. Por esto el paisaje ha perdido su antiguo encanto a los ojos del pastor abandonado, quien se aleja para siempre, permitiendo que Galatea pueda disfrutar, con su nuevo amante, lo mismo que había disfrutado con él.
Esta visión postrera de la naturaleza posee una penetrante intimidad, que se hace más vehemente por la anáfora del "ves aquí". Corresponde observar también, que en la referencia a su rival, con que Salicio termina su queja, aparece un destello de altiva y casi desdeñosa dignidad muy española.
La estancia siguiente que sirve de transición y de nexo entre la lamentación de Salicio y la de Nemoroso, es completamente virgiliana. Los diez primeros versos podrían relacionarse con múltiples pasajes de las Bucólicas y las Geórgicas que, de acuerdo con el orfismo tradicional, hablan de la correspondencia o simpatía entre el canto del pastor y la naturaleza.
Garcilaso dice:
Aquí dio fin a su cantar Salicio
y, sospirando en el postrero acento,
soltó de llanto una profunda vena.
Queriendo el monte al grave sentimiento
de aquel dolor en algo ser propicio,
con la pesada voz retumba y suena.
La blanca Filomena,
casi como dolida
y a compasión movida
dulcemente responde al son lloroso.
Lo que cantó tras esto Nemoroso
decidlo vos, Piérides; que tanto
no puedo yo ni oso,
que siento enflaquecer mi débil canto. (pp. 41-42)
Es dado observar que los versos finales que sirven para introducir al canto de Nemoroso, son casi una traducción de los que en la Bucólica VIII introducen al de Alfesibeo:
Esto cantó Damón; decid vosotras,
¡oh Piérides!, lo que respondió
Alfesibeo. No todos lo podemos
todo.
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