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“... no siempre mis manos son sílabas”
J. Hirch.
Las manos y las palabras son, antes incluso que el arte, los órganos de comprensión del mundo y de la vida. En las manos el mundo se hace presente para sí mismo con la forma de la disponibilidad, del hacer; son la reflexión física, el sitio donde el mundo se hace y descubre sus posibilidades. Sin embargo, las manos no son el único acceso humano a los secretos, a las posibilidades del mundo. Las palabras y las historias compuestas con ellas también le aprenden al mundo sus secretos. De hecho, esa pluralidad de interpretaciones sobre lo que acontece y sobre lo que descubrimos en el mundo, se viste y se modela bajo una forma narrativa, con los aderezos de la vestimenta de las narraciones y las historias que nos contamos.
Hacer -facio- con las manos y contar historias se implican sustancialmente en el terreno de lo humano puesto que no sólo hay historias y artefactos, sino también historias sobre los artefactos -ars factum-, de la misma manera que hay objetos que vitalmente obligan a contar una historia sobre ellos. Un ejemplo de este tipo de relatos puede verse en Retorno a Brideshead de Evelyn Waugh, donde el la mansión victoriana, Brideshead, cobra en la historia vigencia de personaje que interactúa, y donde los habitantes y huéspedes de la casa y la casa misma se entrecruzan para protagonizar la trama del relato.
En el caso de las historias con las manos, el mismo Dante puso de relieve como la acción de los sujetos revela lo que son esos sujetos al explicar que “en toda acción, lo que intenta principalmente el agente, ya actúe por necesidad natural o por libre voluntad, es explicar su propias imagen. De ahí que todo agente, en tanto que hace, se deleita en hacer; puesto que todo lo que es apetece su ser, y puesto que en la acción el ser agente está de algún modo ampliado, la delicia necesariamente sigue... Así, nada actúa, a menos que [al actuar] haga patente su latente yo”.
Las acciones, o las historias manuales, varían conforme a su modo de ser y su conformación histórica. También existen acciones que no nos dicen quién es el hombre, sino cómo es. Las historias que nos interesan son aquellas que, como dirían Putnam, hacen comparecer la voz del hablante o donde se muestra al individuo como protagonista y dueño de la historia, esto es, intérprete de su propia vida. Las acciones, las historias de manos, donde el agente muestra quien es, no son acciones donde la fabricación prevalece sobre “el poner en juego” la vida del mismo. Las acciones que se creen autosuficientes por sí mismas, que no necesitan de los demás, ni de las narraciones, son procesos vitales sujetos a la materialidad de la naturaleza, donde el querer hacer prima sobre el querer ser, donde mostrar lo relevantemente humano queda ocultado por el fabricar, o donde, como diría Arendt, la acción humana queda escondida y arrinconada por el homo faber y el homo laborans. Una vaga distinción entre uno y otro se vería en que mientras, por un lado, el homo faber sería propiamente el hombre productivo, que intenta hacer los instrumentos para la vida más duraderos y hacer el mundo habitable materialmente hablando, considerando incluso que lo producido es incluso más esencial que el productor, por otro, el homo laborans buscaría los productos del ornamento y de la esfera de lo estricta y únicamente social, donde lo esclarecedor es el “estricta y únicamente”.
Fabricar, construir, la producción técnica o la satisfacción de las necesidades primarias -secundarias o trigésimo terciarias- no pueden ser obviadas, ni dejan de ser humanas o menospreciadas; pero el peligro llega cuando este tipo de acciones desfiguran el apremiante menester de hacer humana a la misma condición humana . Para Arendt, acciones con las manos del tipo “tener un empleo”, sería algo significativo para la persona y necesario según su misma biologicidad -de algo hay que comer-, pero la acción que mostraría lo distintivamente humano no sería el empleo sino el trabajo -aunque en la terminología de Arendt, “trabajo” sería un término inserto en la idea del homo faber-.
Podrían parecer dos títulos de un mismo libro, pero mientras que tener un empleo es tener trabajo, buscar un empleo también lo es. No en balde definir, como hace Gehlen, al hombre como tarea para sí mismo por ser un animal inacabado es muestra de que por naturaleza el trabajo es una característica vinculante y distintiva de dicho animal. El hombre, dice Arnold Gehlen, sería no solamente el ser que necesariamente ha de tomar una posición por cualquier tipo de motivos, sino también, en cierto modo un ser “inacabado”, es decir: un ser que estaría situado ante sí o ante ciertas tareas que le habrían sido dadas por el mero hecho de existir, pero sin resolver. (Gehlen, 1974: 10)
Asimismo, también el héroe de la épica griega -y en su origen la palabra “héroe” no era más que un nombre que se daba a todo hombre libre que participaba en la empresa troyana y sobre el cual podría contarse una historia- o el elegido por Dios de numerosos textos sagrados, tenía un misión, se le encomendaba un trabajo, pese a que su empleo fuera curtidor, enfermero o pastor de ovejas, como Moisés.
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