



La segunda conferencia inicia con una clara reducción fenomenológica heideggeriana: experimentar es alcanzar algo en el caminar el camino, alcanzar es llegar a ese algo y llegar a algo es haber escuchado su demanda hacia ello mismo.
Si estamos tratando de llegar a una posible experiencia con el habla, esa experiencia supone caminar un camino. Pensemos el estar de camino y el camino mismo, tanto de las ciencias como del pensar.
“Las ciencias conocen el camino al conocimiento bajo el término de método” (p.159). Nietzsche denuncia y critica acervamente el poderío el método adquiere en el ámbito de las ciencias y el positivismo. El método es como el motor sin freno de las ciencias en su frenética carrera a ninguna meta, el método propone el tema, lo implanta y lo dirige.
En el caso del pensamiento filosófico no hay método, ni tema, hay una región, un paraje. Este paraje se caracteriza como un camino que se-nos-viene-en-cima, nos ad-versa, viene a nuestro encuentro ofreciéndosenos obligatoriamente para que lo caminemos. No se trata de todo pensamiento. Se trata del pensamiento que permitirá hacer una experiencia pensante con el habla, pero de tal manera que en cada eventualidad se nos ofrece una pluralidad de caminos. El que escogemos es el nuestro. El paraje de que nos habla Heidegger es nuestra inmediatez primera, nos constituye en la ineludible tarea de cargar, de llevar nuestra existencia, en-caminando-nos en nuestra via-andancia. Podemos decir que es el diseño de la espacialidad del desarrollo de nuestro ser, punto de largada y de llegada de todas las otras dimensiones espaciales que propician el des-alejamiento del ser-ahí. El paraje obsequia con un en-frente, libera lo que el pensamiento tiene por pensar. El pensamiento mora en esta región al caminar los caminos de esta región. Aquí el camino pertenece a la región, Una aclaración, región es expresión correcta en cuanto léxico, pero nominalmente paraje tiene una mayor fuerza de palabra inaugural.
Cuando hablamos estamos repitiendo lo previamente dicho por el habla. El habla nos pre-cede, estamos a su zaga. De lo que vamos a hablar debe habérsenos dado previamente para poder hablarlo. En consecuencia, no igualemos el hablar ordinario sobre cosas y asuntos también ordinarios que es un abrir camino, un ir hacia delante, y el hablar sobre el habla misma que es un ir tras algo que nos pre-cede: el habla.
Pensemos sapiencialmente el camino de una experiencia con el habla y la región, el paraje donde mora el pensamiento es la vecindad con la poesía. En esa vecindad poesía-pensamiento del camino del pensamiento, retomemos los asuntos de que trata la primera conferencia:
Primer asunto: La experiencia poética con el habla.
Segundo asunto: Las características de esa experiencia poética serán las características de la experiencia del pensamiento que se prepara para nosotros.
Tercer asunto: La transformación del título de las conferencias.
Ahondando en el segundo asunto vemos que preguntar por la esencia de algo está signado por el ofrecimiento, el decir confiador de lo cuestionado, lo que tiene ahora que hacer el pensamiento sapiencial es escuchar el decir confiador desplegado en un preguntar que, repitámoslo, no es el preguntar metódico científico. Aquí el pensamiento debe atender a lo que se le da a pensar.
El tercer asunto, el del cambio de título de las conferencias, desvirtuando lo pretencioso que la acción pueda parecer cuestionando la nueva versión por medio de un interrogante, pero si el pensamiento en que estamos es el del decir confiado, el de la escucha, no debemos interrogar de esa manera. Pensa el habla implica que el habla misma se nos confíe, incluso se nos haya confiado previamente.
El habla nos habla constantemente y su esencia es lo hablado, pero ni oímos ni leemos correctamente ese decir confiador y el título modificado “es la tentativa de avanzar un primer paso hacia la región (el paraje) que nos tiene reservadas las posibilidades para una experiencia pensante con el habla. El pensamiento encuentra en esta región (paraje) la vecindad con la poesía” (p.162).
La experiencia poética está resumida en:
Así aprendí la triste renuncia:
Ninguna cosa sea donde falta la palabra
Y fue el poeta quien hizo la experiencia, no nosotros y lo hizo en éxodo, en alejamiento de la presunción de poseedor y proveedor de la palabra. El libro de George, 1928, “El nuevo reino” en que apreció el poema “La palabra”, su última parte lleva por título “El canto”. Hölderlin, como los antiguos, llama canto a la poesía. El canto es canto en el cantar, no después. El poeta del canto es el cantor, aquel juglar que en su siempre caminar recoge y entona las cantas de un pueblo en sus más sentidas vivencias, sus decires legendarios. Decires de su conciencia mítica que con-vocan.
En el himno “Fiesta de la paz”, Hölderlin dice:
Mucho desde la mañana,
Desde que somos una plática y oímos los unos de los otros,
Ha aprendido el hombre; pero pronto canto seremos (nosotros).
Se convocan hombres (los unos) y dioses (los otros) y se canta el advenimiento de los dioses como silencio, pero no silencio como opuesto al diálogo sino como íntima afinidad. Canto es habla. Nietzsche en “Así habló Zaratustra” dice: “Oh mi alma, ahora te lo he dado todo y también mi último bien, y contigo todas mis manos se han vaciado; que yo te pudiera cantar, ves, éste era mi último bien!”.
En el mismo libro de George “El nuevo reino”, bajo el título “El canto”, dice:
Lo que todavía saboreo y lo que todavía logro conjugar
Lo que todavía amo porta los mismos rasgos familiares
Enuncia aquí la renuncia del poeta a la primera relación palabra-cosa. Recordemos que la Norna no puede nombrar la preciosa joya que tiene en su mano el poeta y entonces esta se le retrae, no desaparece. Esa joya le fue dada, obsequiada como signo de favor particular al poeta para ser su custodio, en el camino determinado por la nueva relación palabra-cosa. Joya, favor y huésped dichos en un decir innombrable, sus nombres no están silenciados, el poeta no los sabe, como lo reconoce en el verso:
En lo que yaces - esto tú no lo sabes.
La palabra está en la oscuridad, está velada, pero vecina al ámbito del pensamiento. Y no es que sea más expedito el camino a la claridad por el pensamiento que por la poesía; tenemos que forzar el pensamiento a oír de un modo correcto el decir confiador dentro del cual hable la esencia del habla en tanto que habla de la esencia en suposición de que habla y pensamiento pertenecen a una misma vecindad, esto lo hemos invocado en el decir de la renuncia: “Ninguna cosa sea donde falta la palabra”, algo que, en verdad, es cotidiano en el pensamiento occidental. Tanto así que logos, dice simultáneamente ser y decir. Así las cosas, lo dicho por George no es nada nuevo aunque impensado. De donde “Ni la experiencia poética con la palabra, ni la experiencia con el decir llevan el habla al habla en su ser propio” (p.166) ¿Por qué?
La esencia del habla se niega reiteradamente a llegar al habla, este retenerse le es característico. Por este atener-se-a-sí-misma de retención de su origen les deniega su esencia a nuestras nociones habituales. A pesar de todo “cuál puede ser la razón por la que pasa tan fácilmente inadvertida el ‘habla’ propia del despliegue del habla”? (p.166). Una causa puede ser el haber inadvertido la vecindad de poesía y filosofía como modos también eminentes del decir. Otra explicación, la “y” de poesía y pensamiento debe tomarse como signo de vecindad. Digamos qué significa vecindad y con qué derecho se puede hablar de ella.
Vecino es el que habita en proximidad y junto a otro, consecuencia: el otro es vecino del uno, son cercanos, están establecidos en-frente. Cercano, próximo, en-frente no indica eliminación de distancia física, medible.
En el en-frente-mutuo de poesía y pensamiento, estamos y nos movemos en su vecindad, eso lo dice la aproximación: Ninguna cosa sea donde falta la palabra. La palabra retiene, es la relación de la cosa como tal.
Estamos buscando la posibilidad de una experiencia pensante con el habla desde la vecindad de la experiencia poética con la palabra, necesitamos estar atentos a esta vecindad aunque permanezca invisible y ello nos deje perplejos por nuestra incapacidad de hacer la experiencia de vecindad en su puridad. Vecindad de pensamiento y poesía puede ser relación, pero de qué con qué, con qué propiedad. Sólo hay un elemento que entre los permanece incólume, el decir, sólo se mueven en este elemento y a él deben sus múltiples experiencias con el habla, a pesar de nuestra habitual falta de atención a esta experiencia.
Esa vecindad poesía-pensamiento tras de que estamos se nos escapa permanentemente por nuestro habitual vivir incuestionado en el cálculo y la conquista del mundo cósmico. En su vecindad poesía-pensamiento se pertenecen mutuamente, aún antes de alcanzar el en-frente-mutuo (Gegen-einander-über), su elemento es el mismo: El Decir, por él dicen sus experiencias permanentes con el habla. “Esta vecindad gobierna en todas partes nuestra estancia sobre esta tierra y el caminar en ella.” (p.169).
Ya antes dijimos que fue el poeta, no nosotros, quien hizo la experiencia de pasar de la relación palabra-cosa en la esfera de inventario de relaciones representativas a una esfera de pensamiento sapiencial, gustativo, saboreador y como las conferencias pretenden, desde la mostración de la experiencia del poeta, llevarnos a la posibilidad de nuestra propia experiencia con el habla y en esta segunda conferencia estamos pensando el camino y el estar-en-camino, tenemos que reconocer que aún no estamos encaminados, eso implica que debemos volver, retornar en confianza adonde ya estamos propiamente. No temamos el que lo anterior nos produzca confusión, caminar a la localidad de la esencia humana es diferente a caminar a la localidad del progreso científico. Recordemos que no estamos hablando sobre el habla, que hemos dejado que sea el habla quien nos hable desde ella misma, que nos diga su esencia. No clausuremos la vía de la poesía para zambullirnos ciegamente en la del pensamiento, retomemos el poema y su estrofa final, como si fuera una anunciación, una tesis doctrinal:
Así aprendí la triste renuncia:
Ninguna cosa sea donde falta la palabra
Palabra, sigamos atentos en cuidarnos del pensamiento calculador: en un primer momento, viendo el texto pero no leyéndolo, podemos entender que el poeta nos dice que si la cosa es por la palabra, la palabra es cosa y para que por ella la cosa sea, debe ser anterior a la cosa, tendríamos que concluir que una cosa (la palabra) da ser a otra cosa (la cosa). Pero si escuchamos atentamente como se nos ha sugerido de antes el poeta separa palabra y cosa, los diferencia. La palabra no es cosa, nos elude, se retrae cuando queremos asirla, poseerla, adueñarnos de ella, tal como le ocurrió al poeta con su “rica y delicada joya”, no pudo nombrarla tal era su valor, su nobleza, su riqueza. “La palabra para la palabra no puede encontrarse en ningún lugar donde el destino (Geschick) obsequia con el habla que nombra e instituye lo existente para que lo sea y como tal ente brille y florezca” (p.172). El tesoro de la palabra para la palabra se negó al poeta, a S. George, a su país de poesía, su palabra, su decir no tiene ser. ¿Se negará también al país del pensamiento? Positivamente ese no tener ser es conflictivo, permanentemente estamos diciendo, nombrando, determinando, leyendo, es un mundo de términos, no de palabras. Aquí la palabra por la cual la palabra es tal no cabe, entonces, ¿dónde?
Si volvemos a la experiencia poética concienzudamente veremos una seña, una indicación: la palabra no es cosa, ni ente, pero desde ella entendemos las cosas que son. El ser de las cosas que son no es un ropaje que cubre a esas cosas que son, no es una cosa de la cosa, ni en la cosa. Al igual que la palabra, el es no pertenece a las cosas que son. La experiencia poética dice la relación palabra-ser. Palabra no es ente alguno, a ninguno lo especifica la cosas. Sin embargo, “ni el ‘es’ ni la palabra y su decir pueden arrojarse al vacío de la mera nada”(p.172)
Cuando el pensamiento ronda y constituye la experiencia poética des-encubre lo digno de pensar, lo memorable, aquello que sigilosamente ha guardado desde siempre el pensamiento, lo que hay pero que no “es” y aquí cabe la palabra como dadora en su esencia. La palabra da pero ella no se da, da, dona el ser y es en la palabra como dadora de ser que debemos buscar la palabra esencial, sin que en realidad se de.
Esa palabra esencial no es cosa, no es un ello que dé ser, es ella por sí misma, joya, donadora de ser pero recogida, retenida en sí misma. Y ese retenerse, que no es perderse o deshacerse, nos aproxima a su esencia. He aquí lo digno de pensar.
Como el poeta no renunciamos a la palabra y a su dificultad, es desde esa misma dificultad desde donde debemos meditar más que antes. El poeta en este momento canta cantos:
¿Qué audaz ligero paso
Anda por el reino más propio.
Del jardín de hadas de la ancestra?
¿Qué invocación envía
El soñador con clarín plateado
A la durmiente espesura del Decir?
¿Qué secreto aliento
De la recién desvanecida melancolía
Se insinúa por el alma?
Y lo hace tan expresamente que S. George contraviene la regla del idioma alemán que prescribe mayúscula a los sustantivos, sólo Sage, Decir está escrito con mayúscula inicial. El poema dice de esa proximidad que es projimidad de la palabra y se reitera que “es” y palabra no tiene relación de cosa. La palabra sorprende y es sorprendente.
En el canto de los cantos del poeta clarea plenamente el misterio del decir cantante, pero aún lo digno de ser pensado es indeterminado, aunque es cierto ya que no es el canto. Cualquiera diría que así no puede existir ninguna vecindad, ninguna proximidad, pero es justamente esta divergencia su verdadero en-frente-mutuo. Ciertamente poesía y pensamiento mantienen una “delicada aunque luminosa diferencia”, separación que no es condena a no tener relación. Poesía y pensamiento se entrecruzan en el in-finito por el trazo que avecina sus esencias en mutua proximidad. Es el advenimiento apropiador mismo (Ereignis) desde el cual poesía y pensamiento están remitidos a lo propio de su esencia y si lo que hace próximos a la poesía y el pensamiento es el Decir, el advenimiento apropiador es aquel Decir desde donde el habla nos dice su esencia y sólo al hombre en cuanto tal le es dado y dable el habla. Sólo al hombre el habla consiente decir su decir confiador.
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