3 - Primera Conferencia

Monografía creado por Gloria Inés González Ramírez. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero30/camhabla.html
18 de Agosto de 2006

Las tres conferencias pretenden llevarnos ante la posibilidad de hacer una experiencia con el habla. Experiencia en el sentido más estricto. Hacer una experiencia con algo implica que ese algo nos alcance, que se apodere de nosotros y nos transforme, que aquello que estamos experimentando nos someta a sí, lo tomemos.

En la experiencia, lo que experimentamos nos sale al camino, nos toca, se nos viene encima, nos conmueve y transforma, pero no somos dueños de esa experiencia. “Hacemos” experiencia no como actuantes sino como bañados, como sobrecogidos por esa experiencia a la que nos prestamos, nos abrimos. Ella nos cobija, nos inunda como el mar a la playa.

¿Cómo podemos nosotros, hombres de hoy, hacer una experiencia con el habla?, ¿dónde situarnos para que podamos vislumbrar si no la esencia misma del habla fundamental, sí por lo menos el camino correcto que nos coloque en la posibilidad de esa experiencia sublime?, ¿cuál es el habla que nos está demandando?

Dentro de nuestro modo común y diario del mundo y sus cosas, ellas se colocan allá y nosotros acá y entonces vemos y hablamos de ellas, sobre ellas. Así, del habla hablamos y lo hablamos, lo cual da como resultado acumulación, suma de conocimientos sobre el habla y serán tantos y tan diversos esos conocimientos que podemos agruparlos en disciplinas diversas como la lingüística, la filología, la psicología, la filosofía del lenguaje. Aún más, investigando sobre el habla, el lenguaje, llegamos al metalenguaje, al supralenguaje de una metalingüística. ¿Es metafísica esta profundización en el lenguaje? Sí lo es, si ese lenguaje es forma operatoria de comunicación. La metafísica de la tecnificación absoluta general del lenguaje es metalinguística. “Metalenguaje y satélites, metalingüística y tecnología espacial son lo mismo.” (p. 144).

Pero la experiencia que propone Heidegger no es sobre el habla, incluso la pretensión no es la experiencia con el habla, sino la posibilidad de hacer una experiencia con el habla. La investigación científica y filosófica sobre el habla es importante y además insalvable en el mundo moderno, pero ese no es nuestro objetivo. Lo que no podemos perder de vista es el objetivo del trabajo que se emprende: “Que el intento de llevarnos ante la posibilidad de hacer una experiencia con el habla sea coronado con éxito” (p.144). Supongamos que ello se logra, ¿cuánto influirá en nosotros, cuánto nos transformará ese logro? Ello no depende de nuestra voluntad pero sí es necesaria una mirada tan amplia como la luz del sol, como el arrullo del viento.

Teniendo claridad sobre el objetivo principal del trabajo al cual nos abocamos, busquemos el camino para realizarlo. De igual manera que requerimos de toda nuestra atención responsable para delimitar el objetivo, necesitamos explorar las vías conducentes a él con reserva de inventario. Explorar, y explorar en sentido amplio, porque como experiencia fundamentadora no basta sólo con otear el horizonte, ¿cuántos rincones ignotos e incógnitos podrían quedar velados? Corremos el riesgo de pasar por alto, sin saberlo, el toque justo, preciso para la feliz culminación del trabajo en que nos empeñamos. Para reconocer el camino correcto para y con la esencia del habla no tenemos otra alternativa que caminar caminos diversos y así reconocer el verdadero, nadie podrá hacerlo por nosotros, a nadie le representará lo que represente a cada uno, nadie vivirá igual que otro esta experiencia, a cada uno le tocará su “alma” de diferente manera.

Caminemos esos caminos despacio, sintiéndolos y sintiéndonos en ellos. El tiempo como elemento esencial del ser-ahí “se venga de todo lo que no se hace con su concurso”. Ellos, los caminos están ahí, muchas veces estamos sobre ellos pero no en ellos y así no conducen el habla a lo esencial del habla, porque en aquellos el habla se retiene, se oculta en su esencia para poder así de esta manera retenedora hablarse el habla, hacerse proposiciones de y sobre cosas, intercomunicarnos. Lo otro, el habla que habla como tal en la palabra está en aquellas situaciones límite donde lo que nos toca es impronunciable, nos descentra y nos desestabiliza de nuestra pretensión de amos y señores omnipotentes del mundo y sus alrededores. Esta habla que nos habla es experiencia única, personal, intransferible. Todo lo anterior indica que no somos nosotros quienes llamamos al habla, ella da o deniega la palabra.

Comencemos, entonces, a explorar un primer camino: el de la poesía. ¿El poeta cómo habla su experiencia con el habla? Poéticamente y para comprender mejor ese hablar poético del habla del poeta, Heidegger conversa, analiza, desglosa, no científicamente según el sentido de lo científico moderno occidental, el poema “La palabra” de Stefan George, que data del año 1919:

Sueño o prodigio de la lejanía
Al borde mi país traía

Esperando a que la Norna antigua
En su fuente el nombre hallara -

Después denso y fuerte lo pude asir
Ahora florece y por la región reluce ...

Un día llegué de feliz viaje
Con joya delicada y rica

Buscó largamente e hízome saber:
“Sobre el profundo fondo nada así descansa”

Entonces de mi mano se escapó
Y nunca el tesoro mi país ganó ...

Así aprendí triste la renuncia:
Ninguna cosa sea donde falta la palabra.

Son siete estrofas de dos versos cada una, divididas en tres iniciales, tres posteriores y una estrofa conclusiva. Es justamente esta última estrofa, en su último verso, nuestra directriz. “Pues él lleva la palabra del habla, lleva el habla misma a su habla y dice algo acerca de la relación entre palabra y cosa.” (p. 146).

Ninguna cosa sea donde la falta la palabra dice la traducción de I. Zimmerman; Que cosa alguna sea allí donde falla la palabra, traduce Jaime Hoyos, SJ, diferenciando fehlen (faltar) y Brechen (fallar). En su versión original la expresión es wort gebricht (falla la palabra). Atenidos a esto último la palabra se rompe, se resquebraja, se hiende para centellear en su fondo el habla del habla misma como un verso susurrante, cantador, acariciante. La palabra no falta, no está ausente, no está lejos de nosotros, en otro lugar. Ella está aquí pero abierta para dejar ver-oir lo que está en el fondo.

Cuando la palabra falla algo no tiene, de algo carece: poder nombrar la cosa. Sería muy prosaico si no atuviéramos a indicar con nombrar la cosa sólo señalarla, el signarla. El nombrar de la palabra que falla será mandatorio, autoritario y autorizado por la dignidad como de rey o de Dios, el cual acata sin reparos el poeta, pensando las palabras allende las significaciones primarias, porque para llegar a un poema como el de Stefan George es necesario pensarlo. Pensarlo el poeta y pensarlo quienes lo desentrañan, pensarlo a conciencia, sapiencial, meditativamente, con cuidado de joya.

Así las cosas, volvamos al último verso del poema Que ninguna cosa sea allí donde falla la palabra y transcribamos: Ninguna cosa es donde carece de palabra, para que la cosa sea es necesaria la palabra. En estos términos Dios es porque la palabra es dios, dios lo hace, la palabra confiere el ser. Pero ¿es así de simple? ¿es así para todo caso, para toda situación? Evidentemente no. Lo que se ha denominado sputnik y cada cosa tangible independiente de su posibilidad de alternancia de nombre es en todo “diferente de lo que nombra el poeta en la primera estrofa de las tres iniciales:

Sueño o prodigio de la lejanía
Al borde de mi país traía.” (p.148)

Esta diferencia puede no hacérsenos evidente a primer golpe por nuestra sumisión, las más de las veces irreflexiva, a la ciencia y técnica modernas. Por ellas rechazamos de plano el que sea la palabra quien confiera el ser, ellas sólo se atienen a hechos palpables, medibles. El hombre está sometido a lo que disponga el apresuramiento de máquinas y aparatos modernos. Pero si nos detenemos un poco, si pensamos calmadamente la cosa, lo que es y cómo es, está inmersa en el nombre de su nombre.

Otro intento en la misma vía. A partir de una nueva expresión del enunciado guía: “algo es solamente cuando la palabra apropiada -y por tanto pertinente- lo nombra como siendo y lo funda así cada vez como tal” (p. 149). Esta no es una elaboración poética, sí una acertada reelaboración conceptual de la expresión contenida en “Carta sobre el humanismo”: el habla es la casa del ser, y el hombre, como custodio de la mostración del ser, puede llamarse custodio de la palabra.

¿Qué tenemos hasta aquí? “La cuestión permanece enigmática: la palabra del habla y su relación con la cosa, a todo lo que es -el hecho que es y el modo como es” (p.148). O sea que este primer camino de simple análisis filológico no nos conduce a nuestro objetivo. Pero los esfuerzos en él empleados no son despreciables. Como preparación de una posible experiencia con el habla tiene elementos altamente capitalizables. Ya probamos que el apresuramiento no sirve al oficio de poeta, caminemos despacio y atentamente hagamos otro intento de encontrar el camino directriz que nos conduzca ciertamente a la posibilidad de una experiencia exitosa con el habla.

Retomemos completa la última estrofa y no solo el último verso:

Así aprendí la triste renuncia:
Ninguna cosa sea donde falta la palabra

¿Qué indican esos dos puntos? ¿Una declaración directa? ¿Un indicativo? Parece como si los dos puntos sí indicaran. Y en realidad indican aquello a que el poeta está renunciando. Indican la renuncia, renuncia no declarativo, renuncia que es un modo de decir acusativo, mostrativo, un dejar-ver-mostrando que no da ni pide reivindicación, comprometida con lo que renuncia la renuncia. ¿A qué, entonces, está renunciando el poeta, qué se está comprometiendo a negarse? Esa renuncia que aprendió como un devenir sabedor, como una visión en su via-(a)ndancia, ¿a qué es?

En el caminar por su región, su paraje propio que es la poesía está acostumbrado a, se siente dueño de palabras que le representan lo existente, pero un día, en su viajar llega con una joya tan singular que la Norna no encuentra para ella nombre y no puede darle con él, nombrándola, aquel álito de vida que antes siempre había logrado. Ausente la palabra que la nombra, la joya se retrae, desaparece como tesoro del que el poeta pueda ser depositario y se revela así una esfera especialísima del decir: “Es sólo la palabra la que otorga la venida en presencia, es decir, el ser, aquello en que algo puede aparecer como ente. ... El poeta debe abandonar la exigencia de que, con toda seguridad y a demanda suya, le sea dado el nombre para lo que él ha puesto como verdaderamente existente” dice Heidegger en su conferencia “La Palabra”, y esta certeza da al poeta una templada tristeza, una serena disposición de ánimo que le hace decir: Ninguna cosa sea donde la palabra falta, lo cual enuncia un nuevo modo de relación palabra-cosa. La palabra misma es la relación retenedora de la cosa como siendo.

El poeta fue tocado esencialmente por su experiencia con el habla, ¿podemos nosotros alcanzar esa vivencia en forma adecuada? Estamos dispuestos a dejar a estas tres conferencias “llevarnos ante la posibilidad de hacer una experiencia con el habla”? (ps. 143 y 156).

Si reconocemos al pensamiento como lo que abre surcos en el campo del ser, si tenemos la sensibilidad para poder aspirarlo como una “vigorosa fragancia de un campo de trigo en una tarde de verano” (p.155) en el decir nietzscheano, podemos separarnos del pensar calculador, proeficiente materialmente.

Poesía y pensamiento calculador son irreconciables. Pensémoslos como vecinos, se necesitan mutuamente, cada uno a su modo, cada uno en su límite. La región para cada uno es diferente pero su ámbito es el mismo.

En el camino al habla y su esencia precisamos del habla y la esencia mismas, de su consentimiento para abordarlas y cuestionarlas, precisamos del saber sonoro de ese consentimiento, para pensar la esencia como profundización y fundamentación, para preguntar. Este preguntar debe entenderse como una devoción obediente al pensamiento que previamente ha escuchado el consentimiento de aquello a quien vamos a preguntar su esencia, esto es, “la esencia del habla deviene habla de la esencia” (p.158).

Así, el título original de las conferencias “La esencia del habla” pasa a ser sólo eco de una posible experiencia y la nueva declaración: “La esencia del habla: El habla de la esencia” una frase directriz conductora en el camino de la experiencia, acompañados, de la experiencia poética previa y asumiendo íntegramente la nueva relación palabra-cosa: “La palabra misma es la relación en tanto que sostiene toda cosa hacia su ser y la mantiene en él” (p.158).

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Autor y licencia de 'La esencia del habla: el habla de la esencia'


Monografía de Gloria Inés González Ramírez. Extraido de: http://www.ucm.es/info/especulo/numero30/camhabla.html CopyLeft
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